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Las páginas durmientes - Cuento uno


Un regalo para ella

Estoica y serena se le podía ver, al píe de un oscuro y calmo lago artificial que no inmutaba cambio alguno ante el brillo inmenso de la luna llena en los cimientos del cielo, apenas acompañada por un par de transparentes nubes grisáceas en su coronilla. A sus alrededores, solo los grillos y el motor del purificador perturbaban la calma de la fresca estampa nocturna.
Era una mujer de edad media, con piel clara, blanca y pálida. Brillante en gracia a la iluminación estelar. Llevaba encima un vestido de noche oscuro con la espalda descubierta. Iba descalza, sus tacones quedaron en el sendero de ladrillo rojizo molido unos metros detrás. Arrodillada sobre el frío y húmedo césped recién regado por los aspersores, miraba al cielo fijamente, y ni se inmutaba de lo que hubiese alrededor, no movía la vista por nada del mundo.
Sobre su cabello enmarañado se divisaba un espectacular cielo nocturno; tan claro y brillante, vestido espectacular con un bordado de astros reyes sobre su tela oscura, apenas cubierto tras una neblina apenas significativa. Esa noche, el cielo y la tierra se unían en un cuadro indivisible, y únicamente desentonando ante ellos, ella.
Pies enlodados, un vestido rasgado y manchado, sudor corriendo su maquillaje, lágrimas corriendo su rímel, el cabello hecho un verdadero desastre… ella no pertenecía ahí, y era precisamente por esa razón que se detuvo en ese lugar… y que cayó de rodillas apenas diera 10 pasos, quedando abrumada ante semejante magnificencia.
Cuando sus ojos grises se clavaron en la luna, todos sus problemas desaparecieron. ¿Qué era el amor? ¿Quién fue aquella que la lastimó? No tenía idea, pero las respuestas a ambas preguntas podían ser reemplazadas por una realidad evidente: ni el amor, ni aquella perra que la hirió hasta arrancar su llanto, y algo más, eran comparables en belleza y magnificencia a la preciosidad que en ese momento la noche le regalaba.
 Y era solo un regalo para ella. Nadie más estaba ahí esa noche.
Entrelazó sus dedos con el césped mojado, enterró sus uñas en la tierra, y sintió como las hojas traviesas se deslizaban por el contorno de las líneas de sus manos. Respiró profundo, y encantada por el inconfundible aroma de la tierra mojada, esbozó una sonrisa incomprensible viniendo de alguien tan herido como ella.
“Soy única” susurró, pues sabía, que este era un regalo del que solo ella disfrutaría… y a diferencia de todo lo que la rodeaba normalmente, ese cielo, esa luna, esas estrellas y esa tranquila niebla, nunca le harían daño.

1 comentario:

Kthrine dijo...

Interesante, a decir verdad. Aunq hubo ciertos tropiezos al inicio (algo no me cuadró, vale la pena leer otra vez), bastante bn. Un buen despertar de curiosidad xd

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