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El erotismo de nuestras caídas



El erotismo de nuestras caídas

Me he olvidado de todo. El por qué, el cómo y el cuándo. De no ser porque nos encontramos en mi propia casa, incluso el dónde se encontraría en un estado de incógnita, naufrago en el infinito maremoto eléctrico de sensaciones que se liberan en mi cerebro, tentando mis neuronas y liberando frente a mis pupilas un anhelo fantasioso que creía extinto.
De un momento a otro, soy el inocente y venturado transeúnte, estimulado por la siempre imparcial opinión de mis sentidos. Todos están presentes: el oído acompaña el canto de tus tacones, la vista testifica tu pulcro aspecto y atrevida vestimenta, el olfato danza sobre las corrientes de viento para contagiarse del inconfundible olor de tu cabello, el tacto anhela con deseos psicópatas romper ya con la ceremonia y deleitarse con la frialdad de tu cintura y la vecina calidez de tu vientre, y finalmente, mi personal consentido para esta noche – y sin duda, el que más se alegra de verte – el gusto, que espera paciente dentro de mi boca, y que si todo sale bien, terminará empalagándose con la intensa dulzura que le ofrecerán las comisuras de tus labios.
Oh, dulce punto ciego del destino. Dulce tropiezo, y más aún dulce debilidad carnal que te inmortalizas delante de mí con forma de mujer prohibida. Está mal, no debemos. ¡No podemos! Y es precisamente eso lo que lo hace tan perfecto. Esbozo una leve sonrisa, agradecido, y emocionado como un niño que está a punto de abrir un regalo de navidad. El mejor regalo es aquel que no puedes tener, y ahora tengo el mío al frente.
¿Qué importan los errores que ambos cometimos, si te pones ese siempre fatídico, mortal vestido que se amolda en perfección con las delgadas y peligrosas curvas de tu cuerpo de diosa? ¿Qué importa el daño que nos hicimos antes si tus protagonistas piernas morenas se cubren con delgadas medias antagonistas, y se antojan apetecibles como pocos manjares del orbe? Se ciernen, te sostienen, ideales. Su magnificencia inyecta adrenalina en mis venas, y me dan la valentía justa como para desear arrancar la tela que las viste con el paladar. Piden a gritos que se les libere y me una a ellas a grito en potestad cual joven izquierdista, y de no ser por la incertidumbre del momento, ya me hubiera entregado a ellas sin importarme la causa política que inspirara su firmeza.
 Abriste la puerta, no esperaste a que atendiera. Sabías que no podría rechazarte. Eres una maldita. Sabías que tu plan funcionaría a la perfección desde el momento en que impregnaste tu escote con la esencia a edén prohibido que emana del maligno perfume que usaste el día en que nos conocimos. Me dijeron que el diablo sería atractivo, pero jamás llegué a pensar que sería la criatura más deseable de este planeta, o que se postraría con elegancia delante mío, casi igualando mi estatura con sus Ricky Sarkany.
No dijiste nada, no hacía falta. Las palabras solo hubiesen entorpecido tu mortal  estrategia. ¿Para qué decir “hola, te extraño”, si con arquear tu rostro hacia delante, y con ladear levemente tus ojos omnipresentes basta para recitar en mi cabeza un millón de promesas seductoras, cada una más tentadora que la otra?
Me tenías a tus pies, y lo sabías… pero no te conformarías con eso. No me darías el gusto de ser tú quien diera el paso definitivo; sabías que estabas a un movimiento clave de provocar que me abalanzara sobres de ti, y para alguien tan conocedora del arte de la seducción – y en el arte de MI seducción – era pan comido su realización.
Abriste ligeramente tu boca, y dejaste escapar la hilera de dientes superior apenas lo necesario para atrapar tu labio inferior con ellos, y los mordiste con fuerza. No fingiste hacerlo, no… pude sentir en tu vivaz mirada la violencia que hacías emanar desde tu interior, y el torrente de placentera tortura que fluía en tu boca. Al final, tus ojos cristalizaron deseo, impaciencia… aún no hablabas, pero ya me habías dicho “estás retrasado”, hace tiempo que debí haberte tomado.
No podía hacerte esperar, no así. No vestida de esa forma, no dando en el clavo en cada punto que fuese de importancia para conseguir lo que deseabas, no con ese aspecto, no con ese aroma, no siendo tú.
No tenía peros para argumentar, ni deseo alguno de tenerlos; ganaste, eras la justa vencedora, y más que eso… sencillamente arrasaste con mis defensas, y ahora te tocaba cobrar el botín. No me importó lo cara que me saldría la derrota, había primero de disfrutar la jugosa captura, la tortura para hacerme hablar, y finalmente, mi posible ejecución.
Capturado, por el cálido manto de tu hegemonía, caminé directamente hasta ti, y con mi lengua delineé el contorno de tus labios brillantes de sabor frutal, ¿cerezas? Incluso, acertaste en dónde conservar tus cualidades infantiles que me robaron el sueño la primera vez que nos vimos, cuando aún éramos jóvenes… aunque, ¿a quién engaño? Aún lo somos, un par de años no son sinónimo de crecimiento, y el que compartamos juntos del fruto prohibido de las tentaciones, solo re afirma mis palabras.
Ah, ambrosía. No sobran adjetivos que califiquen la pasmante sensación del color de tus labios rojos tatuando a los míos y sus alrededores en una tonalidad secundaria,  pero ya tendré tiempo de disfrutarlo a fondo, ¿dónde quedaron mis modales? Antes de disfrutar de la exhibición, lo correcto es saludar a los anfitriones del evento; es por ello, que mis manos recorren exploradoras por tu suave espalda descubierta y nuca, y con la punta de mi nariz doy un afectuoso saludo a las clavículas que desembocan bajo tu cuello. Tiempo sin vernos, y no han cambiado nada… es, como si nunca me hubiese ido de tus playas.
Me doy un par de segundos de pausa, un regalo merecido y necesario; deleito la vista, y aprecio el milagro gravitorio que mantiene tus pechos firmes y estoicos sin perder su característica abrazabilidad incluso por debajo de la fina tela de tu vestido nocturno.  
Vaya piel más moldeable en suavidad, es una textura a las yemas de mis dedos apenas perceptible, que con el paseo de mis caricias ínfimas se unta intensamente al tacto como si de queso crema se tratase, y ciertamente antoja a probar más aún que el manjar de Filadelfia.
Siento con mi palma abierta la suavidad calma de tu abdomen firme, y mis pestañas desembocan con éxito sobre tus piernas, acarician tus medias y se filtran por entre los diminutos recovecos para besar tus rodillas. Me gustaría llevar una cámara conmigo, para inmortalizar cada detalle que pudiesen regalarme tus flexiones ansiosas; así es, puedo sentirlo en la rigidez que imprimes al pisar, no quieres una apertura larga… deseas llegar a la cima apenas con unos pasos, y es ahí donde has errado… siempre pecaste de impaciente, pero yo a su vez de complaciente, y hoy no será la excepción. ¿Qué es una recaída si no se conservan las tradiciones?
 Guías mis manos extendidas por debajo de tu vestido, y calmo busco los pliegues de tus medias. Tus caderas son cálidas, y es la parte más idónea de tu cuerpo para sostenerte antes de alzarte usando únicamente la fuerza de mis brazos. Antes de completar la misión que me has encomendado, sucumbo a la tentación y te alzo hasta el sillón, te recuesto con cuidado y luego con las piernas abiertas me escabullo arriba tuyo. Domino sin ser el gobernante, sé que si hemos llegado a esto es porque tú así lo has deseado, y ello te convierte a ti en la dirigente de esta sinfonía improvisada de errores atropellados que luego seguramente lamentaremos.
Pero ahora no hay vuelta atrás, nuestros cuerpos lo saben, y de ahí que nuestras respiraciones sincronizadas se aceleren aunque aún no lleguemos a la parte que requiere gran esfuerzo y entrega física.
 Mi corazón quiere salir de mi pecho, y te lo demuestro recostándome arriba tuyo para callar tu silencio con un beso de los que antes te di miles. La sensación no ha cambiado, aún aprisionar tus labios con los míos me genera el mismo gusto a triunfo que la primera vez que lo hice, aquel enero.
El contacto directo de nuestros cuerpos deseosos incrementa la temperatura de la habitación de manera gradual. Mi pecho y el tuyo se amoldan uno con el otro, y permiten que nuestros cuellos emulen la silueta de un triángulo equilátero. Tus manos, curiosas, finalmente despiertan, y se enredan en mi cabello a modo de caricias, como intentando aferrarse en caso de que nuestra tremenda farsa se derrumbe a pedazos y corras el riesgo de caer. Si así fuera, sería un movimiento muy inteligente de tu parte, bien sabes, y reconoces, que desde hace tiempo que yo ya no haría nada para rescatarte.
Siento tu aliento liberándose en mis besos, me embriaga. Siento la adicción a su efecto naciendo en mi esófago y expandiéndose por todo mi pecho, busco beberlo mezclado con tu saliva, y tomar de postre una gran ración de tus labios, degustarlos hasta borrar de ellos tu arrogante sonrisa de victoriosa satisfacción. Tus caricias enérgicas se dibujan en mi espalda, y se tatúan por debajo de mi camisa, aún antes de que llegue la hora de que tus uñas firmen indiscriminadamente todo de mí.
Un grito inunda la habitación y me imposibilita de atender al resto de mis muchas atenciones sobre el lienzo de tu cuerpo. Es una llamada de auxilio, una petición urgente de ayuda que viene de tu espalda media. El cierre.
El estúpido cierre. El MALDITO cierre. Aquel villano que aprisiona con desdén tu desnudez retenida bajo la seda. Aquel aprisionador estorba en mis deseos efímeros de presenciar todo milímetro de tu envoltorio, y sentir con la palma abierta la capa de sudor superficial en tu pecho y abdomen que te cubre de un brillo encantador, característico únicamente de una pulcra piel morena como la tuya, y tuya nada más.
Italia, bendita Italia. ¡Me entrego y postro ante sus magnificencias! Su tierra, magnífica en artes y cultura, aquella donde tantos artistas derramaran su sangre y su sudor para alcanzar el reconocimiento, donde se construyeran imponentes imperios con poderes sin límites y con alcance hasta los lugares más recónditos de la tierra, y finalmente, dónde se te diera nacimiento un seco verano en un viñedo familiar a las afueras de Florencia.
Me siento mareado, el grito es insistente, y la tentación finalmente sucumbe a las sugerencias de la impaciencia. Cubro tus hombros con mis brazos extensos y te levanto lentamente sin decir palabra. Siento tu mirada incitante, estás agitada y tu respiración lo demuestra, odias que me haya detenido tan de pronto, pero a la vez sabes que lo hago por el bien de ambos.
Bajo el cierre con un movimiento ciego de mi mano derecha, como si no hubieran pasado primaveras desde la última ocasión en que tuve el honor – y la desgracia – de desnudarte. Pronto me encuentro tirando de él hacia tus piernas para quitártelo de encima. Levantas tus brazos aunque no lleva mangas, aprovechas para acomodar tu flequillo a un lado, y con tu movimiento los pendientes que te regalé brillan con el reflejo de las luces de la sala, orgullosos en los lóbulos de tus orejas. Sé que los odiaste desde el primer momento en que los viste, y sin embargo los conservaste… debo admitirlo, es un buen toque, incluso si es la primera vez que los usas en años.
Cuando el torpe forcejeo cesa, y el vestido cae al suelo a manos mías, no existe más entre nosotros. Ahora, se han acabado los impedimentos, puedo adorarte, acariciarte, y poseerte de la forma en que quiero, deseo, siento, anhelo, y mereces.
Levanto la vista desde el suelo hacia ti, con inesperada timidez expectante, y sin parpadear admiro por primera vez en mucho tiempo tu cuerpo desnudo… no ha cambiado nada, ni un poco difiere del vivaz retrato que resguardé en mi mente todo este tiempo, memoria de nuestra última recaída, hace dos años.
Dirijo mi mirar hacia el tuyo, y dibujan tus labios un semblante juguetón, quizás hasta algo socarrón. Ambos esbozamos una sonrisa de complicidad pícara antes de que me atrapes por el cuello con ambas manos y me jales hacia ti con prisas compartidas. Ambos sabemos que al final de este nuevo tropiezo nada quedará. Nada además de pasionales memorias, que nuevamente nos harán recaer el uno con el otro dentro de un año más, o dos.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

eres mejor que muchos escritores publicados. Sigo tu blog seguido desde hace más o menos un año y tienes mucho talento.

kurau dijo...

mis respetos, me ha encantado, ni parece tuyo XD

Anónimo dijo...

Que buen relato! una descripción impecable.

Ginger dijo...

Tu narrativa es hermosa, la más triste que haya leido, hasta las cosas alegres me saben a nostalgia. Escribes perfecto, pero siempre que leo un cuento tuyo me deprimo.

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