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Asociación de lectores y escritores (ALE) (29/??)

Capítulo 29: El día que nunca existió (Primera parte)

Desde que su bloqueo comenzó, los minutos se volvieron horas para Alice. El clima se convirtió en un martirio, la gente le resultaba irritante, y la comida… bueno, la comida le seguía pareciendo deliciosa, pero seamos francos: si la comida dejara de gustarle el mundo sería un sitio demasiado cruel para vivir.

Al perder sus dedos la capacidad de crear lo que su mente ideaba, Alice sintió como una parte de su vida perdía sentido y color. Era, como si algo en ella hubiese muerto en el momento en que el flujo de su creatividad se detuvo. La sola sensación rondando en su interior le enfermaba y hacía querer gritar sin parar.

Apreciaba el apoyo incondicional de Debité, pero cuando estando en la biblioteca las cosas no se le daban, acababa siendo injustamente ruda o seca (o ambas) con la jovencita; pasaba que su frustración crecía a tales magnitudes que acababa siendo grosera con una inocente sin vela en el entierro. De no ser porque últimamente no paraba de escribir al estar fuera de la escuela, Marco también se hubiera llevado parte de sus buenos arranques de molestia.

― Marco, te odio. ― Le solía decir en el autobús con el ceño fruncido, mientras el chico tecleaba en su celular sin parar. ― Te maldigo a ti y a tu inspiración.

Pero él ni se inmutaba. De hecho, Alice pensaba que era benéfico para ambos que Marco tuviese la misma capacidad comunicativa que una pared durante esa etapa tan fastidiosa de su persona. Ciertamente no se sentía capaz de perder otra amistad, y tampoco podía mejorar su estado emocional.

Por raro que resultara, el tiempo de clases se convirtió en su tiempo de descanso. A pesar de estar atrasada en casi todas las materias, concentrarse en lecciones con soluciones y explicaciones plasmadas en libros daba para ella un descanso a la frustración de enfrentarse a un enemigo sin debilidades como resultaba ser el bloqueo.

Ya ni siquiera le molestaba tanto ver a Claudia sonriendo a diario en clases. Claro que le afectaba y le dolía, pero su creciente molestia le ayudaba a alzar el orgullo como un escudo y a pasar de ella con la siempre efectiva indiferencia… tenía cosas más importantes con las cuales tratar que con dejarse afectar por una abandonadora cruel.

―… ¡Oigan, Marco, Alice! ― Llamó una chica, compañera de clase de ambos mientras corría hacia sus escritorios contiguos. ― ¿Ya supieron de los rumores?


Marco y Alice, que hasta el momento hablaban en voz baja, alzaron la mirada hacia la chica tras escuchar sus nombres.

― Ah, La Yahaira ― Dijo Alice, cruzándose de brazos. ― ¿Qué pasa?

La Yahaira sonrió de oreja a oreja, emocionada por tener en su posesión la exclusiva del chisme del momento.

― Dicen por ahí que Claudia se ha conseguido un novio fuera de la escuela. Que a diario va a su apartamento y dura ahí hasta que anochece. Parece que luego de que ustedes pelearan porque tú le dijiste que tenías un Marco y ella no, se puso a buscar macho sin parar. ¡¿Tremendo, no creen?! ¡Es la comidilla de toda la escuela!

Pero ni Marco ni Alice reaccionaron, simplemente pusieron los ojos en blanco y siguieron hablando como si nada en voz baja.

― ¡No me ignoren, canijos! ― Reprochó de inmediato la morenaza, dando un par de golpes en el escritorio de Marco. ― ¿No creen que sea tremenda esa Claudia? Déjenme decirles que yo estoy de su lado, ella es una lagartona ofrecida por irse todo el día a casa de un hombre. ¡Qué vergüenza!

― Oye, La Yahaira ― Marco le hizo una seña de que se acercara a él, ella muy obediente acercó su oído a él conforme bajaba su voz. ― Ven, te tengo un secreto… dicen por ahí, que Anthony ha empezado a dirigir una película… ¡una película porno de enanos! Anda, ve a esparcir el rumor.

Ni tarda ni perezosa, la chica se puso a esparcir el rumor por todo el salón, y luego más allá, dejando el aula en menos de un par de minutos.

― ¿Crees que los padres de La Yahaira tienen un sentido del humor muy oscuro al haber nombrado así a su hija? ― Preguntó Alice, con la mirada fija en la entrada.

― Es eso, o este mundo se está convirtiendo en un lugar aterrador. Más importante que eso… ¿cuál será la verdad tras ese tonto rumor?

― Bueno, sea cual sea la verdad no es asunto mío, Claudia tiene su vida y yo tengo la mía. Y hablando de mi vida, te estaba contando que hice una reunión de emergencia con Yao para hoy en la tarde. Si tengo suerte, comprenderá que necesito un tiempo de descanso para recuperarme del maldito bloqueo.

Marco quería explicarle a Alice que los editores no fueron creados para permitir descansos o para comprender cuando uno era incapaz de crear, pero estaba convencido de que era una de las tantas cosas que la chica debía aprender por sí misma. Además, ¿quién sabía? Alice aún no era una escritora profesional y Yao parecía ser un buen sujeto… tal vez él comprendería su situación y le daría una oportunidad.

― Buena suerte con eso entonces. Tú ve con Yao a la salida, yo iré a la biblioteca y avisaré a Ratón vaquero del cambio de planes.

― ¿En serio me harías ese favor? ― Alice esbozó un inmediato gesto de alivio, combinado con una ligera sonrisa de agradecimiento. ― Te lo agradezco, es un problema ya que no tiene celular. Aunque es comprensible, con el tamaño de sus manitas no podría sostener los inmensos modelos de hoy en día.

Marco asintió. En realidad, le venía bien el día libre de la rutina, tenía algunos asuntos pendientes cercanos a la biblioteca, y ahora podía ir sin tener que inventar alguna excusa. Sabía que a dos semanas de una fecha tan importante, tenía que trabajar más duro que nunca.

―… ¿te confieso algo, Marco? ― Alice suspiró bajo, acomodándose un largo mechón de su cabello tras su oreja. ― Desde que Claudia y yo dejamos de ser amigas todo ha sido muy duro… pero, me alegra mucho ver que luego de tantos días de lucha y esfuerzo voy poco a poco acostumbrándome… tengo la seguridad de que tarde o temprano todo volverá a estar a mi favor.

― Eh… Alice… ¿tantos días?... solo han pasado 3 días.

―… Marco es un nombre tonto.

Y así, entre disculpas y sonrisas, el día escolar cursó hasta llegar a su fin. Ninguno de los cuatro jóvenes escritores en el aula sabía que estaban por vivir un día lleno de sorpresas, coincidencias, tensiones, romance y descubrimientos.

Guiados por el timbre de salida, cada uno anduvo rumbo a sus respectivos destinos, dando por iniciado “el día que nunca existió”.
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Anthony

Tras un día tranquilo de clases, Anthony se estiró a las afueras del salón antes de continuar su andar. Sostenía en su rostro una amplia sonrisa de satisfacción, estaba de muy buen humor. ¿Y por qué no iba a estarlo? Le iba bien durante las clases, tenía un grupo de amigos que le mandaban mensajes todo el tiempo, deseosos de charlar y pasar el rato con él, y había conseguido su carrera ideal a la edad de 17. Sí, la vida era buena.

Con las manos en los bolsillos y la mochila colgando de un solo hombro, caminó con aires despreocupados y ligeros. Antes, hubiera ido corriendo al autobús para llegar a casa lo antes posible para ver la novela de las dos con la familia, pero ya la novela no era tan llamativa para él como antes; desde que comenzó a leer a los escritores de la ALE, comprendió que los dramas televisivos carecían de la calidad que a los escritos les sobraba, y encima no tenía tiempo de preocuparse por la venganza de Gaviota teniendo un hit por mantener vigente para sus muy queridos lectores.

― Míralo, qué payaso se ve. ― Escuchó decir a un costado suyo mientras pasaba por la entrada del estacionamiento.

― Shh, te va a oír.

― ¿Y qué si lo hace? Es un perdedor.

Los populares de la escuela tenían la costumbre de esperar en la entrada del estacionamiento a sus amigos que sí tenían autos para que les dieran un aventón a sus casas. Anthony tenía identificados a casi todos: superficiales, pedantes y criticones pretenciosos que en más de una ocasión se burlaron de él, de Claudia y de Alice a sus espaldas. Las dos chicas no podían estar más despreocupadas por esto, pero para Anthony siempre fue un tema de molestia. Y no le fastidiaba porque le importara que hablaran de él, sino porque simplemente encontraba detestables a aquellos que eran incapaces de vivir sin meterse con otras personas.

En esta ocasión eran dos sujetos de segundo año acompañados de Sarah Crimsay, la chica de tercer año con la que todos soñaban: la más popular, la más atlética, la más inteligente e interesante. Por desgracia, todas esas cosas a su favor provocaron que fuese tan presumida y arrogante como el resto de los populares, e incluso más. Anthony llegó a verla en más de una ocasión humillando a alguna chica que osó meterse en su camino.

Lo que hablaron de él no le importó en absoluto. Los idiotas siempre querían humillar a otros delante de la chica bonita para lucirse, y para desgracia de ellos: Sarah permaneció inexpresiva a sus intentos de hacerla reír a costa de él. Satisfecho por no haber ayudado en absoluto a que obtuvieran sus primitivos propósitos, se alejó con tranquilidad hasta su motocicleta, cuando…

― Ese ni tiene auto. ¡Seguro viene a esperar a la chica esa de pechos grandes que está buenísima y ni caso le hace! ¿Cómo se llamaba?

Oh, como iban a lamentar haber dicho eso.

De un salto se montó en su impresionante y lujoso transporte, y encendiéndola hizo rugir el motor. Aceleró con violencia en dirección a la entrada, derrapando justo delante de ellos, provocando que pegaran un salto del susto, retrocediendo severos metros por la finta. Fulminó a ambos con la mirada, pero su mirada finalmente se centró en Sarah.

Cabello rubio y lacio largo, delgada, con ojos azules… podía ver por qué era tan popular. No era muy su tipo, pero dada la situación podía hacer una excepción.

― ¿Te llevo? ― Le preguntó Anthony, arqueando una ceja.

― C-claro. ― Aceptó ella al instante, sin pensárselo dos veces. Se volvió por un segundo a mirar a los otros dos chicos, pero realmente no le importaban lo suficiente como para negarse a viajar en una motocicleta tan hermosa.

Anthony le lanzó su casco al recibir el positivo, y ella lo atrapó con dificultad. Mientras se lo colocaba, Anthony se divirtió haciendo rugir el potente motor de su adquisición. Cuidadosamente, la chica se montó detrás de él una vez se puso el casco y se abrazó a su cintura con fuerza.

― ¿Estoy bien así? ¿No me voy a caer? ― Le preguntó ella, aferrándose con nerviosismo al muchacho.

― No te dejaré caer, nena. ― Dijo, mientras miraba sonriente a los dos testigos, que ahora observaban en incrédulo silencio lo que ocurría. ¡Qué feliz se sentía solo de observar su infinita envidia! ― Conmigo siempre estarás bien.

Se aseguró de dejar un rastro decente de humo y polvo a sus espaldas para mantener entretenido a sus dos nuevos amigos antes de acelerar y abandonar el terreno escolar con la chica más bonita de toda la escuela.

Menos mal tomó esas clases de motocicleta con Román. Nunca antes abrazarse a un obeso sudoroso valió tanto la pena.

Con el viento en su rostro y una chica abrazada a él, Anthony sentía que su vida había llegado al máximo tope. Durante los semáforos, la chica trataba de hacerle conversación, y él se limitaba a responder con pocas palabras. Por alguna razón, su actitud seca e indiferente parecía gustarle a su acompañante, y buscaba hablarle aún más… ¿qué clase de lógica era esa?

Bueno, realmente no importaba. Veinte minutos más tarde llegaron a casa de la chica, que bajó y entregó a Anthony su casco con una gran sonrisa dibujada en el rostro. Agradeció el viaje y le invitó a pasar, ofreciéndole una bebida, pero Anthony se negó, diciendo que no tenía tiempo.

― E-entonces déjame tu número, ¿sí? ― Pidió ella, sacando su celular del bolsillo en el saco del uniforme. ― Para poder platicar, ¿te parece bien?

Dubitativo, Anthony finalmente accedió, sacando su celular para intercambiar números con la chica, que muy sonriente se despidió de él y entró a su casa con saltitos nerviosos. Anthony la observó con verdadera confusión, ¿por qué se le veía tan feliz? ¿Estaba satisfecha por recibir el número de un sujeto que le respondió con indiferencia todo el rato? En fin… había dado una lección a esos idiotas de la escuela, y eso era lo único que importaba.

Se colocó el casco, que aún olía a Sarah (bien, eso le gustó, tenía que admitirlo) y retomó el rumbo a su casa. Le tomó el doble de tiempo llegar por su desvío, pero incluso entonces llegó antes de lo que le hubiera tomado llegar caminando o en autobús. Estacionó su moto en la cochera, y entró a su hogar tras sacar la mochila del pequeño maletero.

Para su sorpresa, su hermana no estaba en la sala con sus padres, la chica se encontraba haciendo tarea en la barra de la cocina, mientras observaba con nerviosismo a la entrada. Anthony le sonrió, pero ella desvió la mirada.

― ¿Qué pasa? ― Preguntó de inmediato en voz baja, comprendiendo que algo ocurría. Si a alguien conocía bien esa era su hermana.

Haciendo un puchero de duda, su hermana le indicó que se acercara a ella, para susurrarle al oído.

― Mamá entró en tu cuarto y encontró todos los tecnolibros… y ya sabes cómo se pone por esas cosas por culpa del padre Ramón.

Para traer contexto: la hermana de Anthony no hablaba del papapadre Ramón el comediante, sino de un religioso con un espacio televisivo local de bastantes horas diarias durante las cuales criticaba todas las modas y tendencias de la vida actual que consideraba nocivas y erróneas según lo dictado en las sagradas escrituras. No se limitaba a las vestimentas, las drogas o las sectas satánicas nacidas desde la finalización de la gran guerra, no… de hecho, para él todas esas eran cosas mínimas en comparación a los tecnolibros, a los cuales consideraba un sacrilegio y un escape innecesario del mundo perfecto que Dios creó para todos.

Anthony, tras escuchar la valiosa información que su hermana le brindó, corrió escaleras arriba hasta su cuarto, donde su madre permanecía sentada sobre su cama con las manos sobre el rostro.

― ¿M-mamá? ― Preguntó, nervioso. ― ¿Por qué estás en mi cuarto?

Ella alzó la vista, observándolo con quietud. Se le notaban los ojos rojos e hinchados, estuvo llorando.

― ¿Qué hicimos mal, Anthony Rivaldo Eagle?

― Bueno… ponerme ese segundo nombre, supongo… pero no creo que eso sea de lo que hablas.

― ¡Es tal como el padre dijo, te has vuelto sarcástico e irrespetuoso! ― La mujer se levantó, con los ojos muy abiertos, señalándolo. ― Has perdido conexión con tu espiritualidad en el mundo humano a causa de la última artimaña del diablo para incrementar sus víctimas.

― Mamá yo no me he… espera, ¿qué?

― Todos estos libros ― Replicó al instante la mujer, mirando en todas direcciones de la habitación. Ya que lo notaba: la mujer había dejado su cuarto hecho un completo desastre. Era como si se hubiera puesto a buscar drogas preocupada porque su hijo fuese un adicto, pero en vez de drogas, buscaba libros. ― Todos son armas de Satanás para distraer nuestras mentes y alejarnos del bello mundo que nuestro señor ha creado para nosotros. Debes tirarlos todos y enderezar tu camino.

Temía que esto pasara. Sabía que su familia extremadamente religiosa escucharía el dictar del sacerdote de la tele y tarde o temprano tratarían de frenar su nueva afición. Tenía planeado en cierto momento darles una charla a sus padres sobre su nueva profesión, pero no había encontrado ni el momento ni las palabras correctas para hacerlo… bien, ahora tenía que hacerlo a la fuerza y sin previa planeación.

― Mamá, espera un momento. Cálmate por favor. ― Tomó a su madre de la mano y la hizo sentarse a su lado. ― Ven, mira… sé que las palabras de ese sacerdote tienen peso en ti al ser una autoridad de la religión, pero tienes que creerme cuando te digo que los tecnolibros no son dañinos en absoluto, y todo lo que ese hombre dice está exagerado… yo lo sé bien, porque… mamá… soy un escritor de la asociación de lectores y escritores y…

― ¡¿TÚ QUÉ?! ― Gritó con fuerza la mujer, abriendo los ojos como si acabara de confesarle que era narcotraficante o asesino. ― ¡¿Te has convertido en un profeta oscuro?!

― Mamá, ¡no me he convertido en tal cosa! Escúchame por un segundo, ser escritor no es para nada algo malo, requiere técnica y disciplina profesional para…

― Sí, ser escritor no es nada malo ― Coincidió, negando repetidas ocasiones con la cabeza. ― Pero de libros normales, que no te llevan a alucinaciones y fantasías que te divorcian del bello reino de Dios. ¡Abre los ojos, Anthony!

El chico resopló, comenzaba a perder la paciencia.

― Mamá, los tecnolibros no te divorcian del… bello reino de Dios. Simplemente te permiten presenciar historias fantásticas con gran realidad y detalle… es como ver una película, pero aún mejor.

― No, Anthony, estás muy mal. Las películas no te desconectan del mundo, el entretenimiento sano es aquel que no te hace perder el sentido de la realidad. Cuando lees estas maliciosas cosas, tu mente se atrofia viajando a lugares que no existen, y cada vez vas perdiendo más de ti. ¡Vas a dejarlo, te prohíbo seguir echándote a perder! ¡NINGÚN HIJO MÍO VA A PUDRIRSE EN EL INFIERNO!

― ¡MALDITA SEA MAMÁ, CÁLLATE Y ESCÚCHAME! ― Gritó el chico de vuelta, apretando sus puños ya estando fuera de sus casillas. ― ¡YO NO…

Pero su madre no le dejó continuar, pues le asestó una artera bofetada que le dobló el rostro por completo.

― ¡EN MI CASA NO VAS A VIVIR BAJO EL PECADO, ANTHONY! ¡VAS A DEJAR ESAS PRÁCTICAS MALÉFICAS, Y ES MI ÚLTIMA PALABRA!

Sujetándose con cuidado su mejilla herida, Anthony se levantó, tomó su laptop y su mochila, y sin siquiera volverse para mirarla salió de la habitación, bajando las escaleras con fuertes pasos marcados.

Agarró las llaves de la motocicleta y salió de la casa ignorando los gritos enfurecidos de su madre. No le importaba lo que decía si ella no se tomaba las molestias de escuchar lo que él tenía para expresar. Se montó en su vehículo, y tras abrir la cochera salió del lugar con un fuerte arrancón. ¿Su rumbo? Realmente no importaba.

El día anterior fue día de paga para los escritores de la ALE, pero como aún no  creaba una cuenta bancaría tenía que ir a recoger sus cheques a las oficinas. Concluyendo que tenía hambre, decidió ir allá.

Con la motocicleta andar por la inmensa explanada de la ALE era mucho más sencillo. Claro, solo tenía que andar con cuidado de no arrollar por ahí a algún editor en entrenamiento o a un aspirante a escritor. Se estacionó justo en la entrada de las oficinas, y entró por la puerta grande sin siquiera percatarse de que a un costado, Marco suplicaba piedad a Claudia de rodillas.

Caminó por un par de pasillos hasta que llegó al centro de atención a empleados, y tras esperar un poco fue atendido por una secretaria, que tras identificarlo le entregó su cheque. Le recordó que era necesario crearse una cuenta bancaria para facilita sus pagas, y le dejó ir. Cuando salió, volvió a montarse en su moto y se fue a buscar algo para comer.

¿Qué mejor que Mc Donalds para un adolescente? Su único problema con comer ahí, era que las hamburguesas le resultaban demasiado pequeñas, ¡pero no importaba más! Ahora ganaba su propio dinero y podía ordenar cuantas quería. Atiborró su orden de cinco hamburguesas y papas grandes, y ya con su pedido se fue hasta una mesa individual al fondo, justo al lado de la ventana.

Mientras comía, revisó su celular, pues deseaba charlar con algunos de sus nuevos amigos y saber en qué andaban, y para su sorpresa su último mensaje recibido era de apenas unos minutos atrás. ¿El remitente? Sarah Crimsay.

Fue divertido ir en moto contigo. ¿Nos vemos mañana en la escuela?

Puso los ojos en blanco. ¿No era suficientemente obvio que solo la había usado para cerrarles la boca a aquellos idiotas? Suspirando bajo, decidió responderle.

Claro. Si me invitas la comida en el receso.

― Eso la alejará ― Pensó, mientras daba un buen mordisco a la primera hamburguesa.

Es una cita, guapo

Casi se atragantó al leer la respuesta, ¡¿cuál era el problema con esa chica?! Decidiendo no romperse más la mente en tratar de alejarla al ser esto infructuoso, se puso a charlar con sus amigos: Carlos estaba preparando su reseña del más reciente capítulo de segunda oportunidad para su blog, Iliana y Romero planeaban ir a ver una película con su hijo, y la extraña chica satánica buscaba lenguas de cordero frescas por internet. La pasó bien charlando con ellos y otros más hasta que acabó de comer, y entonces, sacó su computadora para escribir.

No permitiendo que su pésima experiencia con su madre le afectara, escribió con fluidez y entrega. Era una verdadera fortuna que toda su historia residiera segura en su mente. Ya él tenía todo preparado, conocía la extensión que tendría al finalizar y el final que sorprendería a todos llegado el momento.

― Este capítulo va a crear polémica ― Dijo entre risas, mientras tecleaba. ― ¡La muerte de Muerte va a hacerlos temblar!

Y entre grandes y fluidos arranques de texto, pasaron las horas. Cuando los empleados trataban de echar a Anthony por no estar consumiendo nada él ya tenía más hambre, así que ordenaba algo más y seguía escribiendo mientras tanto. Cuando ya comenzaba a oscurecer, terminó el capítulo soltando un gran suspiro de satisfacción. Ese capítulo volvería locos a sus lectores.

Guardó el documento y apagó su computadora. Antes de levantarse para irse, revisó sus mensajes una última vez, y entre varias notificaciones de sus lectores y amigos se encontró con una en particular que le llamó la atención: un mensaje de Eduardo.

¿Estás libre? Unos amigos y yo tenemos algo de lo que quisiéramos hablarte. Pásate por Gambino´s, pero no entres al negocio, toca la puerta de la casa a un costado y di que me buscas

El mensaje tenía cosa de treinta minutos de haber sido enviado. Anthony decidió responderlo, aprovechando la disponibilidad.

Bien. Voy para allá

Y así nuevamente se lanzó al camino. No existían barreras o cadenas que detuvieran su avance, él jamás se detendría… bueno, excepto cuando tuvo que detenerse a echar gasolina antes de llegar a Gambino´s… pero de ahí en más no se detendría, aunque su madre y todo el mundo trataran de obligarlo.

Estacionó la moto a un costado de la entrada, y en vez de bajar las escaleras para entrar al café caminó hacia el pequeño porche de la encantadora casa. Tocó el timbre, y atendió un hombre mayor de cabellos canos; tenía entendido que aquel hombre era el dueño de la cafetería. Hizo una educada reverencia.

― Buenas tardes, Eduardo me dijo que viniera aquí, y dijo que si le decía su nombre usted… eh…

― Claro, claro ― El hombre le sonrió mientras abría la puerta en su totalidad, dándole el paso. ― Ellos están charlando escaleras arriba, primera puerta a la derecha.

― Gracias, gracias. ― Agradeció el chico, entrando y caminando en la dirección indicada por el hombre.

Aquella casa era increíble. Numerosas medallas y fotografías adornaban las paredes. Solo mientras subía las escaleras, pudo apreciar fotografías impresionantes: por ejemplo, había una con un gran grupo de hombres y mujeres sonrientes, sostenían en sus manos una pancarta gigantesca con la leyenda “Hoy nace la asociación”. A un costado, podía apreciarse aquella estatua que se exhibía en la explanada de la ALE.

Una vez llegando a la puerta indicada en el segundo piso, golpeó un par de ocasiones. Podía escuchar voces dentro enfrascadas en una calurosa discusión. Alguien que no conocía le abrió la puerta, y haciéndole un ademán con la barbilla de que entrara, le permitió el paso.

― Ya llegó tu amigo, Eduardo. ― Dijo el sujeto, una vez que Anthony entró, nervioso.

― Bienvenido ― Le saludó Eduardo, que estaba sentado, como el resto, sobre una silla de madera y con un buen vaso de té helado en la mano.

En la habitación habían tres sujetos: Eduardo, un hombre adulto, de unos 30 años, con largos y grasosos cabellos y un pálido rostro inexpresivo, y un muchacho con vivos y activos ojos verdes, de cabello corto casi rapado y enérgica personalidad… o al menos así lo parecía, ya que no paraba de moverse con ansiedad aún cuando estaba sentado.

― Déjame presentarte a mis dos colegas aquí. El mayor se llama Juan, lo conocerás como Juantástico en la ALE, y a mi derecha tienes a Julio, Frikitaka en la Mc Magazine.

― Mucho gusto, tío ― Le saludó Julio con un marcado acento español, estrechando su mano. Anthony correspondió con educación. ― Aquí Eduardo nos ha contado mucho de ti majo, ya hasta siento que te conozco.

― Hola ― Saludó Juan, desde lejos, recargándose en la puerta. Él no parecía ni de cerca tan amigable como el otro recién conocido.

― Voy a hablar sin rodeos, Anthony ― Eduardo entrelazó los dedos de sus manos, para luego suspirar bajo mientras ordenaba su diálogo en la mente. ― Juan y yo aquí somos miembros del círculo púrpura de Marco no porque lo admiremos, respetemos o consideremos un líder nato. Nosotros nos hemos unido porque su propuesta parecía interesante.

― ¿Y qué propuesta es esa? ― Preguntó Anthony, conocía la existencia del grupo pero nunca antes se presentó la oportunidad de conocer más sobre su fin de existencia.

― La fundación de un grupo de escritores que se contraponga al muy elitista gremio. ― Esta vez fue Juan quien tomó palabra, sin moverse de su alejada posición. ― Tú has empezado a escribir hace muy poco, así que es normal que sepas poco del gremio de escritores, así que te lo explicaremos brevemente. Cuando tú te registras como un escritor en prácticamente todas las revistas importantes del país, automáticamente entras en la lista de miembros del gremio, cuya sede reside en ciudad capital. Los beneficios que te trae ser un miembro es el apoyo, el respaldo, la voz y el voto en las decisiones importantes dentro del negocio, y el derecho a buscar siempre por tus intereses. Describiendo así la fachada, pareciera un privilegio fantástico formar parte de una comunidad tan inmensa y fuerte.

― Pero el problema es que, como dice Juan, es solo la fachada. ― relevó de inmediato Julio, como tomando la batuta de la explicación. ― El gremio es ahora un decadente sitio con instalaciones de primer nivel desaprovechadas y abandonadas. Tienen cientos de computadoras que podrían ayudar a escritores novicios pero en lugar de eso juntan polvo en habitaciones privadas de la luz del día. Existen recursos y herramientas didácticas para hacer cursos, talleres informativos, concursos independientes y demás actividades, pero no los usan desde hace años… venga tío, que el sitio está siendo desaprovechado, y eso no es nada guay.

― Según lo que ustedes dicen, parece que el gremio es una comunidad con mucho potencial desaprovechado ― Anthony se llevó la mano a la barbilla, pensativo. ― ¿No sería fácil, teniendo en cuenta que todos somos miembros y tenemos voz y voto simplemente llegar y dar a conocer ese pensamiento? Seguramente habrá bastantes que piensen como ustedes y reviertan esa situación.

― Ese es el problema ― Esta vez fue Eduardo quien respondió, negó con la cabeza. ― El gremio es un sitio democrático y del cual todos formamos parte solo en teoría. En realidad, desde hace años se ha convertido en un sitio elitista, dirigido por escritores veteranos que son respetados y admirados por todos; algunos tienen años sin escribir y publicar material alguno, y sin embargo se mantienen ahí haciendo de las instalaciones su palacio privado. Cuando hacen votaciones y debates, las únicas opiniones que tienen importancia son las que hacen ellos, cualquier novato que trate de tomar la palabra es ignorado rotundamente. No hay oportunidad para nadie que no sea parte del grupo de vacas sagradas.

Anthony encontraba altamente impactante las palabras de los presentes. Viéndolo de esa forma, la idea de Marco de crear el círculo púrpura era la alternativa más ideal: al no tener voz y voto en el grupo oficial, creó un grupo de gente novata sin jerarquías que en menor medida se ayudaran mutuamente y donde sus voces fuesen escuchadas.

―… cuando Marco creó el círculo púrpura, hubo un cambio ― Juan retomó la palabra ante el silencio del muchacho. ― Aún cuando el grupo se mantiene compacto y con miembros limitados para mantener el control, Julio aquí nos ha informado que en el gremio ya hablaban continuamente de aquel grupo de jóvenes que Kopazo formó, y de cómo empezaban a tomar fuerza. Eso era justo lo que nosotros queríamos, darnos a notar, y con un largo proceso: lograr que el círculo púrpura fuese la voz de todos los escritores sin jerarquía, algo así como una segunda fuerza política que pudiese darse a escuchar en un gremio lleno de oídos viejos y sordos.

― Y ya siendo escuchados, podrían empezar a dar un mejor uso de las instalaciones, y formarían parte del grupo aún si era mediante un movimiento “rebelde”.

― Precisamente, tío ― Le dio la razón Julio, Anthony sonrió satisfecho al haber captado bien lo que ocurría. ― El problema aquí es que tanto Eduardo como Juan no están del todo satisfechos con el líder del círculo. Creen que Kopazo es un gilipollas.

― No es que lo creamos. Lo es ― Aseveró Eduardo, encogiéndose de hombros. ― Es pesado, prepotente, agresivo, altanero, burlón, inmaduro, y últimamente se la pasa detrás de una chica. Ha perdido el foco de lo importante, y el líder de un movimiento con tanto potencial necesita estar centrado, o de lo contrario lo que hemos logrado será en vano.

― Ustedes… ¿quieren traicionar a Marco y robarle su propio grupo? ― Anthony miró a los tres presentes, verdaderamente impactado.

― Yo no soy miembro tío ― Dijo Julio de inmediato, excluyéndose de esa posibilidad. ― Pero aquí estos dos, estoy seguro agradecen muchísimo a Marco lo que logró, por dar el primer paso y reunir una generación fantástica de escritores con buenas ideas y buen potencial de presencia. Pero, saben que para seguir avanzando, es necesario un cambio.

Impresionaba en demasía los movimientos políticos y sociales que tejían los escritores dentro del medio. Creaban grupos, dirigían con jerarquías, ignoraban a los novatos y hasta pensaban en traicionar a sus propios colegas que les tendieron la mano.

― ¿Y, por qué me cuentan esto a mí?

Los tres escritores intercambiaron miradas fugaces. Fue Eduardo quien respondió.

― Existen, por desgracia, pocos escritores con el mismo o mayor valor mediático que Kopazo. Están Ten Zero, AsmaX y Mint, pero ellos son miembros del elitismo del gremio… y luego estás tú. Creemos que contigo como el rostro del nuevo y mejorado círculo púrpura, nuestra posición seguirá vigente y continuará mejorando.

Vaya.

¡Vaya!

¡VAYA!

Comenzó a sentirse acalorado. Su frente se cubrió de una capa brillante de sudor, la cual se apartó con la mano mientras pensaba una y otra vez en lo recién expuesto ante él. ¿Realmente esperaban que fuera el nuevo líder de un grupo al cual ni siquiera pertenecía? Más importante: ¿por qué traicionaría así a Marco? Ellos no lo sabían, pero Kopazo y ZerG eran en realidad buenos compañeros de clase, más allá de su personalidad excéntrica, le agradaba pasar el rato con él en el salón. Por otro lado… liderar un movimiento tan importante…

Se puso de pie, el calor en la habitación ya estaba volviéndose insoportable.

― Yo… no lo sé muchachos… eh… no soy muy buen líder y… eh… debo irme.
Sin esperar una respuesta, avanzó hacia la puerta. Juan le dio el pase al notarlo tan nervioso y agobiado por su ambiciosa proposición. Abrió la puerta tras hacer una reverencia y salió con pasos acelerados y torpes.

Mientras bajaba las escaleras, revivía en su mente la conversación recién sostenida; era ciertamente de lo más interesante que había pasado en toda su vida, y eso que ocurrió en un día verdaderamente agitado.

― ¿Anthony, qué haces aquí?

Ya en el último escalón alzó la vista en dirección a la conocida voz. Alice le miraba con la boca semi-abierta por la sorpresa. La chica sostenía en sus manos una jarra de té helado, y aún vestía con el uniforme escolar. Justo pensaba en cómo responderle, cuando alguien lo tomó por el hombro era por detrás. Girándose, se percató de que se trataba de Juan.

― Sé que te sorprendimos un poco por todo lo dicho ahí adentro ― Dijo, con seriedad impresa en el rostro. ― Pero queremos que lo pienses: tú, ZerG, eres el único que puede ayudarnos ahora.

― ¿Tú eres ZerG, Anthony?

Se volvió entonces a Alice mientras un escalofrío recorría su espalda. La chica mantenía la mirada estoica sobre él. Podía notar en su rostro como la sorpresa crecía por toneladas en su interior.

Alice

La joven tomó un autobús distinto al habitual, aventurándose en la zona comercial de la ciudad. En plena hora pico, las calles se encontraban atiborradas de automóviles y las aceras de personas (muy seguramente empresarios, o al menos eso le gustaba fantasear a Alice, pues le gustaba andar entre las multitudes sintiéndose parte de ellos).

Una vez bajó en la estación más cercana al restaurante habitual donde Yao y ella quedaban, trotó para evitar el tremendo calorón agobiante que el sol obligaba a arrasar. Esquivando gente y (casi) arrollando a una anciana, la chica se hizo presente en el fresco interior del establecimiento. Buscó inmediatamente con la vista al afroamericano asiático. No tardó mucho en dar con él (pocos chinos negros hay, a decir verdad). Anormalmente, el hombre se encontraba acompañado por un par de personas más: un hombre, un tanto mayor al menos en aspecto, barrigón, con gafas pequeñas y rostro grasoso, y una chica en sus 25-28 con cabello pelirrojo teñido corto, con una curiosa coletilla en la parte de atrás que ni siquiera llegaba a su nuca. La joven tenía una piel morena clara, y unos vivaces ojos hiperactivos, que no paraban de cambiar de posición mientras charlaba animadamente con una sonrisa en los labios. Tanto Yao como el otro hombre conversaban animadamente por igual.

Curiosa, Alice se acercó a su mesa, y apenas estuvo a la vista, Yao se puso de pie para recibirla con amabilidad.

― Ah, buenas tardes Alice. Toma asiento, hoy me acompañan unos colegas, los dos editores de la ALE. Ya te los presento. ― Ante la permisión de Yao, Alice tomó asiento a un lado de la chica, sonriendo a ambos desconocidos. ― Él es Román Hasslehoff, y ella es Sachi Miranna.

Estrechó manos con ambos, compartiendo sonrisas e intercambiando cordiales saludos de presentación. Ambos parecían altamente sociables y abiertos con sus cordiales modales y sus sonrisas; ¿es que todos los editores tenían que ser agradables al trato? Tenía sentido al trabajar ellos como puentes entre el artista y la editorial, la humanidad parecía ser uno de sus requisitos principales.

― Bien, ya que se han hecho las presentaciones, debo comentarte que así como los ves, Sachi es editora de Kopazo y Román de ZerG, ambos promovidos tras aprobarlos. Decidí invitarlos a comer por el solo deleite de verlos matarse entre ellos.

Para Alice, dejaron de ser un par de misteriosos desconocidos para convertirse en interesantísimas personas por el solo hecho de trabajar en conjunto con dos de los escritores a los que ella buscaba superar. Quería saber más de ellos, quería escuchar de sus bocas la personalidad de ambos, sus métodos de trabajo, sus gustos… quería saberlo todo.

Por el comentario bromista de Yao, ambos rieron escandalosamente, Román dio una fuerte palmada en la espalda del chino antes de responder.

― ¡Nada de eso, Yao, nada de eso! ― Dio un sorbo grande a su tarro de cerveza antes de continuar. ― Kopazo es un gran exponente, yo lo respeto mucho. Sin duda va a destronar a un par de vacas sagradas, las niñas van a querer leer muchas de sus historias románticas y se retirará rico y feliz… pero no está en la liga de ZerG, por eso no hay nada que pelear. ZerG es un titán, no tiene tiempo de andar peleando con escritores de romance.

Una nueva oleada de carcajadas cubrió la mesa, Yao sumándose a ellas en esta ocasión. Alice, un tanto nerviosa no hacía más que mirar a todos con una pequeña sonrisa en los labios, no tenía idea de qué rayos estaba pasando.

― Concuerdo completamente con Román, ¿por qué hacer de esto una competencia cuando no la hay? ZerG es una revelación, una respuesta fuerte y muy real. Vino para quedarse, no tengo duda… pero no es, ni será nunca, el parte-aguas del mundo de la escritura que Kopazo apunta para ser. Vamos a dejarle a ZerG la tarea de ser un titán, porque Kopazito tiene las manos llenas de trabajo buscando revolucionar la industria.

Yao hizo un gritillo provocador apuntando hacia Román, que caballeroso aplaudió la réplica de su rival. Se dieron la mano, seguramente declarándolo un empate.

― Pero ya en serio ― Dijo Sachi, tratando de contener sus carcajadas sonoras. ― ¿Qué maravilla de época para trabajar en este medio, no? Desde Mint se venía cantando que los escritores serían cada vez más jóvenes y por ello tendríamos carreras más largas y fructíferas, pero no fue sino hasta un año después que se viene a cumplir… y estoy segura de que vienen más.

― Alice puede ser una de ellas ― Aseguró Yao, señalando con la palma extendida a la chica, que se estremeció al sentir todas las miradas encima. Se limitó a bajar la mirada, incapaz de hacer más. ― He diseñado con ella un proyecto a largo plazo que nos está dando muy buenos resultados. Cuando la conocí no era ni de chiste material de escritora profesional, pero con su trabajo duro y sus condiciones analíticas ahora, les puedo decir que tengo altas expectativas con ella.

Pudo haberse sonrojado inmensamente, pudo apenarse y sentirse inmensamente feliz por tan maravillosas palabras de alguien en quien tenía plena confianza y dejar ir sus fantasías sobre lograr su sueño… pero no había tiempo para hacerlo, solo podía pensar en una cosa: ¡¿después de dejar ver sus altas esperanzas en ella, como se supone que le pidiera un tiempo para recuperarse del bloqueo?!

― ¿En serio tanto potencial tienes, linda? ― Preguntó Sachi, con una amplia sonrisa. ― Ahora necesito leer algo tuyo, y saber más de esas condiciones analíticas que presume Yao de ti…

― Gustoso te puedo mostrar nuestro proyecto de trabajo, pero tendrás que esperar a que terminemos. Al ritmo perfecto en que Alice va trabajando, para cuando sean los Awards tendremos todo finalizado.

― Bueno, entonces supongo que nos veremos en ciudad Capital ― Sachi dedicó a Alice una auténtica sonrisa de cordialidad. ― Incluso si no eres una escritora publicada, deberías de viajar al gremio durante la semana de los awards, el ambiente es algo único. Yo ya he convencido a Kopazo de que me lleve como su pareja al evento de las premiaciones.

― ¿Pero no tiene unos, 13 años o algo así? ― Preguntó de inmediato Román, burlón. ― Tú deberías estar buscando potenciales prometidos, no andar seduciendo adolescentes.

― Tiene 17, y de hecho no lo seduje… más bien… le hice ver las cosas malas que le podían pasar si no me llevaba con él. 

Sachi esbozó de pronto un aterrador gesto digno de una villana de película. El efecto fue tal que Alice sintió como su espalda helaba solo de mirarla. El efecto fue similar en Yao y Román, que visiblemente se retorcieron para quitarse la desagradable sensación.

― E-en fin ― Román carraspeó, para cortar así con el incómodo ambiente generado por la amenazante aura de Sachi. ― Dejando de lado las extorciones, ¿qué tal es trabajar con Kopazo? ¿Es tan maleducado como aparenta ser en sus mensajes de la ALE? ZerG es un chico completamente centrado, constante y feliz. Bastante tranquilo y amable también, he de agregar.

― Bueno… ― Sachi dio un pequeño sorbo a su bebida, acomodando sus ideas. ― No es que Kopazo sea un villano… pero si tiene un estilo muy diferente al de ZerG por lo que mencionas, ¿cómo ponerlo en palabras? Ama escribir, y es muy serio y profesional con ello, pero para él el juego de un escritor fuera de la creación de historias es una historia totalmente diferente. Le gusta competir, atacar verbalmente, alardear, provocar… es… algo así como si tuviese dos personalidades distintas para comportarse.

― Entonces, dos muchachos tan diferentes son los fundadores de la nueva escuela en la ALE, ¿eh? ― Yao asintió, con aprobación. ― No Quiero ponerlos en comparación, pero me recuerdan un poco a AsmaX y a Ten-Zero. Uno el arrogante, el otro el caballero.

― Ha de ser cosa de equilibrio divino ― Añadió Román, intercambiando miradas con los otros dos editores. ― Cuando el domador de demonios se retiró, el mundo de las revistas literarias se quedó sin un claro dominador, y pienso que a raíz de eso, siempre veremos dos nuevas estrellas competir por el trono para siempre.

―… pues yo me niego a aceptar que solo ZerG y Kopazo sean quienes compitan por el trono en los años venideros. Yo hace meses decidí quitar el dominio de Ten-Zero, y aún planeo hacerlo… aún cuando esos dos me llevan ventaja.

Las miradas se centraron en Alice, que habló sin pensarlo al escuchar la (a su parecer) injusta alabanza a los dos novatos del momento. Aunque durante sus palabras se mostró firme y decidida, tras notar que ahora los editores le prestaban total atención se encogió bajando la mirada y sonrojándose como un tomate.

― Si tus letras son tan fuertes como tus deseos y convicciones, definitivamente debo tenerte en cuenta, Alice.

La voz de Sachi hizo que la chica volviera a levantar la mirada. La mayor se mostraba impresionada por sus palabras, y así lo hacía ver con su gesto de apoyo. Román y Yao asintieron tras las palabras de su colega, dejando entrever que estaban de acuerdo.

― La realidad es que todo parece apuntar a que Kopazo y ZerG serán los reyes de la nueva generación, pero nada está escrito ― Román dio un nuevo trago a su cerveza antes de continuar. ― Romper el molde no es cosa fácil, pero si lo logras… creo que el mundo literario se volverá mucho más divertido.

Ninguno de ellos le afirmaba que era capaz de lograrlo, pero sentía extrañamente sus mejores deseos para conseguirlo. ¿Era ese el trabajo principal de un editor? ¿Es que no estaban hechos únicamente para decirte qué podías y qué no podías hacer? Tantas cosas desconocía, y tantas cosas descubría a diario que el mundo de la escritura le parecía cada vez más maravilloso.

Yao, que era el único que faltaba de exponer su opinión sobre el comentario de Alice, permaneció en silencio. Y es que, ya lo había dicho todo antes: tenía fe en la chica, y sabía que existía futuro para ella en el medio; pero aún no, tal cual estaba ahora mismo aún no podía siquiera competir contra los escritores de medio pelo, necesitaba prepararse aún más, y seguir creciendo para realmente alcanzar su verdadero potencial.

― Entonces, Alice ― Yao cruzó sus brazos sobre la mesa. ― ¿Qué cosa querías hablar conmigo?

Luego de semejante conversación, y frente a los editores de ZerG y Kopazo, ¿cómo se supone que le pidiera un descanso para recuperarse de su bloqueo? Lastimaría su orgullo, y más importante aún: defraudaría a Yao, quien dejó muy en claro sus buenas esperanzas para con ella.

― Eh… b-bueno… yo solo quería decirte que… eh… ¡VOY AVANZANDO COMO UNA MÁQUINA!

Sin esperar una respuesta, Alice se puso de pie. Y dando un par de pasos al costado, agregó:

― Y… p-pronto voy a tener la historia de la semana lista. Espérala con ansias, esta vez toca terror y cuento de hadas.

Yao, un tanto sorprendido (y no faltaba más, pues realmente aquello no ameritaba una reunión), no pudo evitar asentir con una sonrisa de satisfacción dibujada en el rostro.

― Bien, Alice… estaré esperando tu escrito y tus anotaciones como siempre. Hasta luego entonces.

Despidiéndose con la mano de los otros dos editores a distancia, Alice dio media vuelta y salió de la escena a paso acelerado, se le podía ver con prisas de alejarse; y es que, estaba en el intermedio de llorar de rabia y orgullo y caer en la depresión por su tremendo problemón.

Los tres editores se quedaron observando en silencio la salida gloriosa de la chica. Una vez estuvo lejos, el silencio predominó en la mesa durante prolongados y angustiosos minutos.

― Eso ha sido bastante cruel, Yao ― Fue Sachi quien rompió el hielo, con un dejo de arrepentimiento en su rostro. ― Mira que traernos solo para picar el orgullo de una jovencita que claramente necesitaba un par de semanas para organizar sus ideas.

― Por eso tenemos tan mala fama los editores ― Bufó con crudeza Román, encogiéndose de hombros. ― Hacemos lo que sea necesario para encarrilar a nuestros escritores. Incluso si eso incluye hacerlos sentir mal para explotar sus capacidades.

― Oh, ambos exageran ― Yao suspiró bajo, ladeando el rostro hacia la ventana. ― Cuando mi fuente me dijo que Alice estaba pasando por un bloqueo, supuse que tarde o temprano me pediría un tiempo fuera. Ella es fuerte, lo suficientemente fuerte como para salir de un simple bloqueo provocado por problemas personales con su mera determinación… solo necesita recordar lo que realmente importa.

― Pero, ¿y si no lo logra? ― Preguntó Sachi, interesada. Alice había despertado aparente simpatía en la joven. ― ¿Vas a darle ese descanso?

Nuevamente hubo una pausa prolongada. Esta vez, Yao ordenó sus ideas mientras jugaba con el envoltorio de papel de la pajilla que la editora bebía a cada tantas. Sus dedos redondos hacían que el pequeño gusano arrugado girara en círculos caóticos. Tanto Román como Sachi se vieron atraídos por su simple juego, y observaron con paciencia hasta que volvió a tomar dialogo.

― Hace cinco años, trabajando para Mc Magazine, fui editor de un joven escritor llamado Dany. Lo recordarán por su historia Sueños Mágicos.

― ¡Claro que lo recuerdo! ― Exclamó Román, apretando el puño con emoción. ― Fue una historia que ganó galardones y reconocimientos por montones durante su lanzamiento. Ganó como 5 premios en los Awards de su debut, se esperaban tremendas cosas de él en un futuro, pero…

― Pero nunca volvió a repitir un año tan maravilloso. ― Yao asintió, cruzándose de brazos. ― Cuando conocí a Dany, quedé impresionado por su potencial, su determinación y sus deseos de trascender. Le ayudé a dar forma a Sueños Mágicos, y acorde a sus capacidades logramos firmar un contrato jugoso con Mc Magazine. Era bastante simple en realidad: él tenía que entregar un capítulo cada quincena, y a cambio recibiría una paga bastante similar a la de AsmaX, incluso cuando este presentaba una historia semanal y tenía mayor jerarquía. No es un secreto que durante varios años Mc Magazine ha estado buscando un sustituto para AsmaX, y tenían altas esperanzas en Dany para ser el nuevo rostro de la revista… durante el primer año todo fue gloria y felicidad tanto para Dany como para Mc Magazine… pero luego de haber dominado en los awards y entrar en el foco social como la más grande promesa literaria de la década, todo fue en picada.

Aunque sus colegas no podían verlo, sabían que Yao en su mente revivía nostálgicos recuerdos de sus días como un editor de alta estirpe. Seguramente conducía un auto mucho mejor que el que conducía ahora, vestía con caros trajes de diseñador y veía su carrera como editor en la cima. ¿Qué mejor que ser un joven de unos 23 años y ya tener tu vida asegurada? Seguramente esos pensamientos inundaban su mente cada mañana al levantarse… y sin embargo, 5 años después, ese no era más el caso. Era ahora nuevamente un editor en entrenamiento con paga mínima y sin un empleo fijo.

―… Dany no era fuerte, ¿saben? Sonará cruel diciéndolo así, pero es el caso de miles: tienes la oportunidad de tocar el cielo, y te estrellas en el techo. ― Yao rió bajo, con ironía. Como tomando con humor el torrente de malos recuerdos que revivía. ― “soy el novato del año, entrego cuando quiera”, “¿Cómo va a saber más que yo un tipo que ni siquiera escribe?”, “Si no les gusta, puedo irme a cualquier revista, me recibirán con las puertas abiertas. Ustedes me necesitan a mí, no yo a ustedes”, y otras tantas linduras llegó a decirme cuando solo trataba de mantener nuestras carreras en el tope. Dany se embriagó con su fama efervescente… y aunque el negocio literario da la bienvenida a figuras altaneras que agreguen sabor extra al medio con su personalidad pedante y retadora, jamás va a tolerar a un vividor que no genera ganancias. Por eso, cuatro años después de ser el novato del año y ganar tres Awards a mejor historia de acción, mejor escritor y mejor personaje femenino… nunca se ha vuelto a saber nada de Dany. Él quiso comerse al negocio de las revistas, pero el negocio se lo comió a él. Mc Magazine se ha asegurado de que se le cierren todas las puertas y no vuelva a publicar nunca más. Hoy en día, puedes comprar sus audiolibros por internet, pero tiene al menos tres años sin escribir nada nuevo.

Una fría ventisca recorrió la mesa, donde nuevamente reinaba el silencio. Sachi y Román intercambiaron miradas de verdadera impresión; así como la escritura regalaba maravillosos relatos de superación y sueños cumplidos, entregaba por igual tétricos relatos de prometedoras carreras terminadas para siempre sin derecho a segundas oportunidades.

― ¿Y qué pasó con…? ― Román se detuvo, a pesar de ser un buen amigo del afroamericano, no conocía esa historia y no estaba seguro de que Yao deseara que se conocieran todos los detalles al respecto.

― ¿Conmigo? ― Yao sonrió con resignación. Sorpresivamente se le veía en paz con el tema pese a la delicadeza de la situación. ― En Mc Magazine nos despidieron a todos los editores de Dany, acusándonos de incompetencia. Dijeron que si no éramos capaces de controlar a un escritor, no éramos dignos de reasignación. Así que de la soberbia de un escritor sin orden ni mentalidad profesional, cinco personas perdimos nuestro trabajo.

Yao alzó la mirada por primera vez desde el inicio de su relato, para intercambiar miradas firmes con sus colegas. Realmente era un pasado complicado para un trabajador honesto que solo buscaba ejercer su carrera. Debió ser difícil para él obtener un nuevo trabajo en el medio sin una recomendación de Mc magazine, es más: teniendo seguramente un tache tras su virtual fracaso anterior.

― Así que no, Sachi… si Alice no sale de su bloqueo, no pienso darle el descanso que necesita… si fracasa en entregarme una sola entrega semanal, será el final de nuestra relación de trabajo, pues significará que no tiene lo necesario para lidiar con la presión de ser un escritor profesional… y yo no volveré a desperdiciar mi carrera en alguien que no tiene lo necesario.

__________

Alice andaba a paso acelerado, ansioso por las calles abultadas de la ciudad. Se encontraba abrumada por su frustración, y estar rodeada de montones de gente no ayudaba en lo absoluto; le gustaría que la calle hubiese estado despejada para poder gritar y arrancarse las greñas en tranquilidad.

Las cosas estaban así para ella: estaba bloqueada, pero no podía decirle nada a Yao por dos simples razones. 1.- El chino tenía altas esperanzas en que ella haría un trabajo fantástico, y 2.- Tenía que hacer lo que Kopazo y ZerG hacían cada semana y mucho más. No podía simplemente dejar que ellos siguieran distanciándose de ella en la carrera por la supremacía; ¿Cómo podía permitir que esos dos desconocidos fuesen en la delantera por buscar competir con Ten Zero? ¡No dejaría que eso pasara! ¡Tenía que encontrar su género ideal, y alcanzarlos para acabar victoriosa!

Resopló como un caballo con frustración ante su gloriosa determinación tomando nuevamente el control de sus motivaciones. A pesar de que eso era lo que deseaba y tenía que hacer, sus capacidades no acompañaban los arranques de sus anhelos. Su mente lastimada era incapaz de producir ideas, y su mente no dejaba de visitar temas irrelevantes para sus objetivos, como los temas en clase, el por qué los camellos masticaban mientras andaban, y sus conflictos con Claudia.

Maldición, sus conflictos con Claudia. De no ser por ellos, nada de eso estaría ocurriendo. Deseaba que Claudia simplemente la hubiese abandonado sin hacer alarde y garantía de ello, así aunque estaría triste al menos podría mantenerse concentrada.

No tenía objeto llorar por Claudia derramada. Resignándose a tener que encontrar una solución rápida a su bloqueo en la tranquilidad de su casa, fue hasta la parada de autobuses y emprendió hacia su nuevo rumbo.

Le urgía llegar a casa, desvestirse y descalzarse y tumbarse en la cama a disfrutar de la fresca briza del aire acondicionado para aclimatarse antes de darse un buen baño para dar comienzo con su rutina de escritura forzosa. Afortunadamente ahí, a excepción de los gritos regañones de su madre y los cariños pegajosos de Pulgoso, nada la estresaría aún más de lo que ya estaba.

Leyó durante una de sus investigaciones en internet, que nada era más duro y tedioso para un escritor que forzarse a escribir durante un bloqueo. Pero un porcentaje considerable de escritores argumentaron que eso les ayudó a salir de su estancamiento. Claro, tenía que tener en cuenta que muchos de esos escritores que opinaron solo eran chicas que escribían fanfics de alguna banda con terrible calidad y muchas lectoras… tal vez eso no importaba tanto… tal vez.

Cuando cruzó el barandal exterior de la cochera, se sintió ya un poco más tranquila. No había otro lugar como el hogar, ¿correcto? Ahí acabaría relajándose en la quietud de su habitación, comería bien, y tendría una muy pequeña oportunidad de salir delante de su bloqueo momentáneo. Abrió la puerta de la entrada, y cruzó con calma, estaba ya en casa.

Pobre Alice; le faltó presupuestar que cuando en la vida algo va mal, siempre llegará algo que empeore todo. Es parte del cruel y peculiar sentido del humor del universo.

― My Little sister has arribed! ― Exclamó una conocida, pero poco grata voz para recibirla. Antes de que pudiera enfocar su mirada en la dirección proveniente, se vio fuertemente empujada y atrapada por una persona de suave piel perfumada. Distinguió durante aquel brusco abrazo una mata clara danzar agraciada en el viento antes de detenerse en su mejilla. ― Oh god, tanto tiempo ha pasado, ¡mi hermanita querida!

¿Por qué?

Separándose de Alice, que quedó rígida tras tan afectuoso abrazo, la joven de radiante belleza y elegante porte dejó ver su maravillosa sonrisa de comercial. Pero la joven escritora ni se fijó en eso; en cambio, analizó la vestimenta que cargaba: una falda azul marino, con medias oscurecidas y tacones medianos. Claro, siempre le gustó verse más adulta.

¿Por qué justo ese día?

Una blusa negra de tela delgada con cuello de tortuga completaba el conjunto, y se amoldaba completamente a su esbelta figura escultural acentuando sus pechos grandes, revelando sensualidad evidente sin denotar vulgaridad alguna. Como accesorios, un par de perlas en las orejas y un brazalete brillante en su mano izquierda.

Esto no debía pasar… ella solo lo complicaría todo. No… ella lo arruinaría.

Describir y observar su rostro y cabello siempre fue para Alice un martirio: piel blanca y tersa, como de bebé, con mejillas chapadas, llenas de vida y unos encantadores hoyuelos que se vislumbraban cada vez que sonreía (o sea, siempre). Su cabellera: tan larga y abundante que daba calor solo de solo mirarla; ella heredó el precioso color de cabello castaño claro de su padre (antes de perderlo casi todo). Para desgracia de Alice, su hermana mayor no heredó nada de la calvicie de su progenitor en conjunto, y por ello su melena colgaba hasta pasada la cintura. Lo llevaba suelto, con un par de coletas a los costados que apenas ocupaban una porción de su encantadora mata. El resto, lo llevaba como con ondulado de salón, dándole un aspecto muy maduro y encantador. Prefirió no hacer comentario al respecto, pues sabía que le respondería con algo parecido a “¿Me creerás que no me peiné? Así amanecí” o algo así.

― Hola, Melissa. ― Saludó Alice forzándose a sonreír. Comenzaba a sudar aún más de lo que hacía estando afuera en el calorón. ― ¿Por qué viniste? ¿Cuándo llegaste? … ¿Por qué viniste?

― Oh, Little sister ― Melissa rió un poco con la gracia de una dama de aristocracia. Uno pensaría que eso lo aprendió en Inglaterra, pero de hecho ya venía incluido en su molesta persona llena de monerías. ― I just got here, mamá y papá fueron a recogerme al aeropuerto hace cosa de 20 minutos. ¿Puedes creer que no les dije la hora del aterrizaje para que no se molestaran en ir a recogerme y ellos se fueron a esperarme por casi ocho horas desde temprano?

― Sí, sí lo creo. ― Suspiró hondo, eso explicaba por qué al despertar la casa estaba vacía y sin desayuno preparado.

Avanzando de la entrada, con la intención de huir escaleras arriba y encerrarse en su cuarto, Alice trató de apartar a su hermana, pero esta no parecía tener intención de alejarse. Y de hecho así lo confirmó cuando sujetó su mano con apego y la arrastró hacia la mesa.

― ¿Dónde están mamá y papá? ― Preguntó entonces Alice, dejándose llevar y no pudiendo evitar notar que sus progenitores no se encontraban en sus sitios habituales.

― Oh, fueron a comprar comida para celebrar mi llegada en familia. ¿Aren´t they marvelous? ― Preguntó mientras tomaba asiento en el lugar que usualmente ella tomaba, al centro de la mesa. Dio un par de palmaditas al asiento de al lado. ― Apenas me ofrecí a cocinar para ustedes una receta fantástica de fish and chips que aprendí de unas religiosas en un convento de Wilshire papá y mamá se negaron sin parar y sin aceptar réplicas se fueron a comprar…

― Pizza de champiñones con anchoas de via Venetos. ― Le interrumpió Alice al instante mientras tomaba asiento: era esa la comida favorita de su hermana, y obviamente la compraban todo el tiempo por eso. Claro, sus padres nunca compraban su comida favorita siquiera en sus cumpleaños, pero si se trataba de su maravillosa hermana mayor, ¡¿por qué no hacerlo en cada oportunidad?!

― En realidad se pronuncia Vía Venettos ― Le corrigió al instante con un preciso acento italiano. Alice en réplica puso los ojos en blanco y guardó silencio mientras miraba al centro de la mesa esperando por una oportunidad para subir a su cuarto y dar por terminado el mal trago.

Por unos segundos, Melissa regaló a Alice el dulce silencio, pero fue en realidad por qué buscaba como sacar tema de conversación; una vez encontró de donde agarrarse, dio rienda suelta a su charla.

― Oh, your necklace is so gorgeous, sis. ― Halagó, señalando con su dedo hacia el collar del calendario azteca. ― En mi clase de civilizaciones antiguas de la universidad nos explicaron que a pesar de ser llamado el calendario azteca o mexica, hay varios historiadores que están convencidos de que su origen es Olmeca. También analizamos su precisión y distintos detalles; una cultura fascinante la Azteca, ¿no crees?

― Eh… claro… pero yo en realidad solo lo uso porque es un amuleto de suerte que se cruzó en mi camino durante el día más importante de mi vida.

Suspiró hondo. Ya había olvidado que Melissa siempre tuvo esa extraña necesidad de presumir sus conocimientos durante cualquier charla. Sus padres y sus millones de amistades por supuesto encontraban sus aportaciones brillantes y jugosas, pero para ella siempre fue algo pedante y fastidioso.

― ¡Ah, es cierto! ― Exclamó su hermana, fascinada por alguna razón. ― Tú siempre fuiste muy fan de esos jueguitos de la fortuna. Es bueno ver que hay cosas que no cambian arround here.

A Alice le tembló un párpado al oír aquello. ¿Qué se suponía que significaba eso? ¿La acababa de llamar infantil con sutilidad? ¿Era eso? ¿A la gran y perfecta Melissa le complacía que su hermanita siguiera siendo una niña que cree en la buena suerte y en el destino?

― B-bueno, pero hay cosas que cambian también ― Carraspeó un poco, esta vez esbozando un gesto de presuntuoso orgullo. ― Por ejemplo, seguro mamá ya te ha contado las novedades…

― ¡That´s right, sis! Ya me ha contado mamá que han comprado un nuevo sillón, y que el abuelo de pronto recobró la capacidad de hablar en armenio.

Alice negó de inmediato con la cabeza, ¿es que jugaba con ella?

― Hablo de que ahora entreno para convertirme en una gran escritora de revistas de tecno-libros. Como mamá seguro ya te habrá contado, ya he ganado un concurso y mi historia será publicada en la prestigiosa Asociación De Lectores y Escritores.

― ¿Really? ― Melissa abrió su boca con notorio asombro. ― Vaya, sis… no, me temo que mamá nunca tocó ese tema. Es algo raro ya que hablamos casi a diario por teléfono.

― ¿Eh? ¿M-mamá nunca te lo dijo?

Melissa negó con la cabeza.

― No, im afraid she didn´t. ¡Ni siquiera sabía que querías ser una writer, sis! ¡That is trully amazing! De haber sabido te hubiera traído algunos tecno-libros de Londres, no creerías las maravillosas librerías que hay ahí, lo sabré yo que amo leer.

El gesto presumido y orgulloso de Alice se vio destrozado de un instante a otro por la desilusionante noticia. ¿Jamás su madre habló con su hermana mayor sobre su más grande logro hasta el momento? ¿Qué había sido de esas palabras que le dijo su madre el día en que supo que era la ganadora? ¿No había dicho que estaba orgullosa? ¿Eran puras mentiras?

― ¿Alice? ― Le llamó su hermana, ladeando la cabeza al no recibir una respuesta. ― ¿Are you ok?
Pero la chica no replicó tampoco en esa ocasión. Simplemente, se levantó de su asiento y avanzó hacia la puerta. No podía estar en esa casa ni un instante más, necesitaba salir.

― O-oye, sister, ¿A dónde vas? ― Llamó nuevamente Melissa, agitando su cabellera fantástica con el solo girar de su cuello. ― Mamá y papá ya deben de venir para acá con la cena, ¿por qué no los esperamos juntas?

Alice negó con la cabeza, sin siquiera volverse a ella.

― No. Debo salir, coman sin mí… yo volveré luego.

En la mente de Alice no existía siquiera un sitio para su bloqueo y la escritura en ese momento. Todo lo que sentía era desilusión intensa y latente para toda su familia. Nadie se molestó en avisarle que su hermana volvería, y ninguno tuvo la amabilidad de mencionarle a la misma que estaba enfocando su vida a la literatura, pues su sueño y pasión más grande no era tan importante como un nuevo mueble o la cantidad de lenguas indoeuropeas que el abuelo dominaba. ¿Serían así las cosas para siempre? ¿Melissa sería siempre el centro de atención, y ella tomaría no un rol secundario, sino irrelevante en la familia?

No era siquiera que pidiera la atención que Melissa recibía. Comprendía que eso no pasaría, pues era la hermana mayor la del intelecto sobresaliente, la que ganó una beca completa en una de las mejores universidades del mundo, la que estudiando ciencias políticas buscaba hacer un cambio para mejorar la posición de las familias de la clase media para abajo, la campeona nacional de atletismo y miembro retirado de la selección pre-olímpica nacional de voleibol. ¿Pero era acaso mucho pedir existencia y validez? ¿Era egoísta esperar reconocimiento por sus esfuerzos y dedicación? ¿Un poco de apoyo simplemente era inaceptable?

No esperó a una réplica más de su hermana mayor, Alice salió de la casa apretando sus puños de rabia e impotencia. No tenía a donde ir ni con quien hablar, y realmente tampoco es que tuviera muchas ganas de charlar con alguien luego de lo recién ocurrido. 

Anduvo a paso firme y rumbo incierto durante un buen rato. El silencio y la soledad le regalaron la oportunidad de sumirse en sus tristes pensamientos de desilusión. Pudo romperse a llorar, pero ya estaba cansada de eso; nunca en su vida lloró tanto como ese mes, no tenía intenciones de extender sus dramas ni un llanto más.

Sus pasos erráticos acabaron llevándola a Gambino´s de manera casi irremediable. Había pasado ya un buen rato desde su última visita, pero para su tranquilidad el establecimiento mantenía su calma fachada. Había pocos clientes ese día, no extrañaba al ser entresemana; seguramente los escritores se encontraban trabajando en sus obras semanales para entregar a tiempo y seguir teniendo sustento económico.

Fue breve, pero durante un instante pudo sonreír solo de imaginar a cientos de personas sin rostros específicos escribiendo en iluminadas habitaciones despejadas de distractores mientras bebían una gran taza de café hecha en casa. También le gustó pensar en sus editores, entrando y regañándolos por algún error o sugiriéndoles cambiar algún detalle.

A pasos cortos se abrió paso en el establecimiento. Para su desgracia, el señor Gambino no atendía la barra, en su lugar estaba aquel sujeto de aspecto lúgubre y mala actitud que en más de alguna ocasión le había servido su café de mala gana y sin hablar más que para indicar el precio a pagar. Sin más remedio, se acercó hasta él para realizar su pedido.

― Un cappuccino mediano, con cremita batida por favor. Que sea doble, hoy estoy triste.

 Sin replicar o gesticular, el muchacho preparó la orden al pie de la letra, y un par de minutos después ya entregaba a Alice su pedido, agregando la galletita de regalo que Gambino siempre le regalaba a ella y a Claudia. Agradecida, Alice pagó.

― Oye, ¿Damián… era? Déjame hacerte una pregunta. ― Alice se recargó sobre la barra mientras el empleado preparaba el cambio. ― ¿Tu familia menosprecia tus logros y aspiraciones?

― Sí. ― Respondió en voz baja, casi imperceptible.

― ¿Y no odias que sea así? Mi mamá ni siquiera le contó a mi hermana que estoy iniciando una nueva carrera que es mi sueño. ¿Sabes lo que es eso? Que no te tomen en serio aunque das todo de ti.

― Claro que lo sé. ― Damián entregó a la chica su cambio, para luego mirarla a los ojos y continuar. ― Cuando les dije a mis padres que mi sueño era servir café a extraños ocupados que dejan propinas tacañas mientras hablan de sus problemas conmigo como si fuese un bartender, me negaron la herencia y cancelaron mi matrimonio arreglado.

― ¿E-en serio? ― Alice se estremeció un poco. ― B-bueno, eso es…

― Claro que no es en serio. ― Le interrumpió, tomó un trapo y se dio a la tarea de limpiar la barra con trazos suaves de su brazo. ― Ahora largo, déjame trabajar. No tengo tiempo ni para mis propios problemas familiares como para preocuparme por los tuyos.

Esbozando una nerviosa sonrisa de incomodidad, Alice retrocedió al ver que era una molestia para el malhumorado sujeto.

― Y-ya veo, perdona… hasta luego, y lo siento.

― No te disculpes. ― Suspiró hondo, como buscando invocar toda la paciencia y amabilidad disponible en su antisocial cuerpo. ― Si quieres hablar con los Gambino, se encuentran en su casa.
Parpadeando perpleja, Alice asintió con lentitud, agradecida. Tal vez, después de todo aquel sujeto no era tan mala persona.

― Gracias, creo que iré a saludarlos.

Y así, Alice se dio la vuelta y caminó fuera del negocio para llegar a la casa de los Gambino. La puerta de entrada estaba a medio abrir, pero como eso de entrar sin tocar pasaba solo en las películas, tocó el timbre y esperó paciente a que alguien le atendiera. Tuvo que esperar bastante antes de que la señora Gambino le recibiera con una sonrisa, se le apreciaba algo agitada.

― ¿Ah? ¿Pequeña Alice? ¡Tanto tiempo! ― Le saludó, extendiendo ambas manos con alegría. ― Pasa cariño, pasa… es raro que Paolo deje la puerta abierta. Tal vez surgió una emergencia en el café y salió rápido.

(Es extraño que tuviesen que pasar 330 páginas para averiguarlo, pero así es: el señor Gambino tenía en efecto un nombre, el cual Alice encontraba bastante extraño… para ella, todo sería mejor si incluso su esposa se refiriera a él como Señor Gambino).

― Lamento la molestia señora, pero quise venir a saludar rápido. ¿Estoy interrumpiendo acaso?

― Oh, nada de eso querida ― Negó repetidas ocasiones, mientras se dirigía hacia la cocina, con Alice detrás. ― Es solo que hoy tenemos varios grupos de invitados esparcidos. Justo estaba a punto de subir un poco de té helado para los que charlan escaleras arriba. Dame un momento que voy a llevarles la jarra y regreso contigo, cielo.

― Yo lo haré ― Se ofreció la chica con anticipación. Dejó su café en la mesa, y adelantó sus manos a las de la mujer encima de una jarra de cristal rebosante de té y cubos de hielo. Se le notaba el alto esfuerzo a la pobre mujer, y era para ella un placer brindar su ayuda dada la situación.

― N-no sería correcto poner a la visita a trabajar, Alice, no podría…

― No se preocupe ― Le tranquilizó la chica, en tono relajado. ― Igual he venido a su casa, lo menos que puedo hacer es ayudarle un poco. ¿En dónde se encuentran sus invitados?

Dubitativa, la amable mujer decidió dejar de lado sus principios, derrotados por la joven determinación cooperativa de su invitada.

― Te lo agradezco, cariño. Es subiendo las escaleras, en la primera puerta a la derecha.

Ni tarda ni perezosa, se aventuró la chica con la jarra en manos hacia su destino, y apenas llegó al salón con rumbo a las escaleras, se encontró con un rostro altamente familiar en las mismas. A pesar de ser un rostro conocido, el sitio no concordaba en absoluto.

― ¿Anthony, qué haces aquí? ― Preguntó, ladeando la cabeza levemente.

Hubo una pausa prolongada, parecía que Anthony pensaba en una buena respuesta. Alice lo sintió un poco nervioso, con un semblante pensativo; y aunque eso en Anthony no era tan poco común, sabía que algo especial estaba ocurriendo.

Confirmó por completo lo que ya venía pensando, cuando un hombre desconocido de largos cabellos negros, y una edad considerablemente avanzada a la de los dos muchachos bajó las escaleras y tomó al muchacho del hombro. Esa no era la parte rara, ¿eh? Bueno, tal vez un poco. Pero fue lo que dijo lo que realmente hizo gran, gran efecto en la mente de Alice.

― Sé que te sorprendimos un poco por todo lo dicho ahí adentro, pero queremos que lo pienses: ZerG, eres el único que puede hacerlo.

En un estado anímico común o ideal, Alice hubiese estallado de la sorpresa, caído de rodillas y rodado en el suelo tras escuchar aquello, pero la chica no se encontraba en su estado idóneo, y poco podía hacer para evitarlo. Y así como así, Alice dejó expresar su inconmensurable sorpresa, su inmensa emoción creciente y sus muchas expectativas haciendo erupción con una simple y sencilla pregunta, en un tono tan claro y tranquilo que sería ideal para preguntar a alguien por su color favorito.

― ¿Eres ZerG, Anthony?

El silencio reinó en el salón. Las frescas brizas del aire acondicionado como ruido blanco eran lo único que se pudo escuchar por lo que para Anthony debieron de parecer siglos. Alice, no obstante, esperó con paciente expectativa. Realmente esperaba una respuesta a pesar de su mal humor.

― De acuerdo… ― Juan, al ver que metió la pata se adelantó a Anthony y se acercó a Alice, para tomar la jarra de té helado de sus manos. ― Yo tomaré esto, y me iré… lo siento, Anthony. No sabía que lo guardabas como secreto de alguien.

Realmente ese no era el caso, pero irónicamente: las únicas dos personas  a quienes deseaba contarles de su sueño de ser escritor, eran aquellas a quien le resultaba incómodo que lo supieran desde aquel día en que decidió alejarse de ambas.

Juan se fue escaleras arriba sin decir más (no fuera a ser que soltara otro secreto importante), y al verse ya asediado por un silencio cada vez más agonizante: Anthony decidió hablar de una vez por todas.

― Sí, lo soy.

Alice sonrió levemente, satisfecha por aquella respuesta. No lo imaginaba, desde ningún punto; ¿Cómo iba a saberlo? La historia de Anthony era tan oscura y misteriosa y él… bueno, realmente nunca aparentó ser un sujeto enigmático, más bien era un chico tranquilo con gustos tranquilos… ¿o, lo era realmente? Daba para pensar, ¿realmente lo conocía?

― Me alegra que seas tú ― Fueron sus palabras, mientras expandía su sonrisa con sinceridad. ― Es una historia fantástica la tuya, Anthony. Tienes bien merecido ese segundo puesto.

El chico se estremeció. Por un momento, se sintió inmensamente grato y feliz tras descubrir que la chica leía su obra. No obstante, reculó, recordando su molestia. Ella, junto con Claudia, nunca se interesó por él antes, y por ello tenía que mostrarse firme tal como hizo con la otra.

Justo pensaba de qué forma podía responderle para demostrar lo lejos que estaban de seguir siendo amigos, cuando Alice retomó la palabra. Su sonrisa se mantenía, a pesar de lo doloroso que resultó su habla.

― ¿Es por eso que ya no me hablas en clase, cierto? ― La chica desvió la mirada, en visible sufrimiento. ― No lo entiendo muy bien… pero creo que tanto Claudia como yo hicimos algo malo contigo… y como resultado, te alejaste.

Anthony tragó saliva. A pesar de no entenderlo del todo, Alice no pasó por alto las señales y tenía una idea de lo ocurrido, de hecho… captó todo en esencia.

― Así fue. ― Admitió.

― Lo sospechaba… ― Alice suspiró, nostálgica. ― Supongo que el cambio es irremediable cuando algo no funciona para todos… ¿sabes? Yo solía pensar que éramos un grupo de amigos felices, que la pasábamos genial y que siempre lo haríamos. Pero luego, Claudia hizo ver que no era así y se fue a buscar lo mejor para ella. Y tú hiciste lo mismo luego… fue entonces que supe que nuestra relación solo me mantenía a mí contenta.

― Yo también estaba contento ― Se apresuró a decir Anthony, con las manos en los bolsillos. ― Al menos así era, hasta que vi que no se preocupaban por mí del modo en que yo lo hacía.

― Tienes razón. No lo hicimos.

Anthony se estremeció. Siempre que en su mente imaginó el momento en que le dijera a alguna de las chicas sobre su sentimiento de menosprecio lo hizo presupuestando una negación inmediata y una disculpa condescendiente por el malentendido. Nunca imaginó que una de ellas fuese a admitirlo rotundamente sin más… de hecho fue tan franco que dolió un poco.

―… supongo que ambas te dábamos por hecho. Sentíamos que siempre estarías ahí para nosotras, así que no nos tomamos la molestia de asumir que podríamos perderte. ― Agregó rápidamente, antes de que Anthony siquiera pensara en una respuesta. ― Si te sirve de consuelo, hice lo mismo con Claudia. Y creo que Claudia hizo lo mismo conmigo. Por eso cuando sintió que empezaba a partir en otra dirección, sintió la urgente necesidad de buscar un cambio. Esto último… pienso que es tu caso por igual.

Hacía enorme sentido, era como si los tres amigos hubiesen esperado una garantía incondicional por todas las partes, y tras sentirse equivocados, decidieron llegar a un final. Visto desde esta perspectiva, sin embargo, Anthony no tenía permitido sentirse menospreciado nunca más, pues en realidad todos esperaron demasiado de todos, y se dirigieron juntos a un cierre inminente.

― Bueno… vi la oportunidad de hacer un cambio, y hasta ahora me ha dado resultado. Llevé a Sarah Crimsay a su casa esta tarde, y quiere comer conmigo mañana en la escuela.

― ¿Sarah Crimsay, la de tercero? ¿La diosa perfecta? ¿La que Claudia al verla balbucea “hamuna hamuna hamuna”?

― Esa misma ― Anthony rió levemente. ― Así que, creo que empiezo a ver buenos resultados del cambio.

― No estoy del todo segura… pero creo que Claudia también empieza a recibir frutos por haber dejado el nido, o eso se rumora. ― Sonrió, irónica. ― Creo que soy la única lenta que está sufriendo por adaptarse…

― Incluso si te está costando un poco más, estoy seguro de que tarde o temprano lograrás sentirte bien… de los 3, siempre fuiste tú la del espíritu más fuerte.

¿Por qué rayos estaba animándola? No se suponía que fuese así. Él tenía la intención de ser firme e indiferente, y sin embargo… bueno, ya no importaba. Alice siempre se las arreglaba para arrastrarlos a él y a Claudia a situaciones poco calculables, incluso en momentos como ese donde su amistad había terminado.

― Gracias, Anthony… si te soy honesta, he estado tratando muy duro. Más duro de lo que he tratado nunca antes. Pero hoy mi familia me ha dado un golpe bajo de lo más desagradable y complicaron aún más las cosas para mí.

Vaya coincidencia, si de inconformidades familiares se trataba, Anthony se consideraba una autoridad. No solo hablaba de su conflicto reciente con su madre, sostenía una relación complicada con sus tíos y sus primos por igual; y todo se remontaba a mucho antes de que se convirtiera en un escritor.

― La familia es importante para nuestro estado de ánimo, por desgracia ― Coincidió Anthony, resoplando. ― Si te sirve, de un experto en conflictos familiares a una novata: el mayor secreto para tolerar las decepciones y molestias familiares sería el respeto.

― ¿El respeto? ― Alice arqueó una ceja, confundida por semejante respuesta. ― ¿P-por qué el respeto? ¡Quiero decirles de todo!

― Eso se entiende… pero la realidad, es que la familia es lo que es y nunca va a dejar de serlo. Tu familia estará ahí toda tu vida. Cuando despiertes, cuando duermas, durante las fiestas, durante las celebraciones… vas a verlos siempre, y por muy decepcionado que estés de ellos, realmente tu mayor arma será respetarles y exigir que hagan lo mismo. Cuando no lo hacen… ― Anthony se llevó su mano a su mejilla, reacio. ― Es entonces cuando debes dejar de esperar algo de ellos, y ahí todo se vuelve más fácil.

Alice no estaba del todo segura de entender las palabras del chico, pero sabía que tenía razón sobre el respeto. Ella esperaba que en casa le apoyaran y celebraran su esfuerzo, pero eso era tal vez esperar demasiado de un grupo de personas de las cuales en un inicio solo tenía que esperar respeto y aceptación, y eso ya se lo daban: a pesar de estar en contra, su madre accedió a permitirle buscar una carrera literaria, y respetaba su decisión. ¿Realmente era necesario pedir por más? Claro, sentía envidia por los inmensos mimos que la PERFECTA de Melissa recibía, pero tampoco es que fuese indispensable recibir un poco de esos. Era más bien un lujo que no se le daría, y estaba bien con eso.

― Vaya, Anthony… resultaste ser un sujeto muy sabio ― Le halagó Alice, provocando que el muchacho se estremeciera y sonrojara. ― Gracias, me has ayudado bastante.

― N-no he hecho nada ― Dijo el otro, que decepcionado de si mismo trataba de evitar hacer notar su vergüenza. ― Tampoco es que haya tratado de ayudarte… solo charlamos un poco.

― Eso lo sé ― Dijo la otra con una risita. ― Sin embargo, incluso cuando no tratas de ayudar, sueles saber que decir, y sabes escuchar. Hasta con alguien que no es más tu amiga, como soy yo.

Anthony desvió la mirada, y carraspeó un poco, tratando de disimular. ¿Cómo se supone que no se alegrara por recibir halagos? No existía hombre en el mundo capaz de ignorarlos, o al menos eso le gustaba pensar a él.

― Bueno, ya sabes… de nada.

― Gracias ― Volvió a agradecerle, antes de volverse en dirección a la cocina, donde la señora Gambino seguramente le esperaba. ― Ahora, si me disculpas, tengo algunas cosas por hacer. Cuídate Anthony, y sigue sacando lo mejor de este cambio, tanto tú como Claudia se merecen lo mejor.

Anthony levantó la mirada al instante al escuchar tan conmovedora despedida, pero Alice ya no estaba ahí. Se desvaneció con sus conmovedoras palabras.

Luego, el muchacho dio un par de pasos al frente y girando la cabeza pudo verla en la cocina disculpándose con la dueña de la casa por la tardanza y se perdió el misticismo de la despedida, pero Anthony prefirió hacer de cuenta que no vio nada de eso, y salió de la residencia con sentimientos mixtos en su interior.

__________

Alice no se quedó mucho tiempo más en casa de los Gambino. Desde un inicio su intención era solamente saludar rápido, pero la señora insistió en charlar un rato con la chica, en suma al tiempo invertido en su charla con Anthony. Pasó cosa de media hora comentándole sobre los avances en su proyecto (omitiendo por vergüenza el drama de su bloqueo), y se despidió con una amigable sonrisa cuando dieron las seis de la tarde.

Gracias a las palabras de Anthony, Alice había llegado a una resignación intermedia sobre su decepción familiar. Sentía que gracias a su conversación, sería capaz de entrar a casa, cenar algo de esa horrible pizza que Melissa amaba, tolerar su charla presumida y hasta soportar los cíclicos halagos infinitos de sus padres a la perfección de la primogénita.

Durante su viaje en el autobús, se fue preparando mentalmente, reviviendo una y otra vez su conversación con el muchacho. Se sentía triste por ya no poder seguir siendo amiga ni de él ni de Claudia, pero más que nunca comprendía su sentir, y ciertamente les deseaba lo mejor. Sobra decir, que si lo mejor era permanecer distantes pese a algún día llegar a ser como los tres mosqueteros: la distancia sería entonces el rumbo a elegir.

Era como Anthony decía: tal vez incluso ella llegaría a sentirse bien, pese a ser la que batallaba más para adaptarse.

Pensó en estos temas mientras andaba en el autobús, y siguió pensándolos cuando llegó la hora de caminar el resto del tramo hacia su casa. Una vez se encontró en el umbral de su hogar, cuando el sol ya se había ocultado y las estrellas pintaban el lienzo oscuro del cielo, suspiró hondo, relajó todos sus músculos, y giró la perilla con la convicción de una guerrera.

Apenas abrió un poco la puerta, pudo notar un ajetreo anormal en la residencia Delaware, y eso era de esperarse: Melissa estaba de vuelta. Pero era más que eso, y lo comprobó una vez que cruzó por completo al interior.

Marco reía recargado en la pared contigua a la mesa, mientras charlaba animadamente con su hermana. Melissa sostenía en sus manos un bol inmenso repleto de papas fritas con salsa y limón, una receta que adoraba preparar. Y Marco comió una de ellas.

Sus convicciones, sus ideales recién adquiridos sobre el respeto, todo lo aprendido durante el día se vino abajo en ese solo instante. Incapaz de mantenerse callada, y sintiéndose ultrajada, se acercó a pasos violentos hacia su hermana.

― ¡Sis, i missed you! ― Exclamó Melissa, girándose atraída por el ruido de sus pasos. ― ¡No vas a creer lo que…

― ¡¿Es que tú tienes que ganar en todo siempre?! ― Le espetó Alice con desprecio, fulminándola por la mirada. ― ¿Quién te crees que eres, eh?


Continuará…

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