Lo Último

Dos mundos, un sentimiento (5/??)


Experimento 5: Misticismo.
―… yo… ―Murmuré, nervioso. ― eh…  solo estaba preguntándome que había sido de ti… ¿Sabes? Fue algo raro no volver a verte después de que me besaras… solo estaba preguntándome que hay detrás de ti… eres la persona más misteriosa que he conocido… y también eres la más intrigante.
Suspiré al momento en que me encogía de hombros.
― Si, hubiera sido bueno decirle eso ― Pensé. ― Tristemente ella se fue hace varios minutos, eres todo un ganador, Mike Mattews… todo un campeón.
Me solté un zape en la frente y maldije en murmullos durante el resto del camino a mi aula correspondiente; estaba molesto, no existía garantía de que volvería a verla pronto y tampoco la había de que volvería a verla siquiera, en mi poca experiencia en “Mónicología” ya me era un hecho que ella no era el tipo de persona que se apegaba a un horario o a una rutina, no lo digo solo por que asistió con nosotros a la clase del profesor Stephoward en una ocasión y nunca regresó; lo digo también porque desde nuestro primer encuentro no había parado de observar todo el tiempo en todas direcciones, con la esperanza de cruzarme con ella aunque fuera solo por un par de segundos; tristemente mis horas invertidas en localizarla se vieron en un gran fracaso.
Eso era lo que más furioso me ponía, después de una semana de intensa búsqueda finalmente logré encontrarme con ella, ¿Y qué hice? Me quedé congelado y dejé que el miedo me dominara; si deseaba tener en realidad un gran encuentro con ella y no morirme de miedo tendría que…
Me detuve en seco y formulé en mi mente una pregunta que hasta el momento no se había cruzado nunca antes: ¿Por qué la buscaba? Y después se formuló otra para hacer combo “¿Por qué pensaba en formas de no sucumbir ante su supernova de intimidación que provocaban sus ávidos ojos en mí? Y finalmente “¿Por qué no podía dejar de pensar en ella?
Una revelación llegó hasta mi en ese instante: era un obsesionado acosador; por muy feo que suene, era verdad… me la pasaba pensando en ella, deseaba verla, deseaba seguirla y deseaba ser capaz de hablarle de frente… de pronto, no era menos repugnante que un acosador de famosos que tiene varias leyes de restricción a sus espaldas; me sentí algo patético.
Pensé incluso en darme por vencido y dejarlo pasar, seguir a una chica que no parece desear ser seguida no estaba en mi lista de cosas por hacer antes de morir, de cualquier forma, Mónica aún era un misterio para mí y no era como si de la nada fuese a caerme una fuente de información que me dijera lo necesario sobre ella como para poder hacerle frente como se debe; esas cosas solo pasan en las películas con falla de argumento, en las que se necesita de un afortunado golpe de suerte para dar un paso adelante.
― Buenos días a todos, jóvenes ―Saludó el profesor Stephoward, encargado de impartir historia del arte. ― ¿Cómo han estado?
Bueno… el día en que Mónica y yo tuvimos nuestra primera conversación… y nuestro primer beso también; fue en esa misma aula, y si la memoria no comenzaba a hacerme malas jugadas, el profesor Stephoward dio permiso a Mónica de entrar a la clase pese a no formar parte del grupo y encima al recibirla dijo algo parecido a “Señorita Bonnet, ha vuelto”, prueba refutante de que al menos algo abía de saber acerca de ella.
― No seas ridículo, Mike ― Pensé. ―No vas a preguntarle al profesor por una chica, eso sería muy raro… además es un completo desconocido para ti, no e s como si fuese a brindarte su apoyo así nada más…
― Chicos ― Continuó el profesor Stephoward. ―Solo quería decirles que estoy para ayudarles en lo que sea, así no sean temas acerca de la materia o la carrera misma, estoy dispuesto a ayudarles por sobre cualquier tópico., es más… si necesitan información sobre alguien que les guste o les llame la atención, ¡yo soy el hombre, porque antes de ser su profesor soy su amigo y no un completo desconocido!
― Tienes que estar bromeando… ―Murmuré, soltando un suspiro y golpeando mi rostro contra la mesa.
Al parecer el universo así lo quería, ¿No? Digo, la información parecía estar ya servida en bandeja de plata y con un buen mozo sosteniéndola… sin embargo aún quedaba la incógnita en mi pensamiento, ¿Quería realmente seguir con esto? Mónica generaba en mi una incertidumbre, una curiosidad inmensa e incontrolable… ¿Realmente deseaba continuar con ello aún sabiendo que quizás para ella no sería no sería más que una molestia? ¿Deseaba arriesgarme a ser herido o humillado? Y Por otro lado… ella era muy bonita, y en cierta forma me gustaban esas sensaciones tan peculiares que me provocaban sus aires distantes.
 Encontrar una respuesta no era nada sencillo ya por mi sola naturaleza tranquila; por lo que decidí reproducir en mi mente todos nuestros recuerdos juntos para hacer una valoración y así poder tomar mi decisión, tristemente nuestra cantidad de recuerdos juntos era absurdamente pequeña así que la valoración terminó antes de que el profesor Stephoward terminara de escribir en el pizarrón, al final lo decisivo para tomar mi decisión fue aquella conversación que sostuvimos el día del beso.
Mónica parecía no ser capaz de comprender que llevaba a Perseo, el legendario campeón griego amar a una completa desconocida como Andrómeda, y el que se le dijera que era amor parecía solo confundirla aún más, y eso la molestaba mucho.
Fuese cual fuese la razón, Mónica parecía incapaz de comprender algo que todos damos por sentado por puro reflejo o costumbre, y fuese cual fuese la razón, deseaba comprenderlo a tal punto que era capaz de adentrarse en las profundidades de lo recóndito para encontrar una respuesta, lo que esto me decía es algo que también ya se da por sentado con solo verla caminar, hablar, observar o solo existir, es que Mónica era otro mundo, y que de logar establecer un contacto satisfactorio con ella me vería inmiscuido en una expedición a la desconocido, sería adentrarme en territorio desconocido y en correr un riesgo.
No fui capaz de prestarle atención a la clase por estar pensando en ello, lo curioso al respecto es que aún después de haberlo ignorado por una hora entera, al final de su clase tuve el descaro de acercarme a él para hablarle con amabilidad y timidez en la búsqueda de información.
― Buenos días, señor Stephoward ― Saludé. ― le felicito por la clase.
― ¡Ah! ― Exclamó, satisfecho, rascándose su poblada barba anudada en dos trenzas. ― Veo que a alguien le gustan las obras de arte convencionales, ¿No? ¿Cuál parte te gustó más, la fundación del arte del vomito o el arte de heces?
― Eh… ― Vacilé. ― De cualquier forma, señor Steph…
― Puedes llamarme Juanjo.
― Eh…  ¿Juanjo, señor? ―Pregunté, carraspeando y esperando haber escuchado mal.
― Claro, puedes llamarme Juanjo.
― ¿Así se llama, señor?
― Claro que no, ¿Pero que son los nombres en realidad? No son más que una forma de catalogarnos a todos en esta gran revista de opresión en la que somos publicados; es por eso que yo dejo que la gente me llame de la forma en que así lo deseen.
― Bueno… yo…
― Por eso puedes llamarme Juanjo y yo te llamaré Cosmo, ¿Bien?
― Preferiría que me llamara Mike, señor… y si no le molesta… me gustaría llamarlo profesor Stephoward para siempre.
El hombre de aspecto Hippie me miró con sorpresa, pero se encogió de hombros pasados unos segundos.
― Está bien, tu ganas… Mike, ¿Sobre qué hablábamos?  ¡Ah, claro! ¿Vomito o heces?
― En realidad señor… vengo para hacerle una pregunta acerca de… una chica…
― Ah, ¿Has sido cautivado por una musa, joven Mike?
― No es eso… ¿O sí? No lo sé señor… peor creo que usted…
― No, no… joven Mike… yo no soy el hombre indicado para ayudarle en esta encrucijada…
― Pero al principio de la clase usted dijo que…
― Por supuesto, dije que daría información que les fuera útil, pero ya que has dicho que yo no la conozco no se puede hacer nada…
― De hecho usted si la conoce, hablo de…
― Debes de ir a por una experiencia espiritual para lograr encontrar la respuesta, joven Mike.
― ¿Una experiencia espiritual? ―Pregunté, arqueando la ceja. ― ¿Dice usted algo así como ir a la iglesia o algo así?
― No, no… me refiero a ir a con alguien que vea mas allá de lo que los demás vemos.
Comenzaba a estresarme, una de las mayores desventajas de mi personalidad, era mi incapacidad de corregir a las personas o de explicarles lo que deseo en realidad cuando ellos están convencidos de que lo que yo quiero es otra cosa. Me es muy difícil callarlos y decirles “No, no es eso, a decir verdad lo que yo necesito es…” al menos más de una ocasión, si mi intento falla sencillamente me rindo y les doy por su lado… como ya se imaginarán esto me ha traído varios tropiezos, fracasos e insatisfacciones.
― ¿Ver más allá de lo que los demás vemos? ― Pregunté ― Quizá si necesite eso…
― Así es, ¡estoy hablándote del gurú del amor!
― ¿Gurú del amor? ¿Como el de la película o algo así?
― Algo así, sí… solo que este es de verdad, le conocí el otro día en el parque central, se encontraba tomando una ducha de meditación y me contagió de su sabiduría con palabras tan hermosas como la brisa, te aseguro que si vas con él tus dudas se verán saldadas.
― Estoy seguro que el agua de ese lago es contaminación pura y bueno… el parque central queda algo lejos así que… mejor se lo preguntaré un poco más directo… señor Stephoward… ¿Sabe usted algo sobre…
― Joven Mike ― Aseveró “Juanjo”, ahora en un tono serio. ― ¿Conoces “El beso” de Gustav Kimt?
― No, señor… ― Repuse, algo avergonzado.
― Ya veo… ¿Por qué no estudias un poco al respecto de esa obra? Y arma una expedición al parque central ya que estamos en eso… ahora, si me disculpas, tengo mejores cosas que hacer que andar charlando contigo… nos vemos mañana en clase, ¿Bien?
― Eh… ¿Está bien?…
“Juanjo” tomó asiento en su escritorio y se puso a revisar unos cuantos papeles mientras leía en voz baja el contenido de los mismos; era mi señal de salida.
― Rayos ― Pensé, mientras salía del aula arrastrando los pies con mal humor. ― ¿Qué le pasa? ¿Tanto quiere que vea al dichoso gurú del amor? Seguro solo es un hippie de su tipo… si se llevaron bien fue por algo… además, ¿Por qué me puso a estudiar una pintura? Cada vez empiezo a darme cuenta de que las mentes artísticas pueden ser algo aterradoras…
Salí del edificio en el que me encontraba para trasladarme al aula dónde tomaría mi siguiente clase, al parecer me había retrasado bastante en mi charla con el profesor Stephoward, pues ya no había estudiantes cercanos en los alrededores, aproveché esto para ponerme a patear una inocente piedrita que a su mala suerte se cruzó en mi camino.
Sentí una descarga eléctrica transportada en la brisa, una corriente de energía recorrió mi cuerpo en onduladas y veloces alertas, de alguna forma, una corazonada me hizo girarme en 180°, con la cara al pasillo que hacía apenas unos segundos había abandonado; increíble, ella estaba ahí.
Me miraba con profundidad, incluso cuando se dio cuenta que me había enterado de su presencia aprovechó para dirigirse a mis ojos directamente, vista de lejos no daba tanto miedo, en realidad, no parecía estar molesta o impaciente, y aunque siempre era majestuosa y elegante no era lo mismo sucumbir ante su impresionante fuerza frente a frente que hacerlo a la distancia, en realidad, tenía la sensación de que podía mirarla por siglos.
Traté de encontrar algún mensaje en sus gestos, en su porte, en su parado; todo ello sin éxito alguno, su mirada era tan indescifrable como siempre, tanto que se volvía frustrante.
Observé y memoricé con delicadeza cada línea en su rostro así como logré admirar la perfección de sus cabellos de ébano con su siempre impresionante brillo natural.
― Después de todo… ― Pensé, sonriendo tajantemente. ― Si que eres hermosa…
No pasó mucho para que se sin gesticular una despedida se diera la vuelta y continuara su camino impreciso en un paso elegante y firme, apenas me sentí libre de su mirada mis rodillas comenzaron a temblar. Alegres de que por fin hubiera terminado lo difícil.
― ¡Eso fue fantástico! ― Pensé. ― Ahora sé que de lejos no me muero de miedo… entonces, solo tengo que armar un teléfono con vasos de plástico y un hilo y… un momento, eso no suena nada bien…
Pensé en seguirla, ese contacto visual podría bien haber significado algo, tal vez había logrado un avance y era hora de ir a cultivarlo; sin embargo, si volvía a ocurrir lo que esa misma mañana había ocurrido todo sería en vano, en otras palabras, era mucho riesgo.
Quizás el profesor Stephoward tenía razón, quizás necesitaba la ayuda del dichoso gurú del amor… no había que ser un genio para saber que ese mote tenía que hacerlo como mínimo un amo de la interacción hombre-mujer, aunque Mónica no era precisamente una mujer común… bueno, según algunos amigos de la preparatoria yo tampoco encajaba mucho en la categoría de hombre así que seguro estaríamos bien.
En condiciones normales me hubiera negado rápidamente a una posibilidad tan absurda y hubiera ido a mi salón de clases como es debido, sin embargo en ese momento me sentía aventurero, animado… con ganas de dar un salto y de correr un riesgo… ¿A qué se debía esta extraña motivación? ¿Se debía acaso al mínimo y exitoso contacto visual de hacia unos instantes? ¿Podía en serio una ligera sensación de éxito darme la satisfacción suficiente como para cambiar mi forma de actuar? Bueno, la prueba máxima se encontraba en que en vez de anotando apuntes en la clase de contabilidad me encontraba abriendo la puerta del piloto del Mikemovil.
Esta sensación de estar haciendo algo malo era ciertamente estimulante, sé que sonará algo malo para mí, pero hasta ese momento solo me había saltado clases en un par de ocasiones durante la preparatoria y eso debido a que había sido obligado a hacerlo; sin embargo en esta ocasión todo era distinto, estaba haciéndolo porque yo deseaba hacerlo...  bueno más o menos, pues yo hubiera preferido que el señor Stephoward se hubiera limitado a hablarme sobre Mónica, sin embargo ya con el espíritu aventurero y el tanque motivacional lleno, una misión en la búsqueda de aquel con equilibrio espiritual y conocimiento completo del arte amoroso no sonaba tan mal.
Conduje unos 30 minutos hasta llegar a mi destino: el parque central, un enorme terreno con árboles de todos tamaños,  césped verde por doquier e incluso un lago artificial con cientos de patos nadando en él, era uno de los lugares idóneos para ir con la familia y amigos de día de campo y que además era gratis, lugar prácticamente perfecto.
Sin embargo, ¿Qué familias van a tener un picnic a las 10 de la mañana un lunes en pleno inicio de cursos? Es por eso que a estas horas y en estos días, el parque se llenaba de 4 tipos de visitantes: parejas que se saltan clases, amigos que se saltan clases, vándalos que se saltan clases y vándalos a secas, es por eso que dejé mi celular en el auto, para así no arriesgarme a una buena paliza y a perder mi amado MikeCelular (está bien… no se llamaba así… pero aún así lo quería mucho).
No tienen idea de lo vergonzoso que fue entrar al parque y preguntar a cada persona que me topaba por el dichoso “Gurú del amor”, todos me veían con cara de confusión, negaban saber dónde estaba y después se reían de mí cuando me iba, algunos incluso se rieron de mí en mi cara.
Sorprendentemente busqué por todo el parque, di una vuelta entera sin éxito alguno, y es entonces que me di cuenta; ¿Por qué el profesor Stephoward no me dijo siquiera una pista para encontrarle? Tampoco me había dicho su aspecto físico ni si el hombre era un vagabundo lunático que te asesinaba si no le entregabas comida a cambio de balbuceos baratos en forma de predicciones.
Tomé asiento en una banca con vista al lago, agotado, mi tanque de motivación comenzaba a vaciarse y mis espíritu aventurero parecía haberse escapado… ¿Qué rayos estaba haciendo? ¿Desde cuándo yo hacia esta clase de estupideces? Ahora la idea de hacer un viaje al otro lado de la ciudad en la búsqueda de un lunático recomendado por un profesor hippie parecía algo sumamente estúpido, algo tan estúpido que solo un estúpido haría.
― Vaya que soy un estúpido. ― Acaricié mis sienes con mi mano izquierda mientras suspiraba con mal humor; estaba irritado. ― Gurú del amor… eres un imbécil, Mike…
Tenía que volver a clases lo más pronto posible, conseguir los apuntes de la clase a la que había faltado y copiarlo para no perderme de nada; con eso estaría bien, recobraría el tiempo perdido en mis idioteces y todo podría continuar como había de ser. Me levanté.
―  ¿Te vas tan pronto? ― Preguntó una voz masculina desde el otro lado de la banca que recién había abandonado y en la que estaba seguro, no había nadie más que yo.
Pegué un salto y solté un grito de susto nada disimuladamente para después enfocar mi mirada al culpable de mi sobresalto.
Estaba vestido con uno de esos trajes asiáticos que usan los sacerdotes japoneses y llevaba un sombrero de Napoleón hecho con papel periódico, también llevaba una desaliñada barba negra; tenía los ojos cerrados y meditaba con los pies cruzados.
― ¡¿Q-Q-Q- Quién eres?!
― No soy nadie en particular… la pregunta aquí es… ¿Qué buscas tú aquí?
― ¿Y-Yo? Pues yo… nada en particular… me envió aquí mi profesor diciéndome algo sobre un gurú del amor y yo…
― Gurú del amor, la vanidad incluso inunda aquel sobrenombre que se me ha otorgado… pensar que he renunciado a todas mis posesiones físicas y aún ahora soy víctima de la posesión.
Aquel sujeto comenzó a mover sus manos a los costados de forma ondulada como si fuesen serpientes, yo retrocedí un poco.
― Entonces usted es el gurú del amor… ¿No?
― Soy y no soy… vivo con el agua, vivo con la tierra… pero no me les comparo para recibir su reconocimiento… aún así, si gustas puedo ayudarte en el arte más humilde del mundo.
Me rasqué la cabeza, ¿Era idea mía o eso había sonado muy genial? Seguía pensando que era un viejo loco, pero de que tenía un alma de poeta, la tenía sin dudas.
― Por favor, ayúdeme ― Pedí, haciendo una reverencia. ― Estoy convencido de que mi situación es diferente a la que los demás le han demostrado… mire la chica que intento conocer es…
― Silencio ― Ordenó. ― Para cada caparazón hay un corazón, si camina, bebe, come y vive como el resto bajo el arrope de la madre tierra significa que bajo su caparazón hay un corazón como con el resto…
― Pero ella es…
― No, no escucharé ― Puso su mano en alto, ordenándome que me callara. ― Para cada caparazón  hay un corazón,  cada uno de ellos distinto… y sin embargo corazones son y como corazones deben de ser tratados… si comienzas a tratar un corazón como un caparazón, el caparazón pasará a ser la naturaleza y todo perderá sentido.
― Espere… ― Murmuré. ― ¿Está tratando de decirme que en primer lugar debo dejar de pensar en ella como alguien distinto, distante y superior y que debo empezar a verla como una persona normal?
― Bueno… eso le quita la belleza a mi metáfora pero… si, básicamente así es.
Pensé, por varios segundos, dubitativo.
― Pero… ella es muy majestuosa y… hermosa, elegante y no sé… estoy seguro que es superior a mí…  como si fuese de otro mundo…
― Puede eso ser posible y hasta correcto ― Repuso, poniéndose de pie y acercándose a mí. ― Pero no por eso significa que no haya nada en su pecho, ¿Cómo esperas un acercamiento crear si estás muy ocupado danzando y alabando su majestuosidad? Incluso la realeza necesita sirvientes que les vistan y les acompañen.
Lo que decía ciertamente tenía una lógica mayoritaria, durante mi primer acercamiento a Mónica, me acerqué a ella y hablé de frente a frente como si fuésemos iguales, respondí sus preguntas y planteé situaciones, respeté su majestuosidad y superioridad pero no dejé que eso me impidiera estar pisando el mismo suelo que ella, actué como si fuese una persona normal y con éxito logré establecer contacto. Solté una sonrisa de oreja a oreja.
 ― ¡GRACIAS, SEÑOR VUDÚ DEL AMOR!
― Los agradecimientos no merecen el esparcimiento de mis humildes conocimientos, no olvides nunca que el corazón incierto puede ser, pero siempre sigue un camino fijo y firme aún si nuestros pies van en dirección contraria.
― ¡Lo tendré en cuenta! ― Exclamé dándome la vuelta para iniciar la carrera. ― Ahora, debo irme, ¡Adiós!
― Adiós, Mike.
Me detuve en seco y me di la vuelta.
― Yo no recuerdo haberle dicho mi nombre, señor Gurú del amor…
― ¿Eh? ― Se estremeció. ― Eh… yo soy un humilde sirviente de alma de la tierra y…
― Eres Junior, ¿No?
― Como dije, soy un humil…
― Junior… puedo ver tu cabellera rubia a través del sombrero de Napoleón… y a esa barba falsa se le ven los tirantes plásticos también.
Se encogió de hombros y comenzó a quitarse sus accesorios, una vez se quitó el traje de sacerdote japonés todo lo que quedó fue un muchacho delgado y rubio con ojos verdes y perdidos de unos 17 años que me miraba con una sonrisa inocente. Ese era Junior, un amigo mío de la preparatoria que cursaba un par de cursos debajo de mí, su personalidad siempre fue muy loca, aleatoria y nada descifrable; por un tiempo de hecho, estuvo obsesionado con que él y yo éramos familia… bueno, de hecho, al momento sigue obsesionado con eso; cabe mencionar que si ignoramos todas sus locuras y comentarios fuera de contexto es probable que sea la persona más inteligente que haya conocido en toda mi vida, me lo demostró en más de una ocasión y lo seguiría haciendo mientras tuviéramos contacto.
―Me atrapaste, primo. ― Bufó, rascándose la cabeza con pena.
― ¿Por qué no estás en la escuela? ― Pregunté, acercándome a él y saludándolo con un abrazo.
― Soy gurú del amor en mis horas libres, ¿No lo sabías? Cada vez que hay un periodo libre me escapo por aquí.
― Ya veo… esa es una profesión algo…
― No da muchas ganancias ― Admitió, con tristeza. ― Pero deja mucha satisfacción ayudar ovejas perdidas como tú, dime… ¿Cómo está Nahomi?
― E-E-… Está muy bien ―Repuse. ― No nos vemos mucho durante clases pero prácticamente pasamos siempre juntos… ¿Y cómo están todos en la escuela?
― Podría respondértelo pero eso sería el spoiler del siglo, recuerda que estamos en el 2006 ahora.
― ¿Y eso qué importa? ¿Spoiler?
― Fue un placer hablar contigo, primo ― Junior tomó mi mano e hizo un extraño saludo de dedos muy parecido al que hacían Arnold y Gerald. ― Pero ahora si me disculpas debo de irme.
― ¿Eh? Está bien… cuídate y salúdame a todos.
― ¡Tu igual! ― Gritó, ahora mientras recogía sus cosas. ―Y otra cosa… ¡No esperes hasta el momento cumbre, que el trafico puede ser un duro rival!
Sin darme tiempo a responder Junior se perdió en los arboles.
― Bueno… ― Murmuré, rascándome la cabeza con confusión. ― Sea lo que sea que haya significado eso…  debo volver a la escuela.
Caminé hacia el estacionamiento con una sonrisa de satisfacción en el rostro, increíblemente, correr un riesgo incierto había surgido frutos y ahora solo quedaba utilizar las herramientas que se me habían entregado en forma de conocimiento.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Bienvenido al mejor blog del universo!

Puedes seguirme en las redes sociales o suscribirte al feed.

¡Suscríbete a mí blog!

Recibe en tu correo las actualizaciones de mis relatos y cuentos. Sólo ingresa tu correo para suscribirte.