Lo Último

Cuento 6: El nacimiento del príncipe maldito


Cuento 6: El nacimiento del príncipe maldito
Los 3 reinos humanos más grandes y prósperos de todo el mundo son: Esmeria, Azurra y Albana. Uno ubicado al este, protegido por las extensas líneas montañosas como lo es Esmeria, cuya mayor cualidad económica siempre ha sido precedida por sus enormes forjas productoras de armas y notorias escuelas militares. A su cercano Oeste se encuentra Azurra, separado de Esmeria por las ya mencionadas líneas montañosas, y dividido del resto del mundo por el Mar Esmeralda, de los 3 grandes reinos este es el que mejor posición tiene si de defenderse de una invasión se trata, aunque su potencia económica se limita únicamente al ganado, agricultura y pesca.

Finalmente está el alejado Albana. Es bien conocido que su mayor fuerte no reside en la agricultura o en la armería como si lo hacen los otros dos grandes. Albana se ha concentrado desde hace ya muchísimos años en la explotación mágica y espiritual. No por nada en sus tierras se encuentra el mayor consejo de magos del mundo: orgullo del ciervo, que por generaciones enteras se ha dedicado a producir a los mejores magos que hayan pisado este mundo.

El Rey Liadmon Knighton y su mujer, Lady Sarah tomaron posesión de los tronos reales cuando el Rey Drew Knighton murió asesinado en un duelo de magia (de los cuales era fanático). Aunque Liadmon amaba a su padre, no le quedó de otra que aceptar la accidental y humillante pero limpia derrota de su progenitor ante un mago novicio llamado Alexander. Le dejó en libertad sin penitencia alguna como primer mandato en el trono, siendo las únicas palabras que le dirigió al acusado “felicidades por su victoria, tiene usted potencial en la magia. No lo desaproveche”.

Liadmon y Sarah tenían 20 años cuando contrajeron nupcias, y de hecho la primera vez que se vieron fue estando en el altar. Ya que el país necesitaba urgentemente nuevos gobernantes, no hubo tiempo para formalidades ni cortejos. Cabe mencionar que la pareja original de Liadmon iba a ser una princesa de uno de los reinos del sur para sostener buenas relaciones e intercambiar medidas mágicas. (La magia de los del sur no es ni de cerca la más poderosa, pero los Albanos creían fielmente en que siempre se habrían de explorar nuevos horizontes, y un arreglo matrimonial entre realezas con algún país del sur era una medida ideal para dicho fin), pero por motivos que hasta la fecha se desconocen, la identidad de dicha princesa jamás fue revelada y de la misma forma, tampoco se ofreció nunca detalle de porque el compromiso se canceló. Las mayorías creen firmemente que la prometida de Liadmon iba a ser la princesa Reia, de Heykea, pero por las circunstancias de su existencia todo terminó cancelándose.

La nueva pareja real tuvo una ceremonia de coronación sencilla, estuvieron ahí todos los altos hechiceros y ancianos, también hicieron acto de presencia el rey Terenas y la reina Eleonora de Esmeria, acompañados de su joven hijo Alisthor. Un año antes de que naciera la princesa Serena. Por razones de conflictos diplomáticos, el sultán de Azurra y su esposa no se presentaron a la ceremonia. Por aquellos tiempos, el embajador de dicho país había sido asesinado mientras paseaba por el mercado principal de la capital de Albana, así que la relación entre ambas naciones peligraba por el que fuera un simple crimen de un hambriento enfermo mental.

 De lo que la gente de todo el mundo hablaba era de los ideales que la joven pareja tenían para revolucionar su país en otros horizontes ajenos a los mágicos y espirituales. Se hablaba de cómo ellos tenían en sus planes iniciar un proyecto para que utilizando propiedades mágicas pudieran acelerar y prosperar los campos de siembra, para que la inversión extranjera en alimento se viera reducida y ellos pudieran volverse cada vez más independientes… pero lo que nadie hizo caso nunca, era a lo que sentían los nuevos reyes en sus corazones, eso es algo que apenas recientemente ha salido a la luz.

Liadmon amaba a otra mujer. Una de las hechiceras de orgullo del ciervo de nombre Eslía. Con el desconocimiento de todo el reino, ambos habían estado viéndose a escondidas en una choza abandonada a varios kilómetros de la ciudad a cada que ambos tenían la oportunidad. Llevaban ya cosa de 3 años haciéndolo cuando llegó la hora de que Liadmon se casara con Sarah, y la idea de tener que amar a otra mujer le provocaba un inmenso desencanto. Es por ello que desde su primer día como matrimonio, el rey le dirigió la palabra solo cuando era inmensamente necesario, y se obligó a copular con ella solo para mantener las apariencias y para dar a su reino un heredero a su perecimiento.

Liadmon no dejó de verse con Eslía, aunque ahora que era rey escabullirse le era mucho más difícil. Un hechizo de invisibilidad que su misma amante inventó y le enseñó fue de utilidad.
 Sarah sabía que Liadmon no sentía nada por ella, no había que ser un genio para descubrir que él la evitaba a toda costa, y es que incluso con su innegable belleza fresca y peculiar cabellera rojiza él se portaba poco menos que indiferente con ella dentro y fuera de la intimidad. Pasó días y noches enteras comiéndose los pensamientos en la angustia para encontrar una forma de cautivar a su frío compañero de gobierno y de vida. Con ayuda de una de sus criadas consentidas llegó a distintas soluciones: como distintas formas de comportarse, aromas, alimentos, ropas provocativas e imploraciones a distintas deidades, pero todos sus intentos fueron infructuosos. En más de una ocasión, el Rey abandonó el dormitorio con mal humor, dejando a Sarah humillada y rechazada.

De esta forma pasaron un par de años de reinado, sus progresos como gobernantes eran notorios y fructuosos, contrario a lo que vendría siendo su relación amorosa. Con el tiempo, Sarah se resignó y decidió dejar en paz a Liadmon. Se concentró en volverse la amiga del pueblo, en iniciar excursiones a los lugares más redonditos de su jurisdicción, a conocer  a su gente y a cuidar recelosamente el patrimonio que ahora le pertenecía.

En uno de sus viajes en compañía de su siempre ligera tripulación (dos criadas, 3 o 4 guardias, un sanador y un hechicero novicio), encontraron un pequeño templo abandonado a la orilla de una colina con un lago de agua clara a sus espaldas. Sarah muy emocionada decidió que tenían que conocer a los monjes y preguntarles por sus funciones y necesidades, pero al final fue tal como le comentó uno de sus guardias: ese lugar ya estaba abandonado desde hacía muchos años.

El polvo se había apoderado del lugar, siquiera había alimañas rondando en sus alrededores. Dadas las buenas condiciones del edificio, finalmente acordaron en pasar la noche en el lugar. Sarah, que disfrutaba siempre de dormir en solitario dadas las maneras de su marido, ordenó que se improvisara una habitación exclusiva para ella en medio de la capilla del lugar. Sus intenciones eran ponerse a leer hasta muy tarde los pocos pergaminos que encontraron en los almacenes, ansiaba poder encontrar algún indicio sobre cómo fue que ese encantador lugar quedó en el olvido.

Eran ya pasadas las 10 de la noche cuando él apareció a sus espaldas. Vestía finas ropas de seda en tonos oscuros, en contraste a su piel pálida y ojos de un vivaz color azul. Tenía lisos cabellos dorados amarrados en una cola de caballo que le colgaba hasta la cintura, pero lo más llamativo de él no era otra cosa que sus finas facciones que rozaban entre la belleza extrema y la poca humanidad. Era alguien perfecto como Sarah nunca antes había visto.

Se dirigió a ella con voz amable y áspera, la forma en que arrastraba las vocales en su tono de voz tenía una seducción natural que sus ojos no reflejaban, estos últimos más bien inspiraban respeto y confianza. Poseían el encanto que tiene un niño pequeño sonriente cuando se le entrega un regalo.

Hablaron durante varias horas, sobre lo que ella estaba haciendo con el reino, sobre sus futuros planes, sobre la opinión del sujeto sobre distintos temas políticos y sobre literatura… Sarah nunca antes había hablado con un varón de la forma en que hacía con él, y es que tras las acidas experiencias de indiferencia con su esposo, la sorpresa de encontrar a un caballero de tan buenos modales y tan encantadora apariencia interesado en su persona era para ella una sustancia adictiva que la incitaba a seguir a su lado.

Pronto estuvieron uno al lado del otro, y él con su aliento embriagó la razón de Sarah. Con la delicadeza de un noble a una joven doncella la llevó hasta su improvisada habitación y llenándola de halagos y detalles de galantería hizo con ella en una noche lo que con dos años de matrimonio el Rey Liadmon nunca pudo hacer: hacerle el amor.

Al principio ella trató de oponer resistencia, pero cada movimiento que su acompañante hacía, desde un movimiento de manos, una sonrisa o una delicada caricia a la mejilla alejaba a Sarah del raciocinio, hasta que se llegó al punto en que su mente quedó en blanco y su fidelidad vencida.

Sarah tuvo los mejores momentos de su existencia al lado del hombre más maravilloso que haya conocido nunca jamás, y ni siquiera conocía si nombre, pero eso no le importaba; mientras se abrazada a su pecho y arañaba con ansiedad su espalda estaba convencida de estar enamorada de él.
Se comprende entonces su decepción cuando al despertarse a la mañana siguiente él ya no estaba ahí. Dejó al lado de ella un sobre sellado en tinta azul con un papel quebradizo dentro, solo tenía una oración escrita en un lenguaje desconocido.

Sarah tomó la carta y se vistió para luego ordenar a todos empacar para regresar a la capital de emergencia. Mientras su gente alistaba todo para su regreso, ella buscó en los alrededores con esperanzas románticas para encontrar a su amante de la noche anterior, pero de él no quedaba otro rastro que la carta indescifrable que ahora guardaba con recelo bajo sus ropas.

Aún no habían pasado ni unas horas de que cayera en el pecado del adulterio, pero ya sabía que dentro de ella, una nueva vida estaba tomando forma.

Al estar de vuelta en la capital, antes de sumirse en la culpa o buscar cualquier significado que lo escrito pudiera tener, se encargó de copular con su marido, para que se protegiera la vida del niño y la suya propia. La sensación que tenía en sus entrañas era indescriptible, de una forma u otra sentía que alguien trataba de comunicarse con ella desde dentro. Sarah no sabía nada de maternidad, así que no estaba segura de si eso es lo que siente toda mujer preñada, aunque todo lo que venía experimentando últimamente ya le parecía algo enteramente fuera de este mundo desde el momento en que tocó los delicados labios de su amante.

En las siguientes semanas, cuando se reunió con uno de los sabios del orgullo del ciervo sus sospechas se volvieron realidad: según el anciano, el contenido de esa carta estaba definitivamente escrito por un demonio en su propio lenguaje.

Viendo la naturalidad de la carta, el sabio no tuvo de otra que preguntarle en donde había encontrado semejante rareza, y ella mintió diciendo que lo había encontrado entre los pergaminos del templo que habían encontrado. Al no reconocer el lenguaje en que estaba escrito, la curiosidad la venció y decidió llevársela consigo. El anciano, asustado le devolvió la carta y le dijo que no había persona en este reino y probablemente en el mundo que pudiera descifrarla. Le recomendó quemarla y la despidió.

Se hizo pública la noticia del embarazo de la reina Sarah, y al ser ella la gran simpatía del pueblo en general, se hicieron en su honor un sinfín de festivales y justas mágicas alrededor de todo el reino. Incluso Liadmon se mostró mucho más afectuoso con ella tras recibir la noticia de que finalmente iba a brindarle un hijo, se habla incluso de la posibilidad de que comenzara a enamorarse de ella tras la noticia.

Sarah nunca dejó de pensar en aquel hombre que conoció en la capilla, aún si era un demonio como le delataba la caligrafía en la carta, ella no podía sacarse de sus pensamientos todas las palabras románticas que patrocinó a su persona y mucho menos las caricias que arrastró por todos los extremos de su piel… a ella no le importaba si era un humano misterioso o un disfrazado demonio, estaba perdidamente enamorada de él, y tontamente fantaseaba repetidamente sobre como ambos criaban juntos a su hijo.

Se dice que por las noches ella tuvo pesadillas. Ancianas que fueron sus criadas juran que a veces gritaba por las noches con los ojos cerrados y derramando lágrimas como si alguien estuviese arrancándole la vida, y que luego despertaba abrazando a su vientre con desesperación pidiendo que por favor no permitieran que se llevaran a su bebé. También hay quien dice que en más de una ocasión se le vio deambulando por los jardines con la mirada perdida mientras murmuraba sin parar oraciones inentendibles, y que cuando se le hablaba estando en ese estado ella no hacía caso… como si fuera otra persona.

Por el bien de todo el reino (aunque principalmente por el bien de su hijo), Sarah guardó en secreto lo ocurrido en el templo y actuó con naturalidad durante los 7 meses de embarazo restantes. Pronto le llegó la hora de entrar en labor.

Fueron las horas más angustiosas de su vida. La habitación de la reina se convirtió en un ir y venir de criadas y parteras que luchaban contra viento y marea por mantener en condiciones a Sarah, pero conforme avanzaba el parto el sangrado aumentaba y pareciera que el niño estuviese por dentro desgarrando sus entrañas… pero ella nunca endureció su rostro ni sobreexplotó en sus gritos de dolor. Incluso, cuando todo terminó y el niño finalmente estaba en el mundo, se dio el lujo de sonreír y pedir que lo dejaran en sus brazos y le dieran un momento a solas con él… el fruto del amor entre ella y su misterioso caballero.

Era como todos los niños: rosados, con apenas una pequeña matita de pelo en la cabeza y lloraba desesperadamente tras verse despojado del que fuera su hogar por poco más de 8 meses. Sarah tocó su piel para comprobar que en él encontrara similitudes con el contacto que tuvo con su verdadero padre, pero incluso en eso era un bebé como cualquier otro…

O eso pensó hasta que él abrió sus ojos y clavó su mirada en ella…

Tenía ojos color escarlata. Un par de profundos, vivaces y sobrios ojos color rojo escarlata.
Sarah sintió que el mundo se le venía encima. Para empeorar la situación, sus fuerzas se agotaban drásticamente… la combinación de sensaciones entre saber que un mundo de sufrimiento y tortura le aguardaban a su bebé  y que ella no estaría ahí para protegerle le nublaron la vista. Pero no tenía tiempo para dudar, a ella le quedaban pocos minutos con vida, y a su bebé le quedaban miles y miles de experimentos, torturas e insultos… en el mejor de los casos, le darían una muerte rápida, pero incluso eso era impensable. Él no había hecho nada malo… fue ella quien pecó, fue ella quien no pudo con la tentación.

Haciendo uso de todas sus fuerzas se puso de pie y caminó hasta una mesita de noche donde tenía un abrecartas, y tras un poco de indecisión, finalmente abrió los parpados de su pequeño con los dedos y le arrancó los ojos mientras lloraba tendido por todo el sufrimiento que le provocaba a su criatura, pero era mejor causarle dolor extremo en un momento, que provocarle el más inmenso de los dolores eternos.

Varios minutos después, cuando las criadas entraron a la habitación, encontraron a madre e hijo recostados en la cama abrazados el uno al otro. Sarah sonreía de oreja a oreja aunque su respiración y el latido de su corazón se habían detenido. El niño dormía plácidamente en los brazos de la autora de sus días… ambos tenían los ojos cerrados.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

asrghwuyte me declaro fan #1!! lo siento, no me importa lo que digan los demas!!y buueno puedo decir muchas cosas, pero eso se lo dejo a los expertos! ^-*

Hiroyuki-san dijo...

La tentación del amor es más fuerte que la conciencia misma.

Publicar un comentario

Bienvenido al mejor blog del universo!

Puedes seguirme en las redes sociales o suscribirte al feed.

¡Suscríbete a mí blog!

Recibe en tu correo las actualizaciones de mis relatos y cuentos. Sólo ingresa tu correo para suscribirte.