Tristes crónicas de una puta enamorada

Los infortunios galopan en estampida hacia las masas, y a su paso, se llevan a todos los malaventurados que simplemente transitan en el andar de sus ordinarias vidas. Nada puedes hacer una vez eres atrapado por el andar de las desgracias, lo mejor que puedes esperar es ponerte de pie cuando todo pase… y lo peor, claro está, es no levantarte más nunca.
No sabría decir si es por bendición o por maldición, pero los infortunios, también son de los pocos sucesos que hacen fechorías sin mirar a quien. A todos nos han tocado, y a todos nos tocará; independientemente de ser pobres, ricos, guapos, feos, homosexuales, heterosexuales, y a veces, hasta a las putas les corresponde una rebanada del pastel.
La puta de las que le voy a hablar, es una puta cualquiera (no es redundancia, aunque lo parezca); no tiene nada fuera de lo común, ni rasgos que la hagan especial o querible, ni razones específicas para ser una puta. Tan común es, que no hace falta darle nombre. De hecho, piensen en ella, como cualquier puta en sus vidas que se les venga a la mente. Nuevamente, no sé si por fortuna o por desgracia, pero putas en la vida jamás nos van a faltar, sin importar la hora del día, la semana, el mes, o el continente en que nos encontremos.
Esta puta, a la que ustedes seguro ya le dieron nombre, se encontraba en sus andares diarios. Ya saben, las cosas que hacen las putas: Ser puta, ser considerada puta, ser llamada puta, y por último pero no menos importante: hacer oídos sordos, y piernas flojas. ¿Quién iba a predecir que en medio de sus puterías, caería la estampida de infortunios a arrasar con todo a su paso?
La pobre y triste puta, se enamoró. Y no de cualquiera, sino del típico digno que la rechaza y pasa de ella por razones obvias (vamos, por puta) y que si de ella se trata, no hace otra cosa que menospreciar sus andares, modos, y generalidades.
No puedo pensar en mayor desgracia para una puta que caer enamorada. Muchos representan el amor como el corazón comercial que vemos en osos de peluche y chocolates todo el tiempo, más a mí me gusta verlo como un par de pesadas cadenas que te ligan incondicionalmente a tu otra mitad. Así es, el amor, quieran admitirlo o no, es esclavismo; y el esclavismo para una puta, alma libre por naturaleza que va de pradera en pradera buscando a cualquiera que se le ponga en frente, es una contradicción directa a su naturaleza.
El estar enamorado te impide pensar en nadie más que aquel de quien te has ligado. Sin excepción. Te prohíbe ir más allá de las cadenas de tu amado, pues ya el resto pasa a saberte a cenizas… ¿qué debe hacer una, cuando toda su vida ha girado en entregar más las nalgas que el corazón? Al ponerme en los zapatos de la puta, me duele un poco el alma… debe ser difícil vivir todo el tiempo a expensas del libertinaje, para de pronto, ser incapaz de ser lo que eres por culpa de un sentimiento instalado por defecto (y lo digo con todo el concepto de la palabra) en nuestras mentes.
La puta estaba más que confundida. Una batalla interna en su mente cobraba lugar con sanguinarios resultados: su putería contra sus sentimientos. Por un lado, estaban sus deseos de entregarse en alma y vida a aquel que tantas veces la observó despectivo, y por el otro, estaban todas las demás putadas. ¿Por qué tenía que ser tan difícil? ¿Por qué no podía simplemente amar y a la vez ser puta? ¿Quién fue el imbécil que inventó aquello de la monogamia? ¿Por qué lo carnal era empaquetado siempre con lo sentimental? ¿Por qué la carne resultaba barata en comparación a lo que no se podía expresar a través de la misma? Estas, y muchas preguntas más, saltaban con frecuencia desde lo más superficial de su mente, con merecidísimo sentido, si me lo preguntan.
Al final, una puta es una puta, pero incluso siendo tan puta, el amor era capaz de doblegarla y ponerla dubitativa en cuestión de segundos. Tan así, que se prometió a si misma dejar de ser tan puta. Se apartó de los hombres que tantos buenos ratos le hicieron pasar, cambió su forma de vestir y de expresarse, se concentró en otras cosas más allá de las puterías, y buscó así ganarse el amor de aquel que le robó el corazón. Día a día, evolucionaba. Esos deseos de irse por ahí a emborracharse con sus amigas para después regresar a casa con algún desconocido desaparecían lentamente, y en su mente se sustituían por la fantasía de quedarse en casa con él, bebiendo vino al pie de la chimenea. Traicionando todos sus principios, instintos y naturaleza, y contra todo pronóstico: se le quitó lo puta.
Los infortunios son estampidas que arrasan sin mirar a quien. Y para nuestra querida puta (ya no tan puta), el infortunio no fue haberse enamorado, tampoco lo fue haber cambiado por culpa del maldito amor… su infortunio, consistió en observar como su gran amor, aquel que le enseñó la valiosa lección de que el trabajo duro conlleva a mejorarnos como seres humanos, se iba con una puta.
Puta madre.


Fin.

PD: Si eres una puta y estás leyendo esto: sonríe. Eres hermosa tal como eres.

¿Zack Mosh ha muerto?

¿Zack Mosh ha muerto?



Mucho he pensado de mis ayeres. Poco he hecho para traerlos de vuelta al ahora y llevarlos conmigo al mañana.

Mi vida se divide en el antes y el después de tomar la decisión más complicada de todas las que he tenido: vivir, o escribir.

En cierto punto, se volvió imposible para mí sobrellevar ambas… desconozco si por debilidad, o exceso de dedicación para un polo en relación al otro; el asunto es que no pude llevarlas ambas a buen puerto, y tenía que elegir… elegí, claro está, escribir.

No pongo en duda mi elección. Me queda claro que fue la opción correcta desde el punto en que sabía que para mí en la vida poca o nula felicidad me esperaba si no gozaba de mi mayor pasión: trasnochar escribiendo hasta el borde del desmayo. No conozco mayor placer que el de escribir un punto final cuando el sol ya ha salido y el temblor de mis manos es únicamente superado por el peso de mis parpados.

Así bien, dejé todo de lado, y permití que mis letras guiaran mis andares desde ese momento. Fui llevado a lugares que nunca antes hubiera imaginado; descubrí dentro mío, una auténtica amargura solitaria en estado puro, que era capaz de inmortalizar la tristeza en tantas facetas, que incluso comencé a considerarme a mí mismo un pesimista recalcitrante; tal vez incluso, un mártir.

Supe entonces, que Junior era apenas la punta del iceberg.

Dejé la comedia, me olvidé de mis historias… todo lo que escribí, fueron cuentos y relatos de todos los tamaños y colores, que dieron vida a mundos azules, oscuros y depresivos que venían desde lo más recóndito de mi alma.

Cambié a Mike Matthews por la chica del caminar inexistente, me olvidé de la encantadora Alice y sus deseos de convertirse en la más grande escritora de la ALE y me concentré en el desconsolado fantasma de la última y triste canción de amor… dejé atrás al gran Zack Mosh y a su enorme historia de amor en dos tiempos, y seguí delante de la mano de los habitantes del bar de los perdidos, y sus respectivas historias de tragedias y fracasos.

Entonces, ¿Zack Mosh ha muerto? ¿Significa el que haya avanzado sin mis historias máter que me he olvidado de mis comienzos y que debo dejarlos morir en mis recuerdos para seguir desarrollándome como escritor en mi nuevo y muy propio estilo?

He evolucionado, no me queda duda. No soy el mismo escritor que comenzó con “dos mundos, un sentimiento” hace ya 3 años. Estoy convencido de que escribo, como mínimo, 99% distinto ahora en comparación a como solía escribir en ese entonces. Y es que, no solo mis letras han cambiado, también lo han hecho mis motivaciones; en el ayer, escribía queriendo describir con palabras perfectas el romance más maravilloso que haya existido… era un amante del amor, anhelaba poder escribir algo tan bello que inmortalizara en los pechos de mis lectores un calor satisfactorio cuando al final, observaran que los protagonistas finalmente estaban juntos y felices. Hoy en día, mi motivación ya no es la de provocar felicidad en mis lectores, ni complacer mis fantasías románticas haciendo que mis personajes vivan mil maravillas fortalecedoras para llegar a un final ideal, no… hoy, mi motivación no es otra que la de escribir lo que siento, transcribir directamente de mi pecho lo que se cruza por mi mente; sin maquillaje, sin apariencias fantasiosas ni amores perfectamente destinados… simplemente, sentimientos.

Esta información, no obstante, no responde mi pregunta… ¿Está Zack Mosh muerto? Y con él, ¿Mueren también Mike, Mónica, Nahomi, Jason, Ellie, Ruth, Junior, Rocko, Karla, Alice, Marco, Klaudya, Anthony, Kevin, Chelsea, Sharon y muchos más personajes que antes tantas alegrías me dieron? Me transformé como escritor, ¿y qué? Esto no significa para una historia un final. ¿no es viable la posibilidad de que mis personajes, mis historias, evolucionen conmigo?


Esa es una pregunta aún mejor que la inicial, y créanme, que estoy tan ansioso como ustedes por conocer la respuesta.

Princesa Prisma



Más allá de la superficie magistral de tu soberbia personalidad, más allá de tu liberal vocabulario, tu frescura, y tu personalidad abierta (aún con la máscara que usas ante los que no son dignos de tu rostro), me interesaron tus palabras.

Cual efecto prisma entró la luz azul de tu mente a mi alma.

Egocéntrica, inteligente, misteriosa, divertida, y más dura de roer que la madera victoriana, princesa Prisma, me hiciste notar algo que nunca antes noté en nadie más, incluso con altas experiencias y vivencias a mis espaldas: éramos iguales. Aún lo somos.

Ambos conocíamos el arte de decir lo que las personas deseaban escuchar, los dos podíamos hipnotizar con nuestra labia y personalidad a la más compleja de nuestras presas, los dos jugábamos a dominar nuestros respectivos mundos, y gozábamos de los frutos que nuestros hacían caer a nuestros pies.

Princesa Prisma, sin enterarme, quedé ligado de nuestras similitudes, y me fui interesando de ti.
Veo en ti lo que el resto puede ver, con más claridad de la que ellos pueden aspirar a poseer.
Entiendo por qué tus súbditos besan el suelo donde pisas, es que son tan bellos tus andares, y tan libres tus pensamientos, que cualquier hombre se derretiría al sostenerte la mirada mientras dedicas con tus labios dulces palabras de seducción.

Moría de ganas, al igual que el resto, de correr alrededor tuyo cual admirador enamorado, me hubiese encantado unirme al resto, alabando tu nombre, y mendigando porque sostengas mi mano apreciando mi interés antes de rechazarme sutilmente como haces con ellos… me encantaría simplemente mantenerte en un pedestal, y resignarme a que eres un ídolo al que no se toca, y que permanece distante en las alturas, forjando con tus dedos una señal a las estrellas inalcanzables.
Pero no pude hacer eso.

No soy así, me fue imposible aceptar que alguien tan igual a mí, me fuese inalcanzable.
Princesa Prisma, yo no pude convertirme en uno del resto, va en contra de mi naturaleza, y tú, sabrás comprenderlo mejor que nadie… ¿qué tiene de encantador formar parte de un grupo de ovejas en donde no resaltas? Sí fuese esa tu posición, estoy seguro de tu descontento.

Es un desperdicio, si con mis palabras, puedo endulzar tu oído y transportarte a un lugar donde nadie más te ha llevado. Con mis letras, puedo hacerte sentir en el pecho el cálido andar de la música clásica, y revolotear tus sentidos cual si fueras una adorable quinceañera que busca a su chambelán. Con mi pasión, puedo hacer todas tus fantasías, una a una, realidad.

Placer carnal, fuego brutal por la fricción intensa que dos cuerpos generan, mientras se encuentran trenzados en un beso pasional que llega hasta las entrañas, y se resguarda en las memorias de los amantes una noche fría que no se siente ni en los dedos de los pies. Eso y más, pienso y siento, de vez en vez, con solo oírte decir mi nombre.

Dulce princesa Prisma, este día del amor te recuerdo que únicamente yo, puedo descifrar aquellos misterios que escondes en tus labios, y  que mi lengua, anhela por leer en el braille de tus carnosas comisuras todas las aventuras restantes que nos quedan juntos, como iguales, como amantes.
Que tengas lindo día, Princesa.


Un rebelde, que te ha robado algo más que el corazón.

La búsqueda del bar de los perdidos

Por las noches donde las niñas se convierten en mujeres, los hombres se transforman en lobos, y los artistas se inmortalizan como leyendas, se susurran en las calles de la alameda de la perdición, los rumores de un lugar más allá de lo perdido, y más cercano a lo divino.

Se dice del lugar, que es distinto a lo que cualquier ojo pudo ver en plenitud de facultades, que solo aquel que haya dejado atrás su humanidad, y cual vencido orgulloso, se abrace a sus fantasmas con la mirada en alto, podrá ver en realidad el oasis que se encuentra ante sus ojos.

De fachada oscura, paredes lúgubres y un velo nocturno arropando siempre el interior de su estructura, el bar de los perdidos, recibe desde que empieza la noche, hasta que la luna se escapa con las estrellas para dar paso al aventurado amanecer, a las almas que busquen con alcohol y blues explayar sus penurias.

Cuentan, según  las malas lenguas, que al cerrar los ojos, y prestar cuidadosa atención al triste ritmo de la banda que nunca deja de tocar, se puede apreciar la danza al compás de los miles de llantos pendientes que los presentes cargan consigo, los tuyos propios incluidos.

Un lugar fantástico, maravilloso, más allá de la imaginación de los monótonos. Supera a cualquier cuento de hadas sobre arcoíris, unicornios, magia blanca y negra que se haya escuchado jamás… hablo de una utopía, donde todos los cansados de la vida, todos los vencidos, todos los derrotados, todos los errantes, todos los muertos en vida, todos los vivos en muerte, todos los locos declarados, todos los excedidos de cordura, todos los esclavos del pasado, todos los perdidos del mañana, TODOS, TODOS los que tienen algo por lo que burlarse de su propia vida y dispensar de la misma de ser necesario, se reúnen bajo el mismo techo: en un viejo local con luces bajas, humedad excesiva, música triste, y alcohol.

He escuchado los rumores, se habla de el bar de los perdidos en donde el más chico pelea a muerte con el más grande por una moneda, donde una prostituta regatea precios al saberse ya muy mayor para seguir en el negocio, donde un ladrón asaltaría a su madre incapaz de reconocerla a causa de las drogas… y cierto estoy, que para un perdido en vida como lo soy yo - por motivos que no revelaré - encontrar ese lugar, sería lo más parecido a tener esperanza que he tenido en años.

Hoy he hecho mi maleta, ya tengo un nuevo lugar a donde ir.

Dejé sobre la mesa el dinero de la renta, y guardé bajo llave en un lugar que jamás encontrarán los retratos de mis ayeres sonrientes por un mundo ahora inexistente. Ellos se movieron, y yo haré lo mismo.
Señor casero… hoy inicia mi búsqueda del bar de los perdidos.



Atentamente: un solitario más de este mundo desolado.


Sin vida, él podría estar mucho mejor

Él.
El calor ardiente de su piel se templó tras envainarse hacia él el acero helado, acompañado a sus costados por los siempre seductores brazos de la muerte.

Dulce fue el progreso del deceso, según esbozaba tras su cuerpo quedar inmóvil sobre el suelo; pero amargos sus últimos instantes se tornaron, cuando especiaron su despedida aquellos labios, mismísimos autores de su último capítulo.

Reacio fue el beso a sus sentidos, como si hubiese probado de un mal vino; y es que, hacía meses que esos labios provocaban aquella sensación errónea: siendo sencillo y honesto, ya no le amaba. De hecho, le detestaba; y así se lo hizo saber, minutos antes de encontrarse con el infortunio de una muerte adelantada en reprimenda a un cambio de sentimientos hacia un amor mortífero.

Con sus últimos vestigios, reprobó la acción de su asesina. Con sus ojos, encontró sus ojos, y permitió que el odio en su estado más puro se transmitiera a través de su mirada. No hacían falta palabras, no hacían falta aspavientos… él sabía, que con esa sola mirada, dejaba bien en claro a su atacante, que incluso dando final a su vida, infructuoso sería todo intento de cambiar el hecho de que su amor por ella estaba extinto… tan muerto, como él lo estaba ahora.

Ella.
Dejó caer el cuchillo sobre la gruesa alfombra apenas pudo sacárselo del pecho haciendo uso de todas sus fuerzas, y este rebotó dos veces en el suelo antes de quedarse estoico ya sobre la base de parquet. La sangre de su amado salpicó su tobillo desnudo, y la plataforma de sus tacones altos.

Con la respiración agitada, más por adrenalina y tensión que por el esfuerzo que invirtió en acabar con la vida de su hombre, cayó sobre sus rodillas, mientras nerviosa, saboreaba el mar de sentimientos que ahora entraban por entre sus labios rojos, tatuados para siempre de sus miedos y rencores.

Esa mirada…

Era como si él no lo entendiera… ¿Por qué le miró de esa forma? ¿No comprendía que él fue quien le obligó a hacerlo diciéndole que ya no quería volver a verla? ¿Qué otra opción tenía? No podía dejarlo ir, ¡ESO NUNCA! ¡Él le pertenecía a ella! ¡Él debía quedarse a su lado por siempre aún si eso significaba mantenerlo consigo por la fuerza!

Esa mirada…

Sabía de sobra que su amado le odiaba antes de morir. Pudo verlo en sus ojos antes de que se esfumara de ellos el brillo característico de la vida, e incluso a su cadáver, quedó impreso ese gesto rencoroso que amenazaba con atormentar para siempre el bello pasado que solían compartir, que ella construyó para ambos con todo su esfuerzo… ¿significaría esto un final triste para una bella historia de amor después de todo?

No...

No podía ser…

Rechazó tras pensarlo apenas unos segundos aquella amarga despedida que su adoración le regaló. ¿Por qué tenía que ser un adiós, incluso si ahora la vida se había esfumado de su cuerpo?... tal vez, y solo tal vez, la vida era apenas una mísera parte de las muchas cosas que se necesitan para amar y ser amado… tal vez, incluso… sin vida, él podría estar mucho mejor…

Dejó que desde el retorcido lienzo de su puchero amargo, se dibujara lenta y suavemente, una sonrisa radiante de emoción y nuevas posibilidades… tal vez, podía funcionar… tal vez… este fuera el inicio de la mejor etapa de su relación... una etapa donde él no iría a ningún lado… y siempre estaría a su lado.

Rió bajo, para sus adentros, más la emoción y el goce inundaron su ser, y terminó carcajeándose y pataleando de la excitación: finalmente estarían juntos de la forma en que ella siempre quiso que estuvieran.

Se dio la vuelta, y gateó hasta llegar al lado de su amante. Con la rodilla, en su andar, rozó su mano firme, y notó que aún estaba tibio. Cruzó su pierna al otro extremo de su cuerpo, para colocarse así encima de él. Era una sensación distinta, más rígida y fría, pero no le importaba en lo absoluto… sabía que era solo algo mínimo a lo que se acostumbraría con el paso de las noches.

 Con su palma, cuidadosamente cerró sus ojos,  y acarició luego su mejilla bien afeitada. Estaba tan apuesto como siempre, ¿se había arreglado así solo para verle? Eso era encantador, y galante… pero él siempre era así, encantador y galante… por eso le había elegido para compartir una eternidad a su lado.

Con su mano izquierda a palma extendida, acarició su abdomen firme, lasciva. Luego guió la punta de su dedo índice a esa herida en el pecho que le hizo desangrarse hasta la muerte. Bordeó con la suavidad de su dedo la profundidad de su tajo, era para ella una sensación nueva y excitante, le parecía ahora una maravilla que le mantendría por siempre a su lado.


Al terminar su exploración, atrapó su dedo con sus labios, y lamió con su lengua la sangre de su amado para limpiarse; se mordió el labio inferior con fuerza, excitada, e incapaz de aguantar un segundo más, se recostó sobre él para darle el primer beso de los muchos que le daría en esa nueva y perfecta etapa de su relación.

Un vaivén de sentimientos en Do mayor

Un vaivén de sentimientos en Do mayor


Bienaventurados los que no sufren por carecer del control de sus vidas. Malparidos quienes se atrevan a jactarse rostro a rostro de su dominancia. Perdidos quienes como yo, buscamos el control… y no lo encontramos al tenerlo una sonrisa bajo sus ropas.
Enérgica y envolvente, me invitas, cruel sonrisa a bailar un minueto contigo. Cada noche al cruzarse tu mirada celeste con la mía petiza, la música envuelve mis sentidos y el calor se apodera de mi pecho. Arde, quema, cancina  mis sentidos, mis orgullos, y con ellos… todas mis posibilidades de obtener lo que tanto quiero de ti.
Tus pasos, traviesos, juguetones e insinuantes, arrastran mis pies al centro del salón apenas comenzada la pieza. Sea un novedoso variado en Re o un siempre perfecto Do mayor, eres tú quien guía y dirige la danza; das los giros, me guías por donde apetecen tus pies cruzar, y al agotarte de mí, me llevas a sentar para continuar por cuenta propia, como si mis pies fuesen de tu estorbo, y requirieran tus blancas piernas el espacio de andar libres al final de la noche.
Cuando te alejas de mi lado, suelo bajar la mirada, y para mis adentros susurrar:
“Lo intentaré la próxima noche”
Lo digo aún cuando sé ya de sobra que son nulos mis intentos de ser yo quien guía, quien controla tus pasos, quien dirige nuestra melodía, quien da los giros, y quien radiante, al final de la pieza, no suelta tu cintura delgada, y te hace mantenerte a su lado por la próxima pieza. Y por las que siguen después.
Temo que tu presencia cambió para siempre mis polaridades. Con un húmedo beso provocaste en mí el mal del descuido, y mientras la calidez arropante de tu lengua envolvía mis adentros, te hiciste con toda mi vida. Así fue… pillaje en mi alma, y tan en mis narices, que me siento cómplice muy a mi pesar.
Definen tu nombre latín como el de alguien majestuosa. No satisfecha con eso, también resultas ser descrita como independiente, curiosa, y apasionada en todo lo que haces. No podría estar más de acuerdo. Eso, me frustra mucho.
Es como si el mundo reconociera tus dotes, y yo no quiero eso. No debería ser así, no se supone que sea así… aquí es donde extraño nuevamente mi capacidad de controlar lo que ocurre a mi alrededor; y es que, de todo lo incontrolable, tú eres lo más deseable.
Me intriga tu silueta. Esbelta, de aspecto frágil, pero con una pinta de caminante incansable pese a tu espalda pequeña, misma que deseo recorrer con mis dedos largos una y otra vez hasta fusionarse tu piel con la mía. Perderme delineando cada marca de tu piel desnuda por donde empiezan tus hombros, hasta prenderme de tu cintura hundiendo mis dedos con imponencia, contando tus lunares, y finalmente besando desde tu nuca hasta donde la espalda pierde su nombre y empieza la atracción sexual que siento por ti.
Podría pasar horas describiendo lo mucho que deseo apoderarme de tu cuerpo. No hay suficientes desvelos en el mundo para describirte siquiera como mis dedos se moldearían alrededor de tus nalgas para levantarte en mis brazos, y una vida entera me llevaría explicártelo todo con la práctica. Noche a noche, mañana a mañana… tendría que hacerte el amor cada instante de nuestras vidas para hacértelo entender… y aunque me encuentro dispuesto a brindarte el bien del conocimiento, se obstaculizan mis deseos con tus continuos escapes de mis brazos.
Para poder hacerte mía cada noche, primero tengo que hacerte mía una noche.
Comprenderás, citando todo lo anterior, que te odie. Comprenderás que te odie por hacerme cada día sentir la mayor de las impotencias al no saber cómo mantenerte a mi lado, al no saber cómo controlarte.
Entenderás, estoy seguro, que te deteste con lo más profundo de mi ser cada mañana cuando no despiertas a mi lado.
Sabrás vivir, sabiendo que cada instante sin ti, es para mí andar incompleto, con un inmenso vacío en el pecho, sintiéndome impotente al saber que en ti está lo faltante, y que no puedo retenerte por siempre bajo mis brazos.
Te odio. Te detesto. Maldigo el día que te conocí. No puedo creer que solo con tus ojos, hayas sido capaz de hacerme ver todo lo que me faltaba; estoy atónito de solo recordar las falencias que me hiciste descubrir solo con tu presencia a mi lado…
Te amo. Te adoro. Bendigo el momento en que me enamoré de alguien como tú. Sé que todo el mal que me has traído, es solo un fragmento al bien que siento cuando puedo bailar contigo… durante el minueto, siento que estoy completo; y así la pieza dure solo 5 minutos, o menos, me bastará y sobrará para esperanzarme a bailar contigo de nuevo, al día siguiente.

Emociones encontradas hacia la sonrisa que cada noche alumbra mi sonrisa. Deseos retenidos hacia los ojos en que cada noche se pierden mis ojos. Un minueto con mi compañera de baile, un vaivén de sentimientos en Do mayor.

Amo a mi esposa! (Creo) "Sheepheads" (2/2)



(2006, Texas)
“Hogar de retiro de St. Mary”

― ¿UN ASILO DE ANCIANOS? ― Gritaron todos al unísono (a excepción de Anna) mirándose los unos a los otros con desencanto. El descontento podía sentirse en el aire ni bien el autobús se detuvo delante del viejo edificio rodeado por una cerca metálica bien encadenada; los aires del lugar eran tan grises, tan tristes, que incluso las nubes oscurecían al acercarse y las flores se negaban a abrirse… bueno, no sé si llegase a esos extremos, pero según el relato de Zack, así era.
― No es cualquier asilo de ancianos ― repuso la directora Rita, con una sonrisa de oreja a oreja. ― Es un hogar de ancianos de caridad que nuestro colegio mantiene en funcionamiento en base a donaciones y servicios de caridad de nuestros estudiantes por créditos extras y como materia obligatoria. Tenemos un bajo personal, y es por eso que los estudiantes son una ayuda inmensa… y ustedes, durante una semana entera, vendrán a dar servicio social junto con nuestros estudiantes por 5 horas diarias. Bienvenidos sean entonces a St. Mary. ― Al decir esto último, la directora sacó del asiento frontal del autobús una bolsa blanca de plástico con los uniformes escolares de su colegio dentro.
― Oh… por favor, no haga esto señora Rita ― Imploró Zack. ― ¿No es suficiente con hacer servicio social para ustedes, sino que también quiere vestirnos con sus… ropas de monjas y sacerdotes?
Una mirada severa bastó por parte de la profesora para hacer que Junior, Mike, Rocko y Zack se vistieran con los pantalones negros de vestir, la camisa polo blanca y la corbata roja a rayas doradas, y Anna se echara encima la camisa blanca, el jumper negro, las calcetas oscuras, encima un suéter sin mangas azul marino con el sello de la escuela, y una boina como uno de los muchos accesorios que la escuela tenía permisibles dentro de su vestuario para chicas.
― ¡Ha! ― Exclamó Anna, con una sonrisa en su rostro mientras se veía a sí misma moviéndose de un lado a otro. ― Esto no está tan mal… no está nada mal…
Los chicos asintieron.
― No está tan mal quitarse las pulgas de vez en cuando ― Admitió Junior, que ahora incluso llevaba su cabello relamido hacia atrás y una flor colgando de su pecho (nadie supo de dónde la sacó, y cuando se le preguntó al respecto, su respuesta fue “dele calmado chavo”)
― Bueno, si uno está guapo, se ve bien en todo ― Dijo Rocko, apretando sus brazos para ver como se mostraban sus músculos en la elegante camisa apretada. ― Podría usar esto por una semana, sí.
Zack suspiró.
― Bueno, profesora Rita, estamos listos… ¿vamos? ― Miró de reojo a sus amigos, y asintió. ― Bien, ovejas… vamos a terminar con esto rápido para volver a la vida que en verdad es divertida. 5 horas se pasan pronto. De ser posible, no se separen, en compañía todo pasará más rápido… otra cosa, no dejen que se les pegue el olor a viejo.
 De todos, Zack era el único que no se encontraba ni remotamente emocionado con la idea de pasar un tiempo haciendo obras caritativas con los ancianos; por parte de Rocko y de Junior, la idea de pasar un poco de tiempo con alguien mayor les remontaba a los tiempos en que solían vivir con sus respectivos abuelos, del lado de Anna y de Mike, la idea de ayudar, era motivadora por sí sola. Y si se le sumaba el hecho de que ayudaban a personas cuyas vidas bien podrían encontrarse sumidas en la tristeza, y que además ya iban viviendo sus últimos años de vida (o menos), era un incentivo tentador para ayudar. Al final, ninguna oveja dijo nada a Zack sobre lo incorrecta de su actitud, pero intercambiaron miradas que probaban que ellos iban en un plan completamente distinto al de su líder.
Entraron al asilo en grupo, pero les fue imposible durar mucho tiempo de esta forma; pronto la profesora Rita explicó a las trabajadoras del lugar que los 5 debían de cumplir una condena de 35 horas, y que por ser jóvenes y fuertes, podían cargarse en ellos para las tareas más difíciles. Pronto, las ovejas fueron dispersadas: Zack a las bodegas, Rocko al jardín trasero, Anna a limpiar las habitaciones del ala sur, Junior a la sala de estar, y Mike… bueno---



-Mike, Terry y Lady Agatha-
 Mike iba a limpiar baños con la empleada más grande e intimidante de todas, y que peor humor parecía tener cuando…
― ¡Señorita Flor Hermosa, espere!
La mujer se dio la vuelta con violencia y pesadez, ¿Cómo la interrumpían cuando iba a deleitarse limpiando sanitarios por horas acompañada únicamente por un pelirrojo que temblaba de miedo?  
Mike hizo lo mismo que la mujer, se dio la vuelta, y quien estaba ahí le sorprendió muchísimo: Terry, la chica que había escapado con ellos aquella fatídica tarde en que finalmente serían atrapados con las manos en la masa. Dedicó a Mike una sonrisa y un guiño jovial antes de dirigirse a la horrenda mujer.
― Me urge un ayudante alto que pueda quitar las telarañas en el ala norte, ¿le molesta si me llevo a este chico conmigo? ― Sonrió y ladeo un poco la cabeza con ternura. ― A cambio, le prometo que mi padre será muy generoso con los bonos este mes entrante… ¿sí?
A la gran mujer se le iluminó el rostro. No se dijo más, simplemente empujó a Mike hacia la chica, y se dio la vuelta dando saltos de felicidad.
― Vaya mujer tan horripilante, ¿no lo crees? ― Rió Terry, abrazándose a Mike con apego por su brazo derecho. ― ¡ho-la guapo! ¿Me extrañaste? Ni siquiera tuvimos la oportunidad de intercambiar números por lo rápido que llegó la directora a su escuela… ¡debiste ver la regañada que me puso en el camino de regreso a St. Mary!
 Mike no pudo contestar nada, porque como recordarán en el capítulo anterior, Zack le prohibió hablar. Pero no se preocupen, tengo un plan para sacar adelante la historia: supongamos que Mike se movió y se retorció tratando de expresar algo. Y supongamos que luego la chica dijo:
― Ah, claro… eres mudo y no puedes decir nada ― Dijo la chica decepcionada, con el rostro notoriamente triste, pero inmediatamente cambiándolo de un momento para otro. ― ¡Ya sé!
Ahora, imaginemos que la chica llevaba en su bolso un cuaderno y una pluma, y que se las entregó a Mike. De esta forma, él podrá expresarse, y contar la historia será posible sin remover el castigo que Zack le dio.
Mike escribió rápidamente en el cuadernito, con los ojos llorosos.
“No me valoran suficiente en esta historia, ¡qué bueno que yo en unos meses empiezo con dos mundos!”
― ¿2 mundos? ― Preguntó Terry y soltó una risilla. ― ¿Pero qué cosas dices, Mike? Mejor ven, vamos a pasear, te mostraré el lugar.
“Está bien, pero, ¿es necesario que te me agarres así? ¿No te avergüenza que algún compañero de tu escuela te vea conmigo, o peor aún, algún profesor?”
 ― Para nada ― Sonrió la chica, coqueta y juvenil, y luego agregó, no sin antes instalarse un gesto de penuria tierna en el rostro. ― ¿A ti sí te molesta?... ¿no será que tienes… una novia por ahí, o sí?
“Eh… ¿novia? Bueno… no… no tengo novia…”
― Entonces está bien, ¿no? ― Guiñó un ojo. ― Te gusto, ¿cierto? Lo sé, puedo notarlo por cómo se tensa tu cuerpo cuando te abrazo así… y por cómo me miras.
“u////u no tienes nada de vergüenza tú, ¿eh? Déjame en paz ¬-¬ no es que no me parezcas atractiva ni nada por el estilo, ¡eres muy linda! Pero a mí ya me gusta alguien que es especial para mí… lo siento”
― Te has puesto rojito, y no solo en lo escrito, sino en tu cara también ― Se burló Terry. ― Pues tú a mí… ― Dejó de hablar, se quedó mirando en una dirección y pasados unos segundos se echó a correr, separándose de Mike. ― Oye, acompáñame al ala norte, creo que Lady Agatha intenta hacerlo de nuevo…
“¿Lady Agatha?”
“Maldición, no puedes responder si no lees lo que escribo u.u”
Mike fue tras ella, recorrieron el pasillo lateral derecho del patio interno que era el centro de todo el edificio, y luego subieron unas escaleras esquivando a trabajadoras, estudiantes y uno que otro viejito. Pasados un par de minutos, Terry se detuvo delante de una de las habitaciones, en el tercer piso del complejo.
Ahí estaba aquella mujer. Cabellos rubios, cubiertos de canas pero casi imperceptibles gracias al aún algo viviente brillo en su bien formada melena  peinada en forma de hongo, vestía con un vestido de noche largo color ciruela, con guantes del mismo color y tacones negros. Llevaba en una de sus manos un cigarrillo conectado a una pipilla larga. Su rostro arrogante, estaba clavado a la ventana a un costado de la puerta cerrada.
― Nos volvemos a encontrar, Lady Agatha. ― Saludó Terry, llevando sus manos a su cintura, y levantando la mirada con gesto desafiante. ― Veo que no se rinde fácilmente.
La mujer esbozó una sonrisa retorcida.
― Es de grandes perseverar, chiquilla. ― Se perfiló hacia ellos. ― Veo que esta vez trajiste un perro parado para ayudarte. Aún así seré yo la victoriosa.
Mike casi cae al suelo de lo doloroso del insulto de la mujer. ¡¿Perro parado?!
― Mientras haya gente honorable, dispuesta a evitar las fechorías de crueles millonarias como usted que buscan apoderarse de este hogar de reposo con su fortuna, el mal jamás triunfará.
― Esta vez no puedes hacer nada ― Aseguró la mujer. ― Ya he llegado a un acuerdo con los propietarios del asilo… voy a comprar este lugar, lo derribaré y construiré un bello hotel vacacional.
Terry frunció el ceño, y apretó los puños, notoriamente alterada.
― E-eso no es posible ― Gruñó. ― la fundación de St. Mary jamás cedería ante su sucio dinero… debe haber algún truco.
― En eso tienes razón ― Bufó la mujer, entrelazando sus dedos con malicia. ― Ellos piensan que me he vuelto accionista de su firma y que impulsaré este sitio con obras caritativas y actividades de bienestar para hacer sentir útiles a los ancianos… ¡pero en realidad voy a destruirlo!
Mike se sobresaltó; ¿en verdad estaba presenciando los que podían ser los últimos momentos del asilo? ¿Tan corta sería su carrera como colaborador de la caridad? ¿O es que Terry podría hacer algo para evitarlo? Según él notaba, al menos así lo aparentaba el gesto confiado que mantenía la muchacha mientras Lady Agatha hablaba.
La mujer empezó a reír como una completa súper villana, al menos así lo hizo hasta que se ahogó y no pudo continuar, luego de casi 3 minutos de recuperación, finalmente el dialogo de ambas partes pudo continuar.
― ¿No lo ves, chica? ― sonrío, con unos ojos crueles y fundidos en malsanas intenciones. ― Se acabó, tú y tus buenas influencias podrán haber salvado este lugar antes, pero en esta ocasión, yo he ganado.
Antes de que la mujer pudiese terminar su línea, Terry ya estaba abriendo su propio dialogo. Su mirada era determinante.
― Con su arrogancia acaba de sellar su propia derrota, Lady Agatha… verá… ― Sacó su celular de debajo de su manga. ― Sabía que algo no iría bien… así que grabé toda esta conversación. Ahora, mostraré lo que ha dicho a los de la fundación, y de inmediato la destituirán de su cargo. Nuevamente, el orfanato se ha salvado.
― ¡Re pámpanos! ― Exclamó Lady Agatha, chasqueando los dedos con frustración. ― Podrás haber vencido esta vez, Terry… pero pronto estaré de vuelta… me haré con este lugar de una forma u otra.
Se dio la vuelta, no sin antes dedicar tanto a Mike como a Terry una mirada de rencorosa desaprobación. Se perdió bajando las escaleras, a paso lento. Mike de inmediato tomó su plumilla y escribió algo para su acompañante, con rostro consternado
“¿Qué fue todo eso? ¿Luego de casi apoderarse del lugar, se va así de tranquila? “
Para sorpresa de Mike, Terry se carcajeó al leer su mensaje, pero fue solo por unos segundos. Antes de que él pudiese mostrarse ofendido por la reacción de la chica, ella le tomó de la mano y le llevó corriendo hasta el barandal, señaló hacia los edificios del otro extremo.
No pasó nada, no había ni un alma en la dirección en que Terry había señalado.
“¿Qué se supone que estamos viendo?”
― Tranquilo lindo, solo dale un momento… no se puede mover tan rápido como antes.
Justo Mike iba a preguntarle sobre quien hablaba, cuando sacudió su hombro y señaló nuevamente en la misma dirección: Lady Agatha, caminaba aún notoriamente molesta por los pasillos del edificio de enfrente. Se quedó sentada delante de una fuente que adornaba el patio interno del lugar, y luego se metió en una de las muchas habitaciones del otro extremo… Lady Agatha, era una de las habitantes del asilo.
No hizo falta que Mike pidiera una explicación, Terry se dio la vuelta, recargándose del barandal, y mirando hacia las escaleras empezó su narración.
― Agatha tenía 65 años cuando sus hijos la dejaron aquí, hasta antes de eso, fue la propietaria de un par de restaurantes y heladerías en la ciudad. Una trabajadora incansable, cuya mentalidad brillante para los negocios y el liderato fue mermándose poco a poco, y al ser una mujer terca y enferma, sus hijos finalmente decidieron hacerla descansar dejándola aquí… claro que ella está completamente en contra de eso… pero aquí somos varios quienes le entendemos, y es por ello, que una vez a la semana, le permitimos ponerse sus mejores ropas, y jugar a que aún es lo que solía ser… la gran Lady Agatha, aquella que vino desde Inglaterra, y se apoderó de Texas hace muchos años. ― Suspiró, y luego se quedó mirando el rostro pensativo de Mike. ― ¿Qué piensas? ¿Estás pensando que soy muy rara por jugar con ella? Yo no…
Pero Mike le detuvo, colocando el cuaderno delante de su rostro. Él ya tenía listo algo escrito para ella.
“Lo que haces con esa mujer… tal vez en tu escuela es obligatorio cumplir ciertas horas en este lugar, pero, no me parece algo que haría cualquier estudiante… pienso, que eres admirable. Considérame tu amigo a partir de ahora, por favor.”
Terry se sonrojó por la fuerza de lo que acababa de leer, sus ojos incluso se cristalizaron un poco y brillaron de la emoción; retiró el cuaderno que se interponía entre ellos y se llevó las manos al pecho.
― Me aceleraste toda con eso, fue muy genial… y cada vez me gustas más, Mike.
Mike tragó saliva, su rostro entero se tiñó de rojo y desvió leve la mirada, tímido. ¿Qué era esto? ¿Qué acababa de nacer en su pecho? Se daba una vaga idea de lo que podía ser, pero la respuesta le daba miedo… y mucho más miedo le daba, el hecho de que no podía recordar el nombre de su mejor amiga, aquella que hasta entonces, era la única que podía hacerle sentir así.
Terry cerró los ojos, y mostrando un encantador brillo rojizo en sus mejillas, se fue acercando a él mientras lamía sus tiernos labios rosados. Mike, cerró los ojos también.
― ¡ANIMAL, SALVAJE! ¡ME ATACAN, AUXILIO, AUXILIO! ¡ME AHOGO, AYUDA, AYUDA! ¡CUANDO SALGA DE AQUÍ HARÉ QUE TE ENCIERREN DE POR VIDA, SOY UNA MUJER MUY PODEROSA!
Terry y Mike se detuvieron en el momento justo en que sus labios iban a unirse, y miraron al ala oeste, de donde el grito provenía. Ese era, sin duda, el llamado de Agatha, y por la gravedad de sus gritos, estaba en un serio aprieto.
Terry y Mike se pusieron de pie, y echaron a correr en su auxilio.

-Rocko y “el huracán” Fierro-
La tarea que dieron a Rocko era simple: “usa esos brazotes que te cargas para cortar leña”. El muchacho, aunque era un rebelde sin causa ante toda autoridad que tratara de imponerse contra él, era al mismo tiempo un trabajador nato; desde muy pequeño le gustó la idea de trabajar ya fuera por ganarse un dinero o para ayudar en la casa, y en esta ocasión, el cumplir su condena para el bien de unos pobres ancianos no le parecía del todo una mala razón para trabajar, sin rechistar, se quitó la camisa y corbata del uniforme católico y en playera de tirantes, dio hachazo tras hachazo a cada trozo de leña que ponía al centro de la base.
Cortar leña se le complicaba un poco, más por falta de técnica que de fuerza (o al menos de esto se convenció el mismo al ver como no siempre era capaz de cortar trozos cortos de leña con solo un tajo), pero para nada iba a dejarse vencer por un montón de trozos inertes de madera, dominar la técnica se convirtió para él en un reto personal…reto personal en el que no le estaba yendo del todo bien.
― Maldición ― Suspiró, agotado. ― Esto es duro… a-apenas han pasado 20 minutos y ya estoy agotado…
― Es porque estás tomando el hacha de la forma equivocada.
Era una voz gruesa, penetrante, brusca, directa y hasta algo malhumorada; Rocko se volvió de inmediato en su dirección para conocer a su acompañante; y quedó verdaderamente impresionante: era un viejo.
Cabello blanco como la nieve, rostro oscurecido, ojos cansados color claro, una barba descuidada y lo más impresionante de todos: un par de brazos imponentemente gruesos colgando de su cansado torso. El hombre, era un toro. Toro viejo, pero toro al fin.
― ¿Qué forma es la correcta? ― Preguntó Rocko con desagrado, ¿a quién le gusta que se le corrija? ― Es un trabajo duro, eso es todo.
El hombre negó con la cabeza sin responderle, caminó hasta la pequeña cabaña que servía como bodega para las herramientas y regresó con un hacha de mayor tamaño que la de Rocko, y notoriamente más gastada. El chico tragó saliva.
― Oiga, abuelo… va a lastimarse con eso, cuidado.
El hombre le fulminó con la mirada, pero nuevamente no dijo nada. Se colocó delante de Rocko, frente al gran tronco que servía de base para cortar, y colocó un trozo mediano de leña parado. Tomó el hacha apenas debajo de donde conectaban el mango y la navaja, y cercano a la mitad, echó la herramienta hacia atrás, encorvó la espalda y con un tremendo tirón de sus brazos dio una fácil tajada a la leña en dos mitades. Entonces, dedicó una sonrisa a Rocko.
― Impresionante, abuelo ― Admitió Rocko. ― ¿Cuántos años tiene?
― La edad no importa. Y no soy tu abuelo… mis nietos no tienen un cabello tan horrible.
Rocko soltó una carcajada instantánea, aún  cuando era una ofensa para él, que el hombre fuese capaz de dejar de lado la seriedad de un momento a otro sencillamente le causó gran gracia y relajación.
― Esto es la sensación entre las chicas, abuelo… ― Miró su cabello. ― Usted puede preferir lucir como un copo de nieve, pero lo mío es distinto.
El hombre negó con su cabeza en respuesta. Rocko se encogió de hombros, y siguió cortando la leña como el hombre recién le mostró, y tenía razón: de esta forma, era mucho más sencillo dar al centro del trozo de leña, y como usaba la fuerza de su espalda en levantar el hacha, sus brazos solo tenían que enfocar el golpe en el blanco, el cansancio era considerablemente menor.
Menos de una hora le tomó terminar de cortar la leña que le encargaron las empleadas del asilo; una vez terminó, el hombre le ayudó a apilar todas en el área correspondiente.
― Has hecho bien ― Le congratuló el hombre, sin esbozar emoción alguna. ― ¿quieres un café? Te lo has ganado.
Rocko asintió.
― Seguro, abuelo. Vamos.
Caminaron hasta el pasillo que guiaba hasta los cuartos del ala este; apenas se cruzaron con el primer dormitorio, el hombre se detuvo y abrió la puerta.
― ¿Este es su cuarto? ― Preguntó Rocko, aunque era obvio.
― Sí. ― Respondió el hombre ahorrándose comentarios extras.
Entraron. Era una habitación algo tenue, no había mucha iluminación; para colmo, las ventanas estaban cerradas, y ello daba un aspecto algo lúgubre para un lugar tan pequeño que apenas y contaba con una cama, un baño y unos cuantos muebles delante, como un buró, un closet y una mesa redonda.
En el buró, y alrededor de las paredes color crema, colgaban y se posaban muchísimas fotografías; casi todas en blanco y negro. Rocko tuvo que acercarse a una de ellas con el rostro casi pegado para distinguir el contenido de la misma. En esa fotografía, una niña pequeña, de unos 10 años tal vez, sonreía a la cámara vistiendo un tutú de ballet. Por mero reflejo, Rocko observó el siguiente retrato, aunque gracias al contenido del primero se encontraba considerablemente desinteresado en lo que podría contener… se llevó una completa sorpresa.
Un hombre de poco cabello, pero prominente mustacho, en pantaloncillos cortos, con un par de guantes en las manos extendidas al viento, y sosteniendo un flamante cinturón de ganador… aquel en el cuadro, era un boxeador, y no cualquier boxeador… este estaba siendo aplaudido ante cientos de personas, y por el brillo en sus ojos podía distinguirse que recién había ganado un reto que le hacía enorgullecerse.
Rocko buscó en otros cuadros contenidos similares al anterior, y vaya que los encontró: fotografías de aquel hombre entrenando en el gimnasio, fotografías con contrincantes, con figuras del boxeo internacional, con los que parecían ser sus familiares, e incluso una con quien parecía ser su pequeña hija, aquella del primer retrato con el tutú de ballet.
Conforme rebuscaba en las fotografías, terminó desplazándose casi hasta el centro de la pared, delante de la mesa; y fue entonces que pudo verlo en plenitud, delante de él y aún tan imponente como seguramente había sido hace más de 40 años: el cinturón dorado del campeón.
― ¿Azúcar? ― Preguntó el hombre, que desde que llegó se dedicó a preparar la cafetera, y por lo tanto no se había enterado de la curiosidad de Rocko; más apenas levantó la vista al no recibir una respuesta, pudo notar el interés del muchacho en el cinturón que adornaba el centro de su exhibición.
― Es el cinturón de campeón mundial para peso gallo. ― explicó.
― U-usted fue un boxeador… ¿y campeón del mundo además? ― Rocko abrió la boca en su máxima capacidad. ― ¡E-eso es impresionante!
El hombre no respondió, pero Rocko pudo notar como por vez primera, sus labios esbozaban una sonrisa. ¿Satisfacción? ¿Orgullo? O tal vez… ¿nostalgia?
― Yo practico Box ― comentó Rocko, esperando extender su charla del tema. ― Pero solo a nivel amateur, nada comparado con lo suyo.
― Así se empieza ― respondió el hombre al momento, entregándole un vaso desechable con café caliente dentro. Estaba amargo, sin azúcar, pero Rocko se lo bebió igual. ― Yo fui amateur hasta los 29 años, aunque claro, por esos tiempos no había mucha diferencia entre los amateur y los profesionales. Ya decía yo por tu físico que seguramente eras boxeador. Tenemos un tronco muy similar.
Era verdad, Rocko y aquel hombre en las fotografías, tenían un cuerpo muy parecido; brazos largos y bordeados de músculo, dedos largos, pero apilados en un puño tosco, rostro serio, semblante decidido… ciertamente había similitudes a simple vista, más allá del gran bigote que usaba el señor.
― Me llamaban el “huracán” Fierro… mi carrera fue corta, pues nunca tuve muy buena defensa, y mi ojo izquierdo no pudo más con la tortura; pero me alcanzó para un campeonato mundial, y para conocer a grandes del boxeo… también fui incluso cronista deportivo por la radio unos años… toda mi vida terminó girando alrededor del boxeo.
Rocko escuchó atentamente cada palabra del anciano; apenas se abrió a hablar de boxeo, sus líneas se triplicaron, y ahora parecía que incluso sería difícil hacerle guardar silencio… y no era como si quisiera hacerle callar, esperaba aprender todo lo posible por parte de un peleador que alcanzó la supremacía en su categoría, aún si solo fue por un corto periodo de tiempo.
― ¿A qué clase de figuras del boxeo llegó a conocer? ― Preguntó, incitándole a continuar.
― Bueno, peleé con Mohammed da…
― ¡ANIMAL, SALVAJE! ¡ME ATACAN, AUXILIO, AUXILIO! ¡ME AHOGO, AYUDA, AYUDA! ¡CUANDO SALGA DE AQUÍ HARÉ QUE TE ENCIERREN DE POR VIDA, SOY UNA MUJER MUY PODEROSA!
La historia del hombre tuvo que ser interrumpida; el inmenso grito le hizo guardar silencio. Intercambió miradas con Rocko, y ambos salieron corriendo para ver que había pasado. Mirando de frente por el pasillo lateral, podía a la distancia a una mujer pataleando en una de las fuentes del patio central del recinto.
―… Hay que ir a ayudarle, supongo. ― Dicho esto, Rocko corrió, y el hombre, a su paso acelerado, le siguió.



-Anna, y Samantha-
Anna limpiaba habitaciones empolvadas y oscuras. Abría puertas y ventanas para que ventilaran, aspiraba, sacudía, hacía las camas y las dejaba reposar un rato mientras lavaba el piso con una mezcla de cloro y aromatizantes reducida en agua. Era la clase de chica a la que no le gustaba en lo más mínimo hacer tareas del hogar, pobre su madre cada ocasión en que le tocaba ponerla a ayudar en la casa, y pobre aquel que se cruzaba en su camino una vez se concentraba en dejar todo brillante; pero esta ocasión, era distinto. Desde que entró al centro, venía ya con una mentalidad de que más que un castigo, aquí venía a ayudar y a hacer una buena obra para variar. Sus amigos podían llamarla ridícula si querían, no le molestaba sentir cierta ternura hacia los ancianos que vivían en el lugar: arrugados como pasas, tiernos, incomprendidos y abandonados por sus seres queridos… ellos, definitivamente necesitaban de toda la ayuda posible, y para la más descarada de las ovejas asesinas, era un honor tener la oportunidad de hacerlo.
Estaba muy concentrada ella en el aseo de la habitación 304, cuando empezó a sentir que era observada. Se volvió hacia atrás, al patio interior que tenía varias bancas en el centro, y pudo divisar a la razón de su sensación: una viejecita de rostro nostálgico, con sus cabellos plateados sueltos hasta el hombro le observaba con un dejo de desesperación.
Curiosa, Anna dejó de lado sus utensilios de limpieza, y se acercó a ella.
― ¿Le pasa algo, señora? ― Dijo Anna, en tono amable. ― ¿Desea ayuda en algo? Yo puedo ayudarle.
La viejecita suspiró.
― Te pareces tanto a mi Octavio cuando era pequeño…
Anna decidió no ofenderse por el hecho de que se le estuviera comparando: A) con un niño y B) con un varón. Se encogió de hombros y esbozó una sonrisa para la mujer.
― ¿Su hijo? ― Preguntó Anna, paciente.
La mujer asintió.
― Mi hijo, y mi más grande orgullo. Valiente, caballeroso y servicial desde pequeño.
― La felicito, señora ― Ana cerró los ojos y le sonrió de oreja a oreja. ― Se ve que le quiere mucho.
― Muchísimo, ¿Cómo no querer a un hijo que es Capitán de su propio barco?
― Oh, ¿su hijo es marinero?
― Nada de marinero, ¡es el capitán del gran Santa Madre! Y de otros más.
Anna asintió, entre impresionada y pensativa. Ahora, comprendía que tal vez no todos los hijos abandonaban a su suerte a sus padres aquí por deseos propios; también había casos en que por sus trabajos, no les queda de otra que dejar los cuidados de sus viejos en manos ajenas.
Alguien carraspeó a un par de metros a espaldas de Anna. La chica se dio la vuelta y se encontró con la mujer que la puso a limpiar en primer lugar. Se encogió de hombros y se despidió de la viejecita.
― Tengo que volver al trabajo, ¿le molesta si vuelvo a platicar con usted en un rato? Tengo curiosidad sobre su hijo… bueno, nos vemos luego…
Y así, Anna volvió al aseo, esta vez, acompañada y vigilada por la empleada, que temía que la de baja estatura se distrajera nuevamente de sus tareas por andar socializando con los habitantes. Al ser dos, la efectividad de la limpieza incrementó, y pronto terminaron con 4 habitaciones.
― Ya le dije que no voy a dejar de trabajar de nuevo, Lupita… no tiene porque seguir enojada conmigo todo el rato ― Suspiró Anna, algo incómoda por la mirada molesta de la encargada. ― Además, apenas y hablé unos segundos con ella… solo tuvo tiempo suficiente de presumirme que su hijo era capitán de un barco.
Lupita reaccionó tensando su cuerpo de inmediato, suspiró, y luego siguió haciendo la cama del cuarto en que se encontraban.
― ¿Qué fue eso? ― Preguntó Anna, interesada.
― ¿Qué cosa? ― Evitó Lupita.
― Eso, te pusiste tensa por lo que dije.
― N-no es cierto…
― Si lo hiciste.
― Que no.
― Que sí.
― Que no.
― Que sí.
― Que no.
― Que no.
― Que sí. ¡Maldición!
― ¡AJA! ― Anna la señaló con su pulgar, acusadora. ― Caíste ante la infalible técnica de “temporada de patos”. ¡Ahora, habla!
Lupita suspiró, y tomó asiento en la cama, mirando al techo en señal de “estoy recordando una historia triste”.
― A Samantha, la trajimos aquí porque fue abandonada por su hijo hace 5 años. El hombre se cansó de ella, y fue a dejarla a su suerte en un centro comercial de esta ciudad aún cuando ellos vivían en Oklahoma. Le dijo que ahora era capitán de un barco falsamente, para excusar su abandono, le dijo que volvería por ella cuando su barco regresara a tierra firme y que le esperara fielmente… por supuesto todo esto es mentira… el hombre simplemente, por lo que pudimos averiguar, se casó con una mujer joven y ahora vive en Nevada, sin arrepentimientos por librarse de su propia madre.
― Eso es… ― Anna apretó sus puños y endureció la mirada… se sintió identificada con Samantha; pues a ella, también le habían fallado con falsas promesas de volver... a su mente, vino el retrato de su padre antes de partir, y sintió odio, y decepción al mismo tiempo. ― Terrible…
― Lo peor… es que Samantha piensa que su hijo en verdad es una persona noble y tierna que tuvo que dejarla solo porque era estrictamente necesario… e incluso ahora, no hay día en que no pregunte si su hijo ya ha regresado de su travesía por el mar… incluso 5 años después… ― Lupita bajó la mirada. ― Las personas mayores… son como  niños en este estado… no tienen otra esperanza que los sueños que les prometen sus seres queridos… y eso, por muchas buenas atenciones que brindemos aquí las empleadas, o los alumnos de St. Mary, es algo que nunca podremos cumplirles… y que en la mayoría de los casos, como en el de Samantha, jamás se cumplirán… ella, morirá abandonada por su propia familia, y ni siquiera puede saberlo.
Anna bajó la mirada… ¿qué era ese sentimiento en el pecho? ¿Qué hacía con él, y como podía hacer que acabase? Sus pensamientos pronto, fueron interrumpidos.
― ¡Lupita! ― Exclamó una empleada, llegando a la entrada de la habitación. ― ¡Alguien ha olvidado cerrar la puerta!
― ¿Alguno se ha salido? ― Preguntó rápida y efectiva Lupita.
― Aún no estamos completamente seguras, pero no hemos visto al señor Tommas, A Gary y a Samantha por aquí…
Con el dedo, Lupita indicó a Anna que le siguiera. Ni tardas ni perezosas, corrieron hasta la entrada del recinto, y salieron a la calle.
― Tú ve por esa dirección ― Lupita señaló a la izquierda. ― Avanza hasta 4 o 5 calles y si no les encuentras, regresa aquí y espérame.
Dicho esto, Anna obedeció, trotando veloz y mirando de un lado a otro conforme iba entrando en el área residencial de las calles. Su corazón latía velozmente, pues sentía pánico de que uno de los habitantes en serio llegase a perderse, o que algo le pasara estando fuera.
Suspiró de alivio, tan profundamente que sus pulmones se llenaron de aire para luego liberarse en un parpadeo, cuando vio que Samantha, la misma viejecita con la que había hablado, se encontraba recargada sobre un automóvil, mirando hacia la autopista, con los autos pasando a toda velocidad.
― ¿Qué hace aquí, Samantha? ― Preguntó Anna, recargándose a su lado.
― Es que, estando ahí dentro mi hijo no va a saber donde estoy cuando venga a buscarme… si lo espero aquí, va a verme y va a venir por mí.
A Anna se le rompió el corazón. ¿Qué se suponía que le dijera a la mujer? ¿Qué su hijo era en realidad un patán que le había abandonado? Podía ser directa en la mayoría de las situaciones, pero había otras, en especial aquellas donde los sentimientos de una pobre viejecita estaba implicada, en que era mejor guardar silencio y pensarse las cosas con más tranquilidad.
― ¡¿Qué haces aquí, vieja tonta?! ― Gruñó de pronto alguien a sus espaldas. Anna y Samantha volvieron la mirada de inmediato, y vaya sorpresa: un viejo arreglado con traje caminaba furibundo hacia Samantha. Lo más curioso del viejo, era que iba acompañado de Zack. ― ¡Todos te están buscando, tonta!
― Estoy aquí, esperando a mi hijo. ― Respondió Samantha, en tono digno y dándole la espalda al viejo. ― Contrario a ti, Sheep, yo si quiero a mi hijo.
― Tonta, ¿y qué te piensas que tu hijo te quiere de vuelta? ― Replicó el hombre, en tono de fastidio. ― ¡Te lo he dicho miles de veces! Eso de ser capitán es una mentira, ¡he escuchado a las empleadas hablar de ello muchas veces! Te abandonó a tu suerte en un centro comercial.
― ¡No te atrevas a hablar mal de mi hijo solo porque el tuyo te dejó aquí! ― Agatha gruñó, dejando a notoriedad el amor que sentía por su retoño, por muy infame que este fuere.
Anna se volvió con violencia a Zack, y le encaró.
― ¡Oye, Zack, controla a esta bolsa de cuero de una buena vez! ― Le ordenó, enfurecida por las cosas hirientes que decía.
― ¿Eh? ― Zack se sorprendió por la molestia de su amiga. ― Pero es que…
En ese momento, una fuerte explosión, seguida por una marea de humo proveniente del lejano hogar de retiro acalló los gritos que se llevaban a cabo. Anna y Zack intercambiaron miradas.
― ¡Vamos! ― Ordenó Zack, arrancando a toda velocidad.
― S-sí ― Anna le siguió. ― ¡No se queden ahí, vengan!
Y así, Anna, Zack, “Sheep”, y Samantha, emprendieron su regreso a St. Mary para ver de qué se trataba esa explosión, y para ayudar, de ser necesario.



-Junior y Panchito-
La sala de estar de un hogar de retiro debe de ser uno de los lugares más tranquilos del mundo. Era un sitio muy iluminado, con una serie de ventanas largas en las paredes posteriores al área del techo, e incluso había un tragaluz en el mismo, pero este se encontraba cerrado. Las paredes estaban pintadas de un sereno color crema, había una gran televisión lcd al centro, sintonizando el canal de clásicos, un par de ventiladores refrescando el cálido clima veraniego texano, y decenas de hombres mayores sentados alrededor de la televisión. Algunos hablaban en los sillones a los costados, y un par se limitaban simplemente a “estar” ahí, casi inertes, sin expresión alguna.
Para una persona como Junior, queremos decir, una persona animada, hiperactiva, intensa… este ambiente le parecía algo erróneo… ¿Quiénes se creían esos sujetos viejos y acabados para quemar sus últimos cartuchos de vida alrededor de una televisión, en vez de usar la asombrosa mesa de pingpong que adornaba el centro de la habitación, con paletas nuevas, aún en su empaque y una serie de llamativas pelotas de colores en las mismas condiciones?
― ¡Ancianos, me molesta que tomen esa actitud, paren! ― Exigió el rubio, sacudiendo a uno de los que tenía más cerca. ― ¿No están ya muy viejos para ser viejos? ¡Dejen que sean los niños obesos de nuestro hermoso país en decadencia los que carguen con la difícil tarea de quedarse mirando la televisión por horas! Nosotros, como ancianos ya a punto de morir ― Dramatizó, tocándose el pecho con pesar. ― ¡Tenemos que vivir! ¡Tenemos que hacer, dar, recibir, vivir nuestros últimos días con dignidad, ¿quién está conmigo?!
Ni una sola alma en la sala de estar respondió. Algunos, se le quedaron viendo extrañados, otros le ignoraron, un par más gruñeron por todo el ruido que generó el muchacho… pero nadie se tomó la molestia de responder a su pregunta.
― Un momento… ¿esto en verdad está pasando? ― Se llevó las manos al rostro, esbozando un gesto de terror. ― ¡¿HE SIDO IGNORADO?!
Nunca antes le había pasado. Claro, mucha gente había intentado pasar de él; pero su personalidad tan inflamable, era prácticamente imposible de eludir; ¿algo estaba haciendo mal? O tal vez… ¿eran los viejitos los que algo estaban haciendo mal? Sí, eso debía ser.
― Ustedes, bellacos, me han ignorado y exijo saber por qué lo hacen. ― Se llevó las manos a la cintura, inconforme. ― ¡Exijo que me hagan caso!
Parecía que los viejos iban a volver a ignorar al rubio despistado, cuando un viejecito encorvado, de apenas 1:20 de altura, con un bastón y un sombrero de bombillo entró a la habitación.
Era simpático su aspecto, era enternecedor, era… la criatura más bella que Junior haya visto jamás.
― ¡Parece un perrito! ― Exclamó, al momento en que caminaba hacia él. ― Buenas noches, soy Junior y usted es Panchito.
El hombre, de muy avanzada edad, no pudo escuchar lo que el chico le decía. Y tal cual revelaban sus enormes lentes de fondo de botella, su vista tampoco era precisamente su sentido más bien mantenido a lo largo de los años. Aún así, se percató del rubio acercándose a él, y tembloroso cual su edad obviaba, estrechó su mano.
― Mucho gusto ― Susurró el viejecito, en un dialogo que apenas él pudo haber escuchado. Junior leyó sus labios y le abrazó.
― Oh Panchito, no sé cómo, pero tú tienes que venir a casa conmigo.
El señor, en un efecto retardado, se estremeció lentamente, pero no pudo oponer resistencia alguna. Y aunque fuera por parte de un entero desconocido, una muestra de afecto, en una vida tan solitaria como la que vendría llevando desde sabrá Dios cuanto tiempo, siempre vendría positivamente por muy extraña que esta fuese.
Junior se separó de él, y sonriente, se inclinó para estar a su altura.
― ¿Qué le trae por aquí, Panchito? ¿Tiene ganas de jugar pingpong? No me lo tome a mal, pero la mesa es más alta que usted, necesitaríamos ir por las escaleras.
El hombre dijo algo, pero Junior no alcanzó a escucharle. Acercó la cabeza aún más a él, pegando su oreja a su boca.
― ¿Qué dijo, Panchito?
― Factor. ― Fue lo que alcanzó a escuchar el rubio.
― ¿Factor? ¿Habla usted de que quiere ver Fear Factor, el programa más infartante de toda América? Es un poco extremo para alguien que ya está más cerca del arpa que del piano, ¿¡pero quien rayos soy yo para juzgar sus gustos!? Vamos a decirle a los otros viejos que quiere cambiar el canal.
Junior tomó la mano de… Panchito, y se dirigió hasta los sillones delante de la televisión. Donde los viejos, prestaban atención a una vieja emisión de los 3 chiflados. Uno de ellos, se percató de la presencia de Junior y de su acompañante, y se volvió a él con rostro impaciente.
― Buenas señor venerable anciano. Mi súper amigo Panchito quiere ver Fear Factor, ¿le cambian de canal o son apretaditos?
― ¿Qué cosa? ― Preguntó el anciano, exagerando un gesto de confusión.
― Fear Factor, ya sabe, el programa más extremo de toda la televisión. Casi tan extremo como ver el programa de Laurita en América y tomar un shot de tequila cada vez que dice “desgraciado” o que alguien en el escenario es golpeado.
El anciano se le quedó observando a Junior, estoico por severos segundos, y luego sacudió la cabeza, en negación.
― Creo que ya sé lo que está pasando, estás muy confundido… todos los días a esta hora, John, ese a quien tú llamas panchito, viene a quejarse de que tiene frío, y pide que por favor enciendan el calefactor.
Junior asintió, comprendiendo.
― ¡Ya veo! ― Suspiró, aliviado. ― Honestamente, tenía miedo de que colgara los tenis mientras veía su programa. Entonces solo debo encenderle el calefactor, ¿no? ¿Dónde está?
― ¿ESTÁS LOCO?  ― Gritó el viejo. ― ¡Es verano en Texas, hace un calor de los mil demonios!
― Pero Panchito tiene frío…
― ¿Y eso qué? ¡Todos los demás tenemos calor! Ahora deja de molestar.
Sin dar tiempo a una réplica, el anciano dio por terminada la conversación girándose a la televisión nuevamente, dejando así, una mente como la de Junior, libre de hacer y deshacer a su gusto y antojo.
Tomó a Panchito entre sus brazos, y huyó de la sala de juegos. El hombre, con apenas fuerzas para mantenerse de pie y vivir en las últimas, no tuvo de otra que dejarse hacer.
― ¡No importa que haga calor, Panchito! Si tienes frío, yo encenderé el calefactor por ti aunque sea lo último que haga, o mi nombre dejará de ser Jos…  ― Se detuvo de golpe, en paso y dialogo. Sus ojos tildaron, alterados notoriamente por lo que casi estuvo a punto de decir. ―… ¡Junior, Mc Hannigan tercero! ¡Ese es mi nombre! … ese es mi nombre…
Sacudió su cabeza, un tanto confuso, y luego siguió su camino, como si nada extraño se hubiese cruzado por su mente.
Acompañado por su nuevo amigo, Panchito, Junior buscó en todas las habitaciones disponibles de todos los edificios, buscando algo que pudiese parecer un calefactor. Finalmente, pudo encontrar en el sótano (donde usualmente van estos armatostes, sino es en el techo) al artefacto deseado. Puso a Panchito cuidadosamente en el suelo, y le habló con una sonrisa de oreja a oreja en el rostro.
― Escucha Panchito, iré a buscar leña para encenderte la cosa esta, mientras tanto, va a ser tu deber vigilar que nadie se atreva a robarte. Recuerda que ahora eres mi compinche, cuate.
Dicho esto, Junior se emprendió hasta el área sur del centro, donde había una especie de cabaña apartada que servía de bodega para herramientas, pinturas y demás. Antes de entrar a la sala de estar, hacía ya un rato, Junior pudo observar como ordenaban a Rocko a cortar leña aledaño a dicha bodega; entonces, para él fue cosa sencilla acercarse a hurtadillas a donde su compañero, tomar varios leños cortados de la pila y luego escapar bailando como una bella y graciosa mariposa.
Regresó al sótano, donde Panchito, increíblemente le había estado esperando. Pacientemente, sentado en un banco de madera viejo que había al lado del aclamado calefactor, Panchito esbozó una leve sonrisa cuando vio al aleatorio joven regresar con los brazos llenos de trozos de leña.
― ¡Qué me pongan sombrero y me digan vaquero entonces, Panchito! Ha llegado la hora de calentar este maldito lugar, ¡40 grados no es suficiente para los extremos como tú y yo que buscamos un sauna impresionante!
Sobran explicaciones, supongo que con un calentador eléctrico, un montón de leña y fuego resultados muy inesperados no pueden presentarse… de hecho, vamos a ahorrarnos las explicaciones evidentes, y pasemos a los hechos: el calentador estalló estruendosamente por un cortocircuito, provocado por el fuego. La leña en llamas, estalló por el sotano y dejó todo el lugar cubierto de diversas llamaradas. En menos de 5 minutos ― en los que Junior, infructuosamente trató de apagar todo ― el sótano quedó inundado de un malsano humadero.
―… de acuerdo, lo admito ― dijo Junior, encogiéndose de hombros. ― Esta no ha sido mi idea más brillante. Pero, ¡la vida sigue Panchito! Ahora, ven, nos vamos de aquí esperando que nadie nos encuentre culpables.
El chico rubio cargó al anciano en sus brazos y huyó del lugar conforme el fuego se propagaba.
Hasta ese instante, Mike se perdía en los ojos de Terry, Rocko y el “Huracán” ayudaban a Lady Agatha a levantarse después de caer en la fuente y Anna sostenía una charla de empatía personal con Samantha… pero, ¿qué hay de Zack? Sabemos que tuvo un encuentro con Anna y Samantha al final de su historia pero… ¿también tiene algo que contar?



-Zack y Gary Sheep-
― ¡Al carajo este lugar, y al carajo los viejos! ― Maldecía Zack, mientras era llevado a la fuerza hasta las bodegas por una de las empleadas, que le dedicó una mirada de disgusto. ― ¡¿QUÉ?! Usted trabaja aquí, ¡debe de odiarlos más de lo que yo lo hago!
― Si tanto odia ayudar a las personas necesitadas, al menos no haga daño. ¿Es por eso que está aquí, no? Por dañar personas, y este es su castigo.
― Canté a un montón de colegialas desnudas, gran cosa ― Menospreció, mientras entraban a una gran bodega, llena de latas, refrigeradores y despensas varias amontonadas a los costados. ― ¡y no se atreva a sermonearme, mujer de iglesia, que si de actos inmorales a menores de edad hablamos sus sacerdotes llevan las de perder!
La mujer puso los ojos en blanco.
― Cállese y haga lo que le voy a decir sin hablar mejor: acomode TODO lo que hay en este costado, dentro de las alacenas y los refrigeradores. Las latas van en las alacenas por grupos, y debes de fijarte bien en las fechas de caducidad, lo que ya esté caduco debes de tirarlo a la basura. ¿Entendido?
― ¿Al menos puede poner música o algo para…
La mujer ni le dio tiempo de terminar, cerró la puerta de un portón. Evidentemente ella no sería nunca la mayor admiradora del siempre polémico Zack Mosh.
― ¡Con esa actitud no va a conseguir esposo, vieja bruja! ― Resopló, malhumorado. Y se dio la vuelta para observar las latas y costales con alimentos. ― Bien, será mejor comenzar…
Tomó una lata de frijoles, revisó la fecha de caducidad y luego la puso en una de las alacenas. Hizo como que se limpiaba el sudor de la frente con un brazo y suspiró, agotado.
― Bien, ahora un descanso ― Dijo, tumbándose sobre un costal de croquetas. ― ¿Quién dijo que no podía tomar una siesta? Esto es un hogar de descanso después de todo. Además… ¿Quién demonios dona un costal de croquetas a un hogar de ancianos? Ni siquiera he visto un perro por aquí.
Sin decir más, cerró los ojos y se quedó dormido, despreocupado de todo, como acostumbrados nos tiene a todos. ¿No odian ni siquiera un poco a esa clase de personas relajadas que pueden hacer lo que les plazca sin pensar o temer en las represalias? En lo personal, de haber estado presente en ese momento, me hubiera encantado lanzarle esa lata de frijoles que recién colocó en la alacena.
― ¡Oye, chico! ― Escuchó que le llamaban.
― ¡Te estoy hablando! ― Volvió a escucharlo… ¿era su imaginación?
― Vaya, si  que tiene el sueño pesado ― Bufó la voz. ― Bien, eso significa que puedo continuar sin temer a que me delate.
No fue hasta 5 minutos después que Zack abrió los ojos. Adormilado, miró a su alrededor, no había nadie en su campo primario de visión.
― ¿Lo habré imaginado? ― Se preguntó. Y casi de inmediato su pregunta se contestó sola, cuando un más que conocido sonido llegaba a sus oídos, era el siempre calmo y constante sonar de los acordes de una guitarra acústica.
― ¿Qué melodía es esa? ― Se preguntó, tratando de interpretar los sonidos, toda vez que se ponía de pie y seguía el sonido, era cercano. Fue entonces, que se percató de la puerta cerrada al costado de la alacena más grande, en la esquina.
― Tal vez… ― Decía en voz baja mientras se acercaba. Sujetó la perilla con sus manos, y girándola, abrió la puerta lentamente.
Vestía un sombrero de copa, un saco negro de moño con puntadas azules, zapatos muy bien boleados y un brillante reloj, que sobresalía de su muñeca izquierda. En la mano de la misma, sostenía un cigarrillo, que luego iría a parar a su boca para reiniciar el concierto con su bella acústica oscura con vivos verdes a los costados y con dos alas del mismo color en cada borde del centro.
Sus manos se deslizaban por sus cuerdas como si la artritis no mermara en lo absoluto el rendimiento de sus dedos, cada nota, cada acorde, cada detalle de la melodía, lo hacía con tal arte que a Zack le brillaron los ojos, con apenas unos segundos de observarle.

The warden threw a party in the county jail.
The prison band was there and they began to wail.
The band was jumpin and the joint began to swing.
You should've heard those knocked out jailbirds sing.
Lets rock, everybody, lets rock.
Everybody in the whole cell block
Was dancin to the jailhouse rock.
― ¡Jailhouse rock! ― Exclamó Zack, apenas se percató; provocando que el anciano se detuviera de golpe para mirarle con sorpresa. En un reflejo de sorpresa, lanzó el cigarrillo lejos y abrió los ojos como platos al verse descubierto tan pronto.
― Eh… esto… es… n-no estaba haciendo nad…
― ¡No puedo creerlo, usted sí que sabe tocar!
― Por supuesto que sé tocar ― Gruñó, quitándose la correa de la guitarra de encima para mirarle. ― ¿Ves esto? ― Señaló su instrumento. ― Es Dulcinea, quien tiene una de estas, debe saber tocarla en verdad, o no es digno.
Zack analizó el instrumento.
― ¿Puedo? ― Preguntó, extendiendo los brazos.
El viejo ladeó la mirada.
― ¿No escuchaste lo que te acabo de decir?
― También yo toco la guitarra ― Repuso el muchacho. ― Y debo decir que soy bastante bueno.
― Entonces comprendes, chico… ¿tú le prestarías tu guitarra a alguien que acabas de conocer?
 Zack pensó seriamente en las palabras del hombre, y finalmente esbozó una sonrisa.
― Tiene razón. Hola ― Extendió su mano. ― Soy Zack Mosh.
― Gary Sheep. ― Respondió el hombre, extendiendo su mano por igual. ― ¿Eres nuevo en St Mónica? No te había visto con toda la bola de ñoños que estudian ahí.
― No estudio ahí, en realidad me trajeron aquí como castigo a mí y a mis amigos, debemos pasar tiempo en este maldito lugar lleno de…
― Muerte, aburrimiento, soledad y depresión ― Interrumpió el hombre al instante, haciendo que Zack quedara boquiabierto. ― Así es por aquí, te hablan de un sitio de descanso para los sirvientes de dios, pero no te dan más que medicinas para tenerte atontado todo el día, y una cama en una habitación horrible en la que morir más temprano que tarde.
― ¡Eso es exactamente lo que yo pienso de este lugar! Y debo decir que me sorprende que alguien como usted piense de la misma forma que yo.
― No todos somos vejestorios que nos hemos resignado a morir aquí, muchacho… algunos, como yo, aún deseamos vivir… ― Dijo mientras caminaba hacia su cigarro en el suelo. Desgraciadamente, ya estaba apagado. ― Demonios…
Zack sacó una cajetilla de su bolsillo, y abriéndola, le ofreció tomar uno al anciano.
― Sírvase, Señor. ― Sonrió.
El hombre sonrió al igual que él, y tomándole la palabra tomó un cigarro.
― ¿Puedo tomarte dos? ― Preguntó, ilusionado.
Zack dudó. ¿Cuánto le habría tomado al hombre conseguir aquel cigarro que había tirado al piso? Conociendo los términos de los asilos, seguramente habría estado ocultándolo tal vez por semanas.
― ¿Sabe qué? Tome la cajetilla entera. ― Dijo el muchacho, guardando la cajetilla sobre el bolsillo del saco del hombre.
― Gracias. ― Dijo el sujeto agradecido. ― Otra cosa, no me hables de usted que me haces sentirme un abuelo… puedes llamarme Gary.
― De acuerdo, Gary. ―Aceptó el muchacho, que ya tenía una impresión positiva del anciano. ― A cambio, me gustaría saber donde aprendiste a tocar así… lo haces mucho mejor que un aficionado.
― Bueno, eso se debe a que…
Gary guardó silencio de golpe debido a que una de las trabajadoras abrió la puerta principal de la despensa. Zack, a sabiendas de que el anciano se encontraba ahí de forma ilícita, rápido salió del cuartito cerrando la puerta tras de sí, para mirar a la mujer.
― H-hola ― Saludó Zack. ― Estaba acomodando unas…
― ¿No has visto a una internada alta y muy delgada con cabellos canos y lentes, a un viejito muy chiquito, o a un señor con bigote y mucho cabello blanco?
La última descripción era sin duda la de Gary Sheep, Zack esbozó una sonrisa.
― No, no he visto a ninguno de ellos. Lo siento.
La mujer frunció el ceño.
― Ya veo. Sigue en lo tuyo. ― Dijo, dándose la vuelta y dejando la habitación.
Zack suspiró hondo, luego abrió la puerta para volver a donde estaba Gary.
― Te están buscando allá afuera. ― Fue lo primero que dijo.
Gary no reaccionó a su comentario, tenía una mano en su barbilla y con el gesto serio, se concentraba en sus pensamientos.
―… creo que esa tonta volvió a salirse… ― Dijo, suspirando con pesadez.
― ¿Q-qué? ― Zack ladeó la cabeza. ― ¿Hablas de esa mujer que buscaba la empleada?
Gary asintió.
― Ella misma. Tiene la costumbre de dejarse llevar por sus sentimientos y hace tonterías… ¡debemos ir a buscarla!
Zack asintió.
― Entendido, pero debemos salir con cuidado, no queremos que te descubran ya que al parecer también te buscan.
― ¡Bah! Hijas de burra, solo quieren encerrarme en ese maldito cuarto con ese estúpido respirador y sus píldoras y demás basuras. Por suerte, conozco un camino oculto que nos llevará fuera.
― Espera ― Zack le miró, extrañado. ― ¿Respirador?… Gary, ¿tú no…
Pero el hombre, evitando responder al muchacho, echó a caminar fuera de la bodega, haciendo señas con las manos, incitándole a dejar la charla para más tarde, y echar a andar.
Nuestro protagonista se encogió de hombros y siguió al anciano ocultándose tras los árboles por los bordes de la barda que rodeaba todo el centro. Una vez llegaron al área de los cuartos al sur, Gary levantó una cerca que guiaba al jardín trasero, donde Rocko cortaba leña en compañía de un anciano que Zack no conocía. Por un momento, el muchacho pensó en llamar la atención de su amigo, pero prefirió finalmente no hacerlo al no ser él el líder de la operación.
Caminaron por los costados del jardín con riesgo a ser descubiertos ya que era campo abierto, no obstante el tramo fue corto, y pronto estuvieron en el ala oeste del asilo.
― Debemos pasar por aquí… ― El hombre metió a Zack por una de las habitaciones dándole un empujón, al parecer, era el depósito de medicamentos, ya que por dentro había una cerca con la puerta cerrada por un candado apenas entraron. Cruzaron a oscuras por un pasillo aledaño, bajaron unas escaleras hasta lo que a Zack le parecía el Sótano.
Por alguna razón, había un ancianito chiquito y arrugado de lo más simpático al lado del calentador, miraba a la que era la puerta principal del sótano como si estuviera esperando fielmente a alguien.
― ¿Tommas? ― Preguntó Gary, mirando al viejecito extrañado. ― ¿Cómo llegaste aquí? ― Se sacudió la cabeza. ― Ahora no tengo tiempo para esto. Escucha, espérame aquí, vendré a sacarte en un momento, ahora debo de ir por la tonta de Samantha.
Dicho esto, Zack y Gary subieron por la entrada principal del sótano, y quedaron, ya prácticamente a un costado de la entrada. Zack pudo ver a Anna saliendo del centro con una empleada. ¿Sería que ayudaría en la búsqueda de la tal Samantha?
Echó a correr, por puro reflejo; y cuando iba pasando al costado de una fuente de adorno en el patio central, accidentalmente impactó con el hombro a una mujer que iba caminando en línea recta, y que por la frondosidad de los árboles, en suma a la gran velocidad a la que iba Zack, no pudo percatarse a tiempo de que iba directo hacia un choque.
La mujer terminó cayendo estruendosamente en la fuente llena de agua, de frente gracias a la gran cantidad de giros que dio a causa de sus tacones y ropa ajustada de aspecto fino. Pronto, quedó mojada de cuerpo entero mientras berrinchaba y pataleaba.
― ¡ANIMAL, SALVAJE! ¡ME ATACAN, AUXILIO, AUXILIO! ¡ME AHOGO, AYUDA, AYUDA! ¡CUANDO SALGA DE AQUÍ HARÉ QUE TE ENCIERREN DE POR VIDA, SOY UNA MUJER MUY PODEROSA!
― F-fue un accidente ― Zack se rascó la mejilla. ― Déjeme ayud…
Gary le tomó del hombro y negó con la cabeza.
― Ella está bien, confía en mí. Nuestra prioridad es Samantha, ya vendrá alguien a ayudarle a ella.
― ¿¡GARY, ERES TÚ!? ― Gritó la mujer aún pataleando de espaldas en la fuente. ― ¡Maldito salvaje, lo sabía! ¡Sácame o vas a conocer la peor cara de Lady Agatha!
Pero nadie podía escuchar sus gritos, al menos no para quienes iban dirigidos los mismos, pues Zack y Gary ya se encontraban fuera del asilo, mirando en todas direcciones.
― ¿A dónde habrá ido? ― Preguntó Zack.
― No te preocupes, yo ya sé a dónde ha ido ― Dijo el hombre, echando a andar por la derecha. ― Es una tonta, no aprende.
Zack le siguió, y mientras caminaba a la par con el sujeto, le miraba con cierta empatía. Tal vez aún era muy pronto para decirlo, pero su forma de ser con los otros viejos del asilo, en cierto modo le hacían recordar sus modos para con sus amigos. No siempre era el mejor amigo ni el compañero ideal, pero al final, siempre buscaba hacer lo mejor para ellos, incluso cuando les hacía meterse en problemas, siempre lo hacía solo con la intención de divertirlos, y divertirse a su lado. Tal vez, Gary era igual a él, pero, en una situación completamente distinta… él ya no era joven, y tampoco podía ser un líder que buscara únicamente divertirse… ya no eran fuertes y dependientes como antes, ahora, él también tenía que velar por la seguridad de cada uno ante todo.
― Oye, Gary… ― Murmuró Zack. ― ¿Eres feliz… en el asilo?
El hombre guardó silencio por un par de segundos.
― ¿Feliz…? Ah, muchacho… hace años que esa palabra es lejana para mí. ― Hizo una pausa, mirando de frente hacia su andar, y con gesto analítico. ― Tal vez soy un poco feliz cuando me escapo de mi cuarto 5 minutos para fumar y tocar la guitarra, o tal vez soy algo feliz cuando veo que los ancianos de este lugar me consideran un líder y una autoridad… pero, mi felicidad, mi verdadera y más grande felicidad, sucedió toda cuando era libre… no ahora, que soy un prisionero cuando mi único crimen ha sido vivir mi vida.
Zack bajó la mirada, se llevó las manos a los bolsillos e hizo un leve puchero.
―…. Y, viviendo tu vida… ¿fuiste muy feliz?
El viejo soltó una carcajada.
― ¡Claro que lo fui! ― Exclamó, sonriente. ― Hice lo que más me gustaba y llegué lo más lejos que pude. Tal vez no llegué tan lejos como hacía en mis sueños, pero quedé satisfecho sabiendo que di lo mejor de mí, y que fui alguien.
Palabras que quedarían muy presentes en la mente de Zack a lo largo de toda su vida, con una importancia, que ni él, ni nadie, hubieran podido imaginar sino hasta llegado el momento de tomar la que sería su más grande e importante decisión… pero aún es muy pronto para hablar de ese momento.
Zack quedó tan pensativo tras su charla con Gary, que ni se percató de que ya habían encontrado a Samantha hasta que escuchó el grito de su compañero.
― ¡¿Qué haces aquí, vieja tonta?! ― Gruñó. ― ¡Todos te están buscando, tonta!
― Estoy aquí, esperando a mi hijo. ― Respondió ella, notoriamente indignada ― Contrario a ti, Sheep, yo si quiero a mi hijo.
― Tonta, ¿y qué te piensas que tu hijo te quiere de vuelta? ¡Te lo he dicho miles de veces! Eso de ser capitán es una mentira, ¡he escuchado a las empleadas hablar de ello muchas veces! Te abandonó a tu suerte en un centro comercial.
― ¡No te atrevas a hablar mal de mi hijo solo porque el tuyo te dejó aquí!
Zack se estremeció por la crudeza de las palabras que ambos soltaban, y cuando Anna le gritó, se alteró aún más.
― ¡Oye, Zack, controla a esta bolsa de cuero de una buena vez!
― ¿Eh? ― Zack se volvió a la chica. ― P-pero es que…
En ese momento, una fuerte explosión, seguida por una marea de humo proveniente del lejano hogar de retiro acalló los gritos que se llevaban a cabo. Anna y Zack intercambiaron miradas.
― ¡Vamos! ― Ordenó Zack, arrancando a toda velocidad.
― S-sí ― Anna le siguió. ― ¡No se queden ahí, vengan!
Y así, todos regresaron al asilo a paso veloz. El primero en llegar fue Zack seguido por Gary, mientras que Anna se quedó acompañando a Samantha que era considerablemente lenta gracias a sus huesos cansados. A la entrada del asilo, estaban todos los internos que con gesto impresionado observaban la tremenda cantidad de humo negro que salía de las paredes del que era su hogar. Zack pronto reconoció a Rocko y a Junior, y se acercó a ellos.
― ¿Qué ha ocurrido?
― Un pequeño incendio. ― Contestó al instante Rocko, sin voltearse a verle. ― Al parecer un corto circuito del calentador…
Junior estornudó y pegó una serie de saltos nervioso. Para Zack, era más que obvia la causa del incendio con tan solo observar a su mejor amigo.
― ¿Ya sacaron a todos? ― Preguntó Gary, mirando a su alrededor.
― Así es ― Asintió el anciano que acompañaba a Rocko. ― Igual ya está controlado el incendio, pero debemos esperar a que lleguen los bomberos a verificar que todo esté bien para volver a entrar.
― Por una vez hicieron un buen trabajo esas empleadas flojas ― Gruñó Gary, provocando una risa leve en el otro viejo.
Al cabo de un rato, Anna y Samantha llegaron.
― ¿Ya está todo bien? ― Preguntó la chica a Zack. Él asintió.
― Están todos de lujo… y de hecho, creo que nosotros podríamos contribuir a que todo esté mucho mejor…
Anna parpadeó, perpleja.
― De acuerdo, tengo que decirte que cuando hablas de esa forma, significa que algo tienes entre manos. ― La chica se encogió de hombros. ― Y nunca puedo saber qué es.
El chico de cabello negro tomó a su amiga del hombro y señaló a sus camaradas. Todos, estaban acompañados de una persona mayor con la que habían entablado una conexión: Junior tenía a “Panchito”, o Tommas, Rocko tenía al “Huracán Fierro”, ella misma tenía a Samantha, Mike incluso, se había conseguido a una chica linda mientras congeniaba con Agatha, y él mismo, tenía a Gary Sheep.
― Creo que han probado su punto. Desde que llegamos al asilo, fui el único que estuvo en contra al 100% de venir aquí en un plan positivo, y ustedes, en compañía a estas personas, me han hecho recapacitar… los viejos no son inútiles ni son aburridos… pueden ser geniales, divertidos y sabios… no son estorbos que vienen aquí a morir, ni son prisioneros… ellos se merecen mucho más que eso, ¿no lo crees?
La sonrisa de Anna fue creciendo a cada palabra de Zack, hasta que le dedicó la más radiante de sus sonrisas, de sus ojos irradiaba cariño, admiración, satisfacción y orgullo.
― Zack… es lo más genial que has dicho en toda tu puta vida. Y si que lo creo.
― Entonces ― Cerró los ojos y se dio la vuelta. ― Comprenderás que en este mismo momento de por iniciada una importante misión de las ovejas asesinas.
Anna rió leve.
― Está bien, jefe… ¿Cuál es la misión?
―… libertad para los prisioneros.
― De qué est…
Pero Junior se le adelantó a Anna, colocándose frente a ambos y dejando bien en claro que había estado escuchándolos gracias a su enorme sonrisa juguetona.
― Ya tengo todo lo necesario ― Dijo, mostrándoles un objeto dorado que guardaba en su bolsillo. ― tenemos transporte.
― La llave del autobús… ― Murmuró Zack, y luego dedicó una mirada a su amigo. ― ¿No habrás hecho todo este incendio solo para…
― Mira cuate ― Junior abrazó a Zack por el hombro. ― Puedes preguntarme por las turbias cataratas canadienses que son mis pensamientos, o puedes darnos la orden y en un parpadeo estaremos quemando llanta en la autopista para darle a nuestros viejecillos el mejor día de sus vidas.
El chico Mosh sonrió, y chocó puños con su amigo del alma.
― ¡Andando!
Apenas terminó de dar la orden, Junior cargó a Panchito en su hombro como si de un objeto se tratara y se lo llevó corriendo rumbo al autobús. Anna habló con Mike y Samantha, y Zack se encargó de hacerle saber a Rocko, a Gary y al Huracán lo que ocurriría.
― ¿Están diciendo que nos van a regalar un día fuera del asilo y que luego van a aceptar toda la responsabilidad arriesgándose a ser echados de su escuela? ― Preguntó el Huracán, desconcertado.
― Así hacemos las cosas nosotros ― Suspiró Rocko. ― Pero te aseguro algo, abuelo… cuando hacemos una maldad, la hacemos bien. Así que si te da miedo venir…
― No me hagas reír ― Dijo el Huracán, poniendo los ojos en blanco y echando a andar hacia el camión. ― Pero que conste que esto es porque nos han secuestrado. Y otra cosa, exijo que comamos unos buenos tacos al pastor con mucha salsa de camino, tengo tantos años sin hacerlo que podría comerme mil.
Rocko siguió al hombre, y se fueron charlando y bromeando. Tras mirarlos un rato, Zack se volvió hacia Gary y esbozó una sonrisa.
― ¿Vienes con nosotros?
El hombre, abrazó a Zack por el brazo y echó a andar con él en la misma dirección que el resto. Delante de ellos ya iba Anna con Samantha, y Mike con Terry y Agatha.
― Es de esas preguntas que se contestan solas, Zack… tengo curiosidad de ver lo que tienen planeado para nosotros… ¿en verdad saben divertirse? No me lo tomes a mal pero ese pelirrojo luce bastante aburrido…
― ¿Mike? ― Zack se carcajeó. ― Bah, es un tonto. Pero, es algo así como nuestra mascota. Nuestro “Scooby doo”, digamos.
Mike se acercó a Zack con su cuaderno, mirándole con molestia.
“Pude oír eso, idiota ¬¬”
Tras mostrar su mensaje, se fue nuevamente con Terry. Sí que estaba embobado con ella.
Mientras Gary subía por las escaleras del autobús, un grito inmenso ensordeció todos los alrededores. Una hilera de sudor helado se recorrió por toda la espalda de Zack, y se dio la vuelta.
― ¡¿QUÉ CREES QUE HACEN?!
Era la mujer encargada que asignó las tareas a cada una de las ovejas, aparentemente la administradora general del centro. Iba acompañada de la directora Rita, que observaba con extrañeza a cada uno de los pasajeros del autobús aún apagado. Zack tragó saliva, y subió el primer escalón del autobús, mirándolas de frente y con los brazos recargados a los costados.
― Verán, estimadas trabajadoras del mundo religioso. Este lugar es horrendo, y estas personas son maravillosas… así, que vamos a secuestrarlas un rato para que vivan como se debe antes de que tengan que volver a estar encerrados.
― ¡VAN A PAGAR POR ESTO, PRESENTAREMOS ACCIONES LEGALES! ― Dijo la mujer enfurecida, mientras que la directora Rita seguía mirándoles, notoriamente impresionada.
― Estamos preparados para eso y más, señoras. Después de todo, somos las ovejas asesinas. ― Guiñó un ojo, y se sentó en los escalones. ― ¡Enciende esto y vámonos, Junior!
― ¡TANTAS HORAS DE MARIO KART FINALMENTE SERVIRÁN DE ALGO! ― Dijo el chico mientras encendía el autobús y cerraba la puerta corredisa.
― Espera ― Zack se volvió a él con pánico. ― ¿Jamás has…
Zack ya no pudo hablar más, pues fue sacudido por el tremendo arrancón en reversa que pegó Junior, para luego salir en línea recta a toda velocidad con rumbo a la autopista.
Luego de un poco de práctica, y de unas cuantas lecciones de conducción por parte del señor Fierro a Junior, finalmente el grupo entero podía darse el lujo de sonreír y de disfrutar del paisaje y del viaje. Zack miraba desde su asiento los rostros sonrientes de sus amigos, y de los ancianos acompañantes. Todos charlaban, debatían sobre las cosas que querían hacer en este día de libertad; que si ir al parque, que si ir al cine, que si comer tacos o hamburguesas, y demás… fue inevitable para el chico esbozar una gran sonrisa de satisfacción personal. Era la primera vez en mucho tiempo que hacía algo tan desinteresado, y sinceramente, se sentía muy bien.
Gary caminó hacia él, y se sentó en el asiento de adelante. Cruzando el brazo alrededor del respaldo, le miró con curiosidad.
― ¿En qué tanto piensas, chico? ― Preguntó el hombre. ― ¿Temes al castigo que te espera cuando volvamos?
Zack negó con la cabeza, acrecentando su sonrisa.
― En realidad, eso no me interesa… ya que, sin importar lo que pase, mis amigos y yo estaremos juntos ante todo lo que nos espere… una expulsión, una demanda… sobreviviremos como equipo, y saldremos adelante.
― Eso es algo muy cierto, Zack… ― El hombre esbozó un gesto nostálgico. ― Me pareció escuchar antes, que se hacen llamar las ovejas, ¿cierto?
― Así es, el nombre nos lo puso Junior, y aunque es algo bobo, al final se nos ha quedado y todos nos conocen así…
El hombre rió leve, sus ojos brillaban de la emoción.
― ¿Sabes?... cuando yo era joven, tenía una banda… bueno, me uní a una banda… su guitarrista se había roto una mano y necesitaban un reemplazo para un concurso de bandas locales que se celebraba en El Paso. Terminé uniéndome a ellos como elemento de emergencia, y aunque tocábamos muy bien juntos, no les agradaba en absoluto, seguramente porque extrañaban y preferían al otro guitarrista. Una semana antes de la competencia de bandas, me dieron el dinero de la inscripción y me pidieron de favor que fuera a hacer la inscripción. No sé por qué lo hice… ― Se detuvo por la risa un momento, antes de continuar. ― Pero, a la hora de escribir el nombre de nuestra banda, en vez de escribir “Starcoin” como se llamaba la banda, terminé escribiendo “Sheepheads”.
Zack soltó una carcajada.
― ¡¿Sheepheads?!
― ¡Sí! El nombre más ridículo que se me vino a la mente… yo estaba seguro de que cuando mis compañeros de banda se enteraran, iban a agarrarme a golpes por payaso y me echarían… sin embargo, fue todo lo contrario… cuando vieron el nombre con el que participaríamos, se carcajearon, estallaron de risa por horas enteras… y gracias a eso, terminamos siendo buenos amigos. Participamos en ese concurso y ganamos, consideramos que el nombre de Sheepheads nos daba buena suerte, y comenzamos a tocar bajo ese nombre, y terminamos encariñándonos.
― Es una gran historia ― Admitió Zack, fascinado. ― Creo que ha sido algo parecido con mis amigos las ovejas, aunque, no tocamos música y solo hacemos caos… el nombre nos hace identificarnos, y sentirnos bien al respecto. Algún día, tendré una banda, y espero que el nombre que tengamos, sea nuestro sello de distinción.
― Eso espero yo también, Zack… nosotros lo intentamos por años, tocamos juntos hasta que nos dimos cuenta de que ya éramos muy viejos. Y aunque alcanzamos una pequeña fama local, jamás pudimos despegar hacia el estrellato… de jóvenes, fantaseábamos con ver “Sheepheads” en los cartelones gigantes de los más grandes escenarios y estadios de todo el mundo, y tristemente ese momento nunca llegó.
― Entiendo… ― Zack desvió la mirada, pensativo. ― Dime, Gary… ¿qué ha sido de todos los Sheepheads originales?
Mientras el autobús avanzaba, rumbo a un destino aún incierto, pero seguramente fascinante, el sol dibujaba sombras alrededor de la ciudad que vio nacer a Zack Mosh, y que a su vez, guardaba aún tantas historias del mismo y de sus seres cercanos.
(2011, Los Ángeles)
― Y ese es el final de mi historia. ― Dijo, respirando hondo. Tomó su vaso de café entre ambas manos y bebió lentamente con los ojos cerrados y un gesto sereno dibujado en el rostro, a la espera de nuestras reacciones.
― ¿E-eso es todo lo que contarás? ― Fui yo la primera en hablar, me temblaba el labio. ― ¿No vas a decirnos que hicieron con los viejitos ese día?
― Los llevamos a bailar a la plaza de los viejitos, jugamos cartas, comimos, y fuimos al zoológico. Quedaron rendidos luego y tuvimos que regresar al asilo apenas dieron las 8.
― Y… ¿qué pasó con ustedes? ― Esta vez fue Ben quien preguntaba. ― ¿Los demandó el personal del asilo? ¿Los expulsaron de su escuela?
Zack sonrió.
― Nada de eso. Digamos, que la directora Rita no es tan mala después de todo, y que ella pensó lo mismo de nosotros mientras secuestrábamos a esos ancianos.
― Es una historia fascinante… ― Solté, inspirada por el relato de Zack. ― nunca imaginé que tú llegaras a establecer conexiones sentimentales con una persona en un asilo… ¿volvieron a verlos después de ese día?
― Cumplimos nuestra condena, y aún seguimos visitándolos dos veces a la semana hasta que nos graduamos… bueno, yo dejé de ir un poco antes cuando Gary falleció.
Nos estremecimos, inmediatamente busqué en su rostro algún sentimiento reprimido al respecto, pero había calma en su mirar.
― Él vivió al máximo, así que está bien. ― Explicó, sonriente. Luego, se dirigió directamente a la principal oyente de la historia, que hasta el momento había permanecido estoica. ― ¿Qué te ha parecido mi historia, Kina?
Kina Milán, la razón principal por la que Zack relató la historia, se cruzó de brazos y cerró los ojos, suspiró hondo y luego encaró a Zack, desafiante.
― ¿Deseas llamar Sheepheads a nuestra banda para rendir tributo a un anciano?
¿A eso reducía toda la gran historia que recién habíamos escuchado? ¿A un simple tributo? No podía comprender si Kina era fría, o simplemente cruel. Zack puso un rostro serio a su pregunta, tensando un poco sus mejillas y su ceño. No obstante, terminó encogiéndose de hombros.
― Para nada. Él está muerto, no puede ser un tributo si no puede sentirse honrado por él. Más que eso, yo lo veo como un amuleto… Sheepheads le trajo buenas cosas a él y a su banda, y me gustaría que Sheepheads me traiga cosas mucho mejores a mí y a mi banda. Quiero adoptarlo, y darle mi propio concepto… quiero ser Sheepheads, Kina. Quiero que seamos Sheepheads.
Kina entrecerró los ojos con gestura analítica, y finalmente tras varios segundos de tensa incertidumbre, torció una sonrisa y se puso de pie.
― Voy a pensarlo ― Se encogió de hombros. ― Tenemos ensayo a la noche, no lo olvides.
Zack esbozó una gran sonrisa de satisfacción, a sabiendas de que nuevamente, su gran capacidad de expresarse, le habían dado lo que quería; y en este caso, lo que quería era que al menos Kina lo considerara.
― Está bien ― Dijo el chico. ― Pero, tendré que irme temprano… voy a pasar la velada con mi mujer.
Una fuerte punzada golpeó mi espalda… por un momento, olvidé que Zack estaba casado con Ellie, Ellie Mosh.
Bajé la mirada. De esta forma, el tiempo pasaba más rápido. Técnica infalible que aprendí desde niña: bajar la mirada, cerrar los ojos, y esperar a que se vayan el miedo y la desesperación.
Kina fue la primera en despedirse, minutos más tarde, Zack hizo lo mismo: Me dio una palmada amigable en la espalda y se fue diciéndome lo mismo de siempre:
 ― Hasta mañana.
Nada especial.

Cerré el café junto a Ben, tomé mis cosas y me adelanté para tomar mi autobús tras despedirme de él con la misma sonrisa de siempre. Me siento orgullosa de esa gran capacidad que tengo para sonreír y actuar alegre todo el tiempo… y no soy como todas esas chicas pretenciosas que alegan sonreír cuando están tristes en realidad, y que nadie sabe que por dentro sienten que se mueren, no señor… yo, Ruth, tengo más de 9 años sonriendo más por necesidad que por realmente desearlo.
Desde que era una niña, nunca nada fue mío, nunca fui la chica especial de la historia, aquella a la que se le cumplían sus anhelos. Pronto, comprendí que la única forma de hacerme con una realidad, era dejar de soñar… de nada servían los cuentos, de nada servían las ilusiones… pronto, tuve que hacerme a la idea de que el mundo era un lugar duro, y que para alguien en mis condiciones, la sobrevivencia dependía únicamente de ser fuerte.
No es que oculte quien soy para protegerme, no es que me avergüence de mi pasado, no es que huya de los fantasmas que aún me siguen a donde quiera que voy… lo que ocurre en realidad, es que aún no estoy lista para hacerle frente a todos los asuntos pendientes que me quedan… aún no soy tan fuerte, aún el peso a mis espaldas es demasiado para cargarlo por mi cuenta.
Y luego viene él, a hablarme de sueños, esperanzas, aspiraciones y deseos… “¿Cómo lo haces?” No podía parar de pensar. ¿Cómo una persona puede ser tan fuerte cuando lo único que hace es apuntalar a lo más alto? Se lo dije cuando lo conocí… no me convencía su estilo de querer volar cuando aún no caminaba, sin embargo, eso a él no le importaba en lo absoluto… él simplemente decía “yo triunfaré, ya verás”.
Entonces no lo sabía, pensaba que Zack era un pobre soñador… pero ahora, me doy cuenta que Zack y yo no éramos tan diferentes… de hecho, no podíamos ser más similares… la única diferencia entre nosotros, es que yo evitaba lastimarme alejándome de sueños y fantasías, mientras que él, en cambio, se aferraba a ellas con todas sus fuerzas, clavándose las espinas en las manos y cerrando los ojos con todas sus fuerzas para no soltarse jamás… al final, los dos solo aplazábamos un inminente combate contra nuestro pasado a nuestra manera… el objetivo, era el mismo.
En una ocasión, Zack me agradeció todo lo que hice por él desde su llegada a Los Ángeles, y me hizo saber que había hecho más de lo que me creía haber hecho… al preguntarle de que hablaba, me dio una respuesta inesperada para la imagen que tenía entonces de él… sus palabras aún siguen presentes en mi mente:
“Solo digamos que no eres la única con una o dos historias ocultas.
Ahí estábamos, él y yo… en su ciudad natal. Él tenía el rostro cabizbajo y susurró tan bajo que solo él mismo debió haberse podido escuchar, y sin embargo, lo que dijo llegó a mí… ¿qué es esto, Zack? ¿Qué es esta conexión que tú y yo compartimos desde que cruzamos miradas por primera vez, en el corredor de nuestro edificio?
Me recosté en mi cama, cerré los ojos y me cubrí el rostro con las manos. ¿Qué estaría haciendo él? Serían las 8 de la noche, tal vez ya había dejado el ensayo con su nueva banda, y ahora se encontraría con Ella… sonriéndole… besándola… acariciándola y…

Dolor en el pecho.

Inmenso dolor en el pecho.

Insoportable dolor en el pecho.

¿Por qué me dolía tanto? Son casados, están enamorados. Es normal que ellos…

Dolor en el pecho.

¿Por qué, Zack…? ¿Por qué…?
La respuesta era lógica… Zack conoció al amor de su vida en su tierra natal, y se casó con ella. ¿Yo? Yo no era nadie en comparación a Ellie. Solo era una amiga más. Jamás podría compararme a ella aunque quisiera, incluso si así lo deseara con todas mis fuerzas, jamás podría ser su primer amor, ya que Ellie…
Dolor.

Mucho dolor.

Demasiado dolor.

Una lágrima resbaló por mi mejilla.

― ¿Q-qué es esto? ― Murmuré, acariciando el líquido con las yemas de mis dedos temblorosos. ― Estúpida, llorando por algo que sabes desde hace más de un año…
Así era, no sé porque me sorprendía o me dolía; si desde que conocí a Zack así fueron las cosas…
― Zack y Ellie están enamorados ― Dije con la voz quebrada mirando al techo. ― Zack y Ellie están…
Tocaron la puerta. ¿Quién podía ser a esas horas? Me limpié el rostro con la parte posterior de mis manos, y me puse de pie para caminar a la entrada. Mi departamento era un desastre como de costumbre, pero si era cualquiera de mis visitas habituales no me avergonzaba que vieran mi falta de orden. Abrí la puerta, y mis ojos se abrieron como platos al instante, nuevamente mis pupilas se dilataron y se humedecieron.
― ¿Q…qué haces aquí?
Él acarició mi mejilla, gentil con su mano fuerte y firme. Luego, con sus dedos duros por tanto tocar la guitarra, limpió de mi rostro las mejillas con sus pulgares.
― ¿N-no ibas a…
Me hizo callar colocando su índice sobre mis labios resecos, sonrió levemente y asintió.
― ¿No te lo dije? Pasaré la velada con mi mujer… tú eres mi mujer, Ruth.
Pude sentir como los colores invadían mi rostro. Mis rodillas temblaban, mi corazón parecía que fuese a saltar de mi pecho en cualquier momento, no podía sentir mis manos… y ese solo era el comienzo de lo que las palabras de Zack me hicieron sentir, y de lo que siempre me hacían sentir.
― P-pero… hoy no es…
― Estoy cansado de seguir siempre un horario, y de escondernos… hoy, quiero hacer una excepción. ― Dijo, entrando a la casa y cerrando la puerta de inmediato. Luego, se volvió hacia mí y acarició mi barbilla. ― Cierra los ojos.
No pude pensarlo, simplemente lo hice. Cerré los ojos, nerviosa y temblorosa, sonrojada y obediente como una boba niña enamorada… pero es que, a su lado, eso era.
Luego, sus labios se unieron con los míos y liberaron fuegos artificiales en mi interior, mis sentidos se liberaron, mi tristeza se esfumó, mi soledad me abandonó, mis fantasmas escaparon, y la habitación entera se iluminó sin que tuviera yo los ojos abiertos para ser testigo de ello, todo gracias a los labios adictivos y enérgicos de él.
Me abrazó por la cintura, se reclinó para quedar a mi altura así que le abracé por la nuca y le atraje con todas mis fuerzas para sentir su cuerpo cerca del mío. Lo sentía de nuevo, sentía ese calor latente que su pecho brindaba al mío cuando se unían, podía sentir la seguridad húmeda que daba cuando con su lengua acariciaba la hilera superior de mis dientes para luego entrelazarse con la mía, podía sentir ese enmarañado cabello negro, fuerte y suave del cual podía aferrar mis dedos mientras me recostaba sobre el sofá… eso y mil cosas más sentía, con tan solo tenerlo a mi lado.

 Justo como ha sucedido a lo largo de nuestra amplia historia; no podía ser controlado. Aunque ambos queríamos que se detuviera, no logramos más que incrementar su fuerza hasta el punto en que ya fue inevitable, y decidimos dejar de aparentar.
Siempre pude verlo y sentirlo… al menos desde que intentó besarme por primera vez; pero en ese momento me dolió y asustó. Traté de alejarme de él completamente en vano… corrí a su lado de nuevo apenas hubo oportunidad.
Aunque antes podía verlo y sentirlo, ahora lo vivo… sé que está mal. Cada día su amor recae sobre mi piel como los rayos del sol, y así como da calidez e iluminación a mi vida, me quema de culpa y amenaza con consumirme… solo él sabe hacerme sentir la mujer más feliz del mundo, y la más ruin al mismo tiempo.

Es ya una rutina, pero nunca se pierden la intensidad y la magia. Admito que estar con él cuando no deberíamos ha agregado excitación a nuestras noches aún cuando hace daño a largo y corto plazo en nuestra relación,  el agridulce sabor de lo prohibido es un condimento al cual he terminado aceptando en lo bueno y en lo malo más por resignación que por gusto propio.

Tenemos horarios, coartadas, lugares secretos, nombres clave, sincronización… suena muy complicado para un amorío común y corriente, pero nosotros estamos lo más alejado de ello; no tendría que ser tan complicado hacer el amor con la persona que amas, no debería de ser necesario viajar 40 minutos en autobús y caminar otros 10 para acariciar las finas marcaciones de su cuello o para besar su pecho y deslizar las manos por su abdomen trabajado. 

¿Qué me ha llevado a perder la dignidad? ¿Qué me ha hecho ser la segunda? ¿La puta?... me hago estas preguntas diariamente, y cada mañana la respuesta es la misma al mirarme al espejo: él es hermoso. Es perfecto. Y la única oportunidad que tengo de tenerlo a mi lado, es siendo su amor clandestino. No pretendo que se me entienda, ni pido que no se me juzgue, en realidad, ya no me importa lo que la gente piense… ellos jamás van a entender lo que él y yo hemos vivido y soportado juntos, nunca comprenderán el lazo que nos une, ni la germinación de nuestro amor en un terreno árido.

Cada vez que nuestra canción suena en mi celular, mi rostro se ilumina me encuentre donde me encuentre. Sé que me espera un mensaje suyo; no recibo llamadas suyas, lo tenemos prohibido mutuamente para evitar sospechas. 

Por las noches, me cuesta conciliar el sueño sin sus brazos fuertes, cálidos rodeando los míos y apretándose contra mi pecho, sin su respiración serena sobre mi cuello, sin sus piernas entrelazándose con las mías… da igual; ya me he resignado a que en las noches, no es conmigo con quien estará… la razón es clara… tiene nombre y apellido, y comparte apellido y dormitorio con él.

― Te amo, Zack.

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