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Asociación de lectores y escritores (22/??)

Capítulo 22: El placer de ser leído (parte 1)

― ¡He terminado! ― Exclamó Alice, expresando su satisfacción con un suspiro de agotamiento al momento en que se desparramaba en su asiento, como si fuese a evaporarse en cualquier instante. ― ¡Novena entrega, terminada!
― A-a-a-sombroso ― Admiró Deb, entrecruzando sus dedos con alegría. ― T-te felicito.
― ¡Logro tachado! ― Exclamó Marco, con júbilo.

-Comedia + Batallas = Una historia de comedia con batallas / Una historia de batallas con comedia

― ¡ESTOY QUE ARDO, BABY! ― Alice flexionó su brazo haciendo fuerza, y mostró su “conejo” a la chica apodada ratón vaquero con una altanera sonrisa dibujada en sus labios suaves. ― ¿Ves estos músculos, princesa? ¡Solo se forman escribiendo una historia por semana! ¡Anda, TÓCALO!
Deb llegó a la conclusión de que si le informaba a Alice que estaban igual de flacuchas su amistad con ella peligraría, así que prefirió guardar silencio y permitir el alardeo de su más reciente proveedora de lectura mientras palpaba su prácticamente inexistente músculo con timidez.
Así eran las cosas desde hacía ya varias semanas. Para Deb, Marco y Alice se había vuelto un hábito diario ir a la biblioteca a trabajar juntos. La tarea que Yao asignó a la joven Delaware no era para nada sencilla, de hecho, para una persona común y corriente sería algo sencillamente imposible de realizar; no obstante, con un equipo de trabajo tan dinámico y una fuerza de voluntad un poco más fuerte que el diamante: la chica de las coletas de la suerte iba con gran ritmo.
El procedimiento era sencillo: Marco seleccionaba los sub-géneros a mezclar y ayudaba a Alice a llevar un orden de lo que hacía para que no se distrajera de la labor principal, Deb buscaba los 10 títulos más notorios de dichos sub-géneros  (a veces terminaban siendo más, y en pocas ocasiones, menos) y Alice se dedicaba a hacer lo más difícil: leerlos todos, y anotar los puntos más contrastantes de cada uno de ellos; después estudiaba dichos puntos y en base a ellos escribía una historia propia.
Normalmente ahí terminaría el procedimiento, no obstante, Deb y Alice inventaron otra etapa: la crítica. Una vez Alice terminaba su historia, Deb la leía y daba su opinión al respecto. La tímida chica amaba tanto la lectura y había leído tantos libros en su corta vida que era imposible para ella no ser una juez muy dura, objetiva y bien capacitada. En otras palabras: la juez ideal para encontrar falencias y mejorarlas.
― ¡Léela, mujer lectora! ― Demandó Alice una vez su celebración concluyó. Tomó su computadora y se la ofreció a su más reciente amistad. ― ¡Lee como si no hubiera mañana!
Deb asintió con un movimiento de cuello y tomó el pequeño aparato con sus manos. Leer con una pantalla tan pequeña era muy incómodo, pero de solo pensar en lo que sería escribir en ella, surgía en aquel joven ratón vaquero un aura de admiración hacia Alice que la orillaba a soportar la penuria. Sin hacer nada de ruido (como siempre), comenzó a leer.
Alice no podía acostumbrarse a esa extraña sensación en el estomago que le inundaba siempre que alguien leía un trabajo suyo estando en el mismo sitio. El nerviosismo era tal, que para ella siempre era inevitable clavar la mirada en la chica, leyendo su rostro con frialdad y expectativa.
― E-eh… s-si me ves así yo no puedo… ― Deb desvió la mirada de la pantalla al momento en que se sonrojaba cual tomate.
― Ah, perdón ― Se disculpó Alice, justo como las otras 9 ocasiones.
Otro factor habitual en el proceso, era que Marco tendía a portarse “condescendiente”, y es que no era un secreto para nadie (excepto tal vez para la misma Alice) que el sujeto estaba loco por la carismática escritora, y al ser él un “caballero” (entre comillas por ser más un caballero al estilo de don quijote que uno de los de ensueño que aparecen en las novelas románticas) sentía la necesidad de protegerla.
― Le va a encantar ― Murmuró con su seseante voz gruesa como siempre hacía, al momento en que posaba su amplia mano fuerte sobre el suave hombro de Alice.
― Gracias Marco ― Le sonrió la chica, volviéndose a él con una sonrisa mientras se apartaban de Debité, para dejarla leer en tranquilidad. ― eres un buen amigo.
¡Golpe al hígado sentimental!
― D-d-después de todo sí que es pequeña esa cosa ― Observó Marco tras ahogar su agonía, al instante en que Ambos tomaban asiento en una mesa aledaña. ― ¿En serio no te duele escribir con una cosa tan pequeña?
― Ya me he acostumbrado ― Sonrió, encogiéndose de hombros. ― Al principio sí era  difícil pero llevo ya tantas páginas escritas con ella que ya me da lo mismo… el único pero que le encuentro es que hay ocasiones en que me duelen los dedos por compactarlos tanto, y que los ojos también se me lastiman.
― ¿No has pensado en comprar un modelo especial para escritura? Ya sabes, esos que vienen con lector de tecno libro interno y todo… son estupendas, en verdad son muy convenientes.
― Claro que lo he pensado, Claudia me mostró una en una revista el otro día… son muy caras… hasta que no pueda ganar lo suficiente para una, debo utilizar lo que tengo a la mano.
― Entiendo… ― Marco agachó la mirada, no había pensado en el factor del precio. Alice era aún una estudiante mantenida por sus padres, y ciertamente una computadora profesional para escritores era un gasto desorbitante para la clase media. ― Por cierto, ahora que mencionas eso de ganar, ¿no habías dicho hace días que estabas inscrita en un concurso de one-shots? Algo sobre  comedia romántica, ¿no? ¿Qué pasó con eso?
― ¿Eh? ― Alice se enfocó en Marco con neutralidad sorpresiva. ― Es verdad… yo estoy participando en un concurso… lo había olvidado por completo… me parece que los resultados se tendrían por ahí del 30 de agosto o algo así, pero no se harían oficiales para el público hasta la primera edición de septiembre, que es cuando publicarían la historia ganadora en la ALE…
― ¿30 de agosto? ― Marco sacó su celular del bolsillo mientras hablaba, para verificar la fecha con una mirada rápida. ― Alice… hoy es 30 de agosto… y ya pasan de las 7, ¡seguramente los resultados ya se saben!
Aún sin esbozar alguna emoción trascendente, la chica parpadeó repetidas ocasiones ante las palabras de su amigo. Asintió lentamente.
― Así es… Yao ya debería de saber si gané o no…
Marco asintió, incrédulo ante una reacción tan desairada. Se daba cuenta que la chica aún no comprendía bien lo que estaba ocurriendo; seguramente las emociones de trataban de desbordarse por su cuerpo y mente todas a la vez, y se estancaban unas con otras al intentarlo.
― Voy a darte unos… 30 segundos para que te enteres de lo que está ocurriendo. Recuerda que estás en una biblioteca y no puedes gritar. Te estaré esperando en la salida.
Marco se puso de pie, se llevó las manos a los bolsillos y echó a caminar con la mirada baja. Sus pasos lentos haciendo eco en las inmensas paredes de la biblioteca fueron todo el ruido que hubo en el recinto durante su andar. Era como si el tiempo se hubiese detenido, al menos así fue hasta que abrió la puerta inmensa hacia la salida: Alice, fugaz como un rayo, le rebasó y le arrastró tomándolo de la mano.
Le arrastró consigo durante varios metros. Bajó las largas escaleras de cemento que adornaban la entrada, giró hacia su derecha y guió a su amigo bajo el sendero verdoso de las calles cubiertas de frondosos árboles, cruzó la calle (mirando a los dos lados, como bien le enseñaron cuando niña) y finalmente, encontró quietud al llegar a una pequeña plaza aledaña a la biblioteca. Acompañándoles ahí, solo había un par de ancianos con sombreros vaqueros charlando nostálgicamente en una banca a la distancia, y una niña pequeña con su madre jugando en el kiosko al centro. Alice soltó a Marco una vez lo obligó a tomar asiento en una banca. El chico, respetuoso, no hizo comentario alguno; se limitó a acariciar su mano recién liberada, más por gusto que por el pulsante dolor que quedó impreso en la misma.
Alice aún se mostraba calma en su rostro, de hecho, ya viéndola con mayor atención, Marco pudo apreciar que más que neutralidad o pasividad, cierta melancolía se disparaba de sus ojos gachos, y que sus labios, más que inexpresividad, resguardaban inseguridad.
― Estoy bien enterada de lo que está ocurriendo ― Murmuró, sin mirarlo a los ojos. Centró su vista en los ancianos a la distancia. ― No he podido dejar de pensar en ello desde que envié la historia… cada día, cada segundo… incluso cuando estaba trabajando tan duro, he tenido presente en mi mente que este día se acercaba más y más…
Marco parpadeó un par de ocasiones, perplejo: Alice no estaba incrédula… estaba, de hecho, aterrada. Todo el tiempo, tuvo muy presente su realidad pero con responsabilidad y profesionalismo, no impidió que eso se interpusiera en sus deberes, y siguió dándolo todo a pesar de la incertidumbre que se alimentaba de sus nervios.
―… hoy, al despertarme, me pasó algo muy curioso ― Continuó, soltando una pequeña risita nerviosa antes de reanudar su dialogo ― Hice lo mismo que cada mañana: me lavé, me arreglé, me peiné… y cuando iba a tomar el celular para irme a clases… no pude tomarlo… “Yao va a llamarme” me dije “…voy a saber si la gente ama tanto mi historia como yo la amo”… y fue entonces, que me di cuenta de la gran noticia que recibiría…
Alice cerró los ojos, y apretó suavemente sus pequeñas manos contra su cintura, para después liberar la presión y quedarse con los brazos sosteniéndose de ese modo. Se dio la vuelta hacia su amigo, y le sonrió, nerviosa.
― Verás, Marco… yo no recibiré simplemente los resultados de un concurso… recibiré por vez primera la impresión que he dejado en un gran número de lectores… se me dirá lo que muchísimas personas pensaron al experimentar algo que yo cree con mis propias manos, con todo mi esfuerzo y con todo mi amor…
Marco abrió sus ojos como platos lentamente, sus ojos se dilataron casi al instante. Finalmente, bajó la mirada, incapaz de sostenerla y asintió con quietud… ¿por qué era así? ¿Por qué ella era capaz de sentir y amar tanto cada vital detalle del mundo de la literatura por muy pequeño que fuese? Las palabras de Alice, imprimían el miedo que todo escritor tiene al ver su primera obra publicada y lanzada a los cuatro vientos, era algo por lo que todos pasaban; y sin embargo, era ella quien podía hacer de esa inseguridad, una preciosa poesía al amor a las letras.
Alice amaba más la escritura de lo que él lo hacía. Las cosas que ella vivía y experimentaba al máximo, él las cursó con apatía e indiferencia: como si no tuviese planeado disfrutar de las letras sino hasta verse como el mejor escritor del mundo… perdió tantos momentos importantes, dejó de experimentar tantas situaciones excelsas, y desperdició tantas experiencias por el simple error de dar pasos de gigantes en su búsqueda de la maestría.
La realidad era cruda: mientras él estaba entre los 3 mejores escritores de la ALE sin haber sonreído ni una sola vez por ello (demonios, incluso golpeó la mesa con furia por no haber ganado un puesto más alto), tenía delante a una chica que aún no era publicada oficialmente, pero que ya se había divertido mil veces más que él.
―… no lo hagas sonar como si fuese algo malo.
Fueron esas las palabras que eligió para responder.
Alice, que aún de pie esperaba paciente su respuesta, hizo un ruido de sorpresa, y con mirada expectante, buscó los ojos brillantes de su colega. Esta vez, Marco fue capaz de sostenerle la mirada, y de extenderle una sonrisa.
― Alice… nosotros escribimos para la gente… habrá quien te diga que lo hace por sí mismo, porque lo disfruta y que no le interesa lo que opinen los lectores, y habrá quien sea honesto al decirlo… pero nosotros, los escritores que publicamos y queremos darnos a conocer, vivimos para que la gente ame lo que nosotros hacemos… nuestra confianza, nuestra seguridad, nuestra motivación, recaen en que al menos una persona entre mil millones, disfrute de lo que hagamos, y piense “¡quiero más de esto!”
Sin dudarlo, Alice asintió a las palabras del muchacho, y con los ojos muy abiertos y una enorme sonrisa siguió asintiendo mientras replicaba.
― ¡SÍ, SÍ, SÍ, MIL VECES SÍ! ¡POR ESO HE SEGUIDO ESCRIBIENDO! ¡Hasta después de la primera vez, cuando me dijeron que me dedicara a otra cosa, pude seguir porque Claudia leyó lo que escribí y dijo “no está mal”! ¡Y ese “no está mal” fue suficiente para hacerme muy feliz!
― Ese es el placer de ser leído ― Explicó, poniéndose de pie con decisión. ― Y es un placer que nunca va a abandonarte, Alice… a partir de ahora, más de una persona va a leerte, y muchas van a adorarte… te enviarán cartas y mensajes de apoyo, te felicitarán y te van a idolatrar… pero también habrá gente que no guste de ti, y te atacarán, y te van a destrozar con crueldad… pero al final, el placer de ser leído nadie va a quitártelo, va a ser tu mayor regalo, y te impulsará a seguir buscando más… por eso, no debes temerle… créeme, en el mundo de la literatura hay cosas aterradoras, pero el que tanta gente te haya leído, jamás va a ser parte de ellas.
― ¡Tienes razón! ¡¿Cómo no lo pude ver?! ― Alice dio saltitos repetitivos de emoción y motivación, ahora ardía en deseos de conocer finalmente el veredicto del conocedor, se sentía lista gracias al empujón de un colega. ― ¡Marco, gracias por siempre ayudarme cuando necesito guía! No sé como agradecértelo…
Pero Marco negó con la cabeza, tenía aún una sonrisa dibujada en los labios. Se acercó lentamente a ella, eliminando los pocos centímetros que quedaban entre ambos.
― No, Alice, yo solo he repetido lo que tú me inspiraste con tus palabras… esta vez, de hecho tú me has ayudado a mí. Me has salvado.
― ¿Eh? ― Ladeó la cabeza, sin entender. ― ¿Salvarte? ¿Yo? ¿Y cómo es eso?
Marco rió un poco, encontraba irónico que ella no fuese capaz de comprender el peso de sus propias palabras.
― Veo que no tienes idea de tu don… conforme vayas conociendo a otros escritores te irás enterando ― Se encogió de hombros. ― Como sea… debo irme ya…
― ¡¿Irte?! ― Alice esbozó de inmediato un gesto de desapruebo. ― ¡Pero creí que querrías ver conmigo lo que pasó con el concurso! ¡Necesito a alguien a quien arañar de los nervios!
― Como te dije ― Susurró, aún con los cálidos sentimientos de Alice haciendo mella en su razón. ― Hoy me has ayudado mucho y por eso tengo que ir a encargarme de cosas muy importantes.
Alice hizo un ligero puchero de curiosidad, pero acabó por sonreír y acceder, aceptando la explicación de su amigo.
― Entiendo, tú también tienes algo importante que hacer. En ese caso, muchos ánimos, ¡yo también me esforzaré para tomar los resultados de la mejor manera!
― Te va a ir bien ― Aseguró, con certeza. Sabía que nadie con tanto amor a las letras podría jamás ser herido por las mismas. ― Bueno… envíame un mensaje si quieres cuando sepas los resultados… estaré ocupado toda la noche, pero mañana podemos ir todos a celebrar que ya has sido leída por miles, si quieres.
― ¡Eso ni lo dudes! ― Alice alzó su pulgar, en señal de aprobación. ― Iremos al karaoke o a comer algo delicioso, ¡o ambas cosas!
― Que sean ambas entonces.
― ¡Sí!
Ambos se miraron en silencio durante varios segundos, sonrientes. Fue entonces, que Marco se decidió... en realidad, necesitaba hacerlo.
― Por cierto, una cosa más…
Sin dar tiempo a replicar, cubrió el pequeño cuerpo de la chica con sus brazos amplios, y la envolvió con los mismos atrayéndola a su pecho con apego decisivo. No usó mucha fuerza ni poca, simplemente, la ideal.
Alice nunca había notado lo grande que era Marco en comparación a ella. Se sintió pequeña y frágil estando en sus brazos. No pudo evitar también darse cuenta de la calidez vibrante que emanaba del pecho firme y fuerte del joven, así como también de la discreta pero muy apropiada presencia de colonia que se originaba en su cuello, el cual tenía apenas a unos centímetros de su nariz. Respiró profundo un par de ocasiones con los ojos cerrados, esperando que el chico no se diese cuenta, igual estaba inmóvil y no podía hacer nada más.
Marco la soltó pasados unos segundos, y como seguramente se encontraba más rojo que nunca en su vida, se dio la vuelta para que la chica no pudiese darse cuenta.
― B-bueno, eso era todo ― Musitó, carraspeando un poco con torpeza. ― Y-ya me voy, hasta mañana.
― S-sí. ― Asintió Alice con nerviosismo, bajando la mirada. Tenía un sonrojo intenso dibujado en sus mejillas que avivaba el brillo de sus grandes ojos marrones. ― Hasta mañana.
Marco se alejó caminando lentamente en dirección opuesta a la que llegaron, dejando a Alice con la mirada clavada en su silueta; tenía mil cosas en la cabeza, y mil más ocurriendo en su cuerpo, todo por obra suya. Deslizó su mano izquierda por su pecho sin desviar la mirada y la dejó ahí. Sintió su corazón latiendo intensamente, era la primera vez que sentía algo parecido.
Nunca antes se sintió así, nunca antes le habían abrazado así.
*****
Vaya situación… desde su debut, Marco dejó ir mucho en su búsqueda por ser el mejor escritor del mundo, y uno de sus primeros sacrificios fue el placer de disfrutar de los lectores. Gracias a Alice, fue capaz de recordar las sensaciones más primarias que experimentó cuando escribió una historia por primera vez, y la importancia que ello tuvo en su desarrollo como artista.

Aquella ocasión tenía solamente 15 años, y escribió una historia de 250 páginas. Era una historia bastante mala y cursi, pero él la amaba con todo su corazón y estaba tan orgulloso que deseaba mostrársela a alguien, fue por eso que corrió con su mejor amiga, y le pidió que por favor le diera una opinión. Claro, también le pidió que guardara el secreto… no quería ser objeto de burlas de los otros chicos por haber escrito una historia romántica.
― Se llama lágrimas de estrella ― Dijo, entregando un montón de hojas en mal estado a su amiga. ― Tiene muchas fallas ortográficas seguro, tú me has visto… estoy reprobado en español, así que…
― ¡Son muchísimas hojas! ― Admiró ella, boquiabierta. ― ¿En serio fuiste capaz de escribir tanto? ¿Cuánto tiempo te ha tomado?
― Solo unas semanas ― Admitió, encogiéndose de hombros con un ligero sonrojo en las mejillas. ― P-pero como te digo, no es nada especial… solo que me dijiste que te gusta leer y…
― Prometo leerlo todo, ¡gracias por confiar en mí, Marco!
Y así lo hizo. Su amiga, a pesar de tener ante ella una historia terriblemente escrita y redactada, leyó una a una las páginas de la misma. Al terminar, apenas una semana después, se presentó en su casa y le felicitó; le dijo lo mucho que amaba a cada personaje, le dio opiniones personales sobre cada evento que ocurría en la historia, le preguntó sobre ciertas situaciones que no le quedaron muy claras, y finalmente: le exigió una secuela.

― “¡Tienes que escribir una segunda parte!” ― Repetía Marco las palabras de su amiga en su cabeza, mientras mantenía la mirada fija en la ventana lateral del taxi, que pasaba ya por la zona metropolitana de la ciudad. ― “¡tienes mucho talento!”
No pudo evitar reír un poco recordando lo que decía ella, ¿cómo podía decir tales cosas habiendo leído una historia tan mala? En realidad, su historia no tenía nada de especial. Aún así… sus palabras fueron suficientes para mantenerlo apegado a la escritura.

No tenía presiones, no aspiraba tampoco a nada; él estaba bien siempre y cuando su amiga lo leyera. ¿Escritores profesionales? Esa no era su liga. Los escritores de revistas tenían miles de lectores, él solo necesitaba una… ¿para qué buscar más? De igual forma, sus capacidades no eran ni remotamente comparables a las de los grandes.
Escribió un poco más. Su amiga se lo había pedido… ella quería una secuela. No… ella NECESITABA una secuela.
Lágrimas de estrella era una historia muy sencilla, solo tenía un protagonista, una chica y una rival en el amor… ¿por qué no llevarla al siguiente nivel? No podía escribir algo equivalente al resultado anterior o no sorprendería a la audiencia, no… necesitaba mejorar muchísimo, tenía que superar el resultado anterior, tenía que llevarse de calle las expectativas de su amiga, y dejarla boquiabierta. ¿Por qué? Bueno… ni él mismo lo comprendía, pero sabía que tenía que hacerlo dos veces mejor que la última vez.
Se esforzó al doble, cuidó un poco más su ortografía, evitó acelerarse en la narrativa y guardó paciencia para mostrar los momentos importantes en la trama. Un protagonista era muy poco, así que ascendió a la rival en el amor como segunda protagonista, y agregó otros dos protagonistas más: nuevos personajes que agregaban nuevas tramas a la historia. La secuela de lágrimas de estrella, sería una serie de vivencias de un grupo de amigos contados por 4 protagonistas. A veces, los protagonistas contaban en dos capítulos distintos la misma historia, pero viéndola de perspectiva diferente, era como leer algo completamente nuevo, y a veces, las cosas que no quedaban muy claros en la primera parte, eran bien explicados por el segundo protagonista en la segunda. Marco estaba muy orgulloso del método que había descubierto, lo encontraba novedoso y fresco, además de que le gustaba tener más de un personaje para desarrollar tramas.
Escribió, escribió, y siguió escribiendo. Con el paso de las páginas, la velocidad de sus dedos en el teclado se duplicó, la precisión de su ortografía se afinó, y su capacidad de describir escenas bellas o tensas se afinó conforme el documento aumentaba su tamaño… le impresionaba apreciar lo mucho que iba creciendo como escritor con el avance de su historia, y le emocionaba muchísimo lo que su amiga podía llegar a pensar de este gran desarrollo que iba demostrando página con página.
Su trama, al igual que el resto de sus habilidades, se desarrolló con el avance de la secuela. Llegó a un punto en que la cómica historia adolescente ya no era suficiente para su ambiciosa mente. Sentía que las aulas de clases limitaban su creatividad, que la minoría de edad maldecía sus planes y que la inocencia de sus personajes mermaba el proceso del desarrollo de sus relaciones… finalmente tomó la decisión de hacer un salto temporal al llegar a la página 360.
Sus personajes ya no eran unos niñitos estudiantes de preparatoria, ahora eran adultos en el mundo de los adultos, viviendo situaciones de adultos que resaltaban y conflictuaban con su alegre pasado adolescente. Llevó la historia al siguiente nivel, creó conflictos de amor, hizo a los mejores amigos pelear y distanciarse, y hasta cobró el riesgo de separar al primer protagonista de su verdadero amor para emparejarlo con la rival. Esta era su obra maestra, este era su mayor logro. Era una historia cruda, inesperada, intensa y emocionante. Motivado por los deseos de oír la opinión de su amiga, escribió con ansias página tras página hasta que el punto final se hizo presente, en la página 557.
Su historia era triste, realista y muy grande; pero la verdad sea dicha, el largo de esa historia le ayudó enormidades a Marco para desarrollar su narrativa precisa y paciente, y la crudeza de su contenido forjó en él las capacidades y los límites de su estilo. Estaba muy orgulloso… contrario a lo que fue lágrimas de estrella. Esta vez, en serio se merecería los halagos.
― Se llama “Corazón de ceniza” ― Dijo, entregando a su amiga un inmenso encuadernado con título a color y portada. La primera vez le había entregado unas hojas sueltas en muy mal estado, esta vez incluso se tomó la molestia de hacerlo presentable y preservable. ― Tiene más de 500 páginas, es más del doble que corazón de ceniza… pero créeme cuando te digo que es mil veces mejor.
― E-es inmenso ― Coincidió su amiga, batallando para sostener el libro en sus manos. ― C-con la escuela y eso va a tomarme un rato, pero como la vez anterior, te aseguro que voy a leerlo.
Marco asintió y sonrió, sabía que ella le decía la verdad… finalmente, había llegado la hora de recibir el pago de tantas semanas de arduo esfuerzo: el amor del lector pronto llegaría a él… pronto estaría tan feliz como la primera vez que fue leído.

― Llegamos, joven. ― Anunció el taxista, sacando a Marco de sus profundos pensamientos y recuerdos. ― Serían 50 dólares.
― Tome 100 y guarde el cambio ― Repuso, sacando un billete del bolsillo de su saco escolar. ― Hasta luego.
Bajó del taxi sin interesarle lo que tuviera que responderle el taxista, desde hacía rato en su cabeza solo había lugar para una cosa. Cruzó las puertas de su edificio, saludando al portero y a la recepcionista y esperó por el elevador junto a su vecina: la señora Gutierritoz.
― Buenas noches, Marco ― Le saludó la anciana mujer, educada. ― ¿Tienes hambre? Mi marido hizo pollo con papas y me dijo que te invitara. Dice que no has estado comiendo bien.
¿Y cómo lo sabía? El poder de los jubilados no paraba de sorprenderle: seguramente se pasaba el día con la vista pegada al pasillo y le veía llegar con comida rápida todo el tiempo. Se encogió de hombros y asintió, educado.
― Tengo mucho trabajo por hacer, señora; pero si más tarde encuentro algo de tiempo, prometo pasarme a cenar con ustedes.
La mujer puso los ojos en blanco, al momento en que llegaba el elevador y ambos entraban en él tras dar salida a otro par de vecinos.
― Ustedes los escritores nunca paran, ¿no es así?
Por supuesto que no, si pararan, ¿quién les recordaría? Marco bajó un poco la mirada, y dio por terminada la conversación de ese modo. Cuando ambos llegaron a su piso, bajaron al mismo tiempo y cada quien caminó hacia su cuarto.
― Enviaré a mi marido con tu plato. ― Dijo finalmente la mujer, como despedida.
― Gracias ― Agradeció Marco, aún con la cabeza repleta de la sabiduría Delaware. ― Buenas noches.
Entró en su apartamento sin mayor incidente. No encendió las luces, le gustaba disfrutar un poco de la oscuridad de su departamento iluminándose únicamente por las luces de la ciudad, así que abrió las persianas de la sala en su lugar.
Tomó asiento al frente: en un largo sillón blanco de piel que le habían regalado. Cerró los ojos, recostándose apenas ligeramente para enfocar su vista en la pared a la derecha de la ventana.
A lo largo de esa pared, tan grande como la habitación misma, había un pizarrón gigantesco tan grande como el del colegio. En él, existían varias notas escritas con su letra a mano (bastante fea) que seguramente solo él entendería. El título, en lo alto de la pizarra, era el siguiente:

“Cartas a la banca”

Tramas, puntos de tensión, posibles finales, comentarios sueltos, planes futuros… todo estaba escrito ahí. Era todo el orden que necesitaba para mantener su historia en lo alto, y aún sin ella, seguramente podría hacerlo igual de bien. La verdad sea dicha: cartas a la banca, era un insulto para sus capacidades.
Esbozó un puchero de insatisfacción. ¿Por qué las cosas habían acabado así? ¿Qué pretendía, escribiendo algo tan sencillo? Claro, a la gente le encantaba cartas a la banca porque su estilo la convertía en una historia amena, pero su realización era tan sencilla, tan simplista, tan superficial, que no podía evitar sentir que se engañaba a sí mismo al tratarla como su mayor obra.
― Y engaño a mis lectores también… ― Susurró, amargo.
Alice jamás haría algo así a sus lectores. Ella se entregaba al máximo en todo momento, con todo su talento, todo su corazón, todas sus capacidades y todo su amor para crear algo que la gente pudiese disfrutar. Si se le comparaba con ella, él era solo un maldito flojo, un mediocre.
― ¿Cuál es mi excusa? ― Dijo entonces, sin dejar de mirar el pizarrón. ― ¿En qué momento me perdí de lo que era importante?

― C-con la escuela y eso va a tomarme un rato, pero como la vez anterior, te aseguro que voy a leerlo.

Un escalofrío recorrió su espalda.
Sus inicios como escritor fueron de lo más humildes. Nunca esperó recibir más de una lectura, nunca ambicionó la fama y la gloria a la que ahora buscaba abrazarse con tanto empeño; por aquellos años, él era feliz escribiendo. Crear tramas le hacía feliz, ver la reacción de su amiga era su única motivación extra… pero cuando ella rompió su promesa, la situación cambió.

Esperó pacientemente día con día. Las primeras semanas fue comprensivo, sabía que una historia de más de 500 páginas no podía leerse en un parpadeo, así que guardó distancia y como un fiel guarda, se mantuvo firme y estoico… las semanas se volvieron meses, y cuando menos lo imaginó: los meses se juntaron para formar un año.


― ¡No he tenido tiempo de leerlo, perdona Marco! ― Se disculpaba ella constantemente cada tantos meses.




― Aún no, ¡pero en vacaciones vas a ver que no me separas del libro!





― ¿Eh? No, no he tenido tiempo… ya ves que fuimos toda la familia a la playa y eso…




Lo que Marco tanto ambicionó, lo que lo motivó a escribir y lo acercó tanto a su crecimiento como artista, no se presentó. A veces es así… a veces, el placer de ser leído no se presenta a la cita.
Era de esperarse, mostraba su trabajo a solo una persona. Dio por hecho que al entregárselo a ella, sus posibilidades de éxito eran de un 100% e ignoró la posibilidad del fracaso… ¿por qué fracasaría? Ella era su mejor amiga, era imposible que fallara a su promesa… y ese fue su primer error.
Comprendió entonces que ser lector y ser amigo no eran sinónimos. Un amigo es alguien que por apoyarte es capaz de leerte, pero un lector, es alguien que te lee porque le gusta lo que escribes, es alguien que va a buscarte por tus capacidades y tu habilidad, no porque se llevan bien y tiene la obligación de no hacerte sentir mal.
Él cometió el error de asumir que su amiga era su lectora. Aunque sabía que estaba siendo amable, decidió tomar como verdaderas sus palabras… “¡quiero una secuela!”… “quiero leer más”… todas las flores que ella le tiró en aquel momento, solo eran amabilidad sin realidad para ser respaldadas.
¿Qué debía hacer, entonces? Estaba al tanto de su error, y conocía muy bien su situación actual; ahora, era el momento de tomar una decisión: podía dejar la escritura de lado, dejando sus dos historias como una anecdótica situación que mejoró un poco su ortografía, o podía seguir adelante, y buscar por su cuenta lectores propios que leyeran sus creaciones.
Es obvio lo que decidió. Para esas alturas, ya se había enamorado de la escritura, y estaba convencido de que tenía madera para seguir creciendo y mejorando. Desconocía sus límites, pero estaba expectante a descubrirlos.
Subió corazón de ceniza al internet, a una página de escritores amateur. Ahí, fue sintiendo lo que era ser leído en verdad: personas de todo el mundo, que no le conocían ni sabían su verdadero nombre, opinaban sobre su estilo, sobre sus ideas, sobre su desarrollo. Comprendió entonces, que ser leído por 5 personas era mejor que ser leído por una sola, pues sus opiniones en conjunto le ayudaban a mejorar aún más, y la motivación de su apoyo, le incitaban a seguir creciendo para conseguir más lectores todavía.
Si tener 10 o 15 lectores era una situación cercana a la gloria, ¿qué se sentiría ser leído por mil? ¿Y por diez mil? Su ambición se acrecentaba, tanto como su habilidad. Cada día, sentía que sus capacidades se incrementaban con solo así desearlo; y es que, en su mente ejercitaba distintas formas de expresarse mientras narraba, y de ese modo perfeccionaba su arte sin siquiera estar creando una historia… ¿era ese su talento personal? ¿Era la capacidad de crecer únicamente con la práctica lo que podía hacerlo un escritor distinto al resto? Solo había una forma de averiguarlo.
 Y de ese experimento nació su nueva historia, cartas a la banca. Deseaba saber si su estilo encajaría bien en una historia simple y sencilla de escribir, y también le interesaba hacerse de un nombre en el mundo de la literatura sin hacer mayor esfuerzo al intentarlo; en definitiva, la creación de algo simple y atractivo sería lo ideal para él… así no se decepcionaría si fracasaba, como ocurrió la primera vez.
Para su sorpresa, resultó que si tenía talento. Pronto, un mundo de posibilidades se mostró ante sus ojos, y de un instante para otro ya era parte del mundo de los escritores más importantes. Era solo un novato prometedor, pero tenía las mismas posibilidades que el resto de alcanzar la grandeza.

Grandeza… esa fue la palabra clave que le hizo perder el norte.

Resopló, decepcionado.
― Soy una desgracia ― Dijo, riendo levemente. ― ¿Cómo pude meter la pata así?
Nuevamente apreció la pizarra que tenía ante él… ¿era en serio esa la clase de escritor que quería ser? ¿Deseaba ser reconocido como un escritor sencillo con narrativa amena? Por donde lo viese, era un desperdicio a sus capacidades, no podía permitir que la gente tuviese ideas erróneas. Él sabía de lo que era capaz en realidad… y con cartas a la banca, nunca se podría ver realmente.
Se puso de pie, y caminó lentamente hasta colocarse ante la pizarra. Comprendió entonces, que todo se originaba en ese punto: su incapacidad de elevarse aún más en el ranking, esa sensación de inferioridad ante ZerG, su admiración y respeto hacia Alice, su falta de compromiso reciente en el círculo púrpura… todo se desencadenaba en que todo este tiempo, había estado malgastando sus capacidades en una historia comodina para él.
― No solo me olvidé del placer de ser leído… también falté al respeto a mis lectores presentándoles algo que pude hacer mejor… y con ello, falté al respeto a mi competencia… sobra decir que me he faltado al respeto a mi mismo con el efecto estampida…
Buscó el borrador pero no lo encontró por ningún lado, se conformó entonces con un trapo húmedo de la cocina; se colocó frente al pizarrón, y tras echar un último vistazo a la historia que lo dio a conocer a todo el mundo, la borró con rápidos trazos de su brazo derecho. Lo hizo con intensidad y fuerza, como buscando asegurarse que nada de ella quedase.
Al final, la pizarra estaba en blanco de nuevo, y lo que ocurriría a partir de ese momento, dependía únicamente de la creatividad de su mente.
Necesitó apenas unos segundos para idear algo, y es que, seguramente ya esa idea rondaba por su cabeza desde hacía mucho tiempo atrás.
― Ya sé. ― Susurró, agachándose un poco para tomar el marcador negro.
Quitó el tapón, y poniéndose de puntitas para escribir en la parte más alta, escribió sobre el borde al centro. Al terminar, se apartó dando un par de pasos en reversa para admirar el resultado, y sonrió con amplia satisfacción.


“¡Acepto casarme contigo! (Tal vez)”



― Cuidado todo el mundo… llegó papá.

1 comentario:

Caas dijo...

Ha de ser porque este capitulo se centró en Marco que se sintió diferente a los demás, además de ser más... ¿profundo? ¡Quiero la comedia fresca de ALE! :$ ¿Y desde cuando esto se volvió romance? Jajajaj ay Marquito, espero que no seas como el de mi difunta historia u.u

Aquí reportándose una humilde lectora. Gracias por la comida.

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