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Cuento 2: La dignidad se mide con el nombre


Cuento 2: La dignidad se mide con el nombre

Cuando los gigantes se vieron obligados a abandonar el mundo y crearon el vínculo con los primeros oráculos para brindar sabiduría y apoyo a los humanos, indicaron que ellos se encargarían de buscar en las estrellas lo que le aguardaría a toda criatura digna. Y como solía decir Mamthar, el gigante más grande de todos y cuyo cuerpo se convirtió en la luna: la dignidad de un ser se mide con el nombre.
Se inició un ritual obligatorio para toda persona: si se quería que su nombre fuera reconocido ante los grandes gigantes que dieron salvación al mundo, era necesario ir a con los oráculos con tres distintas ofrendas: una criatura inferior viva, un objeto inanimado preciado y un poco de las cenizas de un familiar caído. Luego de dar sacrificio a la criatura, llenar con su sangre el objeto preciado y rociarle con las cenizas del familiar caído, los oráculos se ponían en contacto con los gigantes por medio de la mente, y anunciaban el nombre de aquel que había ofrecido sacrificio.
Si los gigantes aceptaban el nombre, no solo le daban una bienvenida al mundo del reconocimiento individual (hay que recordar que los antiguos no usaban nombres por respeto a las grandes criaturas con las que les tocó habitar), sino que también le daban una lectura a su vida: indicaban cuáles eran sus prioridades a lo largo de su vida, cuales serían sus perdiciones, en donde cometería errores y cuanto tiempo viviría (esto último solo en el particular caso de aquellos que no vivirían mucho). Por otro lado, si los gigantes no aceptaban tú nombre guardaban silencio, lo que significaba que no eras digno de poseerlo y por tal no merecías ser llamado ni atendido, ni por los gigantes, ni por nadie.
Tanto los dioses dragones como los dioses gigantes dejaron su legado en el mundo antes de abandonarlo, pero a diferencia de sus progenitores, ellos no poseían sabiduría, magia, paciencia ni respeto alguno por los antiguos. A los que dieron guerra desde el primer momento en que se cruzaron.
Desde que los antiguos se cruzaron con los primeros dragones no hablantes que rondaron por la tierra, los oráculos se comunicaron asustados a con los gigantes, pidiéndoles ayuda: ¿Quiénes eran esas criaturas? ¿No se suponía que los dioses dragones estaban todos muertos? ¿Habrían de rendir adoración a unos monstruos que no hacían más que darles muerte? Los gigantes con tranquilidad les informaron que esas bestias estúpidas no eran dignas de tener un nombre y que los remordimientos por darles caza y muerte tendrían que ser los mismos que por dar caza a un ciervo.
 Los antiguos se pusieron las armaduras y sacaron filo a sus lanzas. Se organizaron en un enorme ejército y declararon la guerra a la nueva clase de dragones que rondaban por el mundo, aquellos que si bien no tenían magia ni inteligencia, seguían siendo tremendamente poderosos y con un aliento de llamas ardientes. Hubo miles de bajas humanas, y cientos de dragones muertos.
A esta guerra se le conoce en los registros como “la guerra de la dignidad”, pues hay quienes creen que los antiguos la iniciaron únicamente por la soberbia de sentirse superiores a los dragones por tener el honor de ser nombrados. Sea o no sea correcto, es una realidad que el mayor impulso y motivación de los antiguos para pelear, efectivamente era su nombre, su identidad, pues hasta hacía unos años atrás, ellos habían sido una sociedad que no funcionaba por medio de individualidades, todos eran un solo ser que funcionaba en conjunto, vivían en un comunismo que no reconocía de la dignidad de ser más de lo que podían ser juntos.
Con los nombres vinieron una serie de valores nuevos y desconocidos para todos los seres hasta ese momento: las individualidades, la valentía, la entrega y el orgullo. Este último, posible causante de la primera guerra con humanos como protagonistas, y también detonante de miles, miles de batallas más.
Al finalizar la guerra de la dignidad quedaron miles de consecuencias, las más notorias de ellas fueron que los dragones quedaron casi extintos y que los humanos quedaron tan debilitados que fueron presas fáciles para aquellos que llegaron del otro lado del mar montados en bestias de madera: los Orcos, que como todos sabemos, destruyeron en un abrir y cerrar de ojos a Shaltari, la gran ciudad de los antiguos y se llevaron a los sobrevivientes humanos a sus tierras para esclavizarlos.
Con el tiempo, los historiadores no dejan de preguntarse si los gigantes hicieron bien en darles a los humanos el honor de tener nombres. Considerando las consecuencias que esto trajo a los antiguos, no es de locos pensar en que tal vez no estuvieran listos para poseer semejante honor, pero dicho esto también nos queda razonar: incluso ahora, a más de dos mil años de este suceso, ¿Estamos listos, o nuestros nombres, al igual que los de nuestros antepasados nos arrastrarán a una perdición?

2 comentarios:

kurau dijo...

yo sin darme cuenta ke habia nuevo cuento XD

me reservo el comentario mayor para lueguito, pero voy a decir ke me encantó el nombre de este capi >.<

Kthrine dijo...

Uou babe, parece una página sacada de un libro antiguo jejeje me gusta mucho esta narración, es atípica * 3*, me la puedo imaginar con la voz de la prota de "qué raro" bastante enigmático! Estaré al pendiente por mas

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