Lo Último

¡Amo a mi esposa! (Creo) (20/??)


Sobre no invitar alumnos de primer año, sobre los padrinos mágicos y sobre la pomada ultra especial de Junior(Zack)
(2005, Texas)
– ¿Zack, nos veremos esta noche en tú fiesta? – Preguntó una linda chica de último año, sonriente.
– Puedes apostarlo, Juana, siempre y cuando tengas tú pulsera eres bienvenida en mi casa y en estos brazos, preciosa.
– Sí, sí la tengo… pero me llamo Roxanne… oye…  si quieres…
La ignoré y seguí mi camino, mucha gente deseaba saber quién era el desgraciado que robó un burro para noquear a Rocko y que después le pegó una peluca con pegamento industrial y le vistió de animadora para humillarlo ante casi 100 personas y que para cerrar el espectáculo sacó fuerzas de quien sabe dónde y de un solo golpe tiró al gran Karofsky, todos querían estar con Zack Mosh.
Era algo triste que ellos no notaran todos los detalles del delicado plan y que solo notaran lo más destacable, no se inmutaron que el golpe se hizo a la misma hora en que Feeney llamó a los maestros a una junta de plan de trabajo para evitar tener a los profesores oliendo nuestras nucas, no les importó en lo más mínimo todo lo que batallamos para transportar al asno hasta territorio escolar (Sí en algún momento necesitan transportar a un burro, no olviden taparle los ojos), y no pensaron en lo más mínimo en lo mucho que le costó a Nahomi convencer a Blake Turner para ayudarme a retener un rato a Ellie entre otras cosas.
Sin embargo me alegraba por igual que no se dieran cuenta de algunos improperios, como el hecho de que no les importaba que alguien mucho más pequeño que Karofsky pudiera derribarlo con un simple gancho, si supieran que en esos momentos llevaba un arma metálica de puños en mis nudillos probablemente alguien pensaría que eso es demasiado excesivo y terminaría en algún reformatorio donde terminaría pudriéndome tanto como Chris, mi hermano mayor.
– ¡Hey, Zack! ¡Hay fiesta hoy, ¿Eh? Estoy ansioso amigo!
– Así es, Patricio, hoy hay una fiesta… por desgracia es de entrada limitada… lo siento amigo, será en otra ocasión…
– Eh… pero… pero… no me llamo patricio, soy Donald… tú sabes… el típico chico que no es popular pero que le agrada a todos los populares…
– Bueno… lo siento Patricio, ya no hay pulseras… ¡Nos vemos!
Finalmente lo teníamos, mientras caminaba por los casilleros en la lejanía pude ver a Anna rodeada de unos cuantos chicos de tercero, que le coqueteaban con el típico lenguaje corporal, ella sonreía, maléficamente, al ver como las presas se acercaban solas a su perdición, a su derecha, no muy lejos, Junior, que por alguna razón iba vestido como un fastuoso vaquero texano, fingía estar montando un caballo mientras agitaba su sombrero en el viento, sus admiradoras, aparentemente parecían no inmutarse de su estúpido jueguito, pues solo se le quedaban viendo con una sonrisa tonta dibujada en sus labios, como diciendo “Es taaaaan guapooooooo”.
– ¡Zack! – Exclamó de pronto una animadora rubia con el cabello rizado, su baja estatura y poca figura revelaba que era de primero. – No he recibido mi pulsera nene… ¿No te habrás olvidado de tú amiguita especial Sophie o sí?
– Eh… lo siento Lorenza, estoy algo ocupado buscando a alguien…
Aparentemente mi prisa le fue indiferente a Lorenza, pues se plantó frente a mí y se molestó en sonreírme coquetamente al momento en que cruzaba sus brazos con ansiedad, ¿Tan difícil era entender que si no recibías una pulsera era porque no estabas invitado? Pensé que el formato era bastante simple, sin embargo, a veces es un golpe duro para una persona que se siente en la cima asimilar que el grande del momento no logre reconocer eso.
– ¿Y bien?  – Continuó Lorenza, dedicándome un guiño. – ¿Mi pulserita, Zack?
La noticia de que Zack Mosh era la nueva joya de la corona creada por varias generaciones de Mosh no se hizo esperar ni un instante, unos minutos después de haber humillado a Rocko y de haber golpeado a Karofsky, Mike filtró un flyer en cientos de perfiles de facebook, myspace y twitter, anunciando que la residencia Mosh abría sus puertas nuevamente pero con cupo limitado y exclusivo, como nunca antes se había visto, bajo el slogan “Si eres importante, recibirás tú pulsera, si no la recibes, no eres nadie”.
El problema con ese slogan, era precisamente que todos temían a no ser nadie, por lo que cobardemente buscaban explicación, preguntándome por su pulsera, esperando que de una forma, hubiese algún error que provocara que me olvidara de ellos, ¿Tan ingenuos eran? La sola necesidad de todos de ser invitados por mí no era más que la prueba total de que mí reinado finalmente estaba como tendría que haber sido desde un principio: en mis manos.
– ¿Zack? – Insistió Lorenza, quien comenzaba a impacientarme. – ¿Quieres que vaya a recogerla a tú casa más tarde?
– Escucha… Lorenza…
– Me llamo Sophie… – Interrumpió.
– No me importa… Lorenza… creo que el flyer fue bastante específico, ¿No?
De hecho así era… sin estudiantes de primer año con Junior, Anna y yo como excepciones, al ser este un evento VIP, ¿Cómo esperaban siquiera los de primero tener una pequeña oportunidad de ser invitados en una pequeña y selecta lista de 50 personas? Aún si eran animadoras como Lorenza, no habría excepciones, solo existirían tres estudiantes de primer año en esa fiesta y punto.
– O quizá… 4… – Murmuré, al momento en que mi mirada se desviaba por un costado del ahora fastidioso rostro de Lorenza.
Su mirada en si era la humildad en su máxima expresión, sus movimientos… la sencillez, sus ojos… poesía… así es… sus ojos eran un dilema total… profundos… amenazantes… y llenos de vida, de vigor… no hacía falta ser un gran lector de personas para comprenderlo… Ellie Clearwater era diferente al resto de novatas.
Ella se encontraba recargada en su casillero, charlando animadamente con su amiga latina Karla, de quien Junior parecía estar interesado en proporciones considerables, ambas llevaban puestos sus uniformes de animadoras, no lo pensé mucho tiempo y pasando de alto de Lorenza, caminé hacía ellas.
– ¿Zack? ¿A dónde vas? ¿Y mi pase?
– Ah… no estás invitada, entiéndelo, es totalmente privada, nadie de primero irá.
Me puse de pie frente a ellas, mirándolas con seriedad, ambas detuvieron su animada charla y me miraron con confusión y sorpresa, esperando a que explicara mi acercamiento, me sentí ligeramente arrepentido, pues para ella yo solo era un pervertidor de hermanas.
– Ellie Clearwater… – Murmuré, al momento en que de mis bolsillos sacaba un par de listones negros y delgados con la inscripción en fucsia “Mosh VIP Party” en cada uno. – Quiero que vengas a mi fiesta hoy en la noche.


(2010, Los Ángeles)
Al despertar, al salir de la ducha, al desayunar, después del trabajo, cuando hacíamos el amor y antes de irnos a dormir… cada vez que mis ojos se topaban con la preciosa y cariñosa mirada de Ellie, se transportaba a mi mente la imperdonable escena de la vecina de al lado durmiendo en mi regazo, relajada por mis continuas caricias en su sedoso cabello y aquel dulce veneno que provocó a que ambos estuviésemos a punto de perder el control y cruzar la línea, cuando esto ocurría se me creaba un nudo en la garganta y la pesada roca de la culpa caía nuevamente sobre mis hombros; desesperadamente, tratando de buscar el perdón cobarde de mi conciencia, traté de anestesiar el dolor con mimos, cumplidos, regalos y atenciones, penosamente, esto funcionó.
Confesar lo ocurrido no era una opción, ¿Cómo decirlo? Eso solo lastimaría a Ellie y le rompería el corazón, empezaría a crearse ideas extrañas y a culparse por ello, perdería su confianza y su mundo se derrumbaría, probablemente existe el tipo de personas que consideran que no hay mejor razón que la verdad, pero en casos como este, donde la verdad no alcanzó siquiera a ser una verdad y terminó como un “Casi”, la verdad solo sería una bala perdida y terminaría sufriendo más quien menos lo merecía.
Ellie lo era todo en mi vida, por lo que haber estado a punto de echarlo todo por el caño me tenía también confuso y frustrado, teníamos ya tres años de casados, un matrimonio hermoso, ideal y perfecto en el que solo tuve ojos para aquella chica rubia, líder de las animadoras, presidenta de la sociedad de alumnos, segundo lugar en el cuadro de honor y vendedora de alfombras del mes en abril del 2009, ¿Qué cambió en ese momento? Por más que lo pensaba no pude dar con la respuesta hasta mucho después (Obviamente aún no se las diré)… sencillamente era como si esos 3 años se hubiesen borrado por unos cuantos segundos, como si todo lo que Ellie y yo habíamos luchado para venir a la ciudad de los soñadores no fuese más que algo sin valor.
Desgraciadamente eso no era todo lo que había en mi cabeza en esos momentos… aún había otra cosa molestándome y mermando toda actitud entusiasta dentro y fuera de mi escasa vida profesional, ese toque novedoso, fresco y místico que lograba hacerme sentir nuevamente como cuando era alguien aclamado y querido por todos.
– Zack, estás retrasándote mucho… – Riñó el señor T, limpiándose el sudor con un pañuelo. – Otra vez… ¿Qué te pasa hoy?
¿Es posible depender de alguien que se conoce de tan poco y cuya presencia podría ser critica para aquello que atesoraba y amaba con todo mi corazón?
– Lo siento, señor T – Me disculpé. – empecemos de nuevo, le prometo que ahora lo haré bien.
Al llegar del trabajo ya estaba acostumbrado a estar solo una hora, esto debido a que Ellie trabajaba hasta más tarde, comencé a aprovechar esta hora a favor para utilizarla en beneficio a ella, después de todo, estando en Texas siempre fue ella quien cocinó para mí, llegué a la conclusión de que al estar nosotros en el siglo XXI era mi deber como hombre subir a nuestra familia al siguiente nivel, el nivel en el que el que llega primero a la casa cocina y quien llega al final será consentido, en un principio, Ellie se sintió avergonzada por ello, pero finalmente terminó asimilándolo (Aparentemente si es para cosas positivas la gente se acostumbra muy fácilmente).
Mientras cocinaba, ya fuese hirviendo verduras o esperando a que el horno se calentara, comenzó a hacerse una costumbre imperdible el sentarme sobre el borde del sillón que estaba frente a la única ventana dentro de la sala para mirar a través de la misma, ella era como un reloj.
A las 7:15 de la tarde, cuando el cielo ya estaba prácticamente totalmente oscuro, siempre, sin falta y sin excepción alguna, una chica pelirroja salía por la puerta principal del departamento y sin importarle quien estuviese alrededor, comenzaba a golpear con fuerza el techo de todos los automóviles estacionados en la acera, les golpeaba en total dos veces a cada uno, la ronda de golpes de ida y la de regreso, una vez hacía esto, volvía a entrar al edificio y se perdía bajo el toldo purpura que protegía la entrada.
– ¿Sí que eres como un reloj, eh? ¿Ruth?
Pasó poco más de un mes desde el casi incidente, durante ese tiempo no volví a juntarme con Ruth como lo hicimos durante mis primeros días en el piso, continuamente nos topábamos a la hora de salir o de llegar al edificio, en ese momento ambos agachábamos la mirada y nos decíamos un “Hey” para después continuar con nuestro paso, parecía ser lo más sano y lo más sensato.
Y sin embargo, ahí me tenían a diario, observando a través de la ventana, fascinado por tan extraña costumbre, me interesaba saber si era alguna clase de superstición hindú para ahuyentar a los accidentes de auto o una clase de protesta silenciosa en pro de un mundo sin contaminación, sospechaba que la respuesta de Ruth a la pregunta sería sensacional e inspiradora y que yo terminaría haciéndolo igual, por desgracia, eso ya no era posible… no podía correr el riesgo, no podía confiar en mi autocontrol.
Era el mismo pensamiento de todos los días, durante un total de 34 días me quedaba mirándola con fascinación hasta que terminaba su ardua labor de golpear techos de autos, cuando entraba al edificio pensaba “Voy a salir y le preguntaré porque lo hace” y un instante después me decía a mí mismo “No puedo hacerlo”, una rutina bastante rápida, repetitiva y circular si se me pregunta.
De hecho, ahora que lo pienso un poco mejor… era esa hora a solas que aprovechaba para cocinar y mirar por la ventana en la que me daba un respiro, en la que no forzaba a mi mente a creer que no extrañaba a Ruth en lo más mínimo, era entonces cuando pensaba cosas como “No importa si nos dejamos llevar… porque no volverá a pasar” y “Quiero bromear con ella como antes”.
Esa noche planeaba yo sorprender a Ellie con una pizza cacera, sería la primer pizza creada por mí, así que estaba muy emocionado por ver su rostro al probarla, me emocionaba, cual niño pequeño con su madre, la sola ilusión de ser elogiado con un “Delicioso”.
– ¡Ah… las 7:15! – Exclamé, antes de apagar el foco del horno para dejar a mi deliciosa creación con peperoni, jamón y champiñones hornearse en privacidad mientras yo estudiaba a la peculiar raza de las pelirrojas, cabe mencionar que en ese momento estaban pasando los padrinos mágicos en la televisión y que por alguna razón (A la que me gustaría llamar destino, pero no creo que el destino actúe en caricaturas de nickelodeon)  olvidé apagar el televisor.
Ruth apareció, como siempre, hizo su asunto y como una grandísima mafiosa entró con un rostro orgulloso al edificio, en mi pecho ardió la ya usual emoción de recuperar contacto con ella y fue inmediatamente apagada con la ya también usual cubeta de agua fría del miedo a la repetición, sin embargo, en ese momento, la televisión me dio la respuesta.
– ¡Deseo que todo vuelva a ser como antes! – Gritó Timmy.
– Demonios… – Murmuré. – Tienes razón, Timmy… yo también lo deseo…
Quizá no tenía un par de hadas madrinas que me concedieran dicho deseo, pero por otro lado, tampoco tenía a un mundo de superhéroes y villanos, es decir, todo era cuestión de proporciones, Ruth no era una persona fría, malvada o insensible… seguramente se sentía tan apenada, arrepentida y avergonzada como yo, y tal vez aún más; ¿No estaba siendo egoísta escondiéndome y pretendiendo que algo nunca pasó, enterrándolo en el olvido sin atacarlo como Dios manda?
– ¡Aún puedo hacer algo! – Exclamé. – ¡Gracias, Timmy, Cosmo y Wanda!
Abrí la puerta y corrí con emoción en línea recta, mi objetivo era tocar el timbre del departamento del fondo del corredor, iba a arreglar las cosas y juntos, como mejores amigos que éramos, íbamos a dejarlo atrás, era así de simple; ¿Cómo es que me había tardado en darme cuenta? A veces me sorprendía lo lento que era.
Por supuesto, hay cosas que uno nunca prevé en su camino, por ejemplo, ¿Les ha pasado que estando el semáforo en rojo en una avenida toman el carril extremo derecho con la intención de rebasar a todos para así llegar rápido a su destino y que en el justo momento en que el semáforo marca luz verde aparece algún idiota tratando de cruzar la calle que les obliga a frenar y provoca que todos los rebasen? Bueno, ahora imagínense que no alcanzan a frenar y arrollan a ese alguien, y por desgracia, ese alguien es a quien iban a visitar justamente…
Ruth perdió el equilibrio con tan tremendo choque y uno de sus pies, recién plantados en el suelo del piso, resbalaron a las escaleras, por suerte logré reaccionar y la detuve con todas mis fuerzas por la espalda antes de que cayera, sin embargo, terminó torciéndose un tobillo, por lo que empezó a gritar con desesperación.
 – ¡Mi pie! ¡Mi pie! ¡MI PIEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEE!
– ¡Ruth! ¡L… lo siento! ¡No te he visto y yo tenía prisa y…!
– ¡MI PIEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEE!
– ¡Lo siento, lo siento, lo siento!
– ¡SI LO SIENTES ENTONCES DEJA DE PRESIONARME TAN FUERTE Y DEJAME SENTARME QUE ME ESTÁS PRESIONANDO CONTRA EL SUELO!
– Ah, lo siento, lo siento…
Apoyándose en mis brazos, Ruth tomó asiento en el borde de las escaleras, al momento en que angustiosamente estiraba su pierna herida, sin decir nada me acerqué para revisarla.
Ruth estaba vestida con un short de mezclilla pálida, una playera de tirantes blanca y una chamarra ligera encima, estaba calzando unos zapatos con un tacón algo elevado, supuse que fueron esas las que causaron el accidente (Bueno, con alguien tenía que compartir culpa o me sentiría aún peor).
 – ¿Mal día para querer verte más alta, no? Nunca te había visto con tacones y precisamente el día en que te arrollo…
– Sí… supongo… – Murmuró, aún haciendo muecas dolorosas y sonidos de sufrimiento. – Bueno… ¿Por qué tenías tanta prisa? Casi me matas, ¿Sabes?
– Ruth… se está poniendo súper hinchado…
Era verdad, su tobillo comenzaba a aparentar estar embarazado, tras apenas un par de segundos empezaba a mostrarse seriamente afectado, con mucho cuidado le quité su zapato, aunque ella igual gimió de dolor.
– Lo siento, lo siento… en mi departamento tengo la pomada ultra especial de Junior, venga, aférrate a mi por el cuello.
– Eh, no te preocupes... – Repuso ella, desviando la mirada, justo como hacía en todas esas incomodas ocasiones en que nos habíamos topado al salir o al regresar. – Solo me levantaré y…
– No, lo siento señorita Johnson, pero ya que fui yo quien le averió su patrulla seré yo quien se la cure.
Sin esperar respuesta alguna pasé mi brazo izquierdo por debajo de sus rodillas y apoyé su espalda en mi brazo para después levantarme con ella en brazos, era increíblemente ligera, puedo jurar que si me pusiera a hacer pesas con ella no me cansaría en lo más mínimo.
– Vaya que eres ligera, ¿Cuánto pesas?
– No pienso entregar datos personales a mi agresor… – Bufó. – Además, ¿Qué es eso de la súper pomada de Junior?
– Es una larga historia… ya te la contaré después…
Con la prisa que tenía olvidé cerrar la puerta, así que entrar fue cosa simple, recosté a Ruth en el sillón de piel frente al televisor y le ordené que no se moviera o le iba a cortar la pierna, por puro habito cerré la puerta con llave y corrí al baño por el botiquín, tal como lo esperaba, aún había una botella gigantesca marcada con marcador como “La pomada ultra especial de Junior, no aplicar en dementores o centauros, en caso de reacción alérgica favor de llorar e implorar por una ambulancia”
– ¿Y… que has hecho? – Preguntó Ruth cuando volví a la sala, ella había posado sus pies sobre el respaldo para brazos y estaba usando sus manos como almohadillas, me miraba con nervios. – Tenemos mucho sin… hablar…
Ella se incorporó y con un ademan de manos me pidió que le entregara la pomada para ponérsela ella misma, me negué con un movimiento de cabeza y me senté sobre el suelo para después apoderarme de su herido y embarazado pie, sentí como se estremeció cuando lo posé sobre mi rodilla.
Sus pies eran más pequeños que los de Ellie, casi parecían los piececitos de una niña de secundaria, estaban tan bronceados como el resto de su piel, prueba total de que normalmente andaba por ahí en sandalias y llevaba cada uña cuidadosamente pintada con un simpático color rosado, unté un poco de pomada en ambas manos y con mucho cuidado empecé a masajear alrededor de la hinchazón, Ruth cerró los ojos y levantó el rostro, aparentemente cómoda.
– Sabes… Ruth… hace un rato, antes de arrollarte iba camino a tú casa…
– ¿Ah, sí? – Preguntó, abandonando su estado de confort y mirándome con curiosidad y notoria sorpresa.
– Quería arreglar todo contigo… sabes… quiero que todo vuelva a ser como antes de… eso…
– Ah… – Respondió, casi tan bajito que apenas la escuché.
Continué masajeando su pie, poco a poco fui adentrándome en la zona lastimada, Ruth no se movió ni un solo centímetro, pronto, tomé el valor para ver su rostro, miraba en dirección aleatoria, perdida.
– Perdóname… cometí un error – Insistí. – Pero no quiero que por esa equivocación se eche a perder esta amistad tan bonita que… siento que hemos creado tú y yo… a menos que tú no sientas eso…
– Fue mi culpa también… – Respondió, sin dejar de mirar al vacío. – Y no digas eso… la verdad es que yo también siento que hicimos una amistad muy bonita en un tiempo record… es solo que… recuerdo la escena y me da miedo que se repita… ¿Sabes? Nunca había sentido la sensación que ser un estorbo en algo tan sagrado como el matrimonio y ese día lo sentí por primera vez… lloré como loca por la culpa…
Guardé silencio, tal como lo había esperado, solo estaba pensando en mi culpabilidad y había dejado de lado los sentimientos de Ruth, ella, que no cargaba el anillo, también tenía una carga de culpa sobre sus hombros.
–… pero… al final no pasó nada… nos detuvimos… – Continuó. – por lo que pensé que si me distanciaba de ti todo volvería a la normalidad para ti… pues lo último que quiero es impedir tú felicidad o la de tú esposa… los dos son excelentes personas…
– Y eso hubiese estado bien… – Coincidí. – Pero no contabas con que esa amistad tan corta pero linda que hemos creado terminaría siendo suficiente para que nos extrañáramos, ¿Cierto? En otras palabras, tú deseas seguir pasando el rato conmigo.
– Y tú también quieres seguir pasándolo conmigo. – Defendió Ruth.
– Cierto… ¿Entonces?
– Entonces… no lo sé… Zack… ¿Qué quieres que diga?
– Propongo que hagamos como Timmy Turner… vamos a desear que todo sea como antes.
– No todo se puede borrar con la magia… ¿Sabes eso, no? Hay reglas…
– Bueno… no es como si hubiésemos cometido un acto imperdonable… simplemente fue un casi error que deseamos olvidar para seguir adelante… ¿Aceptas olvidar lo que pasó ese día, Ruth?
Ella dudó un segundo, ese segundo fue tan largo que desanimado bajé la mirada y me concentré en seguir masajeando su pie, pensando con angustia que era posible que nuestra amistad terminara mucho antes de llegar al mejor punto… no podía evitar pensar que de no ser por ese pequeño tropiezo pudimos haber llegado a ser los mejores amigos de todos los tiempos, pudimos llegar a ser como hermanos…
– ¿Qué es ese gesto tan negativo si aún no respondo? – Preguntó Ruth, acariciando mi cabello con picardía. – Todavía no he respondido…
– ¿Y cuál es tú respuesta? – Pregunté, alzando la mirada y observando sus brillantes ojos azules, que expresaban ese juvenil y descarado toque que la hacía una persona única en su clase, con solo ver ese brillo pude saber su respuesta antes de escucharla por sus labios.
– Bueeeenooo… podrás tener la barba más envejecedora de todo Texas pero supongo que eres un buen sujeto… ¡Considéralo borrado, mejor amigo Zack!
– ¡Y tú podrás tener los pies de una muñeca de porcelana china, pero supongo que ya hasta me caes bien, mejor amiga Ruth!
– Ya quisieras tú poseer tan finas piezas ortopédicas, celosito…
– ¡Y creo que te huelen! – Exclamé, acercando mi nariz a su pie y fingiendo que me retorcía del asco.
– ¡No seas mentiroso! – Exclamó, en tono reclamador. – Lo que apesta es esa pomada rara que me estás untando…
– ¡Para nada, tus pies huelen a queso quemado!
En ese momento la puerta se abrió de par en par, para darle la bienvenida a mi amada esposa, que cargaba con un montón de bolsas de cartón, puso las bolsas en la mesa y después se nos quedo viendo, como hipnotizada.
– ¡Ah, hola cielo! – Exclamé. – Quisiera ir a abrazarte pero ahora mismo estoy exorcizando la patrulla derecha de Ruth y no creo que sea una esencia con la que quieras cargar por el resto de tú vida…
– ¡No seas pasado, Zack, si sigues diciendo eso va a creer que enserio me huelen! – Riñó Ruth, dándome un zape. – ¡Hola, Ellie, cuánto tiempo!  ¿Cómo estás?
Ellie se quedó pasmada, mirándonos, fue una mirada bastante extraña… pensándolo bien… fue la primera vez que vi esa mirada en ella… y por desgracia, no fue la última.

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