Lo Último

Una última canción de amor




Una última canción de amor
Su vida se esfumó tan pronto como ella desapareció, todo ocurrió en un parpadeo. Fue el inicio del otoño y la primera hoja de maple no tocó el raso terrenal cuando las esencias de ambos escaparon de este mundo.
Solía responder a un nombre, vivir y sonreír. Le gustaba pasear con ella en coche, llevarla al bosque y hacer un picnic solo para dos, amaba también ir con ella a nadar en la playa y llevarla a bailar… pero cuando se desvaneció la amargura cubrió sus recuerdos y las vivencias se tornaron en innombrables gestos… sintió repudio a todo lo que hizo alguna vez en su compañía.
Fotografías, cartas, gestos y enmarcaciones… nada de ello fue destruido como hubiese sido lógico pensar, pero fueron desplazados al ático cual trastos carentes de valor. Su rostro perdido reflejó indiferencia, más el fuego de la chimenea cristalizado en sus pupilas dibujaba angustia y desesperación.
Su bloqueo dominó en el duelo ante su corazón.
 Su mansión palideció casi tan rápido como el inerte rostro de su mujer amada. La muerte predominó en el aspecto tétrico del hogar que antes estuviese radiante de luz y tenor.
Los ventanales eran los mismos, las enredaderas aún eran regadas y las criadas como siempre limpiaban cada rincón, pero ningún cuidado ni mantenimiento fueron capaces de cambiar la condena de ese lugar. No volvería nunca más a estar con vida.
Un día decidió sellar su entierro, se despidió de todos los que pisaban su lapida y les ordenó su abandono. Unos trataron de detenerle pero todo fue inútil, él cerró las puertas por igual y el sol dejó de iluminar su sala de estar. Se sentó en su silla, encendió su pipa y observó en silencio el fuego en la chimenea.
Nunca lo dijo, pues nunca volvió a hablar, pero la razón de su sepelio no fue del todo su tristeza inconsolable. Sus razones fueron más allá de una despedida… por su mente no se paseó el adiós. Anheló el reencuentro. Se convenció de ir tras ella, de alcanzarla y de tomar su mano.
Abrazó la mortífera idea del regreso a lo que solía ser.
Su rostro erosionó en la espera, su amargura evolucionó en una insana soledad nostálgica que lo llevó al ático donde guardó todas sus antiguas pertenencias. Lloró, no se sabe por cuánto pues el  polvo en los ventanales hizo imposible saber del paso del tiempo. Abrazó el suelo y lamentó sin importarle lo que estaba dejando atrás.
El agua filtrada por los cimientos humedeció sus fotografías y con el paso del tiempo deformó su contenido hasta que solo quedó en ellas una mancha indistinguible, justo como pasó en sus memorias, una vez pasadas las fechas del calendario.
Un día ya no pudo recordar el rostro que tenía su amada, lo que compartieron juntos, ni lo que hizo florecer en él tan enorme sentimiento. Su caminar comenzaba a tornarse en una realidad confusa… había momentos en su merodeo en que olvidaba el nombre penado y en medio de su frustración se culpaba por ello. ¿Por qué se borraba de sí lo único que deseaba preservar? ¿Cómo su amada escapaba de su mente cuando no hacía más que pensar en ella?
Gritó, se dolió cada vez que el miedo se apoderó del vago rocío en el que se había convertido… había momentos en que deseaba destruir todo lo que se erigía alrededor, pero ya no poseía tacto. Ya no era dueño ni de su propia tumba.
Cumplió con su propósito. Cuando ella se fue, él fue tras ella para encontrarla, pero se perdió en el camino y no supo como continuar… se convirtió en un fantasma y vagó con cuerpo en vida hasta que no le quedó nada. Ni vida ni muerte, ni razón ni motivo.
Con su última muestra de razonamiento, memoria, existencia e inexistencia a la vez, lamentó no haber sido lo suficientemente veloz para alcanzarla, o al menos lo suficientemente lento como para vivir y haber seguido adelante. Quienes rondaban en los alrededores, escucharon un desgarrador sollozo a la distancia cual sonata de violín. Espectral  y hermosa a su manera. La letra fue el nombre de a quién amó.
Será casi imposible que alguien vuelva a escuchar tal pronunciación de amor, porque después de la muerte, solo la muerte en vida puede provocar un lamento tan puro, que en forma de canción, inspire una sonrisa en medio de la tristeza de una condena tan grande como lo es la vida misma.
La melodía resonó un poco antes de fundirse con el eco seseante del viento, retumbando contra los pinos del bosque.
Un otoño más, un otoño menos. Palabras  románticas de un alma perdida a quién fuera su amada, su motivo y su perdición. Una última canción de amor.

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