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Cuento 8: El Arlequín


Cuento 8: El arlequín

Durante el largo reinado del rey Terenas, llegó a la ciudad de  Euphemía un joven artista callejero que hizo de una antigua fuente artesanal ubicada al centro de la gran capital, su área de trabajo.


Tendría apenas unos 20 años cuando la ciudad fue iluminada por vez primera con su colorido traje de una sola pieza, confeccionado con vieja tela purpura roída y parchada con colores innumerables en toda área que hubiese ya sucumbido ante la vejez. Llamó la atención de inmediato; en la capital, abundaban los comediantes, trovadores y malabaristas, pero nunca antes alguien había utilizado ropas tan llamativas, ni un sombrero con tantos despuntes en vivos variados. De rostro confiable siempre afeitado y una sonrisa entrañable, era un rostro difícil de olvidar.


Cargaba en su espalda un saco con sus escasas pertenencias. Aparte de eso, no llevaba nada más consigo; se encontraba en la miseria de la miseria, más eso no le impidió sonreír desde que pisó por vez primera la ciudad, hasta que se fue de ella. Gran parte del enorme éxito que tendría luego, a tal punto de que el rey exigió conocerle en persona para felicitarle, sería gracias a su enorme sonrisa contagiosa.


La plaza central de la ciudad no estuvo nunca tan llena como aquel primer día en que dejó su costal recargado en la fuente y dio su primera función. Dicen quienes le vieron, que en un inicio nadie le hizo caso cuando trataba de conducir su rutina, pero que él no se detuvo ni por un instante. Insistió sin perder ánimos hasta que finalmente logró engancharlos a todos. ¡Y de qué manera! Terminó recibiendo tantas monedas, que otros artistas callejeros muy territoriales pudieron quedarse cada uno con una comisión muy generosa cuando lo asaltaron y golpearon.

Este mal comienzo en la capital podría desmotivar a cualquier artista callejero al punto de alejarse de las grandes multitudes, pero él no se detuvo. Aún cuando fue herido la noche de su llegada, se presentó al segundo día nuevamente, con sus heridas y todo el rostro cubiertas con maquillaje para no asustar a la audiencia con su piel maltrecha. A base de alegría y humor nuevamente hizo que la plaza se iluminara y regocijara con su presencia. 

El desconcierto de quienes le hurtaron y golpearon no fue poco, ¿quién era y por qué insistía en algo que no le dio buenos frutos en lo absoluto la primera ocasión? Al menos eso pensaron ellos. En ese momento, no comprendían que para él su espectáculo no era únicamente una forma de ganarse la vida, y seguramente quienes disfrutaron de su función tampoco lo hacían. 

 Fueron quienes lograron hablar con él, y que se tomaron el tiempo de conocerle quienes dieron con el secreto de su accionar incomprensible para un ojo común: el secreto de su gran alegría, de su siempre vivo y actualizado humor, de sus bromas astutas y de su éxito en general, era precisamente que al igual que su mentor, él vivía para hacer sonreír.
“Es mi razón de ser” respondía siempre que le preguntaban por su espectáculo, y su respuesta no variaba aún si recién le habían hurtado nuevamente sus ganancias y magullado su cuerpo flacucho.




Con el andar del tiempo pasó a ganarse el respeto de muchos, la admiración de varios y la simpatía de miles. A meses de su llegada, los abusos y hurtos a sus ganancias se detuvieron gracias a la protección que le brindaban sus simpatizantes, y el área central de la ciudad pasó a convertirse en su zona por derecho. Aunque no era para nada del tipo territorial, aquellos que pasaban por la plaza deseaban encontrarse con él, y no con otros entretenedores callejeros de medio pelo. Su escenario se volvió exclusivo gracias a los habituales del lugar.

Sobre su rutina se recuerdan bailes improvisados con quienes se acercaran mucho a él, chistes astutos, comedia burda, y sobretodo, convivencia. Siempre saludaba a quienes conocía en medio de sus rutinas, y les incluía quisieran o no en ellas.

Con tan creciente fama y simpatía entre el pueblo en general, y habiéndose convertido prácticamente en uno de los mayores atractivos de las calles principales de la capital, captó la atención de los guardias y consejeros del rey Terenas, quién le pidió que diera una función privada para él y sus hijos: el príncipe Alisthor y la princesa Serena. Cuando el Rey preguntó por su nombre, él respondió tal cual hacía a todo aquel que se lo preguntaba: “Soy el Arlequín”. Sin dar nombre, sin dar identidad.

El rey no lo consideró una falta de respeto (aun cuando era conocido por su alto temperamento). Se dice que fue gracias a su buena función, y a lo mucho que rieron sus pequeños con la compañía de tan peculiar artista.


Pasaron los años, y con ellos se fueron los tiempos de paz en el reino. La alianza de los lobos tomó acciones militares e invadió Esmeria comenzando por la ciudad frontera de Skirm, y avanzaron en un potente torniquete expansivo hasta la capital. 

Los enemigos sabían que la mayor potencia militar de Esmeria radicaba en la capital, y que ésta era una tremenda fortaleza casi imposible de penetrar por sus gruesas paredes y por estar rodeada por un extenso obstáculo acuático cómo lo era el lago Esmeralda. Por tanto, antes de intentar penetrar la ciudad, se apoderaron de todas aquellas grandes ciudades y poblados que rodearan la capital para bloquear su llegada de alimentos y refuerzos. 

Se corrieron días angustiosos en la capital. Cada día eran enviados soldados de dentro y de fuera de la ciudad y cada tantas regresaban menos con vida. Gracias al buen perímetro formado por la alianza de los lobos, todos los mensajes eran interceptados rápidamente. También, gracias a los buenos hechiceros que había a disposición de los invasores (todos entrenados en el gran consejo de magos de Albana: el orgullo del ciervo) fueron capaces de bloquear con una barrera mágica todos los intentos de teletransporte y llamadas de ayuda. 

Con el paso de los meses, los alimentos y otros recursos vitales fueron agotándose. El ahora Rey Alisthor sabía que la razón por la que aún no era invadida la capital era porque buscaban debilitarlos hasta que fueran aplastados en la debilidad con una sencilla toma de ciudad. Si quería salvar a su gente y a su nación debía de tomar una decisión pronta, y esta fue enviar a prácticamente todo su ejército en un ataque frontal a norte y sur, dónde se tenía entendido, estarían los asentamientos más fuertes de la alianza de los lobos.

Cómo se cuenta en los libros de historia: Alisthor hizo que soldados novatos y pobladores defendieran y salvaguardaran la ciudad sin los conocimientos militares o de combate necesarios, cómo medida de emergencia. Y como igualmente se cuenta en los libros de historia: apenas el ejército de Esmeria pisó tierra y enfrentó los asentamientos de los enemigos invasores, 15 naves se trasladaron hasta la ahora desprotegida capital por el Oeste. 

Soldados rasos y pobladores trataron de dar resistencia, pero las tácticas evasivas de los salvajes rivales fueron mucho más efectivas que los infructuosos intentos de gente sin el entrenamiento adecuado. Apenas una tarde les tomó llegar a salvo a la orilla, y para cuando cayó la noche, la puerta Oeste había sido derribada y el potente Ejército de los lobos caminaba por las callejuelas de Esmeria.

El pillaje, los asesinatos, las violaciones y los incendios no se hicieron esperar aquella trágica noche que aún se recuerda cómo “la noche en que la nación murió”; una de las mayores tragedias en la gloriosa historia de la nación Esmeriana quedaría tatuada con sangre en las paredes de los muros para toda la eternidad.

Arrasaron con todo fieles a su filosofía. “Todo esmeriano es mierda” cantaban en su idioma una y otra vez mientras desmembraban inocentes pobladores, y apilaban sus mancillados restos en montañas para luego hacerles arder con aceite y llamas. Cuentan sobrevivientes que las carcajadas satisfactorias  de los soldados invasores incluso a tantos años de lo ocurrido aún les despiertan en las noches con gritos desesperados, desconsolados.

En medio de toda la muerte y destrucción, hubo un hombre que no permitió que la situación borrara su sonrisa. Esa persona, fue el Arlequín, aquel artista sin nombre, posesiones, entrenamiento ni ambiciones.

Fue inteligente, y se dedicó a ocultar personas en lugares donde sería muy difícil que fueran encontradas. Llevó a muchos niños a varias cuevas aledañas donde estarían a salvo, y se encargó de arrastrar heridos sobrevivientes a terrenos seguros. Gracias a sus buenas capacidades de esconderse, logró hacer varios viajes sin ser descubierto en sus labores de rescate.

A partir de este punto, voy a pedir que me disculpen. He de mencionar que soy uno de los sobrevivientes de aquella noche, y por ello, a partir de ahora esta historia pasará a tener una perspectiva personal y con poca frivolidad histórica. Considero que aquellos que pudimos verlo tenemos la obligación de mencionarlo con todo lo que ello implica y que cifras o textos en libros de historia no pueden expresar en plenitud. Les pido comprensión.
 
Era un niño, y mis padres tenían un negocio de artesanías cercano a la entrada Oeste de la ciudad. Naturalmente, y para nuestra desgracia, mi hogar fue uno de los primeros sitios arrasados. Recuerdo bien que mi padre me lanzó por la ventana apenas comenzaron a patear la puerta. Me ordenó que me ocultara y que no saliera por nada del mundo hasta que alguien me dijera que ya todo estaba bien. Hice caso y me oculté en un barril que encontré apenas fui expulsado de la casa. Estaba asustado, y el frío pegajoso e insistente de la noche no hacía más que volverlo aún peor.

Escuché los gritos de mi madre y padre mientras trataban de defenderse por su cuenta hasta que les dieron una terrible muerte como al resto. Recuerdo que pensé en la posibilidad de que ellos hubieran triunfado, gracias a mi joven corazón esperanzado y temeroso a una perdida tan valiosa como lo eran mis progenitores… incluso varios años después, seguí esperando su regreso, aquel en que me decían “ya todo está bien”.

No sabría decir con exactitud cuanto tiempo estuve oculto sin mover un solo músculo... pudieron ser minutos, horas, o segundos. Una cosa es cierta: todas las voces, gritos y burlas cesaron a mí alrededor, pero aún escuchaba constantes pasos. Escuchaba que caminaban en la cercanía, y mi corazón era tentado por la adrenalina todo momento. Cada vez estaba más seguro de que pronto sería descubierto.

Pronto los pasos se volvieron más fuertes, cómo si alguien estuviese corriendo. Pero no cesaron, e incluso alcanzaron un nivel auditivo absurdo. Fue entonces que me animé a abrir un poco la tapa de mi escondite para verificar, y entonces comprendí que no eran pasos lo que escuchaba, sino el sonido de mi hogar incendiándose. Las brazas acariciaban la madera, y el sonido era muy parecido al de la suela metálica de una armadura militar.

Ver a mi casa en llamas me hizo perder mi sutileza por un instante, y de la impresión asomé casi toda la cabeza a través del orificio. Fui encontrado, pero afortunadamente no por algún soldado de la alianza del lobo, sino por el Arlequín, que dirigía un grupo de sobrevivientes a un sitio seguro. Me sacó de mi escondite, me prometió que iba a estar seguro y me pidió que me quedara con los otros y que siguiera todas sus órdenes sin rechistar.

¡Vaya cantidad inigualable de escondites, atajos y caminos seguros conocía! Nos trasladó desde el extremo Oeste hasta el centro de la ciudad sin haber visto a un solo invasor, y encima a todo aquel que sucumbiera por la angustia o el temor se encargaba de tranquilizarlo con palabras amables y bromas acompañadas de una sonrisa inmensa.

Subimos bajo su guía por una colina abierta que nos llevaría al lado sur, y que una vez estando a la suficiente altura, nos permitiría saltar el muro protector (y en ese momento captor) de la ciudad.
Cuando ya casi llegábamos al punto idóneo, se detuvo en seco, y dándose la vuelta nos dijo que continuáramos corriendo hasta que nos reuniéramos con los otros a los que había ayudado a escapar y que se encontraban ya en el otro lado. Dijo que él volvería por más personas y que se reuniría con nosotros más tarde.

Estábamos tan asustados y deseosos de escapar que asentimos a sus palabras y le dejamos volver por su cuenta. Nuestro grupo rápido llegó al punto más alto de la colina y comenzamos a saltar uno a uno por nuestra supervivencia.

Mientras todos luchaban por tener un turno inmediato de saltar, me armé de valor y me di la vuelta…

 
Ahí estaba él, rodeado de soldados de la Alianza de los lobos en aquella vieja fuente del centro de la ciudad. Actuando para ellos, haciendo payasadas, y cómo siempre: sonriendo.

Comprendí entonces que no regresó para salvar a más personas, sino que se percató que seríamos descubiertos antes de llegar al punto más alto de la colina, y que cuando saltáramos nos seguirían hasta asesinarnos a todos… para evitar dicho terrible destino para tantos habitantes, él regresó por su cuenta a donde pudiera llamar la atención de los enemigos. Dándonos así, tiempo extra para escapar.

Bailó, cantó y aplaudió hasta que los soldados se aburrieron de su rutina y comenzaron a lastimarle… le apuñalaron, le golpearon, le mancillaron y le dieron una indigna y humillante muerte en la que su cuerpo quedó reducido a cenizas.

La vieja fuente fue destruida esa noche por los invasores. Más en su lugar, hoy existe una estatua de bronce de 2 metros, de un hombre… un Arlequín con ropa roída, una bolsa casi vacía en el hombro, y una contagiosa sonrisa de oreja a oreja que nunca será olvidada. El sacrificio del arlequín encarna sin duda alguna una de las más nobles acciones que se han visto en el mundo. Solo recordar el pago de su última sonrisa, hace que mis ojos llenen de lágrimas el papel en el que escribo.

Tal vez no fue uno de los nobles soldados, magos y guerreros que a la mañana siguiente llegarían al rescate y darían muerte a los invasores, tal vez no fue el valiente Rey Alisthor o su guardaespaldas orco que se enfrentaron con Espada y escudo, hombro a hombro contra los crueles enemigos hasta que no quedó solo uno de pie… pero el Arlequín, sin nombre, sin título, sin espada, sin magia, sin sangre real y sin mayor especialidad que la de buscar la sonrisa en el rostro ajeno, es para mí, y para muchos más, uno de los más grandes héroes en la historia de Esmeria.

4 comentarios:

kurau dijo...

Leido.
El cambio en el narrador le queda perfecto a este cuento, hace que... no sé, XD no puedo explicartelo, pero me conmovio, sí, eso logra, conmover al final.

Y ya sabemos como acabaron las cosas akella vez...

saludos~

Kthrine dijo...

Que hermosura de cuento, coincido con kurau en lo del cambio del narrador, hacia falta sentir directamente el cariño hacia el arlequin y una cercana admiracion * 3*! Este ha sido uno de los mejores, babe, felicidades

Carolyn Miyu Yamano Gamboa dijo...

Hermoosoo!!! <3 Andaba buscando cuentos sobre arlequines puesto que tengo que narrarlo en mi escuela, me siento indigna de representar un personaje tan bello en todo sentido, Pero me han inspirado y me han hecho enamorarme aún más de el concepto de Arlequin <3

Anónimo dijo...

Magnifico!!! m emocione!! si no t importa lo comparto en mi uro de FB es Aubrey Winchilsea, gracias por tan hermoso e impresionante cuento :)

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