Lo Último

La Bailarina




La bailarina

Vestía de negro, llevaba las mallas rotas, destrozadas de las rodillas e incompletas hasta el talón de su pie izquierdo. Su cabello era oscuro, como oscuros eran sus ojos, oculto tras una coleta corta se anteponía a sus espaldas. De tutú negro, colgaba un hilo de tela hasta el suelo. Bajo sus ojos las ojeras delataban su falta de sueño, su rostro cansado mostraba su mal humor, y la cajetilla de cigarrillos sobresaliendo de su mochila, a la orilla del escenario, revelaban su vicio y relajador más común.

Tenía un tatuaje en el hombro, una estrella, sobresalía de los tirantes de sus calzas por un par de centímetros. Muchos lo considerarían desafortunado e inadecuado, no es muy común encontrarse con una bailarina de ballet con pinta espinada incluso en el nuevo milenio.

La sangre, brotando incesante de su herida abierta rozaba con su piel aún sensible al tacto. El líquido se expandía cálido por su talón y puntas y desembocaba en el suelo. Le preocupaba, más a la vez le mantenía alerta; sabía bien que había llegado a su límite, pero también era consciente de que no había rendición. El momento que toda su vida había anhelado estaba delante, y dar paso atrás quedaba descartado dada su naturaleza determinada.

Levantó la vista. Podía verlo todo desde su posición al centro del escenario. La tenue iluminación de los reflectores enfocados en su persona, y las luces bajas no le impidieron divisar cada una de las butacas del teatro. Su vista no era muy buena, pero divisaba los detalles de tela dorada que adornaban los costados de los asientos, los patrones de tonalidades rojas que vestían los cimientos de los palcos con elegantes bordados amarillos y plateados, las leves muestras de luz solar que se filtraban por las gruesas cortinas de seda en la parte alta de las paredes laterales, los signos de vejez en los pilares de adorno a los muros extremos, de un mármol opaco por antigüedad, y con tallados de esculturas del añejo renacimiento, los trazos pronunciados que conformaban la bellísima pintura en el techo del palacio, y lo burdo de los cristales coloridos empalmados alrededor de la misma, para dar una estampa de bello arte clásico occidental, pionera del gusto hispano por sus colores vivaces y realistas, afines a expresar realidades crudas y no necesariamente hermosas, al menos no de la manera convencional.

Había estado cientos de veces en el teatro antes, solía ir acompañada de sus padres cuando niña para ver todo tipo de funciones de baile y teatro, extranjeras y de la nación.  Siempre que tomaba asiento, normalmente en una de las butacas del centro, tenía la costumbre de admirar todos los bellísimos detalles que adornaban al lugar. Se recordaba moviendo las piernas en el aire desde su silla, paseando la vista de pared a pared hasta que comenzara la función y clavara sus ojos en el escenario.

Ya desde entonces, ella bailaba; aunque solo por diversión. Sin embargo, le apasionaba la idea de algún día poder presentarse en ese mismo escenario donde veía a tantas estrellas ejecutar el arte que tanto se le había contagiado por tradición familiar.

« Ya no eres más una niña, y ha llegado la hora de demostrar de lo que eres capaz»

Se apoyó en sus puntas, balanceó su peso, flexionó y levantó su rodilla derecha dejando todo su peso en el pie herido, cerró los ojos y respiró profundo para no perder el equilibrio con el dolor. La tortura fue apenas considerable, pero sabía que eso cambiaría llegada la etapa más complicada, avanzada su rutina. Esperaba con esperanzas suplicantes que  se le adormilara el pie en brevedad.

Dio un paso al frente con su pierna derecha e hizo un croisé, como recordaba haber hecho durante su primera función, cuando aún era una niña, y junto a sus compañeras interpretó la bella durmiente. Enderezó la posición de sus piernas, arqueó sus brazos y luego grácilmente se puso en face, se presentó ante el auditorio, agradeció su atención.

Algo no fue bien… no gesticuló ni expresó su sorpresa de manera física, pero la preocupación consumió sus pensamientos como el fuego al papel; algo en sus primeros pasos fue distinto a como había ensayado. El resultado, era insatisfactorio.

« Rígida, muy rígida. ¿Una presentación grácil no merece pasos naturales que le respalden? »

Dio dos pasos en glissade para tomar impulso y alegrar su rutina con el petit allegro que preparó para la ocasión. Para muchas de sus compañeras de la academia, los movimientos que había elegido eran muy riesgosos; pero a ella le resultaba bastante simple, al menos así se lo sugería su orgullo. Solo tenía que cerrar sus pasos cada tres tiempos para que no se trabaran sus piernas, y entonces reiniciar de inmediato su rutina rebosante de alegría. Para su cometido, había practicado intensamente su jeté, que consistía en detener sus piernas derecha e izquierda una delante de la otra respectivamente y con los pies en direcciones horizontales contrarias, luego flexionaba sus rodillas, y enderezaba con un salto. Su favorito para la ocasión era el pas de chat, pues con este podía recuperar rápido la postura, y al ser apenas de altura media, su pie lastimado no recibía mucho castigo al aterrizar.

« Que poca confianza en los trazos de los brazos, que inestable necedad perfeccionista de no salirse de la línea… el público no merece que se le falte al respeto con esta falacia robótica; el baile es arte, no enteramente rutina. »

Sus giros, sus tiempos, su sincronización; todo era brillante en realización. Pero algo no iba bien, mientras más avanzaba su rutina, más se delataba como una bailarina incapaz de expresarse. ¿Por qué le pasaba esto? ¿Por qué precisamente en un momento tan crucial? Durante las prácticas estuvo brillante... esto, no era ni siquiera un 10%... no, no era ni un 5% de lo que ella era capaz de hacer. Así lo sentía, y así lo daba por hecho.

« Veo que tus pies se mueven en el escenario, pero no bailan. ¿Dónde están tu mente y atención? ¿Por qué no estás presente en el día más importante de tu vida? »

Una de las obligaciones más serias con las que tiene que lidiar una bailarina, es con la de no permitir que tus deslices y errores te impidan brillar durante el resto de la presentación. Una situación de desventaja siempre puede ser remontada mientras la música siga llegando a tus oídos, y existan personas por las que seguir bailando. Con esta mentalidad, intentó corregir su error; aligeró su cuerpo, y trató de dejarse llevar un poco, relajando sus músculos.

 Su petit allegro terminó, sin pena ni gloria. Nadie aplaudió, y no le sorprendió; no merecía el honor máximo del respetable cuando le había deshonrado no entregando todo lo que podía darle como exigía su arte complaciente. Intentó guardar calma, aún estaba a tiempo de brindar satisfacción y hasta goce, lo mejor siempre venía al final. 

Se puso de medias puntas. Entonces, un latigazo rasante, seco y directo recorrió sus nervios desde la punta de  su pie izquierdo hasta la nuca; aún no se le dormía el pie, y no solo eso; su herida se abrió en represalia a sus constantes pas de chat, y ahora sentía la molesta humedad de su sangre encharcada en la planta de su pie.

Lamentablemente, no eran ni el dolor agonizante ni la comodidad los peores contratiempos de su herida, mil veces peor era el ahora existente riesgo de tropezar con su propio sangrado.

No permitiría que un estúpido error destruyera su sueño. No de nuevo. Bajó a su posición natural, y cambió a puntas completas, bajó de nuevo y de inmediato retomó su posición en puntas completas; ya con el ritmo tomado, interpretó así un dificultoso relevé opacado únicamente por su casi invisible lentitud, pero era lo mejor que podía hacerlo, el dolor aumentaba rápido, y el miedo de resbalar brindaba inseguridad y cautela a sus pasos. Al finalizar, se mantuvo en punta completa sobre su pierna derecha, cruzó su pie izquierdo por fuera y por dentro, repitió el movimiento una y otra vez a gran velocidad; esperando que su petit battement calmara un poco su dolor, e impresionara a los presentes además con su técnica.

Tras sus movimientos, podía escuchar el rechinido de sus zapatillas humedecidas en sangre sobre el parquet entablado, le parecía que ensuciaban su rutina pero ya no tenía de otra más que soportarlo; esperaba que la música ocultada el ruido anormal de los espectadores, y que no influenciaran para catalogarla como una bailarina ruidosa y poco disciplinada con sus pies en el suelo.

« Tu cuerpo es el médium, el cuándo, el dónde y el por qué de la danza; es lo más valioso que nosotras como bailarinas tenemos. No cuidar nuestro cuerpo, ¡Jah! Impensable… y tú, no lo has hecho… estúpida. »

Mientras luchaba contra todo pronóstico negativo que diera cierre a su interpretación como un desastre, llenó su cabeza de comparaciones con sus heroínas, aquellas que su madre le había inculcado, y aquellas otras que ella misma encontró con años y años de ballet como parte esencial de su día a día. ¿Anna Pávlova y Marie Taglioni alguna vez se habrían visto orilladas a bailar con un tajo en la planta del pie? Eran verdaderas guerreras, y grandes profesionales; le parecía imposible que dos leyendas de la danza en algún momento tuvieran un desliz, un descuido tan patético como el que le tocó sufrir.

Aunque sus familiares y amigos lo catalogaron como un ataque bajo y ruin, inspirado por los celos y la envidia, sabía que la culpable no era otra que ella misma. Fue ella quién bajó la guardia, e inocentemente creyó que sus compañeras de la academia se alegrarían de su oportunidad de dar el salto al profesionalismo. Aceptó sus abrazos de felicitación, y como una idiota, sonrió a cada una de ellas cuando le deseaban lo mejor con hipocresía… ¿qué le dejó la falta de malicia? Vidrios rotos, pisos aceitados, una rajada con tres centímetros de profundidad en la planta del pie izquierdo, y dos semanas para reponerse, antes de su gran audición.

Lloró hasta el cansancio cuando el Doctor dio su diagnóstico. “Diez puntadas, sin caminar por tres semanas, y sin bailar hasta al menos por un mes más. Es una herida grande, y necesitará de completo reposo para que sane como es debido”. El mundo se le vino abajo, se arropó bajo la angustia y se negó a salir de su velo pesimista; nada que valiese la pena le esperaba fuera, la vida perdió color, perdió sentido.  

Pasó días encerrada en su pieza, escuchando música clásica e imaginando sus movimientos al son del ritmo. No comía, no bebía. Se quedaba recostada al pie de su cama, con las rodillas flexionadas, deslizando la punta de su dedo índice por los dibujos y marcas de su piel. El baile siempre fue algo muy importante, pero ahora que se le impedía seguir haciéndolo, se convirtió para ella en una obsesión, un deseo enfermizo.

Oculta bajo la nula protección de sus sabanas, no paraba de llorar, de suplicar como niña que no se le arrebatara su más grande sueño, pero nada ni nadie podía evitar que su oportunidad se le escapara como arena de sus manos, no había nada que pudiese hacerse ya.

« ¿Qué te pasa bailarina, estás llorando? »

Sabía que su cuerpo no sanaría a tiempo, que tendría que haber cancelado su audición para dar paso a una bailarina que si tuviese sus pies sanos, pero no pudo. No tuvo valor de tomar el teléfono, ni de dejar ir su oportunidad de presentar la interpretación de su vida.

« ¿Por qué no saltas, por qué no giras como tanto amas hacer? »

Se negó a superarlo, a seguir adelante…  en consecuencia, dentro de ella se abrió una herida, más grande que la que yacía en su planta.

« ¿Has olvidado como bailar? »

Cada mañana al despertar, se vestía con sus calzas, y se miraba al espejo con satisfacción sentada desde la esquina de su cama. Tarareaba melodías clásicas: Adagio, Spring, Winter, Water Music, Sarabande, la marcha turca, Rondeau, celebren, publiquen y muchas más… se imaginaba bailando, meneando su cuerpo de cintura para arriba, movía sus brazos al ritmo de su tarareo exaltado, cerraba los ojos para imaginar que sus piernas se movían y saltaban graciosas por un extenso escenario de parquet entablado. Escuchaba en su mente el sordo ruido de sus aterrizajes. Se esforzaba en mejorar la gracia de sus pasos para que al tocar el suelo fuese como si una pluma descansara tras deslizarse en las corrientes del viento. Tropezaba y volvía a intentarlo, quedaba agotada, y tomaba un descanso… era como si nunca hubiese dejado de bailar, como si nunca se hubiese lastimado.

«Te han cortado los pies, ¿qué te da derecho a seguirte pensando bailarina?»

Las lágrimas se apoderaban de ella a diario. Cada instante de felicidad fantasiosa era secundado inmediatamente con horas y horas de depresiva realidad; ella no bailaba en realidad, estaba lisiada, exiliada de su sueño,  privada de hacer la presentación con la que había soñado desde niña con ansias religiosas; para ella, el teatro era un templo, el baile una religión y su cuerpo, una llamarada de fe desbordante de creencia.

Su pieza, a oscuras, con las ventanas cerradas, apenas con pequeños dejos de luz solar como única compañía, se convirtió en su propio altar de valoración. Tenía en su closet, su gran variedad de tutús, sus zapatillas, sus medias. Pasaba horas enteras observando orgullosa su gran colección, tantos años de baile. Sus logros personales la dejaban satisfecha, pero quería más… y con la mente influenciada en la ansiedad, deseó cada instante un poco más, ambiciosa incluso de lo imposible, moldeó su mente para que no existiesen barreras que se interpusieran entre ella y lo que anhelaba.

¿Margot Fonteyn o Maya Plisetskaya hubiesen permitido que una herida les alejara de cumplir sus objetivos como bailarinas? ¿Natalia Makarova o Carlota Grisi se darían el lujo de dejar lo que más aman solo porque un Medico se los ordenaba sugería? Incluso Darley Bussell y Paloma Herrera no tenían el enorme éxito que tenían por perderse sus audiciones importantes, o por alejarse de sus objetivos para cuidar su salud. ¿De verdad esperaba quedarse sentada mientras su sueño se le escapaba de las manos, y se alejaba de la oportunidad de pertenecer a la misma categoría que sus heroínas?

No podía permitirlo…

« ¿Tan débil eres que te darás por vencida sin haber siquiera puesto un pie en el teatro? ¿Tan insignificante es tu amor por la danza? »

No DEBÍA permitirlo…

Se le susurraba al oído una verdad seductora y constante. El mensaje, era simple:” amas bailar. Tienes que hacer lo que amas”.

No lo permitiría.

Faltaban 3 días para su audición cuando decidió ignorar su condición, y presentarse a la audición igualmente. Revisó su herida por horas, apartando los vendajes de su pie; aún podían notarse las separaciones de piel al centro entre las suturas, y al pasar la punta de su dedo índice por la herida reaccionaba sensible de inmediato. Al caminar, sin duda sentiría una agonía inmensa, y no quería imaginarse lo que sentiría al bailar.

La melodía llegó a su punto cumbre, las cuerdas alcanzaban su límite, las trompetas resonaban y complementaban el toque rítmico de los tambores y las flautas pasaban a ser un aditamento casi indistinguible pero no por eso menos importante para el equilibrio de la pieza; sabía que era el momento tope de su presentación, que era el todo o nada para tomar la bajada satisfactoriamente. Apretó sus dientes, y se plantó en el suelo de lleno, desafiando su herida.

Sintió deseos de gritar, de echarse a llorar, pero no lo hizo. Se quedó firme, inmóvil. Valiente.

¿Por qué de pronto era capaz de soportar el dolor, y se sentía apta incluso de cargarlo a cuestas durante el resto de su vida?

¿Por qué el miedo a tropezar desapareció?

¿Por qué ya no se sentía insegura con respecto a sus pasos y movimientos?

¿Por qué ya no tenía miedo?

«Por qué una bailarina que se respeta, nunca se detiene en medio de su rutina, ni falta al respeto a su arte manchándolo con sus inseguridades»

Se deslizó por el escenario con un pas de bourrée, elegante y veloz como una gacela en la pradera, un cisne en el lago o un halcón en el viento. Con sus brazos saludaba y agradecía en reverencias al respetable, con sus labios enmarcados en una sonrisa de oreja a oreja inmortalizaba diversión y con sus pasos emanaba elegancia en su estado más puro.

«No todo parece estar perdido después de todo… tal vez aún queden algo de piernas en ti, bailarina»

Todos sus fantasmas se esfumaron; ya no sentía pánico, olvidó toda la tensión que la tenía  oculta como alimaña del bosque desde su lesión. Sus problemas se volvieron pequeños, carentes de relevancia, inexistentes… bailando, y haciéndolo bien, nada más le importaba; era ese el poder de su más grande pasión, y tal era el desborde de su cariño por su arte, que se convertía en una persona enteramente distinta, se sentía una reina, una dominante omnipotente de ese, su reino: el escenario. Era la dueña, la mandamás, y en sus pasos se inmortalizaba su autoridad con deguste, su dominancia enmarcaba seguridad y realeza a sus pasos, su deslice se volvía tan elegante como el caminar de un felino, el ruido sobre el parquet era apenas tan notorio como el leve susurro al oído de una débil brisa matinal deslizándose por una ventana cerrada, sus tiempos estaban tan bien intercalados que nunca perdió un solo paso de su ritmo para recuperar el tiempo en la melodía, se sentía como un pez en el agua, como un ave en el viento, como apasionado pintor delante de un lienzo en blanco en una bella e inspiracional postal francesa… se sentía libre, y capaz de hacer lo que fuera.

Terminó la cúspide de su melodía, y de la misma forma su danza bajó en intensidad. Las notas bajaron de a poco, y fue como si todo el goce en sus estrofas se transformara segundo a segundo en tristeza instantánea; así lo había planeado mientras preparaba su rutina, sabía que el cierre demostraría su volatilidad, esa capacidad de cambiar de tiempos y estilos en poco tiempo de la que estaba tan orgullosa.
¿Existirá una mejor forma de sobrellevar los cierres lentos que un pas de bourrée couru? Difícil, sería cuestión de criterios pero para ella no había nada más hermoso durante el lento clamor de los flautines y las cuerdas perezosas que aprovechar las expresiones tristes y meditativas de sus brazos sobre el delicado capullo de sus puntas flotando sobre su sombra. Sus giros incompletos agregaban misterio, comprensión… aunque seguía alegre  y orgullosa de la perfección de sus pasos, sentía ganas de llorar… porque era eso lo que sus pasos sugerían; contagiaban en ella la angustia, la tristeza de la historia que sus movimientos relataban a sus visores.

… o tal vez era al revés, tal vez era ella quien contagiaba de tristeza sus pasos.

No estaba desconcentrada, seguía bajo el encanto de su arropo perfeccionista y había aprendido a lidiar con el dolor de su pie que ahora acalambraba su rodilla y punzaba en el muslo; y sin más, inesperadamente, sin siquiera haber tropezado con su sangre o haber dado un paso en falso, tropezó.

« ¡LEVANTATE! »

 Se puso de pie de inmediato, dando tumbos ahora sí por su zapatilla izquierda cubierta de sangre. No le interesó, pero la hizo rabiar; todas las inseguridades que de un instante a otro se esfumaron gracias al baile, irónicamente volvían en un parpadeo a ella por el mismo medio en que se fueron en primer lugar.
Mantuvo el equilibrio de pie una vez se irguió a los pocos instantes, sin problema; se puso de puntas de nuevo, dispuesta  a continuar el cierre de su rutina, y resbaló nuevamente.

 « ¡LEVANTATE! »

Apoyó sus manos en el suelo empapado. ¿Sangre o sudor? Tal vez ambos. Se sintió enferma, fúrica. Se odiaba a sí misma; nunca había tropezado durante una rutina, ¿por qué lo hacía precisamente el día más importante de su vida, y en dos ocasiones?
Se puso de pie, la canción aún no terminaba.

   « ¡BAILA! »

Se tambaleó, dio un par de pasos al frente buscando alejarse a un área más segura.

« ¡GIRA, SÉ HERMOSA! »

Levantó sus brazos y los unió en pirámide por arriba de su cabeza, flexionó su rodilla izquierda hacia afuera y se puso de media puntas con su pie derecho; giró lentamente, pero volvió a resbalar; era como si la misma plataforma estuviese negándole la oportunidad de danzar sobre ella.

« ¡TIENES QUE SER PERFECTA! »

Lágrimas de impotencia brotaron de sus ojos; como cristales afilados recorrieron sus mejillas y se marcaron por su maquillaje como tatuajes al fracaso. Soltó un berrido, golpeó el suelo con su puño cerrado. Trató de ponerse de pie nuevamente, pero no pudo hacerlo. Sus piernas temblaban con inseguridad de rodillas para abajo, su estomago ardía como si estuviese en llamas, sus brazos se tambaleaban con debilidad bajo su débil respaldo contra el suelo húmedo, desconcertados, y su cabeza no hacía más que atacarla, una y otra vez, como su peor enemiga.

« ¡ESTÚPIDA! »

« ¡INÚTIL! »

« ¡DEBILUCHA! »

No… no… no…

« ¡¿Entonces cómo explicas lo que está pasando? Eres una desgracia! »

Lo había dado todo…

« Y aún así no fue suficiente para seguir de pie al final de la rutina, das pena »

Se había entregado tanto, y por tanto… y al final, lo había echado a perder…

« Como siempre lo has hecho… nunca haces nada bien »

¿A quién quería engañar? Ella nunca sería tan buena bailarina como sus heroínas… ni siquiera merecía ser llamada bailarina.

« No valió la pena que hicieras el esfuerzo, ahora nadie va a respetarte más nunca… incluso si te recuperas del pie, y de toda la sangre que has perdido, serás el hazmerreír»

Eso se ganaba por ser una soñadora, por darse el lujo de aspirar a lo más, y no ser una realista resignada; de esta forma, tal vez no tendría aspiraciones mayores y nunca se superaría a grandes rasgos, pero al menos se hubiera ahorrado el dolor inmenso que atacaba en todo su cuerpo, físico, mental y sentimental.

« Ya no volverás a dañarnos… a partir de ahora, no más esperanzas»

Algo dentro de ella murió. Era su amor y pasión por el baile. Sintió en su pecho como era asesinado brutalmente; es indescriptible, sencillamente, no existen palabras en nuestro vocabulario o en ningún otro que sean capaces de capturar el dolor que se siente cuando lo más amado desaparece de nuestro corazón… es muy parecido a perder a una persona muy importante para nosotros, pero incluso más cercano; pues los sueños, viven dentro de nosotros, y son parte de lo que somos… perderlos, ha de ser lo más cercano a esa sensación desconocida que se tiene antes de morir.

Lloró desconsoladamente entre sollozos y resoplidos abrumados. Se quedó desparramada en el frío suelo durante el resto de la melodía, y ni siquiera se dio cuenta del momento en que la canción llegó a su final. Ya no le importaba de todas formas… ya nada le importaría nunca más.

¿En qué momento había llegado a estas instancias? ¿Cuándo dejó de divertirse y su amor por el baile se convirtió en solo presión y dolor? Añoró las fechas anteriores del calendario, cuando era pequeña, cuando no temía al fracaso y los sueños eran tan lejanos que no podía sentirlos delante, y luego perderlos por un error.

« ¿Quién es esa niña graciosa, desaliñada, sin un par de dientes superiores sonriendo exagerada y entrecerrando sus ojos? »
«Soy yo…»

Así era… así comenzó todo. Con una tierna niña inculcada por tradición familiar a bailar ballet desde los 4 años. Aunque en un principio, no hacía más que tontear durante las lecciones, con el paso del tiempo aprendió a disfrutar de la danza y de todos los beneficios que esta le traía. Agilidad, relajación, diversión, orgullo, capacidad de superarse, y la oportunidad de sobresalir con su talento y trabajo duro.
El baile, además de ser una distracción, se convirtió también en un modo de vida. Para sus 14 años el ballet ya era lo más importante para ella, y con el paso de los años ese amor no haría más que florecer y crecer más y más. Pasó a ser una forma de expresión, de sentir, de vivir y de sentirse viva incluso con todos los problemas que la vida le encaraba. Cometió errores, y detrás de ella había episodios que prefería olvidar… para ello, el baile fue vital a la hora de sobrellevar dichas situaciones, y para dar vuelta a la página y seguir adelante.

… ¿Entonces en qué momento dejó de ser benéfico para ella?

«Tal vez… cuando tuve la oportunidad de cruzar la línea… cuando dejé de sentirme como una bailarina por pasión, y me consideré una bailarina de vocación»

Fue ahí que se perdió toda la magia; el disfrute se vio reemplazado por la exigencia, los errores se convirtieron en imperfecciones, sus fallas se transformaron en pecados y sus exigencias tomaron formas de críticas destructivas y despiadadas. Desde su primera actuación ante un público, se percató de que el escenario le transformaba en una persona distinta, era más radiante, segura, expresiva y colorida… pero luego, cuando las cosas cambiaron… además de su yo intenso y artístico sobre el escenario, surgía siempre dentro de ella un yo nuevo; uno negativo, corrosivo y odioso. Exigente y cruel, impaciente y obstinado… era él quién le orillaba a dar más de lo que podía dar, a entregar siempre el extra, y a odiarse por no cumplir con sus expectativas interiores… al final, su nuevo yo interno y oculto bajo su raciocinio, resultaba destructivo para su autoestima, pero ella no tenía tiempo de notarlo, bajo su yugo perfeccionista se exigía tanto que normalmente mostraba mejorías notorias, así que al final el daño que ella misma se patrocinaba pasaba a ser un sacrificio justo y necesario para su objetivo de ser una gran bailarina. La mejor bailarina.

« ¿La mejor bailarina? ¡Jah!  Como si eso fuese posible…»

Se preparó durante los 3 días restantes a su audición en todos los aspectos posibles: ocultó debajo de su cama una mochila con vendajes, cambios de ropa, analgésicos y algo de dinero. Buscó por horas enteras la forma ideal de vendar su herida bien apretada, y de un modo de que aún así pudiera entrar dentro de las medias y la zapatilla. Finalmente, eligió vendarse el pie entero con doble capa, no sin antes masajearse cuidadosamente con una pomada de fuerte efecto durante varios minutos, romper unas medias hasta el área de los tobillos por el lado de su pierna izquierda, y ampliar con un trozo de tela elástica el contorno de la entrada de su zapatilla, bastaron unas tijeras y un poco de hilo únicamente. Como su familia entera había decidido dejarla en paz hasta que se recuperara de su depresión, no tuvo problemas ni falta de tiempo para tener listo todo lo necesario.
Una noche antes de su audición, llevó a cabo el proceso que haría a la mañana siguiente, con mucho nerviosismo pisó el suelo. Satisfecha, esbozó una sonrisa de oreja a oreja: no le dolió pisar con su planta, se sintió casi como si nunca se hubiera herido en primer lugar, aunque le incomodaba un poco la saturación de vendas sobre su pie, sabía que era algo de lo que tenía que acostumbrarse. Eligió un atuendo oscuro para que los abultamientos no sobresalieran. Se vio tentada a bailar en ese mismo instante, pero no podía arriesgarse; tendría que esperar hasta estar en el escenario para moverse como tanto ansiaba.

A la mañana siguiente, antes de que saliera el sol, abrió la ventana de su pieza, se colgó la mochila al hombro, y huyó deslizándose con cuidado sobre el marco de madera roída. El día nublado se antojaba ambicioso, no hacía fresco, una nítida línea calurosa se deslizaba por el viento. Sus emociones jugueteaban alrededor de ella con fantasiosa expectación. Solo tenía que caminar un par de calles hasta la estación del metro, y luego caminar un par de calles más hasta el teatro… fácil, sencillo.

« ¿Qué te pasa, bailarina…estás llorando ?»

«No soy una bailarina… alguien que no se puede levantar del suelo, no merece ser llamada con tal honorifico»

« ¿Has olvidado como bailar?»

«Si lo he hecho o no, no es relevante… no tengo pies… soy un cuerpo sin piernas, una melodía sin música, un cuento sin palabras, una cena sin alimento… hasta donde yo lo sé, nunca aprendí a caminar»

«Yo te he visto caminar… es más, te he visto bailar, y te he visto levantarte antes… y fue hermoso presenciarte realizando estas proezas»

Estaba inundada en confusiones e inseguridades. Tal era su cansancio, su agotamiento que su voz exigente y ruin no podía más seguir ofendiéndola… toda su confianza, se vio perdida… una ofensa más no sería capaz de resistirla; estaba al borde del abismo, y aunque temía inmensamente a caer de lleno y no volver a levantarse, tampoco tenía una pizca de voluntad o de bravía que le inspirara a retroceder. A limpiar, a sanar, a acabar con toda la mierda que le destruía por dentro, a deshacerse de la sangre derramada, a limpiar el sudor del suelo, a cambiarse las calzas por unas frescas, y finalmente: a volver a empezar.

¿Había acaso llegado a ese punto donde no podía seguir adelante por cuenta propia? Su cabeza estaba dividida y sumida en la desesperación, su cuerpo estaba agotado e inservible, su sangre brotaba aún de su herida abierta, y muy oculto en su corazón, su moribundo deseo de seguir haciendo su amado arte, gritaba desesperadamente por una pausa, un descanso, una oportunidad de seguir viviendo; como quien lucha desesperado contra las fuertes olas de la marea alta, y es golpeado incesante con la fuerza estranguladora del mar. Así es, incluso machacado, un sueño siempre va a rehusarse a morir, pues va en contra de su naturaleza platónica renunciar sin importar que tan perdido se encuentre su poseedor. Dicen que cuando un sueño muere es cuando se ha hecho real, y tal vez fuese esa la razón por la cual aún existía un resquebrajo, un susurro del mismo dentro del alma de la bella bailarina derrotada.

… ella, lo escuchó.

¿Cómo no hacerlo? ¿Cómo no atender su llamado de auxilio siendo un grito tan intenso? Aunque, tal vez hubiese escuchado y atendido igual siendo apenas un inaudible susurro insignificante.
Gritó por él; como una madre que busca a un hijo que se ha separado de su lado. Buscó dentro de sí misma, desesperada, y angustiada, corrió dentro de su mente ignorando todo a su alrededor, nada le importaba, nada le importaba más que encontrar a su primer y más grande amor: su sueño, su amado baile, su arte… su ballet.

Se desangraba, no tenía fuerzas, no tenía voluntad, ni un apoyo del cual valerse para seguir adelante. En sus manos, podía sentir aún el palpitante corazón que había arrancado de su sueño minutos antes; ¿en qué estaba pensando? ¿Qué clase de perdedora daba muerte a mano propia a sus aspiraciones? ¿Qué clase de idiota se pensaba por sentirse capaz de decidir si dar un adiós o no a algo que era tan grande y tan suyo como su mente misma?

« ¡Perdona! »

Flexionó los codos, aferró sus uñas al parquet, y estas se deslizaron en la humedad.

« ¡He sido una estúpida! »

Apretó los dientes, y sacudió la cabeza.

« ¡Permití convertirme a mi misma en mi peor enemiga! »

Ejerció toda la fuerza posible sobre sus caderas, y plantó fuerte sus rodillas.

« ¿Qué te pasa, bailarina…estás llorando? »
Se tambaleó, pero finalmente encontró firmeza en su determinación.
« ¿Has olvidado como bailar? »
«Eso nunca. Antes preferiría olvidar como respirar.»

Estaba de pie nuevamente.  Y los reflectores la iluminaron de nuevo. Pero esta vez era distinto… algo había cambiado.

«Entonces… olvida como respirar y cae inerte al final de la pieza de ser necesario, pero hoy da tú mejor baile, inmortalízate, sé inolvidable.»

Esta vez no era ella quien observaba cada detalle del teatro, cada butaca, cada detalle en las cortinas que adornaban las paredes de los palcos… no… esta vez, era el teatro quien la observaba a ella, esta vez era ella el templo.

Llevaba su cabello oscuro planchado, atado a una firme coleta corta. Llevaba un conjunto oscuro. Tenía la mirada cansada, pero los ojos llenos de determinación y brillo. Estaba empapada en sudor, su maquillaje se había corrido por el llanto y el desgaste, más de su aspecto sobresalía una sagacidad atrayente y apasionada que hacían valorar por alto sus descuidos más como medallas a su determinación como artista, cada descuido en su aspecto era una medalla a su amor por el ballet.

Entre sus labios carnosos salmón claro, se dibujó una confiada sonrisa de recargadas esperanzas. ¿Y qué si antes había tropezado? Es de grandes levantarse, y es de gigantes reponerse… aunque la llamaran presumida, incluso arrogante, esa noche ella se sentía gigantesca como una montaña.

La música volvió a hacerse presente. Al ritmo de su propia melodía, bailó como niña pequeña. En su sonrisa, en sus movimientos, se vio dibujada una vivacidad artística tan inocente como primigenia, tan novedosa como única. Su sello personal.

Le pareció fascinante como su baile se llevaba toda la basura que cosechó durante tanto tiempo… vaya ironía, el baile fue tanto su enfermedad como su remedio… fue asunto de poner en claridad sus prioridades, de caer en la impotencia, de danzar hasta llorar, y de llorar hasta danzar nuevamente. Para un artista, el proceso de sanación es tan incomprensible como paradójico… ella sabía que el baile nuevamente la haría sufrir más adelante, pero estaba segura al mismo tiempo de que justo como había pasado esa noche en un teatro a oscuras, y sin ningún espectador, sería el mismo baile su bálsamo salvador, y su mejor y más amado acompañante. De eso podía estar segura, su arte siempre estaría ahí para hacerle compañía…

Su viaje fue complicado; andaba con extrema cautela para no lastimarse, pero en una ciudad concurrida todo intento de mantenerse sana hasta llegar a su destino se convertía en una tarea complicada. La gente pasaba con violencia a sus costados. La tensaban en gran medida con los involuntarios contactos físicos. Durante el tramo de su casa al teatro, se sintió de cristal; tan frágil que apenas una brisa fuerte podía ser capaz de hacerla perder el equilibrio y destrozarla en mil y un pedazos al desplomarse en el suelo… ¿incluso sintiéndose así estaría bien en su audición?¿No temía ir al teatro únicamente para romperse?

 « No hay problema, soy otra cuando bailo… las debilidades se irán junto con el resto de mis temores»

 Giró, saltó, se paró en puntas y flotó sobre el escenario con excelsa maestría, eran uno ella y el viento, ella y el suelo, ella y la música… ella y el ballet… eran uno.

Llegó al teatro, pero no le permitieron entrar. Se le informó que su audición había sido cancelada semanas atrás por su madre, justo después de que se hiriera. Ahora otra bailarina ocupaba su lugar, y ella no era necesaria. De nada sirvió intentar demostrarles que estaba en perfectas condiciones para bailar, eran gente profesional, y no podían simplemente darle un sí a cualquier bailarina que les pidiera una oportunidad de mostrarse.

Aunque no había nada que quisiera más en este mundo que ponerse a llorar, no lo hizo.
En vez de volver a casa, se escabulló por los pasillos del recinto, y tomó asiento en las butacas centrales, justo como cuando niña. Repitió su antaña rutina acostumbrada: recorrió con la vista de izquierda a derecha cada detalle del interior, y clavó su mirada en la bellísima obra de arte del techo.
Ahora que era más alta que en esos entonces, ya no podía mover las piernas en el aire, y tampoco estaba acompañada de sus padres. Tenía los pies bien puestos en el suelo y se encontraba ahí por cuenta propia… ya no era una niñita.

Observó sin dejo de recelo las audiciones de las que antes formaba parte. Escuchó el dialogo de los encargados de la audición con cada bailarina y entre ellos mismos. Se veían molestos, ninguna bailarina parecía poseer lo que ellos buscaban encontrar. Hablaban de una chispa espontanea, de sentimiento… algo más allá de la simple perfección de los pasos y la gracia del movimiento, buscaban una bailarina que con sus pasos, alentara a su alrededor a vivir de su intenso respeto y amor por el ballet.

Rió frenéticamente al ejecutar un Fouetté en tournant, al terminar continuó de inmediato con un giro en segunda y luego se detuvo para mostrar un gracioso glissade para bajarse el mareo de la cabeza, una vez se recuperó por completo, volvió a sus giros intensos y despreocupados.

Horas más tarde terminaron las audiciones y todos se fueron a sus casas. El teatro se quedó a oscuras. Tétrico, solitario, casi fantasmagórico. Pero ella se quedó ahí… sin decir palabra alguna, con un intenso pesar acumulándose en su pecho y anudando su garganta dificultando su respiración. Todo había terminado ya… su audición se había escapado, y no volvería nunca más.

¿Impotencia? Impotencia es poco para describir la rabia que quemaba en su vientre, se odiaba a sí misma, odiaba a su madre y familia entera, odiaba a sus compañeras de baile, odiaba al mismo teatro al que tanto amaba… odiaba a todos y cada uno de los elementos que complementaban su vida.

¿Por qué tan injustamente se le mostraba un sueño realizado delante de ella si luego lo arrancarían de sus manos con una mala jugada de la vida? ¿La deidad trataba de demostrar su poder inconmensurable? ¿El universo quería verle miserable? ¡Ella no se merecía tales tratos! No era una mala persona, no era envidiosa, ¡no era siquiera tan ambiciosa! ¿Estaba mal buscar sus objetivos, sentirse ligeramente arrastrada en la soberbia por sus finas aptitudes? ¡De ser así que se le advirtiera en forma de palabras, y no con una cruel guillotina que diera muerte a sus esperanzas!

Dando saltos llegó hasta el centro del escenario como al inicio, levantó su pie izquierdo del suelo, flexionó su rodilla derecha ligeramente apenas para hacer equilibrio y se deleitó desarrollando una serie de arabesques continuos, su movimiento preferido.

Llena de rabia se levantó de su butaca, y dando tumbos rengueó por el pasillo principal vestido con su siempre característica alfombra color vino y detalles amárelos hasta llegar a la base del escenario.
Sintió con la palma de su mano la suavidad del parquet. No tan firme como el linóleum o ligero como la duela, pero seguramente el piso más equilibrado en términos generales, y el que menos gasta la punta de las zapatillas a largo plazo.

Era la primera vez que estaba tan cerca del escenario de sus sueños, nunca antes tuvo la oportunidad de estar presente como bailarina, y cuando finalmente la tuvo… bueno, lo echó a perder… y era precisamente por eso que estaba tocando el escenario estando el recinto vacío, e incluso entonces lo hacía  desde el ángulo del espectador.

Se sintió justo como cuando era niña… ¿no se suponía que muchas cosas habían cambiado desde entonces? ¿Por qué se permitía seguirse sintiendo no merecedora de postrarse en el escenario? ¡Era mil veces mejor que todas las que audicionaron en él horas antes! ¡Era completamente merecedora de estar arriba, de bailar, y de gustar!

De hecho… eso haría.

Dejó su mochila en la orilla, y con mucha dificultad – teniendo como prioridad no dañar su pie –  forcejeó trepando el escenario hasta que estuvo tirada sobre la extensa y fría plataforma que además de ser suelo para tantas obras de arte, fue el pilar principal de sus sueños y aspiraciones desde que era apenas una pequeña. Gateó hasta su mochila, sacó su ropa: calzas, tutú, medias rotas y zapatillas… todas ellas en tonalidades oscuras, justo como el teatro, justo como su mente, corazón y ánimo.

No le importaba que nadie la viese, le daba igual que las luces estuviesen apagadas y que no hubiese música… no tenía ánimos de ponerse a llorar así sin más, hizo ese viaje y se tomó tantas molestias para bailar, y es lo que haría… bailaría, aunque nadie pudiese verla, aunque nadie pudiese escucharla, aunque nadie pudiese sentirla… ella bailaría, y daría la presentación de su vida, y sentiría que de hacerlo bien, tendría ante ella su sueño realizado, y sentiría que había un respetable al que entregarse, y lo daría todo… solo así, podría sanarse del dolor que sentía.

Ya vestida, caminó hasta el centro del escenario y cerró los ojos. Tentó un poco la pisada del pie izquierdo en el suelo, y la inconfundible sensación de un ligero hilo de sangre escapándose por entre su vendaje se hizo presente. No le importó, era el foco de los reflectores, y no era el momento de dar vuelta atrás.

 Esa noche, bailó hasta quedar agotada, y aunque malherida, abandonó el escenario con una sonrisa de satisfacción que simplemente no puede encajar en el rostro de aquel que no ha cumplido con su objetivo. Ella lo dio todo, bailó solo para ella, y desahogó el penar que torturaba su existir brindando su interpretación más brillante e inolvidable, repleta de lágrimas y sonrisas.

Aunque ella no lo sabía, había alguien observándola desde un palco aquella noche… la vio bailar, caer, levantarse, caer de nuevo y volver a ponerse de pie para seguir bailando hasta no poder más… sería este el inicio de una gran historia que compartirían juntos. Pero ya habrá otro momento de contar esa historia.
Más allá de que fuera esta una presentación brindada únicamente para su persona y sanación personal, la bailarina tatuada de las medias rotas dejó algo más en el escenario que su sangre, su sudor y sus lágrimas… dejó ahí su corazón, y la presentación más profunda, más entrañable que un recinto histórico de bellas artes haya tenido el placer de presentar.

2 comentarios:

Jess dijo...

Sigues siendo brillante me impresiona lo mucho que has mejorado, eres un gran escritor y no me queda duda de que tendrás mucho exito

Kthrine dijo...

He de decir que digo lo mismo, es un cuento muy hermoso, te hace sentir la desesperación y la felicidad, la busqueda por su sueño constante, y me encanta como la historia se tambalea del pasado al presente, bastante bien, hermoso. Sigue trayendo historias asi

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