Lo Último

Lluvia



Salió del club a eso de las 2 de la mañana, tambaleándose. Aseguró a sus amigos que podía conducir sin problemas, aunque se encontraba bastante pasado de copas. Su estado no fue sorpresa para nadie, desde que decidió irse de fiesta con sus compañeros de la universidad anunció que iba con todas las intenciones del mundo de ponerse tan estúpido que se olvidaría de que había un mañana.
La lluvia le sorprendió al cruzar la puerta de salida, sintió como si alguien le hubiese lanzado todo el líquido de una cubeta desde uno de los balcones que adornaban las paredes alrededor de todo el edificio. En Ciudad Juárez no es muy común que llueva, pero cuando lo hace es casi siempre tormenta segura; y esta ocasión no era la excepción: el cielo estaba cubierto de nubes grisáceas, que se aclaraban únicamente con los rayos que a cada tantas iluminaban el oscuro panorama.
El fuerte sistema de sonido del club no llegaba a sus oídos por los sonoros impactos de las casi infinitas gotas de lluvia estrellándose con la mezcla de grava y piedras claras del estacionamiento, con los encharcamientos que se formaron en los alrededores y por supuesto: por el incesante golpeo con el metal y los cristales de los automóviles. Si prestaba mucha atención, podía escuchar como incluso a distancia el sistema de alarmas de algún coche se había activado, seguramente cediendo en sensibilidad a los remates en la carrocería.
Sintió que un arroyo de agua cruzaba rasante debajo de sus viejos zapatos favoritos y gruñó. Se vio obligado a dejar la borrachera a un lado y a ponerse, mínimo, en actitud sobria. Aunque no estaba en óptimas condiciones, confiaba en que bastaría para volver a casa entero. Se despidió de sus amigos, corrió hasta su auto y abandonó el lugar ya hecho una sopa.
Le dolían los ojos, había perdido sus lentes esa misma tarde y se resignó a conducir sin ellos pese a no ver casi nada; pensó que no los necesitaría, el Bandoleros quedaba a apenas unos 20 minutos de su casa, y además sólo era necesario recorrer un tramo recto de la carretera panamericana con unos cuantos semáforos. No contó nunca con que ya estando dentro del club, el siempre impredecible clima de Ciudad Juárez le jugaría una movida contra pronóstico que complicaría su viaje de regreso.
Maldijo, tratando en vano de aumentar su visión de la carretera. Activó las luces largas, y en medio de la desesperación soltó una mezcla de agua y jabón de los parabrisas… obviamente desapareció al momento con el churrasco tremendo de afuera.
Para colmo de males el vidrio frontal del auto estaba estrellado. Comenzó meses atrás como un pequeño punto partido que apenas y se notaba en el extremo de visión del copiloto, así que en su momento no le tomó importancia alguna; pero con el paso del tiempo éste fue recorriéndose de a poco hasta el punto en que se convirtió en un inmenso conjunto de fisuras que apenas y le cedían un cuadro de visión en su costado. Se juró a si mismo que lo primero que haría a primera hora por la mañana, sería ir a conseguir un nuevo cristal sin importar el precio del mismo.
La música del estéreo le estresó dadas las dificultades que tenía para guiarse, apagó la radio y así todo lo que escuchó a su alrededor fue el incesante clamor de la lluvia, cayendo sobre su auto o sobre el asfalto acompañado del chirriante quejido de los parabrisas rechinando contra el cristal. A veces, escuchaba a sus espaldas el sonido de motores acelerando y de inmediato se concentraba en los espejos retrovisores con tensión hasta que le rebasaran. Los encharcamientos no tardaron en formarse en la serie de hundimientos que entorpecían la carretera, y más de una vez quienes le rebasaron le lanzaron involuntariamente olas que entorpecieron su de por si deplorable visión, además de que le sacaron un buen susto y desbalancearon su frágil permanencia en el carril central. Se decidió también a mandar alinear al auto, se cargaba demasiado a la izquierda y había de estar bien pendiente del volante.
No podía saber si el alumbrado público estaba en funcionamiento, y si así era de nada le ayudaba: todo estaba a oscuras en su campo de visión. La única ayuda que tenía para saber el rumbo que llevaba era el corto cono iluminado por las luces largas del automóvil. Pensó en regresarla a las de corto alcance, ya que era más cómodo para él tener una certera visión cercana que una incierta lejana, pero sin las luces largas sería incapaz de prever a los semáforos o baches con los que pudiera encontrarse.
Le causó un tanto de gracia pensar que lo que solía ser un simple viaje de 20 minutos de ida y vuelta en línea recta se convirtió en semejante odisea. Ahora se encontraba pasado de copas, prácticamente ciego, nervioso, tenso, y helando gracias al frío que llegó con la tormenta.
Al cabo de unos minutos su acelerado respirar por la boca impregnó al automóvil de su fuerte aliento alcohólico; sus ojos, reacios, lagrimaron en protesta, y la respiración también se le hizo incómoda y desagradable a partir de entonces. Se prometió plantearse dejar de tomar, dadas las desventajas que se le presentaban.
Con su mano izquierda se tocó la camisa: estaba empapado, y no sólo eso: ahora se daba cuenta: tenía las manos entumidas, apenas y pudo sentir el tacto helado de su prenda con la poca sensibilidad de sus dedos. Un escalofrío recorrió desde su cintura hasta sus hombros cuando pensó en la posibilidad de que de su auto sufriera una avería en ese mismo momento y se negara a seguir avanzando.
Pasados varios minutos de incesante avance, se dio a la oportunidad de mirar un poco a sus alrededores para percatarse de su locación actual: a su derecha vio con dificultad una larga muralla blanca, lo cual significaba que estaba frente a las oficinas de Z gas. En un par de minutos llegaría al aeropuerto, y unos 200 metros más adelante le esperaba una callejuela previa a una gasolinera que le permitiría llegar a casa sano y salvo.
Su sonrisa de relajación cambió de un instante a otro en un desfigurado gesto de pánico acompañado de un grito de horror. Su mirada volvió a fijarse al frente del camino…
 Aunque todo ocurrió en un instante sus sentidos fueron capaces de captarlo en la extremidad de lo vivido.
Frente a él estaban una mujer y un niño tomados de la mano. La mujer llevaba en su mano libre una maleta de ruedas, y el niño se aferraba a ella con ambas manos. Los dos iban protegidos con bolsas de basura negras adaptadas a modo de ponchos cubriendo sus cuerpos. Sus rostros llenos de angustia, y cada detalle en sus gestos se clavaron en su pensamiento, e hicieron agonizar con desgarrador arrepentimiento a su mente y corazón… todo pasó en un instante, y sin embargo la oleada tan extrema de emociones lo hizo parecer un suceso lento y angustioso.
Trató de esquivarles; giró el volante violentamente a su derecha, pero por las condiciones lluviosas el auto derrapó y dio media vuelta sin detener su avance en dirección a los peatones; un instante antes del impacto, notó frente a él el malecón que conectaba directamente al estacionamiento del aeropuerto, y con ello se dio cuenta de que ellos no cruzaron la calle irresponsablemente hasta el carril del medio, sino que él, al distraerse para verificar su locación, permitió que la dirección del auto se desviara hasta acercarse peligrosamente, y ellos, que esperaban para cruzar la calle, al verlo acercándose trataron de evadirlo adelantándose, pero ya era demasiado tarde.
La mujer gritó, fue tan desgarrador que ni el más fastuoso de los truenos hubiera disfrazado la penuria que conllevaba, y lo que más le angustió, fue la débil petición de auxilio de la criatura que le acompañaba. No duró mucho, pronto todo grito fue ahogado bajo el aplastante impacto; retumbó en los alrededores como cuando dos automóviles se estrellan uno a otro a toda velocidad, la lluvia fue incapaz de acallarlo. Para él fue más intenso aún al ser el responsable y único causante.
El derrape provocó que el auto se estrellara contra el malecón, por la violencia de su giro se subió a la acera, y de milagro no se impactó también contra el semáforo instalado arriba de la misma. Por dentro, fue imposible controlar el automóvil, tan violento fue su giro y tan fuerte su impacto que de inmediato llegó a la conclusión de que se había volcado. Afortunadamente para él: se encontraba entero, al menos de momento sólo le sangraba la nariz, aunque no la tenía rota. La parte baja de rostro y su playera se tiñeron de rojo.
Abrió los ojos y maldijo con voz temblorosa. ¿Qué acababa de hacer?
Todo a su alrededor se detuvo, incluso el tiempo lo hizo. Ya no escuchaba la lluvia caer, y la poca visión que esta pudiera brindarle se convirtió en el menor de sus problemas. Sabía que tenía que bajar del auto, revisar el estado de ambos, y de seguir ellos con vida había de llevarlos hasta el hospital más cercano dispuesto a hacerse responsable de las consecuencias sin importar cuales fueran estas… desabrochó su cinturón de seguridad y tembloroso abrió la puerta.
Sabía que su vida no volvería a ser la misma. De pronto se imaginó en prisión, pensó en que tendría que dejar la universidad y todas aspiraciones de conseguir un buen empleo, sabía que de estar ellos sin vida cargaría con la terrible culpa de haber arrebatado injustamente la existencia de personas inocentes… aun cuando no era el momento ni el lugar para hacerlo, cayó de rodillas en medio de la lluvia sobre la acera destrozada y lloró. Tenía la rodilla derecha adolorida y raspada, lo atribuyó de inmediato al choque. Tuvo una punzada de dolor que lo inhabilitó de moverse por varios segundos.
El dolor nada le importó, se dijo a si mismo que merecía eso y mucho más sufrimiento por lo que acababa de hacer. Molestó se jaló del cabello, buscando lastimarse y gritó a todo pulmón hasta que se lastimó la garganta y la tos le impidió continuar. En su pecho, emanaba un nuevo sentimiento nunca antes experimentado, una combinación de miedo e ira consigo mismo; nunca se odió tanto en toda su vida.
La liberación pareció algo necesario para ponerse de pie nuevamente y caminar hasta el otro extremo del automóvil, donde le esperaba la toma de responsabilidad. Ahora sabía lo que tenía que hacer, y de una forma muy inestable se sentía listo para afrontar lo que le esperara en medio de la calle.
La carretera estaba vacía…
¡Era imposible, No tenía sentido alguno!; buscó debajo de su automóvil, nada; corrió hasta el otro sentido pensando que bien pudieron haber sido impulsados al extremo contrario, y nada… sus víctimas se habían esfumado.
¿Se estaba volviendo loco? ¿Lo que acababa de ocurrir fue obra de su imaginación? Era imposible, una experiencia tan real no podía ser una ilusión… aún sentía latente en sus recuerdos recientes cada detalle y sensación de lo ocurrido, y algo tan desgarrador no podía ser una mentira.
Se llevó las manos a la cabeza… en su mente vislumbró nuevamente la corta imagen que tuvo de la mujer y el niño, acto seguido reprodujo el grito y los llamados de auxilio… y aunque no le gustó nada, recordó el momento del impacto, el potente choque que ensordeció los alrededores y que sintió el mismo dentro del automóvil. Una fuerte y dolorosa punzada le golpeó en la nuca: únicamente recordarlo le hacían perder las fuerzas en todo el cuerpo.
Dando trompicones volvió a su auto, ahora que todo parecía haber terminado como una jugarreta de su mente, se decidió a irse. No sin antes, dar una última revisión: todo estaba desierto, ya ni siquiera pasaban autos por la carretera panamericana.
Si antes del accidente estaba helado, ahora que había pasado una severa cantidad de minutos en medio de la lluvia sentía que iba a morir del frío. Con torpeza logró ponerse el cinturón y encender la calefacción luego de verificar que el motor siguiera funcionando sin problemas. Al bajar de la acera, se dio cuenta de que uno de sus neumáticos explotó al estrellarse contra el malecón; ya lo arreglaría por la mañana. Ahora su mayor preocupación era llegar a casa, meter el auto a la cochera, tomar un baño y dormir.
Recorrió con lentitud el corto tramo faltante pegado al carril de la derecha para dar vuelta en la gasolinera. Por mera costumbre revisó por el espejo retrovisor central para verificar que nadie estuviese cerca de él cuando disminuyera la velocidad, pero gracias al choque éste estaba chueco apuntando al suelo. Con su mano derecha ajustó la posición del espejo, dándole así una visión temporal del centro del asiento trasero.
Había una pequeña figura exactamente en el centro, era muy pequeño. En un inicio no pudo tomarle forma, pensó en primera instancia que era su mochila por el color oscuro, pero al subir un poco más el espejo supo que no era su mochila… sino el niño del accidente, con el rostro sangrante y los ojos muy abiertos mirándole directamente.
Le dio un vuelco el corazón.
Su rostro se notaba visiblemente magullado por la frente y los costados, había una mueca burlona dibujada sus labios, y una gruesa línea de sangre recorriéndose desde su boca hasta su barbilla… sus ojos azules, inyectados en sangre, le miraban con una expectante neutralidad inexpresiva que alteró todos sus sentidos.
Gritó con todas sus fuerzas y soltó cuantas maldiciones se le vinieron a la mente. Aceleró a todo lo que pudo por la corta distancia restante. Ignoró el derrape que generó el cambio abrupto de velocidad y su neumático dañado. Llegó a su casa, metió el automóvil en la cochera y entró sin siquiera haber apagado el motor del auto, no quiso pasar ni un instante más ahí después de lo que vio.
Corrió hasta la primera cruz que encontró colgando en una de las paredes de la sala y la abrazó  a su pecho mientras hiperventilaba y gemía, el aire no llegaba a sus pulmones, y su cuerpo no reaccionaba. También tenía la mente en blanco, lo único que llegaba a su cabeza era la aparición que se presentó en su asiento trasero… esta vez estaba convencido, eso no fue su imaginación…
Seguramente fue víctima de un reproductor de un accidente que ocurrió tiempo atrás, y donde tanto la mujer como el niño perdieron la vida. Antes había escuchado muchas historias de terror de esa naturaleza, aunque nunca antes le contaron de alguna que ocurriera en esa misma ciudad, tan cerca de su propia casa.
Rezó sin parar, se santiguó como nunca antes había hecho, recorrió ida y vuelta por todas las habitaciones de su casa, encendiendo las luces para disminuir sus nervios de soledad, y para así calmar también el horror que le provocó pensar a que esa cosa pudiera seguirle dentro…
“¿Y qué si no estaba solo?”
Tragó saliva, y se abrazó victima de la ansiedad.
Sólo fue capaz de ver al niño, ya que no tuvo el valor de mirar en otras direcciones, pero era probable que la mujer estuviese a su lado, sosteniendo su mano y al igual que el niño, observándole con una sonrisa dibujada en su rostro sangrante y magullado.
Una serie de escalofríos trajeron la sensibilidad nuevamente a su cuerpo. Tenía que calmarse, en ese estado no pensaba con claridad, se le dificultaría conciliar el sueño y si no tenía cuidado podía llegar a ser víctima de daños  por la fuerte impresión. Se convenció a sí mismo de que había tomado más de la cuenta, además de que las condiciones climáticas tensaban todos sus sentidos y reforzaban así cualquier fragmento de pensamiento que su cabeza pudiera procesar inconscientemente.
Aún muerto de miedo, se metió al baño y se dio una ducha con agua caliente. Puso música a todo volumen para que el sonido de la lluvia se quedara afuera. Trató de pensar en otras cosas; por ejemplo: en lo bien que lo había pasado con sus amigos, en las tareas pendientes que tenía para la universidad o en cosas del trabajo… poco a poco sintió que sus músculos se relajaban con la siempre eficaz ayuda del agua caliente. Salió de la ducha mucho más calmado, incluso se animó a prepararse algo de comer. Pronto, los colores le volvieron al rostro.
Se decidió a no salir de su casa hasta que fuera de mañana y la lluvia estuviera finiquitada. Sabía que abrir la puerta principal muy pronto podía traerle de vuelta todas las fuertes impresiones que recién había experimentado. Se echó a dormir, deseoso más que nunca de no tener pesadillas.
Cuando abrió sus ojos el sol ya había salido. Desde el exterior se escuchaban las aves cantar y en la lejanía incluso alcanzaba a oír que el escandaloso vecino de al lado anunciaba a su mujer que se iba al trabajo. Se levantó de cintura para arriba y se talló los ojos para reaccionar rápido. De un giro saltó de la cama, se puso sus sandalias y corrió hasta la puerta de la entrada… un tanto dubitativo la abrió, temeroso.
Ya estando abierta la puerta le fue mucho más fácil seguir adelante, el auto estaba justo frente a él, y cada paso que dio aumentó sus plegarias y la intensidad de las mismas, pero ya no temía a las fuerzas paranormales… el miedo a las apariciones se fue cuando el sueño que tuvo durante la noche ocupó su lugar; ya no pedía en sus rezos porque el fantasma se hubiese ido, ahora pedía para no desconocerse, para no defraudarse a sí mismo.
En su sueño, él salía del auto instantes luego del impacto contra el malecón y corría inmediatamente al auxilio de la mujer y su hijo. Primero se acercó a ella, y aún estaba con vida, aunque no podía moverse… ella le decía con dificultad por la sangre que emanaba de su garganta que ayudara a su hijo. Él iba con el niño, obediente, pero fue la criatura quien la peor parte del impacto se llevó: al levantarle por la nuca y tocar un poco su cabeza, pudo notar las partiduras del cráneo y los hundimientos que el choque le provocaron. En la parte alta de su cráneo, había una apertura que estuvo echando sangre a chorros hasta formar un charco de sangre diluida con la lluvia alrededor de él. Posiblemente murió después del impacto… tenía los ojos abiertos.
Fue presa del miedo, sabía que si la mujer sobrevivía se encargaría de hacerle pagar por la muerte de su hijo, y que toda su vida se iría a la mierda… toda su vida a la mierda por un estúpido descuido de unos instantes… no era justo… él no era una mala persona…
Él no se merecía irse a la mierda, siempre fue alguien recto…
En su sueño, se acercaba a la mujer, y sin darse espacio a la duda arrancaba con sus uñas  el plástico negro que le cubría, y entrelazaba sus manos alrededor de su cuello frío pero aún latente, cerraba sus ojos, pedía perdón y presionaba con todas sus fuerzas mientras escapaban constantes sollozos de arrepentimiento y temor acompañados de más disculpas… ella no podía hacer nada; temblaba, se retorcía, pero nada más… pronto, se detuvo, aunque incluso entonces le pareció ver qué una lágrima escapaba de su ojo izquierdo, no pudo saberlo; la lluvia se llevaba todo a su paso.
Abría la puerta trasera, con mucha dificultad y entre resbalones logró meterla dentro del auto en la parte inferior. Mientras forcejeaba, cayó de lleno en un par de ocasiones sobre su rodilla derecha, lastimándose severamente.
Luego iba por el niño, que era mucho más liviano y lo dejaba en el asiento trasero ya con mucha prisa, temeroso de que fuera sorprendido. Cerraba la puerta, echaba la maleta que cargaban en la cajuela y corría hasta la puerta del conductor, se ponía el cinturón y encendía el auto… entonces…
Entonces… todo tomaba sentido.
Mantuvo su mirar en el suelo hasta que estuvo frente al auto; sintió nuevamente todas las sensaciones que le rodearon estando en medio de la oscura lluvia… el pánico, el temor, la ira y el odio propio. Levantó la mirada, y observó por la ventana… su rostro se puso en blanco.
― Me pregunto si hoy volverá a llover… ― Se preguntó en voz baja, en tono casi socarrón.
Quien no pudiera sentir la tensión en el ambiente, y el peso que en el aire se cargaba conforme sus pensamientos invadían uno a uno nuevamente en su cabeza, supondría que el tipo estuvo a punto de esbozar una sonrisa.
Se dio la vuelta para entrar a su casa, tenía que traer algunos utensilios de limpieza.

3 comentarios:

Mexico siglo XX dijo...

auch!!!!!, qué pesado!!!!!, me impresionó, . Cada vez me sorprende las emociones que me despierta leerte. Me paralicé con tu final

Hiroyuki-san dijo...

Esperaba con ancias esta obra...
La tensión y el frenesí por algo tan destrozante llevan a sacar de cualquier mente, el animal psicópata
que llevamos dentro.

La recordaré cada vez que llueva. Cambio mi forma de gozar la lluvia.
Sya.

Krellan dijo...

Ufff, ese final... que final, Y en general, lograste despertar un par de sensaciones fuertes... me gusto bro, y bastante....

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