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Asociación de Lectores y Escritores (ALE) (27/??)

Capítulo 27: Bloqueo

― ¡ALICE, YA LEVÁNTATE QUE SE TE VA A HACER TARDE!

Lo que su madre no sabía, es que Alice ya estaba despierta. De hecho, ¿había dormido siquiera?

Se levantó de torso, y palpó con sus pequeños dedos la sensible superficie de sus ojos… la irritabilidad era evidente, y es que no esperaba menos luego de llorar tanto.

Tenía la esperanza de que al despertar, se levantaría ilusionada bajo la posibilidad de que todo ocurrido el día anterior hubiese sido un sueño. Esperaba ansiosa por esos escasos segundos de felicidad que le tomaría recordar que todo lo vivido, era tristemente real.

Pero no. No pudo conciliar el sueño lo suficiente como para perder el rastro de lo vivido… se despertaba cada 5 minutos por culpa de su inquieta mente negativa y alterada. Le fue imposible dejar de pensar por un solo instante en su caótica experiencia.

Así que… realmente era el fin.

Mientras se vestía, revivía momento a momento en su memoria las palabras y acciones de Claudia. El manotazo que le dio, la molestia en sus ojos, la crudeza de sus palabras, su agresividad… todo acumulaba su pecho de dolor como si acabara de pasar.

Cerró los ojos para evitar llorar de nuevo; le fue muy difícil detenerse, y no podía permitirse empezar de nuevo, al menos no si buscaba evitar llorar frente a toda la escuela. Otra vez. Y esta vez no solo por la desaparición de su almuerzo en un día donde no desayunó.

Resopló, mirándose al espejo con insatisfacción. Se veía verdaderamente terrible, pero con eso tendría que conformarse; las orejas eran señal de madurez, ¿no? Los ojos hinchados también le daban un caché muy tipo viuda victimizada, ¿correcto? Solo le quedaba acostumbrarse a que sería ese su nuevo look.

Tomando su bolso grande donde cargaba con sus libros y su laptop, bajó las escaleras con desgano notorio. Colocó todo a un costado de la puerta y se sentó en la mesa, donde ya un plato con Hot Cakes le esperaba. Su madre puso a su lado la miel sin siquiera voltearse a verle… seguía molesta.

― Ah, veo que te nos vas a unir ― Susurró la madre, indignada. ― Eso es sorpresivo, creí que como ayer, preferirías saltarte la comida con tu familia aunque prometiste lo opuesto.

No es como si ella hubiese querido perderse el jueves de tacos a propósito. Nunca planeó que todo su mundo se sacudiera de pronto y acabase perdiendo los papeles en un área pública ante la vista de cientos de personas. No es como si ella quisiera haber durado horas enteras llorando y balbuceando cosas que solo ella entendía mientras un amigo suyo le acompañaba, esperando pacientemente a su mejora.

Bajó la mirada, viéndose herida al más sensible toque de recuerdos. Ni siquiera podía explicarle a su madre lo ocurrido sin echarse a llorar, prefería entonces mantener las cosas como estaban.

Comió un poco, realmente no tenía apetito pero no quería hacer enfurecer a su madre. Cuando consumió lo que consideró era una cantidad suficiente, se puso de pie y caminó hacia la entrada. Para estas alturas, Claudia ya habría llegado a recogerla como todas las mañanas para llegar juntas, pero eso ya no pasaría nunca más…

― ¿No va a venir Claudia por ti? ― Preguntó su madre, aún desde su asiento.

Alice negó con la cabeza, mientras recogía su bolso y se lo colgaba en el hombro. Abrió la puerta y cruzó el umbral sin muchas ambiciones de dar por empezado su día.

Dio una mirada rápida a su celular tras salir de su casa. No llegaría a tiempo a clases, ni caminando ni en autobús. Estaba tan acostumbrada a ser recogida por su amiga, que no presupuestó el necesario cambio en su rutina. A partir de mañana, tendría que levantarse una hora más temprano.

Encogiéndose de hombros, echó a caminar a paso acelerado rumbo a la parada de autobuses.

Luego de lidiar con un autobús repleto de personas enormes y malolientes con poco interés por su integridad física, y salir milagrosamente entera (aunque despeinada y con su uniforme arrugado), Alice llegó a territorio escolar con casi una hora de retraso. Por supuesto, el prefecto en la entrada le prohibió la entrada, le entregó un reporte que debía dar a firmar a su madre y la regañó sin parar hasta que la segunda clase dio inicio.

Fue entonces que Alice pudo ir a su salón, pero cada paso que daba sumaba gran peso y nerviosismo en su andar. Claudia estaría ahí, y mirarla a los ojos luego de lo ocurrido el día anterior sería lo más difícil que haya tenido que hacer nunca antes en esa preparatoria… incluso más difícil que el examen de química del desgraciado Profesor Gonzalo.

Pensó en quedarse en las escaleras durante el resto de las clases y por lo que restara de su vida escolar, escondiéndose hasta el fin de los tiempos; pero incluso para sus absurdos estándares, era evidente que tarde o temprano tendría que entrar a esa aula, y afrontar la realidad.
Suspiró hondo, y sin mayor drama, caminó hasta adentrarse al aula.

Gran parte de sus compañeros estaban de pie, charlando y aprovechando el espacio entre la salida y la llegada de los profesores. Lo primero que notó, fue que Claudia no estaba en su lugar habitual, en la fila al extremo derecho del salón casi al fondo. En su lugar, decidió sentarse en el otro extremo, junto con las escandalosas chicas populares.

Sin quedarse congelada (más por querer disimular que por nada), caminó hasta su asiento habitual, aunque sin su amiga a su lado se sintió extrañamente desprotegida y sola apenas se acomodó en el lugar. ¿Siempre fue ese lugar tan incómodo, frío y alejado del resto de sus compañeros?

Se encogió, abrazándose a sí misma. Espiando de reojo, pudo apreciar como Claudia charlaba animadamente con otras tres chicas. Reía, sonreía, bromeaba… todo con gran naturalidad.

Así que, para ella era fácil renunciar a su amistad y seguir como si nada al día siguiente.

¡¿Dónde demonios estaban Marco y Anthony cuando necesitaba compañía urgente?! Sacó uno de sus libros de estudio, para disimular su soledad detrás de la excusa del estudio. Trató de distraerse, pero poco ayudaba la biología para ocupar su mente… de hecho, le era preocupante que no tuviera idea de lo que estaba leyendo y observando en las ilustraciones.

Justo cuando iba a deprimirse aún más de lo que ya estaba, escuchó y alerta se giró al instante a la llegada de sus salvadores: sonrientes y animados, entraron tanto Anthony como Marco. Cargaba cada uno una bolsa de plástico llena hasta los bordes.

― Te dije que hicimos bien en comprar 2800 panditas de goma ― Le dijo Marco a su compañero, mientras entraban al aula. ― Con estas dotaciones, nunca más sufriremos de escasez de gomitas.

― Pero como te dije, realmente no me gustan mucho esta clase de dulces… además, yo he pagado todo. ¿Por qué?

― Ah, eso es muy simple, Anthony… verás… ― Se quedó callado, apenas notó que Alice ya había llegado a clases. ― Mira, ¡ya llegó Alice!

― Ah, ¿sí? ― Preguntó el otro, echándose la bolsa al lomo, y echando a andar hacia su asiento al frente de la clase, por la fila del medio.

― ¿Qué le pasa? ― Se preguntó en voz baja Marco, arqueando una ceja, para luego caminar a paso acelerado hacia Alice. ― ¡Buenos días!

Su saludo fue enérgico y natural, tanto que era evidente el esfuerzo que hacía por aparentar que no se preocupaba por la chica, que agradecida por su buen recibimiento le dedicó la mejor sonrisa que sus ánimos decadentes podían presupuestar.

― Buenos días ― Dijo en voz baja, algo nerviosa. ― ¿Cómo estás?

Antes de responder, Marco fue por su mochila un par de asientos atrás, y lo colocó donde Claudia solía sentarse. No hizo comentario al respecto, no quería incomodarla con tensos diálogos sobre apoyo y solidaridad, y ciertamente tampoco quería dejarla sola.

― Estoy bien, ¿y tú?

― Bien ― Mintió de inmediato, nerviosa. Trató de jugar con su cabello, para aparentar un toque casual sin mucho éxito.

Marco giró su cabeza sin disimulo hasta donde Claudia se encontraba. Aún se le podía observar en calurosa conversación con seis compañer… esperen, ¿SE HABÍAN MULTIPLICADO?

― ¿Ya has ido a hablar con ella? ― Preguntó el chico, volviéndose nuevamente a ella.

― ¡¿Estás loco?! ¡Claro que no!

Un escalofrío recorrió la espina de la joven, solo de imaginarse nuevamente expuesta ante la cruda actitud de Claudia, el terror se apoderaba de su entidad. El miedo al rechazo le hacía ir en contra de semejante acto suicida.

― Sí, supongo que sería difícil, ¿no? ― El chico se llevó la mano a la barbilla. ― Cuando dos amigas pelean de la forma en que ustedes lo hicieron, no es tan sencillo como acercarse al día siguiente y arreglarse…

Alice no respondió, simplemente agachó la mirada asintiendo lentamente a los reales pensamientos del muchacho. Suponía que le tocaba simplemente resignarse a que lo hecho estaba hecho, y a vivir su nueva vida sin su mejor amiga.

El día continuó con su flujo natural. El siguiente profesor no tardó en presentarse, y luego de él otro más llegó a impartir lecciones. Alice tuvo problemas en comprender cada una de sus clases. Después de todo, Claudia estuvo ayudándole con cada materia, y estaba considerablemente atrasada en comparación al resto de sus compañeros. Otro problema con el cual tendría que lidiar.

Llegada la hora del descanso (la única hora donde siempre sabía que hacer), también se mostró perdida y confusa. Eso, eso significaba tocar fondo. ¿Por qué tenía que pasar eso? Era una persona de gustos simples: le gustaba tener una mejor amiga, comer con ella durante la hora del almuerzo, y perseguir su sueño de ser escritora… ¡¿era en serio mucho pedir?!

Deprimida, se recostó boca abajo sobre su escritorio, cubriendo su rostro por ambos flancos con sus brazos. Quería estar sola, por muy contradictorio que esto fuese para su urgencia de compañía y apoyo.

Marco comprendió su directa indirecta, y por ello caminó hasta el asiento de Anthony, que se dedicaba a comer ositos de goma mientras se adelantaba en matemáticas.

― Oye, viejo… no te he querido meter al medio de todo esto, porque escuché por los pasillos que padeces de depresión, pero hay un problema muy serio y…

― ¡¿Depresión?! ― Anthony se detuvo en seco, dejando el lápiz en el escritorio para observar a su amigo con sorpresa y confusión. ― ¡¿Quién dijo eso?! ¡Yo no tengo depresión!

― ¿Ah, no? Bueno, es lo que se murmura de ti en las calles, deberías de aclarar las cosas.

― ¿En las calles? ¡¿No dijiste que lo escuchaste en los pasillos?! ― Sobresaltándose, dejó caer su quijada. ― E-espera, ¿es por eso que la señora de la cafetería me sujeta del hombro y me pregunta como estoy cada vez que voy a comprar algo?

― Mira Anthony eso no es lo importante ahora ― El muchacho lo tomó por los hombros, buscando hacerlo centrarse. ― Lo que trato de decirte, es que ayer Alice y Claudia tuvieron una gran pelea, y la que a TI te gusta dio por terminada su amistad con la que a MÍ me gusta.

Anthony perdió su rostro de sorpresa, y es que apenas escuchó aquellos nombres, imprimió indiferencia en su gesto.

― Ah, ¿sí? Bueno, eso no me incumbe…

Ahora era Marco el sorprendido, que se quedó embobado con la boca abierta.

― ¿Q-que no te incumbe, dices? P-pero, ¿no son tus mejores amigas?

Anthony negó con la cabeza.

― Si tan necesario es que lo sepas, creo que ayer Claudia me llamó luego de que peleara con Alice, quería que habláramos a solas, dijo que necesitaba a un amigo y demás…

― ¿Ajá? ― Marco asintió, tratando de comprender las palabras de su amigo desde un punto de vista positivo. ― Y tú como buen mozo aceptaste y no dejaron de ser amigos, ¿cierto?

― Incorrecto ― Negó el otro, encogiéndose de hombros. ― Le dije que estaba cansado de ser ignorado y menospreciado por las dos, decliné su oferta y dejé en claro que nuestra amistad estaba terminada.

Marco se desplomó en el suelo, extenuando un extraño quejido de frustración muy similar a aquel que hacen las llamas durante su periodo de apareamiento. Cubrió su rostro con sus manos, y suspiró hondo repetidas ocasiones.

― Tú ibas a ser el puente entre esas dos, Anthony… en estos momentos difíciles, ibas a ser el medio, ¡el héroe!

― Pues, lamento que mis sentimientos me impidieran ser un puente ― Se disculpó, sarcástico.

― Bueno, no es solo que tus sentimientos impidieran que fueras un puente… acabando tu amistad con ellas al mismo tiempo en que ellas terminaron su amistad, prácticamente has prendido fuego al puente, le has disparado, y luego has bailado en sus restos mientras vistes una playera que dice “quemé el puente, u mad bruh?”.

― ¿Estás seguro que eres Kopazo? ― Preguntó Anthony, arqueando una ceja. ― ¿El que hizo la excelente analogía de las aves de corral y la humanidad? Porque la del puente… es bastante bizarra…

― No, Anthony. ― Marco negó repetidas ocasiones, poniéndose de pie y señalándolo, acusador. ― ¡Tú eres bastante bizarra!

― ¿Qu…? ¡Eso ni siquiera tiene sentido! ― Exclamó, mientras el otro se alejaba, indignado.

― ¡Esta gente y sus malditas peleas! ― Gruñó entre dientes, caminando hacia la salida del aula con los puños apretados. ― ¡Deberían aprender a mí, que soy tan pacífico!

El muchacho se fue dando un portazo, llamando la atención de todos sus compañeros, que algo asustados murmuraban sobre lo extraño que era el “nuevo”, de su temperamento volátil y de cómo lo veían hablando solo o dibujando figuras en el aire con frecuencia.

Alice no fue la excepción en notar su dramática salida. Luego, observó de reojo al asiento de Claudia: ella no estaba ahí. Suspiró aliviada; seguramente la pelinegra estaría caminando del brazo con toda la bola de creídas de su clase (a las que antes criticaba por andar por toda la escuela del brazo como una bola de creídas). Se puso de pie, y decidió ir corriendo a la cafetería para comprarse algo de comer, aprovechando la ausencia de la autora de su incomodidad.

Tan cruel es la fortuna de nuestra querida protagonista, que uno sencillamente tenía que haber visto venir lo siguiente: un freno en seco a los pies de la salida, causado por un encuentro frente a frente de dos antiguas amigas de toda la vida que pasaban por un momento tan frío que el ambiente entero se congeló ante el inminente choque glaciar de sus miradas.

― L-lo siento ― Balbuceó de inmediato Alice, bajando la mirada, llevándose su mano diestra al brazo zurdo y apartándose como una sumisa rendida. Estaba aterrada.

― No, no pasa nada.

Fue tan natural y educada la respuesta de Claudia, que para Alice dolió incluso tanto como lo expresado el día anterior; ¿cómo le era posible hablarle con tal naturalidad? La Claudia que ella conocía tenía un corazón gentil y una personalidad ligera como el viento… jamás sería capaz de andar por la vida con entera indiferencia, ni la lastimaría así fuese a propósito o no.

Alice no fue capaz de responder, simplemente retrocedió unos cuantos centímetros, esperando que esta vez quedara claro que estaba dándole el espacio necesario para cruzar. ¿Por qué no lo hacía? ¿Es que además de negarle su amistad también iba a prohibirle el paso para evitar que pudiese ir a comprarse una miserable donita de chocolate? ¡¿Cuán miserable y hambrienta tenía que ser para tenerla contenta?!

― Ahem… de hecho, vine aquí para hablar contigo.

La del cabello castaño levantó la vista de inmediato, con el corazón acelerado y un inédito mirar repleto de sorpresa, con ojos y boca abiertos como platos, y un ligero rubor repleto de esperanzas crecientes al igual que sus teorías y expectativas.

― ¿E-en serio? ― Preguntó, tragando saliva y volviendo a bajar la mirada. ― ¿Q-quieres ir a caminar?

― Eso es de huecas presumidas, lo sabes ― Fue su respuesta, suspirando y entrando al salón. ― El asiento de Tiffany está vacío, siéntate un momento a mi lado.

Obediente, y como un cachorrito, Alice avanzó a pasos cortos detrás de Claudia. ¡Extrañaba caminar detrás de ella! Si es que eso tiene sentido… el asunto es que estaba increíblemente esperanzada de que finalmente pudiesen arreglarse.

Tomaron asiento una al lado de la otra como siempre, solo que esta vez en asientos diferentes. Claudia guardó los libros que descansaban en su escritorio, y mientras lo hacía, comenzó a hablar con su habitual tono de soltura.

―… lo que te dije el otro día, no estuvo bien, ¿sabes?

A Alice casi le da un vuelco el corazón; ¡eran las palabras que más anhelaba escuchar! ¡¿En serio ocurría?! ¡¿En serio estaban haciendo las paces?! No podía estropearlo, tenía que hacer las cosas bien para dejar el mal trago de una vez por todas.

― N-no es cierto, tienes razón… hice muy mal en ignorar tus llamadas, estoy muy arrepentida, nunca quise… yo… en serio, perdóname, Claudia.

― Tranquila… por muy cierto que sea que estuvo mal que me ignoraras, nunca debí molestarme tanto, ni seguirte hasta un centro comercial, ni arruinar tu cita, y mucho menos echarte en cara tus errores ― Esbozó un puchero de honesto arrepentimiento. ― Todos nos equivocamos, somos imperfectos… ¿no lo crees?

Alice se apresuró a asentir, ¡en serio lo pensaba así! Ella fue imperfecta al no atender sus llamadas de urgencias, ¡pero era de humanos equivocarse, y también resultaba ser cosa de humanos arreglar sus errores!

― Lo creo, ¡lo creo! ― Exclamó, poco a poco dejando salir una gran sonrisa ― P-pero aunque no soy perfecta, quiero arreglar las cosas.

― Y yo también… por eso, lo siento. Hice mal en decirte todas esas cosas tan crueles… espero aceptes perdonarme.

¡Pero si ella nació perdonándote, Claudia! ¡Ella era aquella amiga físicamente incapaz de sentirse negativamente con respecto a ti! ¡¿Cómo iba a perdonarte si no había nada por perdonar?!

― ¡Te perdono, Claudia! ¡Por favor, perdóname tú a mí también!

Alice sonrió por fin en plenitud.

― Te perdono, Alice… te perdono todo.

El día de ayer se borraba lentamente, y se reemplazaba por lo vivido en esos instantes: su nuevo día más feliz de la vida.

― ¿¡Entonces ya podemos volver a ser amigas y todo estará bien de nuevo!?

¡Contaría a sus hijos sobre ese sagrado momento en que sus caminos volvieron a cruzarse luego de separarse por unas 18 horas!

― ¿Eh? ― Claudia ladeó la cabeza. ― Alice… perdona… te perdono lo que hiciste, y estoy muy contenta porque me perdonaras por lo que yo hice… pero lo que dije luego, sobre que dependíamos mucho la una de la otra, y que quería salir adelante como tú lo hiciste, era verdad… así que lo siento… no podemos ser amigas… si lo fuéramos, volvería a depender de ti, y no quiero hacer eso nunca más.


¿Eh?


¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde?


¿Y su sonrisa? ¿Y el día más feliz de su vida? ¿Y los hijos que por alguna extraña razón tendría con Claudia? Todo desapareció tan rápido, que Alice ni siquiera tuvo tiempo de resguardar en su corazón aquellos pensamientos alegres, tan plenos, que sin duda dieron luz a su vida aún si fue solo por unos instantes.

― E-entonces… me has perdonado… p-pero…

― Pero seguimos sin poder ser amigas… lo siento Alice.


Así que así eran las cosas.

Alice se puso de pie, cabizbaja e incapaz de mirarla a los ojos. No quería ver su cara sonriente y emprendedora; ¿Quién rayos se creía ella para emocionarla así y luego bajarla de la nube? Era cruel, incluso más cruel que la terrible confrontación del día anterior.

― Algún día sabrás por qué hago esto, Alice… y entonces, coincidirás conmigo en que fue lo mejor.

― Cállate. ― Replicó, dándose la vuelta. Tenía un nudo en la garganta, y un sinfín de emociones inundando su cuerpo al momento.

Caminó hasta su lugar y tomó asiento con la mirada fija al pizarrón. Sus volátiles sentimientos enardecían en su pecho. No quería volver a girarse en dirección al nuevo asiento de su ex amiga, así que centró siempre su atención en una pequeña mancha de pintura de los bordes metálicos de la pizarra: solo tenía que mirar siempre en esa dirección y no pasaría nada.

El resto de las clases restantes, Alice trató de darlo todo en las lecciones con todo y su evidente atraso. Al acabar las clases empacó sus cosas, y se estiró con ganas. Las clases eran agotadoras si uno trataba de prestar atención… un descubrimiento ciertamente fascinante.

Cuando escuchó que Claudia y sus amigas dejaron el salón, finalmente pudo girarse hacia el asiento de Marco: vacío. ¿Dónde se había metido? Las 3 últimas horas, siguientes al almuerzo, no se molestó en hacer acto de presencia. ¿Se habría fugado? No sería tan tonto como para hacerlo sin su mochila, ¿no?


¿No?

Encogiéndose de hombros, guardó sus cosas por él, y saliendo con dos mochilas y una bolsa llena de panditas de goma del aula, se decidió a buscarlo dentro del área escolar. Buscó en todos los lugares donde usualmente pasaban el rato los muchachos: en las canchas de fútbol, en la cafetería, en el muro de los besuqueos (casi siempre acompañados por chicas) y en las escaleras del piso de los de tercer año. Marco no estaba ahí.

Buscó entonces donde los chicos no populares solían estar: como el club renacentista, el club de apreciación a las artes audiovisuales asiáticas (los que se juntaban para ver e intercambiar pornografía japonesa), y al otro lado del muro de los besuqueos (donde espiaban a los que tenían suerte)… y Marco tampoco estaba ahí.

― Me estás dejando sin opciones, y con un hombro cansado, Marco Muchacho.

Ya al punto de rendirse, caminó hasta el edificio más aislado de todo el campus: el edificio de estudio y recursos. Quienes iban ahí, solían ser estudiantes con proyectos de graduación, aquellos que tenían que planear una exposición en equipos, y los que necesitaban sacar algún libro de la biblioteca escolar (o en su defecto, simplemente estudiar ahí en tranquilidad). Ya en algún momento Alice y Claudia habían pasado ahí un par de sus recesos, pero no volvieron debido al descubrimiento de la biblioteca pública, que en contenido opacaba bastante al recinto de lectura escolar.

Buscando aula por aula, llegó a la biblioteca, y ahí finalmente le encontró: recostado contra una estantería, con las piernas extendidas y con su enorme celular prácticamente pegado en la cara. Tecleaba sin parar en la pantalla táctil. ¿Siquiera parpadeaba?

Alice entró al lugar sin hacer ruido, no quería que la bibliotecaria le pidiera su identificación cuando solamente entraba para recoger a su amigo. De cuclillas, anduvo hasta escabullirse por entre los pasillos de libreros, para llegar estratégicamente por el flanco izquierdo de Marco.

― Oye, tú ― Le llamó, algo irritada. ― Te he estado buscando por todos lados. Si querías chatear pudiste al menos llevarte tu mochila. ¿No vas a venir conmigo a la biblioteca hoy?

Pero Marco ni se inmutó. Fue como si la ignorara por completo. ¿Con quién hablaba que le tenía tan embobado? Curiosa, se reclinó sobre el chico queriendo averiguarlo. Recargó su mano izquierda sobre su hombro, y acercó el rostro a la pantalla del celular.

Él no chateaba, escribía. A un flujo altamente constante, especialmente para estarlo haciendo desde su celular. Cuando cometía un error, simplemente retrocedía, lo corregía, y luego seguía avanzando sin perder su idea.

No pudo leer mucho por el tamaño de las letras y la posición en la que estaba, pero alcanzó a distinguir las palabras “celos”, “pasado”, y “destino”. Aquello la dejó pensando: ¿qué clase de escritor sería Marco? Nunca había leído algo de él, hasta el momento se había preocupado únicamente por recibir su apoyo, y ni por un instante se había puesto a pensar en sus capacidades como artista.

¿Sería un buen escritor? ¿Qué géneros manejaría? ¿Cómo sería leer una de sus historias en un tecno-libro? Un día de estos, definitivamente tendría que pedirle algo suyo para leerlo.

Alice se dejó llevar en sus ideas nuevamente durante varios segundos, y al estar prácticamente encimada en Marco, fue solo cuestión de tiempo de que este se enterara y pegara un tremendo salto, estremeciéndose del susto. ¿En qué momento había llegado? ¿Por qué estaba tan pegada a él? ¿Por qué rayos estaba tarareando una canción mientras miraba al vacío?

― ¿Q-q-qué haces aquí? ― Preguntó, rápidamente guardando su celular en su bolsillo. Eso sí, no se movió de su lugar.

Alice igualmente salió de su trance de pensamientos, (donde ya había dejado de pensar en Marco y ahora pensaba en patos). Se volvió a su amigo, y le sonrió levemente.

― Te estaba buscando… te iba a regañar y te iba a lanzar la mochila a la cara, pero vi que estabas escribiendo así que traté de espiar… como estabas muy concentrado ni te enteraste.

― ¿L-leíste lo que escribí? ― Preguntó, preocupado. Tragó saliva levemente. Ni siquiera pudo emocionarse por el hecho de que estuvieran hablando con sus rostros tan cercanos que sus narices estuviesen a punto de rozar la una con la otra.

Alice negó, honesta.

― Traté, pero lo tenías demasiado pegado a la cara.

― Ah… ya veo… ― Soltó un hondo suspiro, aliviado. ― ¿Y bien? ¿No deberías estar en clases?

La chica arqueó una ceja, ¿en serio estaba tan concentrado que ni siquiera revisó la hora en todo este tiempo? ¿Era posible salirse tanto de la realidad mientras se escribía?

― Marco… las clases terminaron hace media hora. Te he estado buscando, para ir a la biblioteca.

― Ah, claro, claro ― Asintió, sacudiendo la cabeza. ― Lo siento, se me fue el tiempo con una idea que me llegó y… bueno, no importa. ¿Nos vamos?

Alice asintió, levantándose con la fuerza de sus piernas, y apoyándose un poco con las manos en el suelo. Mientras se limpiaba el polvo, señaló a la mochila del chico, que descansaba en el suelo al lado de sus gominolas.

― Tu mochila. Eché todos los libros que tenías en el escritorio pues no sabía que necesitabas y que no.

― Ah, ¡gracias! ― Exclamó amigable, mientras se levantaba por igual para levantar su bolsa de dulces y abrazarla como se abraza a un hijo. ― ¡mis ositos! ¡Mis bellos ositos!

Alice rió levemente. Era un reencuentro amoroso sin precedentes bastante simpático; no siempre se veía a un hombre tan enamorado de sus dulces.

― Un momento… ― Marco dejó de besar a la bolsa por un par de segundos, recobrando constancia de lo que ocurría a su alrededor. ― ¿Pasó algo mientras no estaba?

Ella sabía de lo que hablaba, y por ello agachó la mirada. Irónicamente, sonrió.

― Hablé con Claudia… realmente ha terminado nuestra amistad.

Mientras caminaban rumbo a la biblioteca pública, Alice contó a Marco con detalle lo ocurrido mientras él no estaba. Contrario a la última vez en que lo usó de confidente: esta vez no lloró. Su emoción predominante era la molestia. Consideraba injusto lo que Claudia decidió para ambas, y sintió crueldad injustificada de pies a cabeza por parte de aquella que hacia menos de 24 horas, aún era su mejor amiga.

Aunque la ausencia de lágrimas hablaba de cómo la postura pasiva de Alice con respecto a la situación se mermó, lejos estaba de significar el final de su tristeza. Aún se sentía altamente deprimida por los eventos recientes. Rebuscando en su sentir, llegó a la conclusión de que su tristeza y depresión se estaban cubriendo tras una membrana de indignación y enojo… desconocía si era sano o natural en el proceso de superación humano dada su prácticamente nula experiencia en temas tan altamente emocionales, pero era lo mejor que tenía para mantenerse firme.

Al terminar su recuento, la chica insistió en dejar de lado el tema. Sabía que nada cambiaría darle vueltas al asunto; de hecho, solo lograría victimizarse y entristecerse aún más. Marco no quería que Alice se callara todo lo que seguramente agobiaba su interior, ¿pero quién era él para presionarla a asumir un problema de la manera frontal que él acostumbraba asumir? Comprendía que cada persona tiene sus métodos para lamerse las heridas, y aún siendo un entrometido sinvergüenza al cual le costaba no buscar imponer sus ideales… realmente, tenía que respetar la postura de su amiga al valorarla y respetarla.

En la biblioteca, Ratón vaquero les recibió con una sonrisa pese a su sustancial retraso. En su mesa habitual, esperaban ya un grupo de libros apilados en el asiento de Alice. Ella ya los había leído durante los días anteriores, pero acostumbraba dar un repaso general a ellos viendo las portadas y revisando los apuntes en sus cuadernos y computadora.

Alice tomó asiento tras dedicarle una pequeña sonrisa a su amiga, que correspondió al gesto. De inmediato, la menor se percató de que algo fuera de lo normal había ocurrido entre el domingo, luego de que se separaran y esa mañana; Alice solía saludarla calurosamente, ya fuese dándole la mano o achuchándola tras acusarla de ser increíblemente adorable… definitivamente, algo había pasado.

Debité pasó todo el domingo y la primera mitad del lunes añorando el momento en que su amiga se sentara a su lado para contarle lo mejor de su reunión con el editor, con suculentos detalles de su victoria en el concurso, y si tenían tiempo, ¿por qué no? Un poco de cuchicheo sobre lo que pasó luego con Marco. Al parecer, nada de eso se daría.

En lugar de eso, obtuvo una leve sonrisa forzada, y una mirada nostálgica al montón de libros apilados. Buscó de inmediato una explicación en la mirada de Marco, pero este apenas llegó se colocó en su asiento para teclear como loco en el celular sin percatarse de lo que ocurría en su alrededor.

Alice resopló, estaba agotada y apenas comenzaba su día… peor aún, apenas comenzaba su nueva rutina.

― ¿Qué género era este? Lo he olvidado

― ¡¿E-eh?! ― Se sobresaltó Ratón vaquero. ¿Cómo podía olvidar el género de lo que trabajaban luego de haber leído 5 obras relacionadas que por cierto tenía delante? ― P-pues… cuentos de hadas y-y t-terror.

― Ah, cierto ― Susurró Alice, mientras sacaba su laptop de la mochila. Suspiró bajo. ― Cuento de hadas tiene dos corrientes, la clásica y la moderna. La clásica suele ser cruda, violenta y fantástica, con rasgos de aventura y romance; cargan dentro de sí una cruda moraleja que lleva a los lectores a asimilar una lección mediante el temor. La moderna es una adaptación necesaria tras la evolución de la sociedad. La crudeza es reemplazada por el enriquecimiento de los personajes y suele tener tintes de comedia y aventura en conjunto…

Alice siguió pensando en voz alta mientras cargaba el documento en que escribiría el relato. Siempre hacía esto, gustaba de describir los rasgos descubiertos sobre cada género para tenerlos presentes a la hora de enmarcar sus ideas en la hoja. Conforme más leía, gustosa notaba como sus capacidades de analizar mejoraban; tal vez, después de todo, Yao tenía razón y ese talento suyo sería un factor crucial en el desarrollo de su carrera.

Ya con la hoja blanca delante suyo, unió todas las ideas recopiladas (y muy bien organizadas en su mente, y en caso de que su mente fallase, en papel y digital) para dar comienzo a su creación. Los géneros se fusionaron en su mente, los factores se organizaron, los detalles se tensaron… y nada salió de su mente.

―… ¿eh?

Trató nuevamente, quizá se distrajo mirando las lindas calcomanías que adornaban la carcasa de su computadora.

Y nuevamente, nada.

―… ¿pero qué? ― Susurró, apenas moviendo sus labios. Centró su mirada en el pequeño teclado que tenía delante. ¿Qué estaba pasándole?

Tenía las herramientas, estaba preparada, incluso había pensado distintas tramas posibles que aún rondaban en su mente. Pero ahora, eran apenas nebulosas ideas infantiles descartables e inescribibles. Era, como si su mente fuese incapaz de motorizar para transformar sus estudios en los componentes de su creatividad.

Era un bloqueo mental, sin duda. Pero era un bloqueo distinto al que experimentó hacía un tiempo. Esta vez, tenía lo necesario… tenía todo lo que podía necesitar, inclusive las energías de hacerlo pese a su cansancio… entonces, ¿qué le impedía? Era, como si una pequeña astilla se hubiese estancado en el engranaje de su mente.

Como un agente federal, buscó un culpable. ¿Su cansancio? ¿Su cerebro saturado de tantas clases? ¿La tentación de golpear a Marco en el estómago y robarse su bolsa de gomitas?

Pero claro, ¿por qué se lo pensaba tanto? ¿Qué más iba a ser sino lo único que realmente le estuvo afectando y que no ha abandonado sus pensamientos por más de 1 minuto desde que ocurrió?


―… eres muy cruel…


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