El olvidado

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El olvidado

Imágenes del pasado embistieron su herido presente hasta tirar su razón por un precipicio.

La locura envolvió con sus garras los resquebrajos carcomidos de su mente desolada. Al amanecer, solo una triste sombra de semblante perdido yacía en la azotea… aferrándose a una botella de mezcal más medio vacía que medio llena.

Ella se fue al verse inexistente, y él tuvo que quedarse y existir en soledad… olvidado y condenado a pagar por ambos.

Las mañanas, nada grises  como se esperaría para alguien más abandonado que la tierra infértil, cegaban sus ojos por la brillantez y alegría de cada amanecer para los que merodeaban en su entorno. Hubiese preferido mil veces un amanecer lúgubre, tan oscuro que arropara su existir y le brindara tranquilidad hasta que la muerte le arrebatara de su miseria… por el contrario, cada día se vio forzado a contrastar con el resto, a ser señalado con lastima, a ser un objeto de exhibición… para todos, para todas, siempre sería el olvidado.

 Aniversarios olvidados…
¿Por qué se fue?
Novelas polvorientas en las estanterías…
¿La botella ocultaría sus respuestas por siempre?
Una tarde en el pórtico…
Si el ayer es más fuerte que el mañana, ¿por qué bajarse del “hoy” al esconderse la luna?
Las velas aromáticas que nunca usó…
¿Alguna vez le amó?
La carta de despedida que nunca le escribió…
¿Perdió su capacidad para odiar? ¿O es que en el olvido no hay espacio para un lujo semejante?
El caminar inexistente, de una memoria que jamás volverá…
¿Por qué a él…? ¿Por qué?

El dolor se hace presente en el olvido, y tanto su cuerpo como su mente atestiguan a mi favor. Las cortadas en sus manos y muñecas, las cicatrices en su espalda, y el llanto nocturno, enmarcaron durante décadas su triste retrato.

Arduo y constante, castigó su cuerpo con trabajos forzados y esfuerzos extra a cada segundo. Construyó, arregló, plantó, contribuyó… hizo toda clase de favores y empleos con la esperanza de ocupar su mente, o de errar de muerte para finiquitar con su relato constante de tragedia viviente, más la deidad (si es que existía una), se burlaba de él dándole buena salud y resistencia suficiente como para permanecer y persistir en la desgracia.

La tortura dolosa de devolver una sonrisa a alguien que le  miraba con lástima se convirtió en una rutina más que diaria para él. En los ojos de todos, observaba reflejada toda su patética vida, e incrementaba su desesperación la condescendencia del resto con respecto a su status… ¡¿Por qué no podían dedicarle asco y desprecio?! ¡¿Por qué tenían que lamentar su maldita tristeza?! Para alguien que en el pasado sostuvo y, con honores, un orgullo más grande que su propia persona, era peor que un insulto o un escupitajo a la cara… y con ello tuvo que resistir, resignado a que ahora esa era su vida.

El patio que construyó, sus aves viejas, el cofre del salón… todo, memorias dominantes.

Los tragos, mientras más amargos mejor, ayudaron a sobrellevar la ardua tarea de cargar su nombre… llevándose la botella a los labios, descubrió que las memorias podían cobrar vida algunas noches. Revivía, al menos por unos instantes, el lujoso y perfecto sentir del pasado en su pecho… podía tomar su mano, acariciar su mejilla, y susurrarle lo que siempre quiso decirle pero nunca hizo.

Nada positivo llega a nuestras manos sin efectos secundarios de por medio, y el cobro del breve momento de alivio llegaba muy puntual cada mañana, y no hablo de la resaca, no… la realidad era capaz de golpearlo más fuerte que cualquier dolor de cabeza matutino… nada cambió, seguía solo, confundido… y olvidado.

El mañana nunca luce bien para aquel que trata de vivir en el pasado a toda costa, y mucho menos lo hace para quienes son tan prisioneros de la incapacidad de salir adelante que acaban siendo arrastrados por la locura, a la espera de que un final de fantasía les devuelva lo que algún día tuvieron.


El olvidado tuvo la oportunidad de levantarse y luchar contra lo que se plantó en su camino, pero decidió quedarse donde estaba, y aferrarse al recuerdo de un fantasma que le dejó atrás y recorrió lo que nunca hubiese recorrido a su lado.  Para él ya no hay salidas, ni una posibilidad de recuperarse… él y sus memorias, rondarán con locura por los cuartos de una residencia desolada, hasta que una última canción de amor sea arrancada de sus labios secos y olvidados.

No ladren más

No ladren más

Desde hace tiempo ya que las historias de terror no logran afectarme. Fantasmas, demonios, duendes, y demás cantidad de seres sin carne que andan en boca de todos, no pueden compararse ni un poco con aquellos que caminan naturalmente por el mundo. Son los que están con vida los que son de cuidado. Y si no me creen, lean atentamente la historia que tengo para ustedes a continuación. Es una experiencia personal, e incluso a la fecha me sigue sacando escalofríos.

18 años tenía, y aún cursaba mi primer semestre en la universidad. Para nada se cruzaba por mi mente atender con puntualidad las responsabilidades de alguien que busca una Licenciatura en educación, mi mayor ambición no era otra que la de salir con amigos, bailar, beber y conocer más amigos con los que salir, bailar y beber. Se podría decir, de hecho, que la única razón por la que seguía en la universidad era para seguir siendo dependiente de mis padres, y para mantenerme sin preocupaciones por unos tantos años más.

Por aquellos tiempos, me juntaba frecuentemente con un compañero que cursó conmigo la escuela secundaria; de nombre Andrés, y cuyo rol en esta historia es vital. Aunque estudiábamos distintas carreras en distintas universidades, siempre que salía un plan uno buscaba al otro incondicionalmente. Aquella ocasión no fue la excepción; recuerdo haber estado en la sala de mi casa, haciendo una investigación bastante superficial en internet para una tarea cuando el siempre escandaloso motor de su antiguo Volvo llegó a mis oídos, y seguramente a los oídos de todos los vecinos por igual. Salí a recibirle a la entrada incluso antes de que llegara a estacionarse.

― Debes arreglar esa cosa ― Le dije en vez de saludarle cuando bajó del auto. ― Hace mas escándalo que la mamá de tu novia. Y esas son palabras fuertes, mira que la mamá de tu novia…

― ¿Así me recibes? ― Preguntó él; en un falso tono ofendido. ― Yo que vengo a recogerte. Súbete ándale.

 Abrió con la llave la puerta del copiloto y corrió hasta el lado del conductor. Se subió sin esperar a que yo hiciera lo mismo, dando por hecho que no pediría mayores detalles. Y tenía razón, me encogí de hombros y me subí al auto., deseoso de escaquearme de mis deberes estudiantiles.

― No tengo dinero, cabrón. ― Le advertí al instante, mientras me ponía el cinturón de seguridad. ― Así que ni se te ocurra llevarme a un bar a no ser que me quieras ver sobrio y aburrido.

― Tranquilo, Güey ― Encendió el auto y arrancó a toda la velocidad que su vejestorio permitió. ― Hoy conocí a un señor que se acaba de mudar cerca de mi barrio. Es un viejo que tiene un chingo de pisto y después de platicar un rato me invitó a echarme unos tragos con él. Le pregunté si podía traer a un amigo, dijo que si y entonces me lancé por ti a toda velocidad.

Ni Andrés ni yo éramos la clase de personas que iban por ahí juntándose con gente mayor, pero el alcohol gratis es algo que nunca aprendimos a negar. Incluso dejé de hacer preguntas respecto a nuestro destino en cuanto me dio su explicación superficial.

Al cabo de unos 15 minutos dimos con nuestro destino. La casa del sujeto se encontraba en una de las áreas aun sin pavimentar del área de Juárez Nuevo. Me sorprendió que Andrés incluso se refiriera a ésa área como “cerca de su barrio” estando tan apartada de su casa.

Al igual que las otras propiedades alrededor, la casa carecía de reja metálica. Protegía su entrada una muralla de más o menos 1:70m construida con trozos varios y tablas de madera unidos con alambre y clavos de extremo a extremo. Al centro, había una entrada pequeña con una puerta improvisada hecha de chirrac que se movía la empujaras o la jalaras. Aunque estaba evidentemente recién construida, podía notarse por la humedad que cubría sus orillas que las lluvias recientes la tenían debilitada.

Andrés entró sin llamar a nadie, así que hice lo mismo. Por dentro la pinta era también muy humilde: era una vieja casa de un piso construida con ladrillos y cemento. El patio frontal no tenía ningún árbol o adorno embellecedor; era todo tierra, aunque estaba húmeda y el olor era agradable.

La pinta del lugar deplorable: ni siquiera tenía ventanas, donde deberían estar los cristales, había bolsas negras de basura selladas con cinta adhesiva, y donde debía estar la puerta principal, colgaba una sabana larga de un alambre. Andrés, como sintiéndose en su casa, hizo la sabana a un lado y entró a la casa. Preferí no seguirlo, no me sentía nada cómodo ni con la pinta del lugar ni con entrar a residencia ajena siendo un entero desconocido.

Esperé de pie con paciencia. Aunque la luz del sol hizo que mi espera fuera fastidiosa. Al cabo de un rato, Andrés salió acompañado de un hombre de cabellos y barba canos. El sujeto sonreía, así que su rostro me pareció confiable en primera impresión. Vestía con pantalón y camisa caquis, y llevaba zapatos de vestir cafés, gracias a lo rabón de sus pantalones pude percatarme de que no llevaba calcetines.

― Buenas tardes ― Le saludé, extendiendo mi mano con cordialidad. ― Mario Chaparro, mucho gusto.

― Esteban Macías ― Se presentó él, respondiendo a mi cordialidad y a mi apretón de manos. ― Bienvenido a mi humilde hogar. Pasa por favor, como Andrés me dijo que iba a ir a recogerte me puse a preparar unas sillitas y la radio para tomar y pasarla suave.

― Nada más salimos a recogerte porque no te metiste, Güey ― Me aseguró Andrés. ― Nosotros ya estábamos tomando y todo pero me acordé que te quedaste afuera.

― Ah lo siento ― Me disculpé con timidez y luego de que ellos entraran de vuelta a la casa hice lo propio. ― Pasa que a diferencia del Andrés yo no me meto en casa ajena sin permiso.

― Entonces te voy a decir lo mismo que le dije a Andrés hace ratito que lo conocí. ― El sujeto se acercó a mí apenas crucé la sabana. ― Esta es tu casa, puedes venir cuando quieras a pedirme ayuda. Yo soy muy abierto y cualquier cosa que pueda yo hacer por un amigo, siempre voy a hacerlo.

Me sentí abrumado por la sobrecogedora confianza. Era incomodo que alguien con quien apenas había cruzado unas cuantas palabras ya me hiciera semejantes señales de apoyo. El aliento del sujeto me hizo comprender que ya estaba un tanto tomado, así que no me lo pensé demasiado y me limité a agradecerle.

Por dentro la casa era muy parecida a la fachada: piso de cemento, húmedo seguramente para refrescar o al menos dar esa sensación. Nada de adornos, cuadros o retratos, y equipada con apenas las cosas más básicas para vivir: un refrigerador, una estufa, un sofá en la sala, una televisión pequeña y una cama y un viejo ropero en la habitación de más al fondo. Pero a nosotros no nos ubicó ni en la sala ni en el cuarto trasero, optó por llevarnos al cuarto lateral, que estaba completamente vacío a excepción de 3 sillas desplegables, unas cuantas botellas de licor al centro y una vieja grabadora enchufada y sintonizando canciones de banda. Sin esperar a que tomáramos asiento, él se sentó en la silla más cercana, tomó un vaso desechable y se sirvió de lleno el contenido de una botella de oso negro que ya estaba a medias.

Las paredes tenían enjarrado de cemento solo en ciertas áreas. Había varias zonas incompletas en cada pared, y era difícil saber si el hombre tenía en planes mejorar la pinta de su hogar. Era comprensible que ya que apenas acababa de mudarse la pinta no fuese la ideal, pero uno supondría que antes de mudarse de lleno a un lugar es necesario dar ciertas aclimataciones. Y es que sin el enjarrado, cada habitación era más caliente de lo normal, incluso con el piso humedecido con agua se llenaba en la garganta una sensación de sofoco como si de una selva tropical se tratase.

― ¿Ya te tomaste toda esa mitad? ― Preguntó Andrés impactado, señalando a la botella que ahora el anciano dejaba en el suelo. ― ¡Cuando me fui por éste estaba nueva!
Preferí no hacer comentario sobre la forma en que se refirió a mí. Me limité a tomar asiento en mi silla correspondiente sin participar en la conversación. He de admitir que a primera vista, el anciano provocó en mi una buena impresión dado su alegre recibimiento y aparente actitud amigable, ¿pero quién puede dar una impresión apropiada con apenas unas líneas de charla? Me enorgullece decir que soy de la clase cautelosa, y que la confianza la suelto de a poco. Comento por adelantado, que aquella tarde no lo hice… no hubo tiempo para hacerlo.

― ¡Pues en algo tenía que entretenerme! ― Respondió socarrón el sujeto, extendiendo las manos en su excusa. ― Y mi novela no empieza hasta las 6, así que me puse a entrar en calor para llevarles ventaja.

Así pues, entre charla y bromas, Andrés y Esteban abrieron lo que sería una tarde bastante interesante en cuanto a historias. Habríamos comenzado a eso de las 3 de la tarde, y para cuando dieron las 5 el viejo ya nos había demostrado que era la clase de persona que gustaba de contar y contar vivencias y anécdotas sin parar.

Al principio sus historias fueron picaras, de índole sexual; contó de algunas amantes que tuvo, y  se enorgulleció dando lujo de detalle acerca de cómo las ocultó de su antigua esposa. Aseguró luego haber ya detenido su vida de rabo verde cuando conoció a su esposa actual por dos razones: 1.- amor, y 2.- la edad.

Pasamos al tema de lo laboral, él antes mencionó que estuvo viviendo en Estados Unidos desde su infancia hasta hacía apenas 5 años, donde buscando trabajo (dado que lo había perdido todo en el país del sueño americano) volvió a su país natal y desde entonces había vagado por distintas ciudades de México. Ciudad Juárez, nuestra ciudad, sería supuestamente el lugar definitivo donde planeaba echar raíces hasta morir.

― Ahora tengo 70 años, y muy bien vividos ― Nos aseguró, presumido ― Y he trabajado ya en tantas cosas que mis campos de experiencia abarcan un buen campo… pero el que más me ha marcado… fue el de unirme a las fuerzas armadas de los gringos.

― ¿Fuiste soldado? ― Preguntó Andrés, notoriamente sorprendido.

― Soy un veterano de la guerra de Vietnam.

La charla dio un giro enorme en todos los aspectos posibles. Dejó de presumir por cualquier tonto dejo de nostalgia de sus buenos días, su rostro se tornó serio, su mirada baja con nerviosismo se detuvo quieta en el que sostenía con ambas manos (y que temblaba un poco) e incluso su voz, que durante todo el rato anterior había estado elevada y exagerada para quien charla con solo dos personas en una habitación, pasó a cambiar a un respetuoso y pausado timbre narrador.

Nos explicó que tenía 21 años, que no había terminado sus estudios y que las prestaciones ofrecidas para todo aquel enlistado le llamaron la atención. Acordó a recibir su entrenamiento y a prestar servicios sin ir al frente durante 2 años. Durante ese tiempo, fue asistente en la enfermería, en la cocina y en los diversos grupos de rescate que a diario buscaban rescatar a los heridos. Cuando finalizó su tiempo, se vio obligado a firmar por otro par de años para así lograr que su hermano menor fuera liberado, y en esta ocasión había de ir al frente gracias a la gran cantidad de bajas que la inmundicia de la batalla cobró.

Nos olvidamos del paso del tiempo. Pronto comenzó a narrarnos acerca de la espesura de la vegetación, del hambre y sufrimiento que pasaron él y su pelotón por semanas sin haber recibido un solo disparo de una línea enemiga, y principalmente: de la desgarradora defensa de los civiles. En un punto de su relato, un par de lágrimas escaparon de sus ojos, y un nudo en su garganta le obligó a guardar silencio por casi un minuto. Ni Andrés ni yo supimos que decir, preferimos darle su tiempo.

― A veces no les bastaba con darles armas… ― Nos dijo, cuando se recuperó. Talló sus ojos y levantó la mirada. ― Daban a los niños granadas, y les decían que las hicieran explotar cuando estuvieran cerca nuestro… algunos se ocultaban entre el fango y se abrazaban a los soldados al explotar. Se nos dio la orden, durante casi 3 meses, de asesinar a todo civil que pudiéramos encontrarnos en nuestro andar para evitar que eso pudiera ocurrirnos a nosotros.

En un principio, aportamos comentarios y preguntas para impulsar la narración de Esteban, pero llegados a ese punto parecía que ninguno de los dos deseara saber mucho más al respecto. Recordar, claramente no era algo grato para él, y tampoco lo estaba siendo para nosotros… ¿qué podíamos hacer para salir de tan incómodo punto?

― Yo me quería matar… ― Nos aseguró. ― hasta entonces, me di cuenta de que era un mocoso que no sabía nada, y que me había unido a un grupo de personas que tampoco tenían idea… más de una vez me puse la punta de mi arma en la boca… y nunca supe que me hizo detenerme entonces… se lo atribuyo a Dios, pero es imposible saberlo.

Detrás de mí, pude escuchar como alguien que tarareaba abría la puerta de chirrac y luego se acercaba hasta entrar a la casa. Desvié mi mirada a un costado y el viejo se percató de que me distraje.

― Ya llegó mi hija ― Indicó, con seriedad. ― ¡Mayra, ven a saludar!
Aproveché para revisar la hora. Eran ya las 8 de la noche.

― Ya es algo tarde ― Dije a Andrés, como una indirecta, mostrándole la hora en mi celular. ― ¿No crees?

Esteban bebió el contenido de su vaso de un sorbo y se sirvió más vodka virgen. Desde que llegamos, él no había dejado de servirse una y otra vez; tanto así que me atrevo a asegurar que había ya tomado el doble de lo que Andrés y yo juntos hasta el momento. Curiosamente, no se le notaba ni en el tono de voz ni en su comportamiento, lo cual nos hablaba de que era una persona muy habituada a la bebida en grandes cantidades.

― Si, ya es muy tarde ― Coincidió Andrés conmigo ―  Creo que mejor nos vamos, yo tengo que terminar una...

― No, no se vayan ― Interrumpió el hombre al instante, señalándonos. ― Todavía queda mucho por beber. ¡MAYRA, VEN A SALUDAR CARAJO!

Me estremecí, casi pego un salto de la sorpresa. Su cambio de tono de voz, su agresividad y la fuerza de su grito fueron un cambio abrupto de actitud. De inmediato intercambié miradas con Andrés, que al igual que yo, tenía los ojos abiertos de sorpresa, pero su mirada era neutra; eso significaba “esperemos un poco más, no podemos irnos así como así”, y le di la razón… tal vez, el tipo solo quería terminar de contar todo aquello que vivió estando en Vietnam antes de dejarnos ir.

La espera por la respuesta de su hija fue angustiosa e incómoda. A nuestro alrededor podía sentirse la tensión que se acrecentaba. A Esteban se le notaba ansioso, no movía un solo músculo de su cuerpo mientras esperaba a que su hija respondiera o apareciera frente a nosotros, y ese momento no llegó.
 Finalmente perdió la paciencia y se puso de pie, se disculpó en voz baja y soltó una maldición; entonces, abandonó la habitación en un paso furibundo. Aunque estábamos en otro cuarto, la falta de puertas y el material con el que fue construida la casa, facilitó que pudiéramos escuchar de lleno todo lo que ocurría.

― ¡Te estoy hablando, cabrona, ¿por qué chingados me ignoras?!

― No me gusta verte cuando estás tomado. ― Fue la respuesta que obtuvo por parte de su hija en voz baja, y claramente intimidada. 

― Mierda… ― Murmuró Andrés, ahora arrepentido por no haber insistido en que ya era nuestra hora de irnos.

Bebí un sorbo de mi vaso mordido, ¿ya qué podíamos hacer?

― ¡¿QUÉ DIJISTE, PENDEJA?!

No hubo tiempo para reaccionar por el violento grito de Esteban, dado que a continuación el inconfundible sonido de un golpe, seguido del quejido gutural de su hija inundó enteramente el lugar hasta dejarnos helados. Andrés y yo intercambiamos miradas; ¿qué se suponía que hiciéramos ahora? No podíamos ponernos de pie y largarnos porque ellos estaban en la sala, y no podíamos tampoco quedarnos quietos como si nada hubiera ocurrido. Para colmo de males, seguido al silencio sepulcral que el golpe  provocó, una serie de chirriantes y constantes ladridos inundaron e hicieron eco en toda la casa.

― ¡CALLA A TU PINCHE PERRO, ¿ME OÍSTE?!

― Pues lo asustaste ― Replicó la hija entre sollozos, con la voz quebrada, aterrada. Como quien suplica a un captor, como quien está acorralado y espera piedad. Luego, tomó al perro entre sus brazos y huyó al cuarto de atrás a paso veloz, apenas y pudimos observar su espalda pasar frente a nosotros por el pasillo angosto aledaño a la entrada del cuarto.

Tan enardecido estaba el hombre, que sus pasos se marcaron inmensos en el suelo húmedo hasta el cuarto donde Andrés y yo aguardábamos sumidos en la angustia. Para nuestra sorpresa, el rostro que nos mostró no era el de quien acababa de golpear a su hija con violencia, sino el que puso cuando se presentó ante mí, y seguramente ante Andrés: abierto, tranquilo y relajado.

― Pinches viejas, cada vez nacen más pendejas. ― Fue lo que dijo, antes de soltar una sonora carcajada. ― Vamos a seguirle que la noche es joven.

― No Don, ya estuvo por hoy ― Dijo Andrés poniéndose de pie, sin dudar aunque con un dejo tembloroso en su voz. ― Yo tengo que hacer una investigación y el Chaparro trabaja mañana, ¿verdad? ― Dijo, mirándome con neutra naturalidad.

Asentí sin dar espacio a las dudas, y me puse de pie al igual que mi amigo. Sacudí mi pantalón solo para no tener que mirarle a los ojos. Lamento desilusionarlos en la narrativa de este aspecto concreto, pero mi vista estaba tan acobardada como mi mente, y no sentía deseos ni valor para analizarle en ese aspecto.

― No, no me chinguen. No se van a ir tan temprano, ¿les incomoda que esté mi hija? Si quieren la corro a la verga.

Su voz violentada volvía a su timbre de a poco. Podía sentir como elevaba su tono a cada silaba, y como se llenaba de desprecio en el momento en que hablaba acerca de su hija. Nos adelantamos a negar con la cabeza una y otra vez antes de que terminara la oración siquiera.

― No, no es eso ― Insistió Andrés nuevamente. ― Es que de verdad ya es muy tarde…

Antes de que el viejo pudiera replicar, los fuertes ladridos del perro se hicieron presentes acrecentando la tensión del ambiente de nuevo. No bastando con eso, escapó de los brazos de su ama, y corrió hasta estar de frente a nosotros.

Era un perro pequeño, un chihuahua color marrón de ojos saltones y orejas gachas. Característico en la raza, temblaba nervioso. Y a cada ladrido pegaba un salto; reflejo de sus nervios frágiles y su temperamento voluble por mera naturaleza. Quedaba más que claro que el animal quedó aterrado por la demostración de violencia de hace unos momentos cuando Esteban golpeó a su ama, y ahora, fiel a la fama de todo can, demostraba su lealtad confrontando al peligro por ella con inocente valentía.

¿Qué puede significar esto sino un acto irritante para una personalidad explosiva ya estimulada por los efectos de horas y horas bebiendo vodka virgen? Aunque el animal actuaba por instinto, Esteban no podía apreciarlo, o al menos, no valorarlo. Sus ojos se achicaron tremendos, sus pupilas se dilataron toda vez que la vena aledaña a su ceja se inflaba y temblaba como si fuese a estallar al más mínimo ruido en el entorno. Todo su rostro quedó teñido de un rojo impresionante como prueba máxima de su ira, ya en este punto, incontenible.

Esteban se dio la media vuelta, no sin antes cruzar miradas con Andrés y conmigo; sus ojos, abiertos como platos no decían gran cosa; pero su puchero impaciente, el temblor en su labio superior, y esa diminuta, pero retorcida sonrisa perversa lo decían todo: el animal tenía que lamentar su exabrupto.

Primero, lo pateó brutalmente contra la pared apenas flexionando un poco sus rodillas e impulsando con todo la punta de su matavíboras al flacucho cuerpo del animal; que giró en el suelo hasta 5 ocasiones entre chillidos descomunales que retumbaban en las paredes del hogar en un eco trepidante antes de estrellarse contra la pared del pasillo; entonces, el alarido fue extendido y desesperado; el animal suplicaba por ayuda, o tal vez por misericordia.

Desconozco como se sintió Andrés en ese instante; en lo personal, los ruidos de un animal sufriendo siempre me han partido el alma y me han aterrado a la vez; me hizo recordar a cuando era más joven, y mi padrastro golpeaba a alguna de mis mascotas con fuerza excesiva; ese punto en que los chillidos pierden forma y se transforman en intensos alaridos que arrancan todo dejo de calma y solo cubren los nervios de uno en pánico y tensión.

El chirrido del animal solo pudo ser igualado por el grito suplicante de su hija a continuación y casi inmediatamente luego del sonoro impacto contra el muro.

― ¡NO! ― Gritó su hija con la voz quebrada, luego respiró hondo para agarrar respiración entre sollozos. ― ¡NO LE HAGAS NADA, POR FAVOR!

 Por un momento pensé que Esteban se detendría ahí; que discutiría con su hija y que dejaría al animal irse con una advertencia más. Sin embargo, él tenía planes enteramente distintos: decidió pasar de su hija, dar un par de pasos al frente y tratar de tomar al pobre animal con sus manos. Asustado, y sin mayores  defensas, el animal gruñó y mostró los dientes, se retorció, tratando de alejarse de él e intercaló sus intentos de defenderse con sus aún presentes chillidos de sufrimiento.

― No me vayas a morder hijo de tu puta perra madre ― Dijo el hombre, antes de lograr atraparlo por la nuca tras unos segundos de forcejeo. Se puso de pie con el animal colgando de su mano izquierda, la pobre criatura se retorcía desesperadamente tratando de soltarse. Gruñía, lloraba, mostraba los dientes y se sacudía sin parar, pero ya de nada le servía. ― Mire pendeja… le dije que si este pinche perro no aprendía a comportarse iba a valer verga, ¿no? Pues, no me quiso hacer caso y no lo educó. Prefirió llevárselo siempre a la calle a malcriarlo, y a hacerse pendeja en vez de hacerme caso y de venir a saludar a mis amigos.

― ¡DEJALO PAPÁ DEJALO TE LO JURO QUE YA NO TE VA A HACER NADA PAPÁ POR FAVOR NO LE HAGAS NADA PAPÁ TE LO SUPLICO! ― Gritaba ella desde el otro extremo del pasillo, con la voz acelerada y notoriamente desesperada.

Andrés y yo no hallábamos que hacer, como alejarnos de esta situación tan estresante. A ambos, nos aterraba que de interferir corriéramos la misma suegra que el pobre animal. Todo lo que deseábamos, estoy enteramente seguro, era poder salir por la puerta principal a la primera oportunidad para nunca volver.

― ¿Cuál déjalo, pendeja? ¿Cuál déjalo? Pinche animal lo voy a matar a la verga porque no haces caso de lo que te digo.

Sacó entonces, del bolsillo derecho de su pantalón una navaja de afeitar mediana replegada. La tomó de su lado metálico, y dando un tirón a su brazo sacó el lado afilado de su resguardo.  Deslizó sus dedos hasta el mango, mirando a su hija con severidad a la distancia. Me parte el alma solo imaginar el rostro que cargaba la chica en esos instantes.

― No papá por favor, no…

― ¡A LA VERGA YA!

No terminó la oración cuando ya el filo de su navaja rebanaba la piel delicada del animal. Por supuesto la criatura intentó evitarlo, pero su resistencia no duró más de un instante. Pronto dejó de moverse, y la mano izquierda de Esteban se tiñó de un rojo oscuro que se derramó a chorros por el suelo.

Fue como si su hija se hubiese esfumado del momento por completo. Desconozco lo que hizo cuando vio lo que hizo su padre, pero cierto es que no le quedaron fuerzas para llorar, discutir o hacer comentario alguno al respecto. Suelo imaginarla abrazando sus rodillas en una cama con la mirada pérdida en algún punto de la habitación, sin ser capaz de lagrimar por el fuerte impacto emocional.

Esteban sonreía, sonreía ampliamente con fascinación a cada milímetro que su navaja se adentraba en el cuello del animal. En sus movimientos, se le notaba la torpe ansiedad de quien está disfrutando un momento en demasía. Lo recuerdo y me provoca nauseas; la sangre manchó su ropa, y todo el pelaje del perrito tan rápido como de un parpadeo a otro.

Serruchó el hueso del cuello con la respiración agitada, no sé cuánto tiempo le tomó, para mí fue como si el orbe entero se hubiese detenido. No pude ver más, bajé la mirada; de hecho, iba a darme la vuelta, pero Andrés me detuvo; se reclinó leve sobre mí y susurró:

― No te muevas güey, si se lanza sobre nosotros hay que estar bien atentos.

El viejo no se detuvo ni pensó en hacerlo, no hasta que finalmente tuvo la cabeza del animal en sus manos. Para entonces, el suelo del pasillo era un charco de sangre inmenso cuyo olor ya se había filtrado hasta el cuarto donde nos encontrábamos; la humedad solo lo empeoró, era un enfermizo olor a óxido y putrefacción que calaba en los ojos.

Dejó caer el decapitado cuerpo del animal, salpicando las paredes y su pantalón, pero no le importó… en cambio, se dio la vuelta hacia nosotros. Recuerdo ese vuelco al corazón que me dio cuando lo hizo, y dirigió su mirada hacia mí. No estaba preparado para nada, temía en demasía, no sé cómo es que me mantuve de pie todo el rato. Deseaba huir, correr sin mirar atrás, pero estaba paralizado del miedo, y mis piernas no me respondían.

Quedé atónito cuando noté que en sus ojos solo se exhibía la tranquilidad y calidez que nos reflejó durante los primeros instantes de haberle conocido. Me sonreía amigable.

― ¿Otro traguito, mi Mario? ― Fue lo que dijo. Luego, alzó la cabeza decapitada a la altura de la suya y la movió de forma juguetona mientras hacía una voz infantil. ― Yo también quiero pistear con ustedes, compas ¿me invitan?

Se carcajeó y nos miró a ambos esperando que hiciéramos lo mismo. Solo pude dedicarle una sonrisa nerviosa sin ser capaz de sostenerle la mirada. Llevé mis manos a los bolsillos y las refugié con cautela, temía que se percatara del inmenso temblor que de estas emanaran y que interpretara mi miedo como una provocación.

― Pinche perro alcohólico ― Dijo, volviendo a carcajearse. Luego, dejó la cabeza degollada del animal a un lado de su vaso, y con su mano cubierta de lodosa y maloliente sangre canina tomó la botella, manchando el cristal de la misma con el rastro impregnado de muerte maliciosa. ― Siéntense, ya les sirvo la siguiente rondita.

Andrés y yo intercambiamos miradas al instante con suma sutileza para que nuestro anfitrión no pudiese notarlo. Ambos compartíamos el mismo gesto inseguro y ansioso. Terminó por rodar los ojos, como diciendo “Yo no sé tú, pero yo…”, luego se volvió de inmediato a Esteban, que se relamía los labios con manía de antojo a los tragos venideros.

― Sírvame la mía con hielito, yo ya vengo, dejé mi teléfono en el carro y tengo que hablarle a mi mamá para avisarle que aquí voy a andar un rato más.

― ¡¿PARA QUÉ LE VAS A AVISAR A UNA PINCHE VIEJA LO QUE UN HOMBRE TIENE DERECHO A HACER?! ¡Qué no te manden, CABRÓN! ― Dijo Esteban. Ya para estas alturas me era imposible identificar si estaba molesto o en realidad había vuelto a ser el viejo bromista de antes. Fintó con ponerse de pie, y entonces Andrés se adelantó un par de pasos hasta la entrada al pasillo.

― N-no me tardo, de verdad, solo le llamo y vuelvo rápido; mientras tanto aquí quédese con el Chaparro.

Me estremecí, girando la cabeza con los ojos muy abiertos hacia mi compañero de parranda. Le esbocé un desesperado y poco disimulado gesto de súplica. ¡No podía dejarme solo… no ahora, no ahí! Pero Andrés no se permitió el riesgo de volverse a mí o hacia Esteban, él ya había dejado la habitación sin permitir réplica.

― Pinches hombres que se dan el lujo de llamarse así cuando le rinden cuentas a una pinche mujer que es más débil que uno ― A regañadientes, el violentado hombre renegaba, entre trago y trago a su bebida aromatizada con el olor a óxido y la humedad impregnante que secaba en su mano desde que cometió el asesinato. ― Por eso tú me caes bien, pinche Chaparro… se ve que tú no dejas que te amarren de los huevos, ¡cabrón!

Aunque asentía, y daba lo mejor de mí para sonreírle y fingir las risas necesarias a sus comentarios, ya no estaba escuchándolo; en mi mente, solo giraba una y otra vez el resonante hecho de que estaba a solas con un verdadero psicópata; si no salía de ahí pronto, podía terminar con la misma suerte que el pobre animalejo, cuyo único pecado fue tener instinto de supervivencia.

― Siéntate.

Volvió a ordenarme que tomara asiento, como hizo antes de que Andrés nos dejara. Mis rodillas  temblaron solo de imaginarme tomando asiento nuevamente, y tener que seguir bebiendo con él hasta que perdiera el interés, o hasta que le hiciera enojar y tratara de hacerme daño, lo que ocurriera primero.

― Te dije que te sentaras ― Insistente, frunció el ceño, buscando mi mirada con impaciencia. 

Su voz eran campanadas desesperantes en mi cabeza. Poco a poco su tono de voz se alteraba y ello aceleraba mi corazón al límite. Lo peor de esto, era que nula reacción tenía mi cuerpo para combatir estos negativos síntomas; mis capacidades motoras quedaron mermadas, ni siquiera era capaz de tomar asiento o de salir de ese lugar con una excusa similar a la de Andrés… estaba completamente agobiado y acabado mentalmente.

― ¿Por qué carajo no te sientas? ― Reclamó finalmente, impaciente. Se puso de pie y extendió ambas manos a los costados por debajo, buscando una explicación. ― ¿Qué chingados te pasa, Chaparro? ¿No te gustan las sillas que preparé para nosotros? ¿No te gusta mi casa?

Buscaba como responderle; pero las palabras no salían de mi boca; mi lengua adormecida servía únicamente para sentir en el aire la pegajosa humedad que emanaba del charco de sangre… y hablando de la sangre… estaba mareado a causa de ella. Así era… su asqueroso olor se adhería a mi olfato y se abrazaba a cada respirar, filtrándose y llenándome por dentro de su congestionada esencia.

Me asqueó percatarme de que ahora el infame olor a sangre era todo lo que podía sentir al respirar; incluso al hacerlo por la boca, quedaba en mis inhalaciones el residuo abrazador que me congestionaba y hacía enfermar.

― ¡RESPÓNDEME HIJO DE TU PUTA PERRA MADRE! ― Bramó entonces Esteban, chocándome la frente con la suya, arrugada y sudorosa al adelantar su cuerpo torpemente, producto de los efectos del alcohol. ― ¿Crees que eres mejor que yo, pendejo?

No pude más. Cuando su asqueroso y putrefacto aliento a vodka barato se deslizó en mi ya congestionado olfato, y se mezcló en uno solo con la malsana sangre canina derramada, se me revolvió el estomago. Tras un crujir inevitable de tripas, acabé por arquear la espalda hacia el frente, y devolver todo lo que llevaba en el estomago mientras hacía a un lado a Esteban con un codazo y echaba a correr sin dejar de vomitar.

Casi resbalo con el inmenso charco de sangre al encontrarme con la puerta de la habitación y el giro del pasillo, pero de algún modo aún en aquel deplorable estado de enfermedad y expulsión estomacal, me las arreglé para sujetarme de las paredes del pasillo para darme dirección, y encaminarme hacia la salida de la casa.

No recuerdo nada de mis últimos instantes en ese lugar… no estoy seguro si tenía los ojos abiertos siquiera… todo lo que sé, es que de algún modo, corrí hasta la reja de madera improvisada con los gritos desaforados del violentado Esteban a mis espaldas retumbando en mis oídos sensibilizados, y que la crucé antes de que me atrapara.

Lo próximo que recuerdo, es estar dentro del auto con la respiración a tope y el corazón a punto de escapar por mi garganta, con mis zapatos llenos de sangre y de mi propio vómito, y con Andrés recriminándome por haber tardado tanto mientras conducía a toda velocidad, buscando abandonar aquella calle terrosa a la que no volveré nunca más.

¿Fantasmas, demonios, apariciones?... nada de eso puede asustarme. De esa experiencia, me ha quedado un único miedo, y ese miedo no se revive al escuchar los relatos de mis amistades sobre los fantasmas de los familiares que pueden verse en las casas antiguas de sus abuelas, no… 

Mi miedo, revive todas las noches con detalle, cuando los perros de mi barrio empiezan a ladrar sin parar, sin detenerse por más que entre susurros imploro por su detenimiento. Puedo verlo a él, al perrito...y a Esteban... nuevamente, el enfermizo olor a sangre impregna mi olfato... siento como si viviese todo de nuevo.


No ladren más… se los suplico… por favor… no ladren más.

Lesliberta la tiranosauria


Prologo
Leslie la dinosauria, era una tiranosauria feliz y radiante
Siempre desde niña, quiso ser una cantante

Pero muy fuerte y desafinado su rugido era
Y sus padres temían que la burla se volviera

Pensando en esto, se llegó a una solución
A que la pequeña tiranosauria estudiara actuación.
A la dinosauria le gustó la solución, y se entregó en cuerpo y alma para cumplir con su misión

Los años poco a poco pasaron
Y Leslie con los mismos fue madurando

Así llegamos a este punto, inicial de esta historia
En que Lesliberta es la diva y este un cuento a su memoria

¡Por supuesto que no ha muerto! ¿Qué no me escucharon antes?
Que este solo es el comienzo, ¡No me la maten antes!

Pero en fin… para no romper el ritmo
Mejor me despido yo ahora mismo

Todos ustedes, poetas románticos y aventureros
No se pierdan de la entrega venidera se los ruego con esmero

Que a Lesliberta le esperan muchas aventuras en rima
(¿Para qué les digo piñas? Muchas la neta no riman)
Pero todas con el fin de contar su leyenda

Que es Lesliberta la tiranosauria, futura diva de novelas.







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