Lo Último

Hoy voy a morir



Hoy voy a morir.
Comienzo anunciándolo para que el peso de la confesión no se agrande a lo largo de esta carta y no parezca que lo que digo es mera cobardía. Cuando llegue el punto final y mi pluma se detenga, voy a quitarme la vida y alejaré así todo fantasma que me acompañe a mis espaldas.
Probablemente nunca supiste de la magnitud de la tristeza que me ha venido acompañando. Me he sobre esforzado para sonreír cuando estoy a tu lado. Pero he tenido suficiente ya. Así como la carne no resiste al afilado acero, mi mente no resiste más la penuria a la que la he sometido injustamente.
Estoy encerrado en mi habitación completamente a oscuras. Aunque aún es temprano, he bloqueado la ventana y he apagado todas las luces para que el dolor de cabeza no me afecte demasiado y pueda concentrarme en darte detalle de lo que ha sucedido. Estúpidamente intenté cortarme las venas en un impulso hace nada, afortunadamente he fallado y ahora un vendaje se encarga de detener el sangrado de mi mano izquierda, que uso para sostener el papel en el que ahora escribo. Estoy llorando… tengo miedo, mucho miedo… pero ya no hay regreso.
¿Cuantas preguntas pasarán por tu mente mientras lees estás líneas? Estarás confundida, tus manos estarán sudadas y tus ojos temblarán mientras revisas el contenido de ésta carta, expectantes a por alguna razón en particular que me llevara a arrebatarme algo tan preciado como es la vida. Estoy seguro de que no estás llorando, la noticia aún no te llega al ánimo; es más, no logras creértelo. Imaginarás que en algún punto yo saldré de una habitación con una sonrisa de oreja a oreja a decirte que todo es una broma.
Es mejor así, es mejor que te muestres incrédula a la situación. Si algo me había detenido antes era la idea de hacerte llorar, de lastimarte… hoy finalmente, he decidido a ser egoísta y por una vez en la vida, tomarme a mí en cuenta antes que a ti… muchas veces me recomendaste que lo hiciera, y ahora que ya no me queda de otra he de hacerte caso en el peor consejo que me has dado.
No hagas ese gesto sorpresivo (mira, te conozco tan bien que conozco tu expresión ahora mismo). Estoy seguro de que de una forma u otra sabías que no era del todo feliz, o como mínimo que mi condición no era la ideal… con tus gestos me hiciste saber repetidas veces que estabas enterada de que había algo molestándome, y en el momento agradecí que nunca me confrontaras al respecto. Al contrario, me diste espacio y permitiste que fuera yo quien de a poco se abriera a ti… ahí el error fue mío, por permitir que la vergüenza y el orgullo me lo impidieran.
¿Sentirás también tu orgullo herido, tal vez? “Yo soy su mejor amiga” pensarás, “¿Por qué nunca me comentó nada para que pudiera ayudarle?”… la respuesta es muy simple, y dista mucho de ser por una falta de confianza a tu persona. Vamos, sabes que para mí eres la más importante y aquella única a quien cuento todo. Más que una simple amiga, para mí has pasado a ser familia, e incluso más familia que mi familia misma, a quienes apenas dirijo la palabra y por mera educación.
La razón por la que nunca te hablé al respecto, y espero que no lo malentiendas porque yo sería incapaz de dejar el peso de mi muerte en tus hombros, es porque el problema que me arrastró a esto, reside en el gran cariño que siento por ti. En suma a mis debilidades y defectos, mi enfermizo cariño me ha comido de a poco, y mi inestable persona ha preferido rendirse al instante que continuar adelante.
Aunque quiero ser rápido, estoy cierto que si alguien merece respuestas esa eres tú… y heme aquí, cumpliendo mi última tarea… buscando justificar mi cobardía en un trozo de papel mientras me veo tentado por las garras del rendimiento, hoy más que nunca, en una instancia definitiva.
Para explicar, es necesario remontar a aquel lejano año en que nos conocimos y hasta unos meses atrás, tiempos en que solo éramos nosotros dos, dónde vivíamos excluidos del resto, dónde éramos la única compañía del otro; donde todo lo demás parecía tan distante que incluso daba la impresión de que jugábamos juntos en una utopía solidaria por dos y para dos. Fueron tiempos largos, y también muy fructíferos. Verte siempre incondicional a mi lado, con la mirada siempre en mi dirección, me convirtió en alguien conformista y sedentario. Me dije a mi mismo que estaba bien disfrutar de la exclusividad y que podía crear una dependencia a tu persona; así, me senté a mis anchas y permití que el tiempo pasara considerando que para siempre las cosas seguirían tal cual estaban.
No permití que a mi mente llegara la idea de adaptación a un posible cambio. ¿Por qué?  ¿Para qué?, Era impensable; incluso imposible en mi razonamiento a que las cosas pudieran dejar de ser lo que eran… graso error, estúpido pensamiento, y triste consecuencia. Hoy estamos celebrando las deudas pendientes de mi estupidez.
No voy a extenderme demasiado en dimes y diretes, sólo pensar en adentrarme al tema de mi tristeza me quita la poca voluntad de vivir que me queda, y que actualmente cumple la función de aguantar mientras escribo para ti mis últimas palabras. Sólo diré que conociste a alguien más, alguien que para ti pronto se convertiría en aquello que yo nunca pude: una pareja. Alguien que además de ser tú amigo pudo ser también tu amante, y compañero incondicional en todas las cosas para las que yo nunca califiqué.
¡Podría pasar años explicándote cuanto me molestaba escucharte hablar de él! Enterarme que le habías visto, que se volvieron más cercanos… incluso antes de que se volvieran pareja, era desgarrador para mí recibir cada descarga de esta nueva sensación latente en mi pecho, que no paraba de hacerme saber que de a poco te perdía. De solo recordar cuán difícil fue forzar sonrisas y hablar contigo del tema me es imposible no esbozar un gesto amargo en forma de sonrisa, engañoso y siempre ocultando lo que en realidad sentía.
No quería que pensaras que era yo un errado posesivo muerto de celos, temía de imaginar la situación en que te pondría si te hacía saber de mi sentir… no hay nada que odie más que meterte en problemas, deprimirte o llenarte de sentimientos negativos de aquellos que te impiden ser quien eres cuando la sonrisa se desaparece de tus labios. Sacudí mi cabeza, y me convencí a mi mismo de que me gustara o no, habría de encontrar una forma de estar bien con ello. “Venceré a los celos” pensé convencido. Pobre tonto… si fuera tan fácil cómo desearlo y tenerlo, no serían los celos el sentimiento más poderoso que existe, incluso por encima del amor, que es su alimento preferido.
Intenté de todo, hablé con muchas personas para desahogarme, recibí toda clase de consejos y me retuve hasta el cansancio cada vez que tuve un impulso de caer de rodillas ante ti y de acusarte por lo injusta que eras al no bastarte el estar a mi lado para ser feliz. Y es que era lo que más deseaba: gritarte al oído… reprocharte, exigirte una razón para arrastrarme a semejante penuria. ¿Tan malo soy? ¿Tan poco atractivo? ¿Tan poco atento? De algo estaba seguro: nadie nunca te iba a querer tanto como yo.
 Más que alejarme de los celos y de evitarlos, mi consciencia fue abrazándolos, aceptándolos y permitiendo que se formaran parte de mí. El dolor fue menos de esta forma… así, era yo la víctima, y no el villano posesivo que te quería solo para él. La mera comodidad momentánea hizo de mí una persona excesiva y deliberadamente rencorosa; me sentí robado, olvidado, despechado… en mi pecho podía sentir cómo algo lentamente se podría. En su momento pensaba que era nuestra amistad, pero resultó que era yo. Únicamente yo.
Entiendo que al leer esto te sientas molesta y hasta decepcionada; a decir verdad, no es como si estuviera orgulloso… ¡soy el primero en comprender que dejarme llevar estuvo mal! ¿Pero qué más podía hacer? ¡Tú no me puedes entender! Para ti todo es tan fácil cómo levantarte y vivir el día a día; yo en cambio tengo siempre mi cabeza dando vuelvas en cada asunto, en cada evento, en cada situación; desvirtualizando, sobrecargando, explotando y finalmente deformando hasta un punto en que se muestra ante mí una verdad enteramente opuesta a la que tu y el resto de la gente normal acepta con simpleza. ¡No puedo ver las cosas como tú! Soy la clase de persona que es pesimista, que no confía, que es egoísta por miedo a perder, y que no espera nunca bondades de la vida, pero que cuando las encuentra y se acostumbra a ellas… hace todo lo posible para sostenerlas y no soltarlas nunca.
Falta poco ya para levantarme del escritorio a dar mis últimos pasos. Mi parpado derecho tiembla de la tensión expectante, el frío en mis manos entumidas apenas y me permite continuar con mi narración, frío sudor recorre por mi espalda… me siento enfermo, mareado y cansado… agregaré por último, que mi corazón palpita más fuerte que nunca… ¿Será que sabe que pronto todo ha de terminar?
Llegó un momento en que ya no pude más… mi cabeza estaba hecha un verdadero desastre; no paraba de pensar en nuestro ahora lejano pasado, que se encontraba siendo brutalmente mancillado por nuestro triste y cada vez más perdido presente. No sólo por tu nueva relación con él, sino porque mis malas actitudes, respuestas groseras y errados ataques desmedidos por conseguir tu atención generaban cada vez mayor tensión entre nosotros. Lo sentía en tu tono de voz, en tus expresiones… ya no te dirigías a mí de la misma forma, no mostrabas el mismo interés que solías mostrar en cada conversación, no insistías en entablar charla… simplemente… simplemente ya no era lo mismo.
Comprendí que el presente perfecto sólo existe en la gramática. Para nosotros la perfección ya era cosa del pasado.
 Odié mi dependencia tanto cómo tu seguro ya haces mientras lees esto. Conociéndote, estarás pensando en sentirte culpable, en sucumbir y asignarte todo el peso de mi partida a la poca delicadeza o atención que me pusiste en los últimos meses. Por mi parte, cómo última voluntad que tengo en esta vida, quisiera pedirte por favor que no te culpes por lo que ha ocurrido… estas ruinas, todo este desastre, todo… tiene un solo nombre.
Aquí comienza la parte más difícil de confesar, aquella donde mis acciones sobrepasan los límites, y mi persona ya está transformada en un desconocido. Obra de la agraviada sensación de odio que gobernaba y sigue gobernando dentro de mí. ¿Es idea mía, o cada vez hace más frío? Pareciera que mientras más me acerco al clímax, menor es la temperatura que rodea mis alrededores. Mi habitación sigue siendo la misma, aún tiene el mismo sistema de calefacción que conoces, y  aún así, hoy pareciera estar cubierta de escarcha.
Sin objetivo alguno, fui a su casa hace un mes. A casa de él, me refiero. No entiendo porque lo hice, simplemente lo hice. No quería tocar la puerta y obviamente no quería verle… ¿por qué lo haría? Su rostro me enferma, nunca accedería a verle a no ser que tú me lo pidieras... me quedé al pie de la reja, con la mirada al suelo por casi media hora, con la mente en blanco… ¿Qué pretendía avistando el umbral de mi peor enemigo?
¿Recuerdas a aquel pequeño gato blanco que le regalaste? Botones. ¿Una bola de pelos más intrépida que un león con sus escasos centímetros de largo que desapareció de un día para otro? Bueno, tu querido novio le dejó afuera en aquella ocasión. Incluso dejó sus platos en la entrada de la puerta principal, donde se encontraba bebiendo, saciando su sed después de haber estado un buen rato jugando.
No lo resistí. Pensé entonces, “¿Por qué a mí nunca me regalaste una mascota?” Me conoces por mucho más tiempo que a él, y claramente mayores meritos poseía que aquel imbécil que apenas veías por unos meses.
“No lo merece” pensé. “Ese gato debería ser mío” pensé.
 Apoyé mis manos en el enrejado y salté al otro lado elevando las piernas paso a paso hasta llegar a la cima. El gato trató de escapar, pero aún era muy pequeño como para oponer verdadera resistencia, aunque me soltó un par de zarpazos y trató de morderme. Salté nuevamente el enrejado, esta vez con el animal escondido en mi chaqueta y huí del lugar.
Ya en mi departamento, la culpa me atacó. ¿Qué acababa de hacer? ¿Ahora era un ladrón? Una cosa era estar molesto y triste por los cambios que se daban, pero otra muy distinta era pasar a ser un rencoroso activo que dañaba con sus acciones. Fui el primero en conocer aquel extraño en que me había convertido, y también el primero en reprobar sus acciones.
¿Sería muy tarde para regresarlo?
Me decidí a hacerlo. Volví a guardármelo en la chaqueta y subí al auto. No me convertiría en esa clase de persona que odias y desconoces. ¿Lo notas? Incluso en medio de mi aflicción, fuiste tú quién me motivó a tomar el camino correcto… y ya que sabes que Botones nunca apareció, sospecharás ya que algo ocurrió en el trayecto que me hizo nuevamente desviarme en dirección a lo infame. Y así fue.
Había un hombre en un crucero vendiendo rosas, y recordé la estúpida cursilería que él usó para conquistarte… ya sabes, eso de dejarte una de esas todas las noches en tu buzón. Aquel ritual diario te sacó suspiros por semanas y día a día no parabas de presumírmelo con una sonrisa de oreja a oreja.
No puedo comenzar a describirte todo el enojo que sentí en ese instante. La tristeza había quedado atrás, ya no me era suficiente estar deprimido, ya no me bastaba sentirme la víctima que lidiaba con el cambio. Tal vez, al saltar la reja y robar el gato, abrí una nueva alternativa de desahogo, y sentía que regresar a lo de antes sería un retroceso. ¿Por qué tenía que ser yo quien diera un paso atrás? Yo no había hecho nada, ¡era él quién había llegado sin invitación a arrebatarme lo que me pertenecía! ¡Fue él quien se lo ganó, con su maldito romanticismo, y su estúpida sonrisa pretenciosa que falsamente me brindaba cada vez que nos veíamos!
Saqué al animal de mi chaqueta, y lo tomé con ambas manos… buscando comprobar un presentimiento que emanaba en mi boca con un exasperante sabor metálico y retumbaba en mis oídos cual sartenes de cocina estrellándose en suelo de cerámica. Detuve el auto, acerqué su rostro al mío y confirmé mi teoría como cierta: al ver el rostro del gato, no hacía más que verlo a él… y verte a ti.
A ambos.
Juntos.
Cómo uno solo.
Felices.
Un punto donde yo ya no tomaba lugar.
El gato representaba lo que tanto temía. Dentro de él vivían todos mis malestares: tu amor hacia él, su amor hacia ti, mi odio hacia él y mi amor no correspondido hacia ti. Él también era la encarnación del punto en que yo comenzaba a sobrar, aquella delicada línea entre ser indispensable y ser simplemente un extra, un relleno en tu vida.
Compré una docena de rosas. Y en vez de enmendar el hurto, volví a mi departamento. Cerré puertas y ventanas, puse música a todo volumen, desconecté el teléfono, apagué el celular y me encerré en mi habitación. Lancé las rosas a una esquina de la cama y deposité al gato en el centro… él exploró los alrededores con desconfianza inicial, y el simple hecho de verle caminar reencendió en mí toda la ira que ya antes había despertado. Tomé una rosa…
Primero jugué un poco con él, permití que intentara atrapar los pétalos aún sin florecer, pero perdí mi paciencia apenas a los pocos segundos y el juego llegó a su fin… al menos para él. Levanté un poco su cola, y rocé el tallo con ella hasta que una de las espinas evitó su avance. Di un tirón a la cola, que arrancó la espina del tallo y terminó con un fuerte maullido. Botones trató de escapar, y aunque aún era pequeño, sus garras eran ya afiladas como pequeñas navajas que se enterraron con facilidad en mis dedos y abrieron heridas verticales a la altura de los nudillos. Grité, el ardor cubrió a mi mano entera y parecía extenderse. Esbocé una sonrisa, me alegraba que él me dañara por igual… de esta forma, sentía que al enfrentarme al animal, me enfrentaba también a su maldito amor, a todos mis fantasmas representándose y atacándome justo como hacía la cruda realidad.
No lo dejaría ir hasta que en su cuerpo existieran la misma cantidad de espinas que había en el mío.
Disfruté, lo admito. Disfruté cómo nunca antes del dolor ajeno con cada señal de sufrimiento que mostró el animal cada vez que acercaba el tallo a su delicada piel. Su blanco pelaje quedó cubierto con manchas de sangre alrededor de todo su cuerpo. Al principio, oponía resistencia, cada vez que encajaba en él una espina luchaba por escabullirse de mi fuerte agarre, y me arañaba y mordía en medio de sus desesperados gemidos de sufrimiento. Yo le estrangulaba en penitencia. Luego, sus fuerzas se agotaron y su sensibilidad se disminuyó notoriamente… para cuando iba ya en la decima rosa apenas y maullaba, sus movimientos ya eran nulos. Lastimarlo ya no me generaba alivio, no parecía sufrir a cambio.
Me sentí irritado, ¿Tan poco aguantó la representación de mi dolor en pie? ¿Tan débil era el amor mutuo que compartían ustedes? ¿Por tan poco me dejé vencer? Traté de hacerle reaccionar: le golpeé a mano abierta y puño cerrado, le pateé y hasta le estrellé contra la pared. Su respiración no se detuvo, pero sus ojos ya estaban cerrados… lo levanté del cuello con mi mano izquierda, tomé uno de los tallos gastados y empapados de su sangre y enterré la punta con todas mis fuerzas en su cuello. No penetró totalmente, pero sí dejó una apertura que hizo brotar sangre a chorros… disfruté viendo su sangre recorrerse por mi brazo, me sentí bien. Me sentí vivo.
Ya es imposible imaginarme cual es la expresión que hay en tu rostro, a decir verdad, esta debe de ser la primer y única ocasión en que me desconoces. Seguramente los primeros sentimientos de odio florecen en tu pecho ahora mismo, y en cierto modo te alegra saber que mis ojos ya se han cerrado para siempre.
Me parece justo, a decir verdad… saber que vas a odiarme es un castigo que merezco. A lo largo de los últimos ayeres he cometido severas equivocaciones, y estás en todo tu derecho de sentir repudio a mí. Por mi parte, me voy tranquilo, sabiendo que he confesado todas mis falencias como persona, y todas mis bondades por igual. Sé que mi cariño por ti es inmenso, y que jamás nadie lo igualará, así que también puedo darme por bien servido conociendo que a lo largo de mi vida logré conocer el amor verdadero.
Me gustaría, si no es mucho pedir… que recuerdes todos los buenos momentos que pasamos con una sonrisa, que olvides al yo que ha deformado las cosas hasta este punto sin retorno. No contradigo lo que dije antes sobre ser odiado, ¿o consideras imposible amar a quien se odia por igual?
Ya me queda poco tiempo, te he llamado y pedido que vengas a mi casa, seguro llegas dentro de 20 o 25 minutos, y aún tengo unas cuantas cosas de las que encargarme para que todo esté listo a tu llegada. ¿Te cuento algo curioso? El frío se ha detenido, y por alguna razón, por mi cuerpo se recorre el revitalizante calor de la motivación. La hora finalmente me ha llegado, y estoy en exitosa resignación por ello.
Las despedidas me parecen muy tristes, pero nunca me cansaré de decirte que te quiero: te quiero.
Encontrarás mi cuerpo en el mismo lugar donde nos conocimos. Me parece correcto terminar con mi vida en el mismo lugar donde empezó realmente. Para ti, siempre tendré gratitud y sonrisas de sobra, doy muchas gracias por haberme permitido conocerte, y por todo el tiempo que compartimos juntos.
Por cierto, tengo algo de tu interés en la maleta grande que hay en mi armario. Sé cuanto lo amas, así que has de estarte preguntando donde está y por qué no te ha llamado desde ayer. El contenido en la bolsa responderá todas tus dudas… te diría que lo siento, pero estaría mintiendo.
 Cuídate, y por favor nunca pierdas tu hermosa sonrisa. Te amo.

1 comentario:

Krellan dijo...

Uff... sin palabras, Se mezclan bien el desamor con la sicosis del tipo... Muy bueno bro!

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